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Autor: P. Marcelo Rivas Sánchez | Fuente: Catholic.net Ayúdame y adiós: una práctica tan vieja como el mundo
Es muy peligroso que estemos haciendo turismo religioso y nuestra vida familiar, vecinal y laboral siga de mal en peor
Ayúdame y adiós: una práctica tan vieja como el mundo
Los países católicos, todos sin excepción, tenemos que
ver con alguna imagen de la Virgen María.
De estas
imágenes de la Virgen que son queridas y veneradas por
todo el mundo, necesitamos especificar “ciertos” peligros que de
tanto repetirlos se están haciendo muy comunes entre sus devotos.
Estamos falseando lo esencial a su devoción: somos muchos, demasiados,
los que vamos a los Santuarios marianos y nos quedamos
con ir, lo que nos deja tan vacíos que solamente
volviendo cada año es que “nos recargamos”.
Es muy peligroso
que estemos haciendo turismo religioso y nuestra vida familiar, vecinal
y laboral siga de mal en peor. Hasta llevamos la
imagen en la cartera, en el coche y la tenemos
en el escritorio pero como adorno y nada más.
Se
nos ha olvidado que lo esencial de la devoción mariana
es reflejar en nuestras vidas las virtudes de María, madre
de Dios y madre nuestra. Para ello necesitamos, de manera
especial, tocar con mucho cuidado las primeras páginas del evangelista
san Lucas. Allí se nos narra el significado exacto de
María escogida por Dios para traernos al Salvador de la
humanidad.
Muchas flores y adornos
Cuestión que no es criticable, todo
lo contrario, es una muestra de la fe, pero no
es la totalidad de lo que significa y quiere la
Virgen María para con sus devotos. Estamos acostumbrados a ofrecer.
Recuerdo aquella comadre que se puso muy brava conmigo, pues
vino a pedirme dinero para ir a un santuario en
una isla lejana para pagar una promesa. Yo le dije:
"A la Madre de Dios le puede pagar sus promesas
en todas partes y además, ¿no será que usted está
buscando echar un paseo por la isla y hacer unas
compras?".
Yo he escuchado lo siguiente. "Virgencita si me haces
el milagro te compro tantas velas y si no me
lo haces no te prendo ninguna". A la Virgen lo
que le importa de verdad, es nuestra vida. Una vida
recta y llena de caridad para con el prójimo. Una
vida donde los sacramentos vividos y asumidos con ánimo cristiano
sean las flores y los adornos que embellezcan nuestras vidas.
Oración y emoción
Al llegar a su Santuario. Al escuchar
sus milagros. Al oír una canción mariana y al verla
pasar en procesión, se despierta en muchos una emotividad tan
de nosotros que la música, los cohetes, las flores y
los actos son pocos para ofrecerlos a la Virgen. He
experimentado en mis 10 años de vida parroquial esas manifestaciones
de fe y de emoción donde los gritos lanzados en
oración son testigos de excepción. Lástima, y digo lástima como
una queja, pues al pasar la imagen, pasa la emotividad,
y casi de inmediato, seguimos tan natural con la vida
“loca” bien cantada por Ricky Martin. Una vida que “para
nada” tiene que ver con la Virgen, pues se sigue
igual o tal vez peor.
Comunidades enteras que se esfuerzan
y se unen para reparar, limpiar y adornar sus calles
y al otro día siguen tan divididos y enfrentados como
siempre. Hay el caso que por una bambalina mal puesta
o no colocada, la división entre los vecinos se ha
acentuado y desde ese día se declaran la guerra y
con la Virgen de testigo.
Ayúdame y adiós
Una práctica
tan vieja como el mundo. Buscamos a la Virgen, para
que nos ayude y al tener el “milagro” nos perdemos
de vista. Es como una búsqueda por necesidad y una
huída sin pensarlo. Es toda una práctica “religiosa” que se
parece a una farmacia: voy a ella cuando tengo necesidad
de una medicina porque estoy enfermo, el resto no voy
porque no me hace falta.
La devoción a la
Virgen debe ser sincera y estar centrada en un hecho
religioso que marca y da vida al cristiano que la
practica dentro de su fe. Es decir, que necesitamos madurar
toda manifestación de fe hacia la Madre de Dios. Manifestación
que debe ser comprendida y vivida en lo esencial del
misterio Encarnado del Verbo de Dios en el vientre virginal
de María.
No es una mera devoción a una imagen
que pasa o una serie de actos por salir del
paso ante la fiesta o el movimiento de la imagen
por mi calle o vecindario. Es algo mucho más serio
que la simple visita. De ahí el peligro de flores,
adornos, velas, oraciones emotivas cuando después, con el adiós rutinario,
seguimos tan campantes y no hay cambio ni reflexión.
Propongámonos
el siguiente camino de acción:
- Voy, seriamente, a conocer
la historia y la vida de la Virgen María. Evangelios,
Catecismo de la Iglesia Católica, libros de devoción, con una
lectura diaria de 5 minutos. En dos meses tendremos una
idea diligente de quien es la Virgen María.
- Me
voy a preguntar: ¿cuál es mi devoción? Y al
escogerla o tenerla voy a tratar de conocerla. ¿Dónde está?
¿Cómo apareció o llegó? ¿Cuáles son sus virtudes? ¿Qué implica
ser su devoto? ¿Cuáles son mis obligaciones? Eso tarda
tres meses. Ya van seis del año.
- Cerca de
mi casa hay un templo parroquial. Debo asistir y allí
voy a encontrar, de seguro, la devoción mariana y un
grupo parroquial. ¿Por qué no formas parte de ese grupo
de personas? Ellos te ayudarán y tú los ayudarás a
ellos a hacer crecer, seriamente, la devoción. Otros seis meses.
En un año serás una persona perfectamente realizada, un creyente
serio y dinámico, no sólo para verla pasar, sino para
vivir la fe desde María, la Virgen, para gloria de
Dios.
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