Autor: Roberto Esteban Duque | Fuente: Catholic.net Familia, ¡sé lo que eres!
Cuando asistimos a un evidente cambio de paradigma en la familia la familia emerge en su verdad interior
Familia, ¡sé lo que eres!
“Todo queda en puro poder, poder en voluntad, voluntad en
apetito, y el apetito, ese lobo universal, doblemente secundado por
voluntad y poder, hace del universo todo su presa, hasta
devorarse a sí mismo”. Este diagnóstico de Shakespeare, donde manifiesta
al destemplado hijo que asesina a su padre y donde
la ley es la fortaleza del imbécil para tragarse instituciones
y tradiciones, como si no hubiera miembros distintos en el
cuerpo y todo confluyese al fin en un difuso y
envidioso igualitarismo, constituye el auténtico desafío, la verdadera actividad subversiva
amenazante de la familia.
Con motivo de la Jornada de
la Sagrada Familia el próximo 30 de diciembre, el mensaje de los obispos se ha centrado en algo tan
esencial como “Educar la fe en familia”, invitando a potenciar
la reflexión sobre la decisiva importancia de la familia para
vivir y crecer en la fe, en un tiempo donde
la misma familia se siente golpeada por los constantes cambios
en la sociedad. La vivencia cristiana, sofocada en muchos miembros
de la familia por diversas circunstancias, puede “renacer” desde el
testimonio creíble de familias que, iluminadas por la fe, sean
capaces de “abrir el corazón y la mente de muchos
al deseo de Dios”, como afirma en Porta fidei Benedicto
XVI.
Pero no sólo la anhelada uniformidad y el debilitamiento
en la transmisión de la fe se han convertido en
nuestra época en dos portentosos retos de la familia. La
permisividad sexual y el emotivismo yerguen su pecho sobre la
realidad social, postulándose como un virus destructor donde la familia
deberá encontrar y activar sus propios mecanismos de defensa si
quiere sobrevivir a esta feroz espiral de relativismo.
Cuando asistimos
a un evidente cambio de paradigma en la familia, a
una nueva estructura de las relaciones sociales, económicas y familiares,
con propuestas resultantes de diversas variables; cuando nuestra cultura
sueña haber alcanzado la tierra de promisión desde la exaltación
de una libertad sin vínculos y el ominoso objetivo de
moldear la naturaleza desde la legislación y la educación, impregnadas
de la “ideología de género”, lejos de inventarse, la familia
emerge en su verdad interior de ser una comunidad de
personas, una comunidad de vida y de amor vinculada al
designio de Dios sobre ella.
Cuando la nueva ortodoxia occidental
propone un voraz emotivismo, capaz de menoscabar la estabilidad del
matrimonio y la familia en su propuesta de sobrevalorar la
emoción en detrimento de la razón, diluyéndose la misma idea
de familia; cuando el designio del mundo consiste en ampliar
los conceptos de “matrimonio” y “familia” hasta comprender a cualquier
grupo de personas entre las que se dé un vínculo
sexual y afectivo, ajeno a la duración de la relación
o el número y sexo de los partners, se hace
más necesario y urgente para la familia perseverar en sus
relaciones constitutivas y en su propia identidad en un tiempo
obstinado en la deconstrucción de las relaciones personales.
La concepción
emotivista de la familia, la frívola y malsana costumbre de
“dejarse llevar por los sentimientos”, ha desembocado en la presuntuosa
proclividad de llamar también matrimonio o familia a las parejas
homosexuales: si lo sustantivo es el sentimiento, ¿por qué el
amor entre personas del mismo sexo debería valer menos que
el amor entre heterosexuales? Pero semejante propuesta emotivista nos depara
además una funesta consecuencia: la volatilidad creciente de la familia,
cuya estabilidad queda supeditada a los vaivenes de la emoción,
como bien explica desde su propia experiencia personal Leonardo Mondadori:
“El valor de la indisolubilidad parece haberse vuelto incomprensible: la
gente cree que el amor entre los cónyuges consiste en
“sentir algo”, en “quererse” en un sentido sentimental. Cuando uno
piensa que ya no “siente” nada se considera incluso un
deber irse cada uno por su lado en busca de
un nuevo “sentimiento”. La entrega personal, el sacrificio, el perdón,
la comprensión, la paciencia, la fidelidad jurada: todo lo que
hace posible que la unión de un hombre y una
mujer resista el desgaste del tiempo, no entra ya en
el plan de vida”.
La familia se comprenderá a sí
misma como un sistema social definido por las relaciones de
conyugalidad y generatividad, por la reciprocidad y el don, relaciones
negadas desde la legislación que hay que preservar o rehacer:
no debería permitirse que se fuera cayendo la familia a
pedazos -dirá Chesterton- porque nadie tiene el debido sentido histórico
de eso que se está desmoronando, de lo que se
ha convertido ya en un verdadero “éxodo de lo doméstico”.
Desasistida por la ley y eclipsada por la cultura, la
familia, sin embargo, es defendida y protegida por los organismos
nacionales e internacionales en sus textos jurídicos. La Declaración de
los Derechos Humanos de la ONU establece: “La familia es
el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene
el derecho a la protección de la sociedad y del
Estado” (a.16, 3). Y la Constitución Española de 1978 determina:
“los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica
de la familia” (a.39).
En la Carta Magna de los
Derechos Fundamentales de la Familia (24-XI-1983), se señalará que tales
derechos “están impresos en la conciencia del ser humano y
en los valores comunes de toda la humanidad”, así como
que “derivan de la ley inscrita por el Creador en
el corazón de todo ser humano”. Por tanto, los derechos
de la familia derivan de la misma naturaleza de la
familia, y no sólo de las exigencias de la doctrina
católica.
Asimismo, el Documento Pontificio “desea estimular a las familias
a unirse para la defensa y promoción de sus derechos”,
dirigiéndose, finalmente, a “todos los hombres y mujeres para que
se comprometan a hacer todo lo posible, a fin de
asegurar que los derechos de la familia sean protegidos y
que la institución familiar sea fortalecida para bien de toda
la humanidad, hoy y en el futuro”.
Los derechos fundamentales
de la familia, “aunque no constituyen un tratado de moral
familiar”, ofrecen unos principios éticos válidos no sólo para las
familias, sino también para las personas y los poderes públicos,
precisamente en un momento crucial donde no se respeta el
derecho a la vida ni a la libertad religiosa en
muchos lugares del mundo, ni tampoco parece existir una política
familiar adecuada cuando es el mismo concepto de familia lo
que ha entrado en crisis.
La familia, se
quiera reconocer o no, es la estructura social de la
humanidad más universal, la célula básica de cualquier sociedad. El
cristianismo, leyéndola de atrás adelante, la convirtió en Sagrada Familia,
“un modelo perfecto de vida familiar, fundada en la fe,
la esperanza y la caridad”, el “Hogar santo donde José,
María y el Niño nos han enseñado con su vida
silenciosa y humilde la dignidad y el valor de la
familia”. En esta gran fiesta de la familia, conviene recordar
las palabras del beato Juan Pablo II, que se convierten
además en un poderoso estímulo: “Toda familia descubre y encuentra
en sí misma la llamada imborrable, que define a la
vez su dignidad y su responsabilidad”. ¿Por qué buscar fuera
lo que está dentro, no reconocer que la vida no
es algo que provenga del exterior?: “Familia, ¡sé lo que
eres!”.
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