Autor: Ramiro Pellitero | Fuente: www.religionconfidencial.com Sobre el servicio a la caridad
Un breve pero importante documento de Benedicto XVI subraya el papel central de la caridad en la misión de la Iglesia y la responsabilidad de los obispos en el impulso de la caridad
Sobre el servicio a la caridad
El motu proprio de Benedicto XVI Intima ecclesiae natura
(11-XI-2012) sobre El servicio de la caridad, comienza citando la
encíclica Deus caritas est en un punto central; ahí
donde afirma que la "naturaleza íntima de la Iglesia" se
expresa en tres tareas inseparables: el anuncio de la palabra
de Dios, la celebración de los sacramentos y el servicio
de la caridad.
Es importante esta afirmación, que atraviesa las
enseñanzas de Benedicto XVI y que ahora recibe un resello
de tipo operativo. Cabe recordar que según Santo Tomás, la
Iglesia se edifica por la fe y los sacramentos, siendo
la caridad (que lleva a procurar el bien para las
personas, tanto espiritual como material) el fruto de los "sacramentos
de la fe".
Esto significa que, lejos de reducirse a
la limosna o la ayuda benéfica social (por más importantes
que sean), la caridad (el amor cristiano, que participa del
amor de Cristo) es la síntesis y el resultado de
la fe cristiana, cuando esta fe se vive auténticamente, y
para ello se necesita alimentarla por medio de los sacramentos.
El amor cristiano, por tanto, no es algo accidental, que
podría o no darse, que vendría "después" de la predicación
o de la enseñanza doctrinal, o de las celebraciones sacramentales.
En todo caso el Papa ha querido presentar esos tres
elementos al mismo nivel: el anuncio de la Palabra de
Dios o invitación a la fe, la celebración de los
sacramentos y el servicio que los cristianos prestan en el
mundo, que es un servicio de amor, pues cualquier actividad
temporal adquiere su cualificación cristiana en la medida en que
es realizada por y desde el amor de quien procura
identificarse con Cristo y obrar según el Espíritu Santo.
Por
tanto es digna de máxima atención la expresión que sigue,
inspirada en la misma encíclica: "El servicio de la caridad
es también una dimensión constitutiva de la misión de la
Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia".
Y esto
sirve para cada cristiano singular, personalmente, como para la Iglesia
en su conjunto, tanto a nivel universal como particular, como
también para las comunidades cristianas.
Así lo dice Benedicto XVI,
primero, respecto a los fieles: "Todos los fieles tienen el
derecho y el deber de implicarse personalmente para vivir el
mandamiento nuevo que Cristo nos dejó (cf. Jn 15, 12),
brindando al hombre contemporáneo no sólo sustento material, sino también
sosiego y cuidado del alma (cf. Carta enc. Deus caritas
est, 28)".
En segundo lugar, respecto a la Iglesia: "Asimismo,
la Iglesia está llamada a ejercer la diakonia de la
caridad en su dimensión comunitaria, desde las pequeñas comunidades locales
a las Iglesias particulares, hasta abarcar a la Iglesia universal;
por eso, necesita también ´una organización, como presupuesto para un
servicio comunitario ordenado´ (cf. ibid., 20), una organización que a
su vez se articula mediante expresiones institucionales".
Debido a la
estructura episcopal de la Iglesia, continúa el documento, la primera
responsabilidad en este "servicio de la caridad" pertenece a
los obispos, aunque el Código de derecho canónico no hable
de ello expresamente. Se trata de una "laguna normativa" que
hacía falta colmar, sobre todo después de que, como decía
ya la Deus caritas est, "el Directorio para el ministerio
pastoral de los obispos ha profundizado más concretamente el deber
de la caridad como cometido intrínseco de toda la Iglesia
y del obispo en su diócesis" (vid. en el Directorio
para el ministerio pastoral de los obispos, Apostolorum succesores, de
2004, nn. 193-198 y 209-215. En él se habla, por
ejemplo, de cómo la misión de la Iglesia, de naturaleza
espiritual, abarca la promoción humana e implica el "amor preferencial"
por los pobres y necesitados. De ahí el deber, que
tienen los obispos, de educar a sus fieles en este
ámbito, para que experimenten la Iglesia como "verdadera familia de
Dios", fomentando las obras de misericordia y las obras de
asistencia).
El presente documento desea "proporcionar un marco normativo orgánico
que sirva para ordenar mejor, en líneas generales, las distintas
formas eclesiales organizadas del servicio de la caridad, que está
estrechamente vinculada a la naturaleza diaconal de la Iglesia y
del ministerio episcopal".
El proemio del texto subraya la necesidad
de que las actividades caritativas de la Iglesia no se
reduzcan a recoger fondos o ser una variante más de
la organización asistencial en la sociedad; "sino que deben prestar
siempre especial atención a la persona que se encuentra en
situación de necesidad y llevar a cabo asimismo una preciosa
función pedagógica en la comunidad cristiana, favoreciendo la educación a
la solidaridad, al respeto y al amor según la lógica
del Evangelio de Cristo".
Algunas de estas actividades estarán promovidas
por los obispos mismos "según formas jurídicas y operativas adecuadas
que permitan llegar a resolver con más eficacia las necesidades
concretas". Otras serán organizadas por los fieles como "libre expresión
de la solicitud de los bautizados por las personas y
los pueblos necesitados", y deberán ser acogidas y alentadas por
los Pastores, "respetando las características y la autonomía de gobierno
que, según su naturaleza, competen a cada una de ellas
como manifestación de la libertad de los bautizados".
En relación
a estas diversas actividades, sean de un tipo u otro
(promovidas por la Jerarquía o promovidas por los fieles
con el apoyo y el aliento de la Jerarquía), deberán
determinarse los criterios y las normas de modo "que su
gestión se lleve a cabo de acuerdo con las exigencias
de las enseñanzas de la Iglesia y con las intenciones
de los fieles y que respeten asimismo las normas legítimas
emanadas por la autoridad civil".
El proemio concluye sintetizando de
la finalidad del documento: "Si bien era necesario establecer normas
al respecto, era preciso a su vez tener en cuenta
cuanto requiere la justicia y la responsabilidad que los Pastores
asumen frente a los fieles, respetando la legítima autonomía de
cada ente".
Cabría decir que estamos ante una concreción de
algo esencial para la Iglesia a todos sus niveles, particularmente
oportuno en el Año de la Fe y en el
contexto de la nueva evangelización. Sin duda de aquí se
derivarán muchos bienes para la vida cristiana y muchos frutos
para la evangelización; pues "el amor, en su pureza y
gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que
creemos y que nos impulsa a amar" (Deus caritas est,
n. 31).
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