Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: www.vatican.va Balance del año que termina
El Señor está cerca, venid, adorémosle. También nosotros, como una sola familia, nos preparamos para adorar en la gruta de Belén a ese Niño, que es Dios mismo que se ha acercado hasta el punto de hacerse hombre
Balance del año que termina
Estamos terminando un año que, una vez más, se ha
caracterizado en la Iglesia y en el mundo por muchas
situaciones difíciles, de grandes cuestiones y desafíos, pero también de
signos de esperanza. Menciono sólo algunos puntos destacados en la
vida de la Iglesia y de mi ministerio petrino. Ante
todo, como ha mencionado el Cardenal Decano, han tenido lugar
los viajes a México y Cuba. Han sido encuentros inolvidables,
con la fuerza de la fe, profundamente arraigada en los
corazones de los hombres, y con la alegría por la
vida que surge de la fe. Recuerdo que, tras llegar
a México, se agolpaban al borde del largo trecho que
se debía recorrer interminables filas de personas, que saludaban agitando
pañuelos y banderas. Recuerdo cómo, durante el trayecto hacia Guanajuato,
la pintoresca capital del homónimo Estado, había jóvenes a los
lados de la carretera, devotamente arrodillados para recibir la bendición
del Sucesor de Pedro. Recuerdo cómo la gran liturgia en
las cercanías de la estatua de Cristo Rey se convirtió
en un acto que hacía presente la realeza de Cristo,
su paz, su justicia, su verdad. Todo esto en el
contexto de los problemas de un país que sufre múltiples
formas de violencia y las dificultades de dependencias económicas. Ciertamente,
estos problemas no se pueden resolver simplemente mediante la religiosidad,
pero menos aún se solucionarán sin esa purificación interior del
corazón que proviene de la fuerza de la fe, del
encuentro con Jesucristo. Y después vino la experiencia de Cuba.
También aquí hubo grandes liturgias, en cuyos cantos, oraciones y
silencios se podía percibir la presencia de Aquel, al que
durante mucho tiempo se había querido negar cabida en el
País. La búsqueda en este País de un justo planteamiento
de la relación entre vinculaciones y libertad, ciertamente no puede
tener éxito sin una referencia a esos criterios de fondo
que se han manifestado a la humanidad en el encuentro
con el Dios de Jesucristo.
Otras etapas del año que se
acerca a su fin, y que quisiera mencionar, son la
gran Fiesta de la Familia en Milán, así como la
visita al Líbano, con la entrega de la Exhortación Apostólica
postsinodal, que ahora deberá constituir en la vida de la
Iglesia y de la sociedad en Medio Oriente una orientación
sobre los difíciles caminos de la unidad y de la
paz. El último acontecimiento importante de este año, ya en
su ocaso, ha sido el Sínodo sobre la Nueva Evangelización,
que ha marcado al mismo tiempo el comienzo del Año
de la Fe, con el cual conmemoramos la inauguración del
Concilio Vaticano II, hace cincuenta años, para comprenderlo y asimilarlo
de nuevo en esta situación que ha cambiado.
Entre todas estas
ocasiones, se han tocado temas fundamentales de nuestro momento histórico:
la familia (Milán), el servicio a la paz en el
mundo y el diálogo interreligioso (Líbano), así como el anuncio
del mensaje de Jesucristo en nuestro tiempo a quienes aún
no lo han encontrado, y a tantos que lo conocen
sólo desde fuera y precisamente por eso, no lo re-conocen.
De entre estas grandes temáticas, quisiera reflexionar un poco más
en detalle especialmente sobre el tema de la familia y
sobre la naturaleza del diálogo, añadiendo después también una breve
observación sobre el tema de la Nueva Evangelización.
