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| Los perfumes en el cristianismo |
En las diversas religiones, los olores agradables —los perfumes— desempeñan
un importante papel en los ritos y liturgias, en la
meditación, en las plegarias y en la comunicación con las
divinidades. El cristianismo no permanece ajeno a esta práctica pero
la dota de un nuevo significado. El propio Jesús toma
contacto con los perfumes más valorados desde muy pequeño. El
incienso y la mirra que le ofrecen los magos venidos
de Oriente, el aceite de nardo, y los óleos funerarios
con que ungen su cadáver, son sólo el inicio de
una relación con los aromas que florecerá en el legado
religioso de Jesús durante los siglos de formación y consolidación
del cristianismo.
Los perfumes en la antigüedad
Los más antiguos documentos que
registran los primeros cultos organizados reflejan un elemento común a
las diversas religiones. En todas ellas, los olores agradables —los
perfumes— desempeñan un importante papel en los ritos y liturgias,
en la meditación, en las plegarias y súplicas y en
la comunicación con las divinidades.
Hacia el año 3200 a.C. se
desbordaron el Tigris y el Éufrates y cubrieron una extensión
de 100.000 kilómetros cuadrados con 2,5 metros de arcilla y
cascotes (Graves, 1969: 137). Esta trágica inundación fue interpretada como
la intención divina de destruir a la humanidad. La Epopeya
de Gilgamesh, poema babilónico escrito poco después de 2000 a.C.,
relata cómo Utnapistim se salva del Diluvio ordenado por los
dioses, enojados y vengativos. Al bajar las aguas, Utnapistim sabe
que debe apaciguar las iras divinas y lo primero que
hace es derramar una séptuple libación de vino y quemar
maderas aromáticas: caña, cedro y mirto (Graves, 1969:136). Para que
la ofrenda sea aceptada, el olor del sacrificio debe resultar
grato a las divinidades. Afortunadamente para la humanidad, el aroma
es recibido con beneplácito por los dioses, que deciden no
repetir el castigo.
La historia judía del Diluvio bíblico que se
relata en Génesis 8:20-21 presenta las mismas características. Cuando está
en tierra firme, Noé ofrece un sacrificio a Yahvé. Su
aroma agrada tanto a Dios que decide que nunca más
intentará destruir a la humanidad.
Los dos relatos que anteceden, uno
politeísta, otro monoteísta, ejemplifican una faceta definitoria del carácter del
sacrificio que rige la relación Dios-hombre: el olor debe resultar
apropiado para la divinidad. En su intento por agradar a
la deidad, los hombres buscarán la forma de obtener olores
más cautivantes, más dulces. Buscarán sustancias que, al quemar, despidan
perfumes intensos, penetrantes, peculiares, adecuados para sus dioses. Egipcios, súmeros,
babilonios, judíos, griegos, romanos y cristianos —todos— han recurrido a
la práctica de complacer a sus dioses por medio de
los aromas.
El cristianismo también apeló a los perfumes como otro
de los recursos para la comunicación entre Dios y el
fiel. Ya en vida de Jesús, algunos aromas tuvieron su
protagonismo, protagonismo que se profundizará durante la Edad Media y
que continúa hasta nuestros días, reflejado en los usos litúrgicos
de las Iglesias de Oriente y Occidente.
Los perfumes en vida
de Jesús
Desde muy pequeño, Jesús toma contacto con los perfumes
más valorados. Al ofrendarle su homenaje, los magos llegados de
Oriente descritos en Mateo 2:11, le ofrecen sus presentes: oro,
incienso y mirra. Es evidente que la presentación de estos
dones al Niño Jesús y su específica mención en el
Evangelio no es un hecho trivial. El oro ha sido
apreciado por todas las culturas, pero para comprender la estima
en que se tenían al incienso y la mirra, es
necesario efectuar algunas consideraciones y no olvidar los valores del
mundo antiguo.
