Autor: José Fernando Juan | Fuente: mambre.wordpress.com ¿Quién cuida tu vida?
Una realidad perfecta, la de estar hechos los unos para los otros, la de la imposibilidad de vivir sin convivir, y de convivir sin compartir y unir
¿Quién cuida tu vida?
Hoy me iré a descansar con esta pregunta, con la
necesidad de que la vida sea cuidada y custodiada bien,
de su fragilidad y su dignidad, de su intimidad y
sacralidad. La vida no puede ser expuesta de cualquier modo,
para que cualquiera que llegue opine sobre ella. Esto lo
saben hasta quienes actúan en un circo, que tiñen su
cara con máscaras, sean o no payasos que hagan reír.
También lo conocen los que participan en reality-shows, que de
reality aquello tiene más bien poco y de show tiene
en exceso. La vida viaja por debajo de las máscaras,
unas veces para defenderse y otras para ocultarse. Pero, ¿quién
cuida de todo eso que sucede dentro de la propia
persona, de sus sentimientos, de sus ideas, de su carácter,
de sus quereres, de sus deseos, de sus pasiones, de
sus debilidades? ¿Quién cuida, con esmero, de tanto como hay
de sagrado en su interior, y de tanta belleza como
la propia persona es capaz de reconocer, y de tanta
fuerza y deseo?
1.Algunos dirán que ellos mismos. Así sin
más. Que ellos se conocen, que ellos velan por sí
mismos, que ellos se saben gestionar bien y tienen recursos
suficientes. Lo cual, me parece del todo insuficiente. E intuyo
que hasta ellos mismos se dan cuenta de lo que
están diciendo. Considero que este amor a sí mismo es
impropio porque no hay amor verdadero que no sea recibido,
y tendrán que desproteger su vida tarde o temprano para
que otros puedan acceder a ella. Sin embargo, hoy me
parece muy sabio y prudente aquel que responde que él
mismo, pero no sólo él mismo.
2.Otros señalarán personas concretas,
por razones varias. Tendrán nombres y apellidos, conocerán su historia
y sus circunstancias, se sentirán queridos por ellos, muy queridos.
Y me parece normal responder, de primeras, de esta manera.
Mienten todos aquellos que hablan de amor sin reconocer la
necesidad de ser amados, como también lo hacen los sabios
de nuestro mundo cuando se refieren a la admiración que
provoca el conocimiento sin atender a lo inmenso que es
ser conocidos, tal cual. Quienes señalan a otros creo que
son más que prudentes a secas, me parecen sinceros. Y
más si hiciéramos un recorrido con detenimiento sobre su propia
historia. Verían cómo, de hecho, todo comenzó por un humilde
y necesitado dejarse querer, y pasó por la criba de
las selección natural por afinidades y por reacciones, por simpatías
y acercamientos recíprocos. Me parece sublime esta situación en la
que podemos percibir que nadie está hecho para vivir aislado,
por muy bohemio que sea, ni para vivir “al margen”,
por muy poco que pueda estimarse a sí mismo. Pero
volviendo al recorrido sincero, se percibirá cómo nada hay en
el ser humano que venga provisto de cierto valor que
la persona pueda decir que ha logrado o conquistado exclusivamente
por sí misma. Puede no conocer incluso el origen, pero
no podrá apropiarse del todo lo que le ocurre. Lo
achacará a múltiples factores, aunque creo que terminará reconociendo el
rostro de alguien, o pensando natural y espontáneamente en una
especie de regalo personal. En más de una ocasión, viajando
ya hacia el extremo, será capaz de ver cómo su
vida fue cuidada excelentemente por otros, y conducida por otros,
y más querida incluso por otros que por sí mismo.
Y eso significa salvación, y libertad.
No sé cómo me
las apaño, pero pienso siempre en una vida que no
es cargable asequiblemente, que siempre desborda, que está llamada a
ser compartida de múlitples maneras. Me sigue chirriando un poco
los discursos valientes de quienes esconden lo que viven, y
se mueven tanto por el deber que no perciben otras
facetas de la vida. Sigo recordando aquella frase de la
Escritura: “No es bueno que el hombre esté solo.” Y
cada día me parece una certera expresión, dicha en el
mismo origen, que revela un misterio mayor del que pensamos.
Aquí no hay debilidad, sino realidad en estado puro. Una
realidad perfecta, la de estar hechos los unos para los
otros, la de la imposibilidad de vivir sin convivir, y
de convivir sin compartir y unir. Y detrás de tanta
relación compruebo que existe una llamada mucho más vigorosa y
fuerte, mucho más atrayente y totalizante, mucho más impactante si
cabe que la llamada de aquellos rostros que ya conocemos.
Pide más, requiere más, y busca más continuamente. No se
puede frenar.
Lo otro, lo de la libertad del hombre
y su autonomía y su independencia y su dignidad no
sé dónde lo apoyan ni lo encuentran aquellos que lo
defienden. Si no es en la comunión, si no se
entiende rectamente desde la fraternidad concreta y la fraternidad universal,
no los considero ni siquiera humanos. Pero quizá son cosas
mías. Una de esas múltiples limitaciones tan queridas por mí
que me ha dejado impresa la existencia, no en mi
mundo, sino en un mundo que es de todos.
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