La gran alegría
con la que se han reunido en Milán familias de
todo el mundo ha puesto de manifiesto que, a pesar
de las impresiones contrarias, la familia es fuerte y viva
también hoy. Sin embargo, es innegable la crisis que la
amenaza en sus fundamentos, especialmente en el mundo occidental. Me
ha llamado la atención que en el Sínodo se haya
subrayado repetidamente la importancia de la familia para la transmisión
de la fe como lugar auténtico en el que se
transmiten las formas fundamentales del ser persona humana. Se aprenden
viviéndolas y también sufriéndolas juntos. Así se ha hecho patente
que en el tema de la familia no se trata
únicamente de una determinada forma social, sino de la cuestión
del hombre mismo; de la cuestión sobre qué es el
hombre y sobre lo que es preciso hacer para ser
hombres del modo justo. Los desafíos en este contexto son
complejos. Tenemos en primer lugar la cuestión sobre la capacidad
del hombre de comprometerse, o bien de su carencia de
compromisos. ¿Puede el hombre comprometerse para toda la vida? ¿Corresponde
esto a su naturaleza? ¿Acaso no contrasta con su libertad
y las dimensiones de su autorrealización? El hombre, ¿llega a
ser sí mismo permaneciendo autónomo y entrando en contacto con
el otro solamente a través de relaciones que puede interrumpir
en cualquier momento? Un vínculo para toda la vida ¿está
en conflicto con la libertad? El compromiso, ¿merece también que
se sufra por él? El rechazo de la vinculación humana,
que se difunde cada vez más a causa de una
errónea comprensión de la libertad y la autorrealización, y también
por eludir el soportar pacientemente el sufrimiento, significa que el
hombre permanece encerrado en sí mismo y, en última instancia,
conserva el propio «yo» para sí mismo, no lo supera
verdaderamente. Pero el hombre sólo logra ser él mismo en
la entrega de sí mismo, y sólo abriéndose al otro,
a los otros, a los hijos, a la familia; sólo
dejándose plasmar en el sufrimiento, descubre la amplitud de ser
persona humana. Con el rechazo de estos lazos desaparecen también
las figuras fundamentales de la existencia humana: el padre, la
madre, el hijo; decaen dimensiones esenciales de la experiencia de
ser persona humana.
El gran rabino de Francia, Gilles Bernheim, en
un tratado cuidadosamente documentado y profundamente conmovedor, ha mostrado que
el atentado, al que hoy estamos expuestos, a la auténtica
forma de la familia, compuesta por padre, madre e hijo,
tiene una dimensión aún más profunda. Si hasta ahora habíamos
visto como causa de la crisis de la familia un
malentendido de la esencia de la libertad humana, ahora se
ve claro que aquí está en juego la visión del
ser mismo, de lo que significa realmente ser hombres. Cita
una afirmación que se ha hecho famosa de Simone de
Beauvoir: «Mujer no se nace, se hace» (“On ne naît
pas femme, on le devient”). En estas palabras se expresa
la base de lo que hoy se presenta bajo el
lema «gender» como una nueva filosofía de la sexualidad. Según
esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario
de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar
personalmente de sentido, sino un papel social del que se
decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la
que decidía. La falacia profunda de esta teoría y de
la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El
hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que
caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide
que ésta no se le ha dado como hecho preestablecido,
sino que es él mismo quien se la debe crear.
Según el relato bíblico de la creación, el haber sido
creada por Dios como varón y mujer pertenece a la
esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para
el ser humano, tal como Dios la ha dado. Precisamente
esta dualidad como dato originario es lo que se impugna.
Ya no es válido lo que leemos en el relato
de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gn 1,27).
No, lo que vale ahora es que no ha sido
Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta
ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado,
y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre
esto. Hombre y mujer como realidad de la creación, como
naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre
niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y
voluntad. La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por
lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí
en la opción de fondo del hombre respecto a sí
mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto,
que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra
cosa como naturaleza suya. Se niega a hombres y mujeres
su exigencia creacional de ser formas de la persona humana
que se integran mutuamente. Ahora bien, si no existe la
dualidad de hombre y mujer como dato de la creación,
entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la
creación. Pero, en este caso, también la prole ha perdido
el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular
dignidad que le es propia. Bernheim muestra cómo ésta, de
sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en
objeto, al cual se tiene derecho y que, como objeto
de un derecho, se puede adquirir. Allí donde la libertad
de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno
mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y,
con ello, también el hombre como criatura de Dios, como
imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de
su ser. En la lucha por la familia está en
juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando
se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del
hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre.