a. Incienso
La primera de las sustancias odoríferas mencionadas
es el incienso. Esta palabra (en griego thumiama) proviene del
latín incendere (quemar) y designa una sustancia aromática que se
obtiene de ciertos árboles resinosos de la familia de las
burseráceas cuyas exudaciones, al ser quemadas, despiden buen olor. Para
producir un aroma más penetrante y pesado se le agregan
otras sustancias, generalmente en número de cuatro, pero pueden llegar
hasta trece, entre las que se encuentran sándalo, bálsamo, mirra,
áloe, cedro, enebro, benjuí, almizcle, estoraque, ámbar. El incienso se
conocía desde antiguo y se usaba para las ofrendas religiosas,
ahuyentar a los espíritus malignos, alejar a las enfermedades y,
naturalmente, como medio de comunicación de los hombres con sus
dioses ya que los perfumes deliciosos agradaban a las divinidades
y los predisponían a favorecer lo implorado en las plegarias.
Colocado sobre rescoldos de carbón, el incienso se consumía lentamente,
dejando escapar su fragancia exótica. Al igual que el olor
del sacrificio de animales y la quema de ofrenda de
cosechas, su aroma agradaba a las divinidades y quien lo
ofrecía accedía desde la tierra al estrato divino. Sus ruegos,
mimetizados con el humo, ascendían hasta el dios.
En el Antiguo
Egipto, el incienso se usaba también para embalsamar y fumigar
y en las fiestas, las damas más finas colocaban sobre
sus pelucas conos de incienso que se disolvían lentamente, impregnando
su ropa y su pelo con perfume. En los tiempos
bíblicos, la quema de incienso acompañaba los sacrificios de aceite,
frutas, vino y otros sacrificios incruentos en el Templo de
Jerusalén. Existía un altar especial en patio del Templo para
la quema exclusiva de incienso. El propio Dios prescribe a
Moisés la fórmula del incienso, que sólo podía ser preparado
por la tribu de los levitas y los únicos que
poseían el privilegio de ofrendarlo en el Templo eran los
sacerdotes. (Éxodo 30, 34-38) Al Sancto Sanctorum, donde se encontraba
el arca de la Alianza, sólo estaba permitido entrar una
vez al año. Esto era en el Día del Perdón,
y el gran sacerdote, único autorizado, lo hacía quemando incienso
(Levítico 16, 12-13). Pese al legado judaico, la quema del
incienso no forma parte de los ritos religiosos en los
primeros tiempos cristianos. Lucas lo menciona en su relato sobre
el nacimiento de Juan el Bautista, cuando el ángel se
le aparece a Zacarías a la derecha del altar del
incienso(Lucas 1,8-11). Otra referencia neotestamentaria al incienso se encuentra en
Apocalipsis 8,3-5.
Probablemente ambas alusiones al uso de incienso sean referencias
a costumbres hebreas, con las cuales los primeros cristianos indudablemente
estaban familiarizados. La práctica del encendido del incienso aparece en
la liturgia cristiana alrededor del año 500 y al principio,
sólo la Iglesia de Oriente quemaba incienso. Lo hacía antes
de las plegarias con que se abría la liturgia y
lo repetía muchas veces durante las ceremonias. Esta práctica continúa
siendo hoy muy intensa en las Iglesias Ortodoxas ya que
forma parte estructural de la liturgia: el incienso se usa
para fumigar iconos, altar, utensilios de culto y la fumigación
constituye un acto dedicado Dios, a quien se le rinde
así honor y gloria. También se inciensan personas y esto
significa que hasta ellos ha descendido el Espíritu Santo. Los
incensarios que se utilizan en el ámbito de las Iglesias
Orientales, derivan de las formas de la arquitectura religiosa (Iconos,
2000:65) y presentan la forma característica de las cúpulas bizantinas.
