La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Análisis digital ¿Qué ha quedado del limbo?
Un resumen del documento de la Comisión teológica internacional sobre el limbo
¿Qué ha quedado del limbo?
El tema del limbo de los niños tiene una importancia
enorme, sobre todo para los millones de padres de familia
que han visto morir a un hijo muy pequeño (antes
o después de nacer) sin haberle podido ofrecer el don
del bautismo.
La doctrina del limbo había sido elaborada, durante siglos,
a partir de una serie de verdades fundamentales de la
fe católica, pero con conclusiones que no parecían suficientemente claras.
Para
profundizar en este tema fue publicado en la primavera de
2007 un Documento de la Comisión teológica internacional titulado “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin
bautismo”. El Documento había sido discutido por la Comisión teológica
internacional después de dos reuniones generales, en 2005 y 2006.
Posteriormente, el Cardenal William Levada, presidente de la Comisión, con
el “consentimiento” del Papa Benedicto XVI, aprobó la publicación del
texto.
A partir de ahora lo citaremos como “La esperanza de
salvación...” indicando el número del parágrafo usado. Hay que aclarar
que este Documento no puede ser considerado en todas sus
partes como un acto del magisterio, si bien ofrece continuas
referencias a textos de la Escritura, de la Tradición y
del Magisterio de la Iglesia.
El fin del Documento es claro:
ofrecer una reflexión sobre el tema del limbo especialmente para
aquellos padres de familia que han perdido un hijo (antes
o después de nacer, cf. “La esperanza de salvación...” n.
68) sin haberlo podido bautizar, y que desean saber si
su hijo llegará o no al cielo, si gozará de
la visión de Dios.
El Documento tiene tres partes y 103
parágrafos. En la primera parte ofrece una historia de la
doctrina teológica (que nunca había llegado a ser dogma de
fe) sobre el limbo y la situación en la que
se encontraba antes y después del Concilio Vaticano II. En
la segunda parte profundiza en los principios teológicos y dogmáticos
que han de ser tenidos presentes para continuar la reflexión
sobre el tema y para explorar si tiene sentido seguir
hablando del limbo. En la tercera parte se elabora una
respuesta conclusiva y se muestran los motivos de esperanza que
existen para pensar que la salvación de Cristo también llega,
por caminos que no conocemos, a estos niños: podemos esperar
que alcanzan, también ellos, la visión beatífica.
Es importante darnos cuenta
de que no estamos ante un tema puramente especulativo, pues
toca a millones de familias en todo el planeta: ¿qué
será de este niño concreto, de este hijo que falleció
cuando era muy pequeño, tal vez cuando era sólo un
embrión o un feto, o al poco tiempo de nacer,
y sin haber recibido el bautismo?
Encontrar una respuesta es posible
sólo si tenemos presentes tres verdades profundas que conocemos desde
nuestra fe cristiana, y que afectan la vida de todos
los seres humanos. Tales verdades, presentadas de modo sintético (cf.
“La esperanza de salvación...” n. 32), son las siguientes:
1. Dios
quiere que todos los hombres se salven, según el texto
conocido de 1Tm 2,4 (cf. “La esperanza de salvación...” nn.
43-52).
2. La salvación es dada sólo a través de
la participación en el misterio pascual de Cristo, es decir,
por medio del bautismo (sacramental o recibido de alguna otra
forma). Nadie puede salvarse (ni siquiera los niños que aún
no tienen ninguna culpa personal) sin la gracia de Dios,
en la que, en cierto modo, se incluye una relación
explícita o implícita con la Iglesia (cf. “La esperanza de
salvación...” nn. 57-67, 82, 99).
3. Los niños no pueden entrar
en el Reino de Dios si no han sido liberados
del pecado original a través de la gracia redentora de
Cristo (cf. “La esperanza de salvación...” n. 36).
Durante siglos, la
Iglesia católica de rito latino ha reflexionado sobre estas verdades
con la ayuda de las ideas de san Agustín. Agustín,
en su polémica con Pelagio, pensaba que los niños muertos
sin bautismo no podían alcanzar el cielo por no haber
sido purificados del pecado original (cf. “La esperanza de salvación...”
nn. 15-18).
Las propuestas agustinianas han cuajado, con el pasar del
tiempo, en la idea del limbo de los niños, un
lugar en el que se encontrarían las almas de los
niños muertos sin bautizar. En el limbo no habría castigos
o serían mínimos (pues esos niños no han cometido ninguna
culpa personal), pero quienes allí estuvieran destinados no podrían gozar
de la visión de Dios que es propia de quienes
ya están en el cielo (cf. “La esperanza de salvación...”
nn. 19-24).
La idea del limbo para los niños llegó a
convertirse en una doctrina católica común, enseñada como tal a
los fieles, hasta mediado el siglo XX. Sin embargo, hay
que recordarlo, nunca fue declarada como dogma de fe ni
como algo definitivo: era una tesis teológica ampliamente difundida (cf.
“La esperanza de salvación...” nn. 26, 40, 70).
En el siglo
XX los teólogos buscaron nuevos caminos para estudiar el tema,
especialmente para conciliar la voluntad salvífica de Dios, que también
miraría a los niños que mueren, antes o después de
nacer, sin haber recibido el bautismo, con la doctrina según
la cual sólo a través de la eliminación del pecado
original es posible lograr la visión beatífica.
El bautismo sacramental, lo
sabemos, es el camino querido por Dios para introducirnos en
el mundo de la salvación. ¿Puede Dios actuar su designio
salvador a través de otros caminos? ¿Es posible que un
niño no bautizado sea librado del pecado original a través
de una participación especial en el misterio de la Muerte
y Resurrección de Cristo? (cf. “La esperanza de salvación...” nn.
27-41).