Con esto quisiera
llegar al segundo gran tema que, desde Asís hasta el
Sínodo sobre la Nueva Evangelización, ha impregnado todo el año
que termina, es decir, la cuestión del diálogo y del
anuncio. Hablemos primero del diálogo. Veo sobre todo tres campos
de diálogo para la Iglesia en nuestro tiempo, en los
cuales ella debe estar presente en la lucha por el
hombre y por lo que significa ser persona humana: el
diálogo con los Estados, el diálogo con la sociedad –incluyendo
en él el diálogo con las culturas y la ciencia–
y el diálogo con las religiones. En todos estos diálogos,
la Iglesia habla desde la luz que le ofrece la
fe. Pero encarna al mismo tiempo la memoria de la
humanidad, que desde los comienzos y en el transcurso de
los tiempos es memoria de las experiencias y sufrimientos de
la humanidad, en los que la Iglesia ha aprendido lo
que significa ser hombres, experimentando su límite y su grandeza,
sus posibilidades y limitaciones. La cultura de lo humano, de
la que ella se hace valedora, ha nacido y se
ha desarrollado a partir del encuentro entre la revelación de
Dios y la existencia humana. La Iglesia representa la memoria
de ser hombres ante una cultura del olvido, que ya
sólo conoce a sí misma y su propio criterio de
medida. Pero, así como una persona sin memoria ha perdido
su propia identidad, también una humanidad sin memoria perdería su
identidad. Lo que se ha manifestado a la Iglesia en
el encuentro entre la revelación y la experiencia humana va
ciertamente más allá del ámbito de la razón, pero no
constituye un mundo especial, que no tendría interés alguno para
el no creyente. Si el hombre reflexiona sobre ello y
se adentra en su comprensión, se amplía el horizonte de
la razón, y esto concierne también a quienes no alcanzan
a compartir la fe en la Iglesia. En el diálogo
con el Estado y la sociedad, la Iglesia no tiene
ciertamente soluciones ya hechas para cada uno de los problemas.
Se esforzará junto con otras fuerzas sociales para las respuestas
que se adapten mejor a la medida correcta del ser
humano. Lo que ella ha reconocido como valores fundamentales, constitutivos
y no negociables de la existencia humana, lo debe defender
con la máxima claridad. Ha de hacer todo lo posible
para crear una convicción que se pueda concretar después en
acción política.
En la situación actual de la humanidad, el diálogo
de las religiones es una condición necesaria para la paz
en el mundo y, por tanto, es un deber para
los cristianos, y también para las otras comunidades religiosas. Este
diálogo de las religiones tiene diversas dimensiones. Será en primer
lugar un simple diálogo de la vida, un diálogo sobre
el compartir práctico. En él no se hablará de los
grandes temas de la fe: si Dios es trinitario, o
cómo ha de entenderse la inspiración de las Sagradas Escrituras,
etc. Se trata de los problemas concretos de la convivencia
y de la responsabilidad común respecto a la sociedad, al
Estado, a la humanidad. En esto hay que aprender a
aceptar al otro en su diferente modo de ser y
pensar. Para ello, es necesario establecer como criterio de fondo
del coloquio la responsabilidad común ante la justicia y la
paz. Un diálogo en el que se trata sobre la
paz y la justicia se convierte por sí mismo, más
allá de lo meramente pragmático, en un debate ético sobre
la verdad y el ser humano; un diálogo acerca de
las valoraciones que son el presupuesto del todo. De este
modo, un diálogo meramente práctico en un primer momento se
convierte también en una búsqueda del modo justo de ser
persona humana. Aun cuando las opciones de fondo en cuanto
tales no se ponen en discusión, los esfuerzos sobre una
cuestión concreta llegan a desencadenar un proceso en el que,
mediante la escucha del otro, ambas partes pueden encontrar purificación
y enriquecimiento. Así, estos esfuerzos pueden significar también pasos comunes
hacia la única verdad, sin cambiar las opciones de fondo.
Si ambas partes están impulsadas por una hermenéutica de la
justicia y de la paz, no desaparecerá la diferencia de
fondo, pero crecerá también una cercanía más profunda entre ellas.
Hay
dos reglas para la esencia del diálogo interreligioso que, por
lo general, hoy se consideran fundamentales:
1. El diálogo no se
dirige a la conversión, sino más bien a la comprensión.
En esto se distingue de la evangelización, de la misión.
2.
En conformidad con esto, en este diálogo, ambas partes permanecen
conscientemente en su propia identidad, que no ponen en cuestión
en el diálogo, ni para ellas, ni para los otros.
Estas reglas son justas. No obstante, pienso que estén formuladas
demasiado superficialmente de esta manera. Sí, el diálogo no tiene
como objetivo la conversión, sino una mejor comprensión recíproca. Esto
es correcto. Pero tratar de conocer y comprender implica siempre
un deseo de acercarse también a la verdad. De este
modo, ambas partes, acercándose paso a paso a la verdad,
avanzan y están en camino hacia modos de compartir más
amplios, que se fundan en la unidad de la verdad.