En
el rito romano de la Iglesia Católica, el incienso se
usa sólo como acompañamiento de otras acciones y su uso
es aleatorio. Se puede emplear en la procesión de entrada,
en la lectura del Evangelio, en el ofertorio y en
la elevación de la Eucaristía. Al igual que en otras
religiones, el humo del incienso significa la ascensión de las
plegarias de los creyentes hasta Dios. El incienso no siempre
se quema, ya que en para el período de cuarenta
días que media entre la Pascua y la Ascensión se
insertan cinco granos de incienso en el cirio pascual, que
simbolizan las cinco heridas de Cristo.
El ingrediente principal de los
granos de incienso es una sustancia gomosa resinosa (llamada también
incienso) que se extrae de diversos árboles o arbustos que
crecen en ambas orillas del mar Rojo y de los
golfos de Suez y de Aqaba (Arabia meridional —el llamado
país de Saba— de donde procede el mejor incienso), en
el noreste de Africa (Somalia) y en la India. Para
obtener esta resina, se le hacen incisiones a las plantas
para que exuden unas lágrimas semiopacas amarillas o rojizas que
endurecen al contacto con el aire. El incienso deliberadamente producido
por cortes provocados, se llama "incienso hembra". El que produce
la planta naturalmente, es el "incienso macho" u olibano y
es más puro y de mejor calidad que el obtenido
artificialmente. Su comercio era uno de los más lucrativos e
importantes en la Antigüedad y la Edad Media, ya que
se trataba de un artículo exótico, lujoso, sumamente costoso y
muy apreciado.
En la Antigüedad se creía que el incienso era
una sustancia divina y sus recolectores eran considerados sagrados. Durante
la cosecha, los trabajadores debían abstenerse de ciertas actividades consideradas
impuras, tales como asistir a funerales, tocar a los muertos,
o tener relaciones sexuales. Al terminar la jornada, los cosechadores
debían desvestirse para ser revisados y evitar así la sustracción
de la resina, prevención inútil ya que el temor y
el respeto sagrado provocados por el divino incienso evitaban por
sí solos cualquier intento de robo.
El uso que se le
daba en el mundo antiguo era principalmente ritual. Egipcios, griegos,
romanos, quemaban incienso en sus casas y en sus templos
y lo empleaban en sus ceremonias funerarias, en la creencia
de que el alma ascendía junto con el humo. Plinio
(HN 12.83) relata que el emperador Nerón mandó quemar la
cosecha de incienso de Arabia de todo un año durante
los funerales de su esposa Popea en el año 65.
El
incienso también se usaba en cosméticos y medicinas. Los egipcios
lo mascaban para combatir el mal aliento y también para
aliviar lastimaduras en la boca. Griegos y romanos lo mezclaban
con bálsamo y fabricaban ungüentos para las heridas y los
chinos inhalaban el humo para curar los males respiratorios
b. Mirra
La
otra sustancia aromática que menciona Mateo es la mirra. Se
trata de una gomorresina aromática exudada por diversos árboles del
noreste de África (Somalia), Arabia y Anatolia (Turquía). De la
familia de las burseráceas, es un árbol espinoso que alcanza
una altura de 1,2 a 6 metros (Burgstaller, 1984:102), y
presenta un tronco desproporcionadamente grueso al que se le practican
incisiones para recoger una sustancia que, al secarse, se torna
roja, traslúcida, frágil y brillante. Las gotas que exuda contienen
entre un 25 y un 45% de resina, de 3
a 8% de aceite esencial y entre 40 y 60%
de goma.
Su nombre, mirra, proviene del árabe (murr) y significa
amargo (The Oxford, 1979, p. 600). Tiene una doble connotación:
por un lado se refiere al sabor acre de la
mirra, de la que se dice posee "gusto amargo y
dulce olor" (Vaughan, 1998). Y por otro, se refiere a
la asociación de la mirra con el dolor, en referencia
a su empleo funerario. Se la utilizaba también en las
ofrendas y se la podía quemar sola o junto con
otras resinas, ya que formaba parte de la mayoría de
las fórmulas del incienso.