Un texto del Concilio Vaticano II ofrece caminos para replantear
este tema. En Gaudium et spes n. 22 se nos
explica cómo Cristo ha asociado a su misterio pascual a
todos los hombres. De modo especial, están asociados los creyentes
(los que han recibido el bautismo y viven coherentemente con
su condición de hijos en el Hijo). Pero también, por
vías que no conocemos, se unen a Cristo quienes no
han sido bautizados. Dice el texto:
“(...) Esto vale no solamente
para los cristianos, sino también para todos los hombres de
buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo
invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del
hombre en realidad es una sola, es decir, la divina.
En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a
todos la posibilidad de que, en la forma de sólo
Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (Gaudium et
spes n. 22).
Este texto del concilio es citado numerosas veces
en nuestro Documento (especialmente en los nn. 6, 31, 77,
81, 85, 88, 93, 96).
La forma normal para asociarse al
misterio pascual es, como repite una y otra vez el
Documento que estamos presentando, el bautismo. Por eso, según toda
la tradición católica, sigue en pie la doctrina según la
cual el bautismo es necesario para alcanzar la salvación (“La
esperanza de salvación...” nn. 29, 61-67).
Entonces, ¿qué ocurre con los
niños que mueren sin el bautismo? Desde la Revelación podemos
esperar que Dios les ofrecerá el asociarse al misterio salvífico
de Cristo, por caminos que no conocemos pero que Dios
sí conoce. La oración que la misma Iglesia ofrece por
esos niños es parte de esta esperanza, para quienes existe,
desde hace varias décadas, una misa especial (cf. “La esperanza
de salvación...” nn. 5, 69, 100).
Esta es la clave del
Documento: esperar y confiar en la “filantropía misericordiosa de Dios”
(cf. “La esperanza de salvación...” nn. 80-87), que puede actuar
la salvación en esos niños por “otras vías”, distintas del
bautismo pero con los mismos efectos propios de todo encuentro
salvador con Cristo: quedan libres del pecado original y pueden,
así, acceder a la visión de Dios, pueden entrar en
el cielo (cf. “La esperanza de salvación...” n. 41).
En otras
palabras, y aquí el Documento (n. 101) se limita a
reproducir el Catecismo de la Iglesia Católica n. 1261, respecto
de los niños muertos sin bautismo “la Iglesia sólo puede
confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito
de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia
de Dios, que quiere que todos los hombres se salven
(cf. 1Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los
niños, que le hizo decir: «Dejad que los niños se
acerquen a mí, no se lo impidáis» (Mc 10,14), nos
permiten confiar en que haya un camino de salvación para
los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más
apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir
que los niños pequeños vengan a Cristo por el don
del santo Bautismo”.
Podríamos indicar otras muchas ideas de un Documento
lleno de esperanza, que nos ayuda a profundizar en los
designios amorosos de Dios a través de un tema muy
concreto. Hay un punto que es sumamente hermoso que quisiéramos
evidenciar ahora.
Quizá en el pasado, por influjo de san Agustín,
se había puesto el énfasis (justamente) en la misteriosa relación
de todo el género humano respecto de Adán, de los
primeros padres, desde los cuales hemos heredado el pecado original.
Esta
perspectiva, sin embargo, necesitaba ser completada con el énfasis debido
que hay que dar a la relación de todos los
hombres a Cristo. Hay que citar, en este sentido, una
parte de Gaudium et spes n. 22: “En realidad, el
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del
que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo,
el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al
propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.
Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas
encuentren en Cristo su fuente y su corona.
El que es
imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre
perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la
semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la
naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en
nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con
su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo
hombre”.
En otras palabras: los hombres y las mujeres de todos
los tiempos estamos unidos no sólo por los lazos de
sangre y por una misma humanidad (Adán), sino también por
haber sido alcanzados por el Amor de Dios manifestado en
Jesucristo, el Hombre perfecto que recapitula y explica plenamente nuestra
condición humana. Más aún, la solidaridad humana con Cristo debe
ser vista como prioritaria respecto de la solidaridad humana con
Adán, y a esta luz hay que considerar el tema
del destino de los niños que mueren sin haber recibido
el bautismo (cf. “La esperanza de salvación...” nn. 91, 95).
La
unión con Cristo, Redentor del hombre, se hace real a
través del bautismo, en el cual el creyente queda insertado
en Cristo. Cuando el bautismo no ha podido ser administrado
a los niños, podemos esperar que el misterio salvador de
Cristo llega a ellos de maneras que sólo Dios conoce.
Desde
las reflexiones ofrecidas por este Documento, es posible entonces pensar
que la doctrina del limbo de los niños quedaría “superada”
(cf. “La esperanza de salvación...” n. 95). Queda claro que
la Comisión teológica internacional no ofrece (no podría hacerlo) ninguna
indicación concreta para “prohibir” la defensa de la existencia del
limbo, aunque los elementos que ofrece serían suficientes para considerarla
una teoría teológica del pasado.
Aunque “La esperanza de salvación para
los niños que mueren sin el bautismo” no sea un
Documento vinculante (un acto del magisterio ordinario de la Iglesia),
ofrece elementos suficientes para, por un lado, valorar aún más
la importancia que tiene el bautismo como camino ordinario para
la salvación: hay que administrarlo lo más pronto posible a
los niños nacidos en los hogares cristianos. Por otro lado,
nos presenta el Amor misericordioso de Dios revelado en Cristo
de tal manera que nos permite esperar que aquellos niños
(antes o después de su nacimiento) que mueren sin haber
podido recibir este sacramento, serán salvados y alcanzarán, así, la
visión beatífica por caminos que sólo Dios conoce y según
el misterio de la Redención de Cristo (cf. “La esperanza
de salvación...” n. 103).
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR