 |
| ¿Por qué dedicarle un año a San Pablo? |
Fue el primer escritor cristiano y aquel cuyos textos han
sido leídos o escuchados por más millones de personas en
todo el mundo a lo largo de los siglos, aunque
curiosamente una parte importante de quienes han aprovechado sus enseñanzas
desconocen que son suyas o no sabe quién es él.
Le llaman ´apóstol´ (incluso ´súper-apóstol´) pero nunca perteneció al grupo
de los Doce y no solo eso: hubo un tiempo
en que fue perseguidor de cristianos. Probablemente no ganaría un
concurso de popularidad entre los feligreses, que no suelen encomendarse
a él, como lo hacen con otros santos como San
José, San Judas Tadeo o San Antonio. Difícilmente encuentras una
estampita con su imagen, y las que hay no lo
representan con un rostro amable o sosteniendo al Niño Jesús,
sino como un personaje adusto, bajito, calvo, de largas barbas,
con una Biblia en una mano y una espadota en
la otra. No suena muy atractivo, y sin embargo, el
Papa Benedicto XVI ha decidido dedicar todo un año a
celebrar la existencia de este hombre en un principio llamado
Saulo de Tarso y hoy conocido como San Pablo. ¿Cuál
es la razón de esta decisión? ¿Quién fue San Pablo
y qué justifica que hoy lo recordemos?
Lo primero que sabemos
de él es que fue contemporáneo de la primera comunidad
cristiana; era judío y pertenecía a la secta de los
fariseos, quienes se caracterizaban por creer que podían obtener la
salvación si cumplían hasta la exageración la ley, es decir,
los mandamientos y mandatos que Dios, a través de Moisés,
dio al pueblo judío. Cabe hacer notar que, a diferencia
de muchos fariseos hipócritas que sólo aparentaban cumplir, o que
se habían ido al extremo de hacer de la ley
un ídolo al que ponían por encima de todo, él
realmente buscaba servir a Dios de corazón; lo malo es
que dedicó todo su esfuerzo a perseguir a los cristianos,
a los que consideraba enemigos de Dios pues seguían a
Jesús, a quien los dirigentes de su pueblo habían rechazado
y condenado a muerte. ¿Qué vio el Señor en este
hombre que no tenía empacho en meter a la cárcel
a mujeres y ancianos, que cometió muchos atropellos, uno de
los cuales fue aprobar la muerte de San Esteban, el
primer mártir cristiano?(ver Hch 7, 58-8,1). Vio sin duda que
estaba equivocado, pero vio también que su error era de
buena fe, que provenía de un corazón puro, sin doblez,
cuya sola intención era la de servirlo. Así pues, quiso
aprovechar todo ese fuego, reorientarlo, darle un sentido verdadero. Y
un día tuvo lugar un encuentro que cambiaría la historia.
Tres veces nos lo relata el libro de Hechos, como
para que captemos su importancia (ver Hch 9, 1-9; 22,5-16;
26, 10-18):
Sucede que un día, cuando él se dirige a
Damasco a continuar su ´cacería´ de cristianos, el Señor se
le aparece en el camino y lo cuestiona: ´Saulo, Saulo,
¿por qué me persigues?´, a lo que éste pregunta: ´¿Quién
eres, Señor?´ (De alguien que está tan seguro de conocer
la voluntad de Dios, resulta significativo que no reconozca Su
voz cuando Él le habla...). Recibe esta respuesta: ´Soy Jesús,
a quien tú persigues´. La intensa luz que acompaña esta
revelación lo hace perder la vista (a él, que hasta
entonces había creído tenerlo todo muuuy claro); las palabras que
escucha inician en él una verdadera revolución espiritual que lo
lleva a cuestionar todo lo que hasta ahora había tenido
por cierto, que lo hace replantearse todo lo que hasta
ahora había creído conocer respecto a Dios, que pone de
cabeza sus ideas y lo hace comprender que ha estado
esforzándose inútilmente por avanzar pues ha ido en la dirección
equivocada. Permanece tres días y tres noches sin comer ni
beber, completamente ciego para el mundo pero comenzando a verlo
todo claramente por primera vez. Permanece encerrado y sin hacer
aparentemente nada, pero son tres días increíblemente fructíferos, no sólo
para él sino para toda la cristiandad, porque en ellos
se gesta lo que a partir de ese momento se
dedicará a predicar incansablemente, recorriendo por mar y tierra las
regiones más difíciles o distantes (fue el primero en llevar
la Buena Nueva a Europa), dando su valeroso testimonio de
obra y de palabra, lo mismo a gente que lo
escucha con atención que a gente que se le opone
y no para hasta condenarlo a muerte. Y ¿cuál es
ese mensaje que para él vale a tal grado la
pena que no le importa padecer burlas, persecuciones, hambre y
sed, frío, cansancio, latigazos, naufragios, encierros y al final el
martirio? Lo descubrimos entre sus discursos (registrados puntualmente por San
Lucas, quien lo acompaña en varios de sus viajes) y,
desde luego, entre las numerosas cartas que escribe a las
diversas comunidades cristianas que fue fundando y con las que
se mantenía en contacto, y que hoy constituyen un precioso
legado que forma parte importante de los extraordinarios textos que
se proclaman en Misa. Es el anuncio de que Dios
nos ama con un amor gratuito que no depende de
nuestros méritos y del cual nada puede apartarnos; que la
prueba de Su amor es que siendo pecadores envió a
Su Hijo no sólo a compartir nuestra condición humana sino
a morir para redimirnos; que resucitó para darnos vida, y
que nos envió al Espíritu Santo para colmar nuestros corazones
de Su amor, don que nos fortalece, capacita y lanza
a vivir como testigos Suyos. Que todo lo que tenemos
lo hemos recibido de Dios; que nos ha colmado con
Su misericordia, Su perdón, Su paz, dones inmerecidos que estamos
llamados no sólo a disfrutar sino a compartir siempre y
con todos.
¡No alcanza el reducido espacio para mencionar los incontables
y enriquecedores temas que el apóstol toca en sus escritos!
Ahora se comprende por qué el Papa quiere ofrecernos ese
otro espacio no tan reducido: o todo un año dedicado
a San Pablo, como para animarnos a conocer al notable
apóstol (a través de lo que nos cuenta San Lucas
en el librde Hechos de los Apóstoles, y de lo
que de él mismo aprendemos a través de sus cartas),
a volvernos sus amigos y a habituarnos a pedirle que
ore por nosotros para que, como él, sepamos dejarnos llevar
de la mano, dócilmente, al encuentro con Jesús.
¡Preparémonos en nuestra
parroquia para vivir desde ahora el “Año Paulino” en el
2008!
No olvidemos que…
San Pablo escribió el primer escrito del Nuevo
Testamento: la Carta a los Tesalonicenses, probablemente por el año
50. Fue él quien inauguró, por así decirlo, lo de
enviar cartas a las comunidades que, al inicio del cristianismo
era todo lo que éstas tenían (todavía no habían sido
escritos los Evangelios). Que los hermanos las fueron copiando y
distribuyendo y que fue así como llegaron a ser parte
importantísima de lo que las comunidades cristianas leían para su
formación y el sostén de su vida de fe.
|
|