De múltiples usos en la Antigüedad, se
utilizaba la mirra para la fabricación de perfumes, ungüentos, medicinas.
Se creía que curaba casi todo, desde las paspaduras de
pañal hasta la calvicie. Se la utilizaba para tratar lastimaduras,
problemas digestivos como atonía digestiva, dispepsia, gastralgia, diarrea y disentería;
también como enjuague bucal, para bajar la fiebre y como
emenagogo (para provocar el flujo menstrual) (Burgstaller, 1984:102).
Se le atribuía
también un cierto efecto narcótico. Era práctica entre los romanos
—como resabio de compasión hacia los condenados a tormento seguido
de muerte— que se les ofreciera vino mezclado con mirra,
a fin de adormecerlos previamente a su agonía. Antes de
clavar a Jesús en la cruz le ofrecen, según esta
costumbre, vino con mirra, bebida que rechaza : "Y le
dieron a beber vino mezclado con mirra, más él no
lo tomó" (Mateo 27:34).
Se usaba también en los embalsamamientos: los
egipcios llenaban los cuerpos vacíos con mirra en polvo. Por
un lado, tapaba los olores de la carne en descomposición
y por otro, también ayudaba a conservar el cadáver. Asimismo,
se creía que purificaba el cuerpo, preparándolo para la vida
en el más allá. Heródoto destaca que el incienso no
era utilizado en los menesteres momificatorios, lo que probablemente se
deba a su carácter netamente ofrendatorio. Los judíos, que no
practicaban el embalsamamiento, usaban mirra y áloe en los ungüentos
funerarios para la preservación del cuerpo. Los cadáveres eran perfumados
y ungidos con óleos y sustancias aromáticas antes de ser
envueltos en lienzos blancos. En Asiria se quemaba mirra en
la cabecera de los moribundos, tal vez con intenciones antisépticas.
Debido a su uso en los padecimientos y en los
preparativos mortuorios, la mirra se asocia con el dolor y
la muerte en las culturas antiguas.
Antes de ordenarle a Moisés
cuáles han de ser los componentes del incienso, Dios especifica
la receta para el óleo que han de usar los
sacerdotes para sacrificar y ungir (Éxodo 30,23-31)
El significado de
la palabra Mesías en hebreo ("Maschiah") es "el ungido" y
se tradujo al griego como "Khristós", que no es un
nombre propio sino que quiere decir "el ungido del Señor".
La palabra griega "khrîsma" expresa la acción de ungir y
pasó a denominar al óleo (santo crisma) que se utilizaba
para la unción. El óleo que debía ungir al Mesías,
al Cristo Jesús, se preparaba con la dulce mirra.
Por otro
lado, en el plano terrenal y profano, la mirra se
asociaba con estilos de vida lujosos, con la opulencia y
la riqueza, como símbolo de un elevado nivel socio-económico. A
fines del tercer milenio a. C., el egipcio Ipu-wer se
queja amargamente del orden social trastocado y denuncia que los
nuevos ricos han elegido a la mirra como emblema de
su nuevo estatus.
La mirra se relacionaba en el mundo antiguo
con los preparativos amorosos, la voluptuosidad y el placer. Era
el perfume con que se aromatizaban los lechos cuando se
preparaban para el amor: "He rociado mi alcoba con mirra
y óleo, y cinamomo: Ven, embriaguémonos de amor hasta la
mañana; solacémonos con amores (Proverbios 7:17-18)". El Cantar de los
Cantares (1:12-13) se refiere a la práctica de las mujeres
de llevar una pequeña bolsa que contenía mirra, bajo sus
vestidos (Keller, 1980:223): "Mi amado es una bolsita de mirra
que descansa entre mis pechos." Con mirra se perfumaban las
camas y las ropas de los reyes, y con mirra
se preparaban a las bellas jóvenes que eran elegidas para
formar parte del harén. El libro de Ester (2:13) refiere
que las futuras esposas debían ungirse durante seis meses con
óleo de mirra antes de ser presentadas al rey Asuero,
a quien se lo identifica con el rey Jerjes I,
que reinó entre 585 y 465 a. C.