Por lo que se refiere al permanecer fieles a la
propia identidad, sería demasiado poco que el cristiano, al decidir
mantener su identidad, interrumpiese por su propia cuenta, por decirlo
así, el camino hacia la verdad. Si así fuera, su
ser cristiano sería algo arbitrario, una opción simplemente fáctica. De
esta manera, pondría de manifiesto que él no tiene en
cuenta que en la religión se está tratando con la
verdad. Respecto a esto, diría que el cristiano tiene una
gran confianza fundamental, más aún, la gran certeza de fondo
de que puede adentrarse tranquilamente en la inmensidad de la
verdad sin ningún temor por su identidad de cristiano. Ciertamente,
no somos nosotros quienes poseemos la verdad, es ella la
que nos posee a nosotros: Cristo, que es la Verdad,
nos ha tomado de la mano, y sabemos que nos
tiene firmemente de su mano en el camino de nuestra
búsqueda apasionada del conocimiento. El estar interiormente sostenidos por la
mano de Cristo nos hace libres y, al mismo tiempo,
seguros. Libres, porque, si estamos sostenidos por Él, podemos entrar
en cualquier diálogo abiertamente y sin miedo. Seguros, porque Él
no nos abandona, a no ser que nosotros mismos nos
separemos de Él. Unidos a Él, estamos en la luz
de la verdad.
Para concluir es preciso hacer una breve
anotación sobre el anuncio, sobre la evangelización, de la que,
siguiendo las propuestas de los padres sinodales, hablará efectivamente con
amplitud el documento postsinodal. Veo que los elementos esenciales del
proceso de evangelización aparecen muy elocuentemente en el relato de
san Juan sobre la llamada de los dos discípulos del
Bautista, que se convierten en discípulos de Cristo (cf. Jn
1,35-39). Encontramos en primer lugar el mero acto del anuncio.
Juan el Bautista señala a Jesús y dice: «Este es
el Cordero de Dios». Poco más adelante, el evangelista narra
un hecho similar. Esta vez es Andrés, que dice a
su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías» (1,41). El primero
y fundamental elemento es el simple anuncio, el kerigma, que
toma su fuerza de la convicción interior del que anuncia.
En el relato de los dos discípulos sigue después la
escucha, el ir tras los pasos de Jesús, un seguirle
que no es todavía seguimiento, sino más bien una santa
curiosidad, un movimiento de búsqueda. En efecto, ambos son personas
en búsqueda, personas que, más allá de lo cotidiano, viven
en espera de Dios, en espera porque Él está y,
por tanto, se mostrará. Su búsqueda, iluminada por el anuncio,
se hace concreta. Quieren conocer mejor a Aquél que el
Bautista ha llamado Cordero de Dios. El tercer acto comienza
cuando Jesús mira atrás hacia ellos y les pregunta: «¿Qué
buscáis?». La respuesta de ambos es de nuevo una pregunta,
que manifiesta la apertura de su espera, la disponibilidad a
dar nuevos pasos. Preguntan: «Maestro, ¿dónde vives?». La respuesta de
Jesús: «Venid y veréis», es una invitación a acompañarlo y,
caminando con Él, a llegar a ver.
La palabra del
anuncio es eficaz allí donde en el hombre existe la
disponibilidad dócil para la cercanía de Dios; donde el hombre
está interiormente en búsqueda y por ende en camino hacia
el Señor. Entonces, la atención de Jesús por él le
llega al corazón y, después, el encuentro con el anuncio
suscita la santa curiosidad de conocer a Jesús más de
cerca. Este caminar con Él conduce al lugar en el
que habita Jesús, en la comunidad de la Iglesia, que
es su Cuerpo. Significa entrar en la comunión itinerante de
los catecúmenos, que es una comunión de profundización y, a
la vez, de vida, en la que el caminar con
Jesús nos convierte en personas que ven.
«Venid y veréis».
Esta palabra que Jesús dirige a los dos discípulos en
búsqueda, la dirige también a los hombres de hoy que
están en búsqueda. Al final de año, pedimos al Señor
que la Iglesia, a pesar de sus pobrezas, sea reconocida
cada vez más como su morada. Le rogamos para que,
en el camino hacía su casa, nos haga día a
día más capaces de ver, de modo que podamos decir
mejor, más y más convincentemente: Hemos encontrado a Aquél, al
que todo el mundo espera, Jesucristo, verdadero Hijo de Dios
y verdadero hombre. Con este espíritu os deseo de corazón
a todos una Santa Navidad y un feliz Año Nuevo.
Gracias.
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