Autor: Dr. José María Montiu de Nuix, Sacerdote | Fuente: Catholic.net Un bordado hecho con sangre
En los mártires tenemos un gran bien, un gran testimonio, una gran luz y una gran fuente de esperanza.
Un bordado hecho con sangre
Para lograr una comprensión razonable de los primeros decenios del
siglo XXI es necesario ser capaz de entender cómo se
desarrolló lo que fue su génesis, el siglo XX. Pero,
el siglo XX fue el siglo de los mártires. Esta
denominación acuñada por el beato Santo Padre Juan Pablo II
nos revela que éste fue el siglo martirial por excelencia.
Serán cientos de miles los mártires de dicho siglo.
Posiblemente llegaron a ser unos cuantos millones. Según el parecer
del conocido sacerdote Miguel Sánchez Torrejón éstos podrían llegar a
ser veintisiete millones. Esto sería decir que fueron dos tercios
de los mártires cristianos de todos los tiempos, pues estos
fueron cifrados en unos cuarenta millones por la Comisión que
constituyó el Santo Padre Juan Pablo II para el gran
jubileo del año 2000. En todo caso, la sangre de
los mártires ha logrado inundar el universo.
Es evidente que
la existencia durante el siglo XX de un océano de
sangre martirial es un hecho de gran importancia. Los mártires
son importantes porque con su amor, amando incluso a aquellos
que les son más contrarios, han dado un testimonio cristiano
en el que lo han dado todo por Dios. Recordaba
el Concilio Vaticano II: “(…) nadie tiene mayor amor que
el que entrega su vida por Él y por sus
hermanos (…). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros
tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este
supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores.
Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se
asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la
salvación del mundo, y se conforma a Él en la
efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como
un don eximio y la suprema prueba de amor.”. S.
S. Pablo VI recordó que el hombre de hoy está
más dispuesto a escuchar a los testigos que a los
maestros. Pero, está claro que los mártires son testigos especialmente
privilegiados. S. S. Juan Pablo II recordó que ante el
fenómeno del relativismo el testimonio de los mártires resulta especialmente
significativo, pues los mismos han dado su vida para no
quebrar la norma moral absolutamente inquebrantable. S. S. Benedicto XVI
recordó a las Academias Pontificias la gran importancia y la
gran actualidad que revisten los mártires para el hombre de
hoy: “A este propósito, hoy es más necesario que nunca
volver a proponer el ejemplo de los mártires cristianos, tanto
de la antigüedad como de nuestro tiempo, en cuya vida
y en cuyo testimonio, llevado hasta el derramamiento de la
sangre, se manifiesta de modo supremo el amor de Dios”.
Además, si el mar de sangre de los mártires fue
más potente que la montaña de lanzas del Imperio Romano,
dispuestas “in odium fidei” durante los primeros siglos del cristianismo,
¡cuántos bienes llegarán a través de tantos mártires actuales! También
por este motivo resulta muy importante la macrobeatificación de mártires
que tendrá lugar durante el año 2013 en Tarragona (España).
El testimonio de los mártires resulta impactante y fácilmente perceptible.
Más aún, incluso la elección de la simple posibilidad de
poder padecer martirio puede producir una gran impresión. Esto puede
confirmarse con el siguiente episodio de la vida de la
dominica santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia: “Mientras
ella rezaba en el huerto como Cristo, llegaron en tropel
los secuaces (…) con espadas y bastones, gritando: ‘¿Dónde está
esa mujer infame?’ Al oír aquellos gritos, la virgen, como
si la hubieran convidado a un festín de bodas, se
preparó para el martirio, que desde hacía tanto tiempo deseaba,
y salió al encuentro de uno de ellos que tenía
la espada desenvainada y gritaba más que los otros. Sonriendo
se echó de rodillas a sus pies y le dijo:
‘Yo soy Catalina. ¡Haz conmigo lo que permita el Señor!
¡Pero de parte del Omnipotente te ordeno que no toques
a ninguno de los que están conmigo!’ Entonces aquel malvado
se quedó consternado y se echó a temblar; no encontró
fuerzas para herir y comenzó a sentir vergüenza de estar
ante ella. Aunque había salido con ansia feroz a buscarla,
cuando la tuvo delante quería alejarla de sí y le
gritaba: ‘¡Aléjate de mí!’(…)”.
La grandeza de los mártires lleva a
recoger piadosamente su sangre. Es decir, a recoger su recuerdo,
a no olvidarlos. Su sangre brilla como rubíes resplandecientes enlazados
mediante el hilo de oro del amor a Dios y
a los hermanos. Su recuerdo resulta pues un elemento de
importante cohesión social y, también, una muestra de que lo
que parecía imposible es posible, que la debilidad de la
condición humana puede conseguir metas impensables. En el mártir es
Cristo quién vence. En el mártir se produce como un
milagro. En el mártir gana Dios. En el mártir triunfa
Él que más ha hecho por el bien de la
humanidad, ¡Cristo!
Así pues, desde el trasfondo del siglo XX,
¿qué podemos decir del siglo XXI? El siglo XXI aparece
como una tierra que flota y navega en un mar
de sangre martirial que, a su vez, le enseña a
levantar un canto de amor hacia el Amado, Cristo Jesús,
aurora hermosa que se dibuja en el horizonte. ¡Hay lugar
para la esperanza!
Mn. Josep Mª Montiu de Nuix, doctor en
filosofía, postulador
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Monseñor su hermoso comentario sobre los martires hace a un tener hambre del martirio. Yo naci en Mexico en tiempo de la persecución en donde tambien se dieron muchos martires. Solo Dios sabe a quien le da esa gracia inmensa y la fuerza para vivirla. Ruego por los que han de ser escogidos para que vivan en fidelidad el amor de Cristo.Feliz seria si fuese una pero no me creo digna. Además hay otras formas de vivirlo