Su elevadísimo precio
hacía que antaño se le considerara un tesoro; una sola
gota de mirra tenía el poder de convertir a un
perfume ordinario en costosísima y codiciada fragancia. Pero su demanda
decreció a partir de la difusión del cristianismo ya que
los enterramientos simples de los cristianos menguaron las prácticas crematorias
romanas y con ello, el habitual uso de la mirra
en los funerales. Hoy en día, su aplicación es muy
limitada (fabricación de tónicos, dentífricos, remedios para el estómago y
medicinas para calmar el dolor de encías y boca) y
por ello ha perdido su valor económico.
c. Significado de los
presentes
Se ha analizado la importancia del incienso y la mirra
y sus usos y aplicaciones en la época del nacimiento
de Jesús. Por otro lado, es dable inferir que el
aprecio que en ese entonces se tenía del oro es
similar al que produce en nuestros días dicho metal. A
lo largo de la historia del cristianismo, diversos teólogos se
han preguntado y han hallado variadas respuestas al por qué
del regalo de los magos al Niño Jesús, algunas terrenas,
otras espirituales o dogmáticas.
El motivo que espontáneamente surge en primer
lugar es el económico y se refiere concretamente al valor
pecuniario de las ofrendas. Si bien hoy en día el
oro tiene un precio altísimo y comparativamente el incienso y
la mirra han perdido su valor, en los tiempos de
Jesús, oro e incienso tenían aproximadamente el mismo valor (unos
1200 dólares actualizados por kilo. Pero el kilo de mirra
costaba casi siete veces más (Vaughan, 1998). La ofrenda de
los magos representaba, pues, un altísimo valor económico.
Estos elevados valores
del incienso y de la mirra explican por qué el
comercio de ambos artículos era tan lucrativo. Los países productores
intentaban por todos los medios mantener su monopolio y procuraban
descorazonar cualquier intento de ubicación de las plantaciones. Hacían circular
rumores falsos sobre su localización y echaban a rodar diversas
leyendas, como la que aseguraba que los árboles estaban protegidos
por feroces serpientes voladoras.
Algunos Padres de la Iglesia y
teólogos sostienen que el oro, metal precioso propio de reyes,
simboliza el tributo a la realeza de Jesús, a su
calidad de rey. El incienso, de importante papel en los
rituales religiosos y en las ofrendas a las divinidades —tanto
en las religiones idolátricas como en el judaísmo, religión monoteísta—
era un tributo a la divinidad del Niño, el reconocimiento
de que Jesús era Dios. La mirra, usada en los
embalsamamientos, en la unción de los cadáveres y en los
ritos funerarios, era emblema de muerte y sufrimiento y, por
lo tanto, prefiguraba la pasión y muerte de Cristo. Simbólicamente
era un tributo a Jesús hombre, a su componente humano.
En el siglo V, Pedro Crisólogo (Sermón 160) y el
papa León Magno (I Homilía para la Solemnidad de la
Epifanía) declaran que los magos presentaron, entonces, oro para el
rey, incienso para el Dios y mirra para el hombre.
Jacobus
de Voragine, en La Leyenda Dorada (1270), reflexiona que el
oro simboliza el amor, el incienso la plegaria y la
mirra la mortificación de la carne. Sostiene que los tres
presentes significan tres atributos de Cristo, "su más preciosa divinidad,
su más devota alma y su carne intacta e incorrupta".
(Voragine, I, 1995:83)
Beda el Venerable (siglo VIII) y san Bernardo
de Claraval (siglo XII) brindan una explicación más prosaica, aunque
no por ello menos factible. Afirman que el oro tenía
por fin aliviar a la Virgen María de la pobreza,
que el incienso era para eliminar el mal olor del
establo y que la mirra era para alejar a los
gusanos, o sea, desparasitar al niño.
d. El aceite de nardo
Según
la usanza judía, Jesús es circuncidado a los ocho días
de nacido (Lucas 2:21). El Evangelio árabe de la infancia,
de alrededor del siglo VII, completa la historia de este
episodio: Se lo circuncidó en la caverna, y la anciana
israelita tomo el trozo de piel (otros dicen que tomó
el cordón umbilical), y lo puso en una redomita de
aceite de nardo viejo.
El aceite de nardo era un
perfume sumamente valorado. Se fabrica a partir de los rizomas
de la planta homónima, originaria del Himalaya y produce un
óleo intensamente aromático. Era extraordinariamente caro porque para obtener un
litro de esencia era necesario prensar más de 100 kilos
de nardo.
De acuerdo con el Evangelio árabe de la infancia,
ese valioso aceite de nardo, cuidadosamente guardado, es el que
derramará María de Betania sobre la cabeza y pies del
Señor días antes de su muerte.
Los perfumes en la muerte
de Jesús
Si bien los judíos no practicaban el embalsamamiento —como
los egipcios— preparaban a sus muertos con perfumes, ungüentos y
óleos aromáticos, envolviéndolos luego con lienzos blancos, antes de ser
depositados en sus tumbas. Cuando Jesús muere, sus amigos se
apresuran a bajar el cadáver de la cruz para tener
tiempo de prepararlo y sepultarlo antes de que comenzara el
sabat, ya que no les estaba permitido hacerlo en ese
día dedicado a Dios. José de Arimatea y Nicodemo preparan
el cuerpo con áloe y mirra. Pero el apresuramiento con
que ungen el cadáver hace temer que éste necesite una
preparación más minuciosa. Por ello, una vez finalizado el sabat,
María Magdalena y las otras dos Marías se dirigen al
sepulcro con "drogas perfumadas y ungüentos" (Marcos 16:1; Lucas 24:1)
ya que en esa época era tarea de las mujeres
la disposición del cuerpo de los muertos (Duby, 1996:31) y
ellas probablemente consideraran que la unción de José y de
Nicodemo no había sido suficiente.
A las tres Marías que concurren
al sepulcro en la mañana del domingo se las conoce
como las "mirróforas", o portadoras de mirra y son María
Magdalena, María Salomé —que es la vieja partera a quien
le había sido entregado en custodia la redoma con el
aceite de nardo— y una tercera María, cuya filiación presenta
dudas y contradicciones. El sepulcro está vacío: Cristo ha resucitado,
pero el legado del mundo antiguo que relaciona religión y
perfumes, encontrará en el cristianismo una nueva forma de contacto
entre Dios y el fiel.
Los perfumes tras la muerte de
Jesús
Tras la muerte de Jesús, los perfumes adquieren una connotación
diferente e innovadora ya que pasarán a ser una manifestación
de santidad de los hombres y no sólo una vía
de agradar a Dios. Los últimos días de la
Virgen son narrados por un texto apócrifo, el Tránsito de
la Bienaventurada Virgen María. El arcángel Gabriel se le aparece
para anunciarle su inminente partida de la tierra y desde
ese momento la rodea un exquisito perfume, signo de su
santidad. María no muere, sino que es transportada al cielo
en cuerpo y alma. Su hijo Jesucristo viene a buscarla
mientras la Virgen se encuentra rodeada de los apóstoles (incluyendo
a los que habían fallecido) que, avisados por el Espíritu
Santo, han llegado de las diversas partes del mundo para
acompañarla y despedirse. Esta instancia se conoce como Asunción, Tránsito,
Dormición o Koimesis.
El Tránsito se produce apaciblemente y cuando María
llega al Paraíso, la recibe un aroma delicioso. El Paraíso,
tanto en los textos canónicos como en los apócrifos, está
presentado siempre como la tierra de los aromas y de
las piedras preciosas (Albert, 1990:72). Es probable que las referencias
a los perfumes que actúan como manifestación de santidad signifique
que quien lo emana pertenece, por su elevada condición espiritual,
a la esfera en la que el pecado no tenía
cabida. Esta relación entre las fragancias exquisitas y los santos
se manifestó ya desde los primeros mártires. Las crónicas insisten
en que a sus muertes se difunden aromas deliciosos, "imposibles
de describir". Este perfume maravilloso, síntoma de bienaventuranza, es al
que alude la frase "morir en olor de santidad".
Una somera
recorrida por los relatos hagiográficos que jalonan la historia del
cristianismo será más que elocuente para ilustrar la relación entre
una vida beatificada y el perfume que exhala esa santidad.
El
evangelista Marcos, uno de los primeros mártires del cristianismo, es
enterrado en la ciudad de Alejandría. En el año 468,
por mandato del propio Marcos, según se relata, sus restos
son robados y trasladados a la ciudad de Venecia. Si
bien es cierto que tras varios centenares de años, no
es probable que un cadáver despida ya olores nauseabundos, sí
es inusual que exhale una deliciosa fragancia: ( … )
Cuando el cuerpo fue levantado de su tumba, un olor
se desparramó por toda la ciudad de Alejandría —un olor
tan dulce que todas las personas se preguntaban de dónde
provenía (Voragine, I, 1995:245) En el siglo III un santo
muy popular —san Vito— es castigado por su padre, que
no compartía su fe cristiana. El joven, de apenas doce
años, es encerrado en su habitación para forzarlo a abjurar
de su convicción. Pese al encierro, (… ) una maravillosa
fragancia salía de la habitación, impregnando la casa y las
personas con su olor. El padre espió por la puerta
y vio siete ángeles rodeando a su hijo (Voragine, I,
1995:322). Dos mártires italianos, Gervasio y Protasio, sufrieron tormento y
fueron decapitados bajo las órdenes de Nerón en el siglo
I. Sus cuerpos fueron enterrados en Milán, pero con el
transcurso de los años, la ubicación de sus sepulturas fue
olvidada. En el siglo IV, ambos jóvenes se aparecen en
sueños al entonces obispo de Milán, san Ambrosio, y le
piden que rescate sus tumbas del olvido. Le indican dónde
cavar y cuando finalmente descubren sus cuerpos, éstos no sólo
se encuentran intactos sino que además despedían "el más dulce
y noble aroma" (Voragine, I, 1995:326).
La hagiografía abunda en historias
que insisten en la emanación de perfumes inexplicables que actúan
como signo de beatitud. Curiosamente, con la excepción de la
Virgen María, a quien el aroma delicioso acompañó en vida
—si bien como preludio de su próxima partida— el olor
a santidad surge generalmente en el instante de la muerte
o como consecuencia de ella. Cuando a san Pablo le
cortan la cabeza en Roma, su cuerpo emana un muy
dulce olor. Y la leyenda que los monjes borgoñones forjan
en el siglo XI para justificar la supuesta existencia de
las reliquias de María Magdalena en la abadía de Vézelay
refiere que, cuando la Magdalena muere delante del altar de
una iglesia marsellesa, un olor poderoso y dulce persistió durante
siete días en la iglesia. En 1231, el cuerpo de
la hija del rey de Hungría, santa Elizabeth, permanece sin
sepultar durante cuatro días y, a pesar de ello, despide
un olor placentero "que refrescaba a todos" (Voragine, II, 1995,
312).
Con el cristianismo ha cambiado el concepto de que el
perfume debía ser quemado y transformado en humo para que
el fiel tuviera acceso al Dios. Con la llegada de
Cristo, quienes viven su fe de una manera rigurosa e
perseverante pueden manifestar su gracia a través del aroma exquisito
que emanan.
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Imagen: La Voz Católica |
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