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Autor: Ramiro Pellitero Iglesias | Fuente: Fluvium.org La esperanza del Cielo
La unión con Cristo no nos permite vivir en las nubes
La esperanza del Cielo
Cuenta la Odisea que Ulises bajó al Hades, el lugar
de los muertos, para encontrarse con Tiresias, el ciego vidente.
Éste le explicó cómo debía comportarse en el regreso a
casa.
Según
la fe cristiana, los santos son aquellos que ya gozan
de la visión de Dios y están unidos a Él
para siempre. Ellos interceden por nosotros desde el Cielo. Santa
Teresita de Lisieux decía: "Pasaré mi Cielo haciendo bien sobre
la tierra". Con el ejemplo de los santos aprendemos cómo
transitar por este mundo, "que es camino para el otro
que es morada sin pesar" (Jorge Manrique). Y es que
el hombre no es un ser para la muerte, sino
para la Vida. Ya antes de la muerte nos importa,
¡y mucho!, esta vida, porque en ella servimos a Dios
y a los que nos rodean; y, además, porque en
esta vida nos ganamos la otra: con la atención a
la familia, con el trabajo cotidiano y el empeño por
solucionar las pequeñas y grandes cuestiones que nos afectan. Alguien
ha comparado ese esfuerzo de la humanidad, al que hace
un alumno por resolver un complejo problema de matemáticas, ante
su maestro; poco a poco va consiguiendo algunos éxitos, pero
no llega a la solución final; el maestro le observa
y le deja esforzarse, porque sabe que así se va
haciendo más capaz de recibir un día la solución que
sólo el maestro puede dar.
Hace un año por estas fechas se preguntaba
Benedicto XVI si el hombre moderno sigue esperando la vida
eterna o considera que pertenece a una mitología ya superada.
Ciertamente, argumentaba, vivimos tan absorbidos por las cosas de la
tierra, que se nos hace difícil pensar en Dios como
protagonista de nuestra vida. Pero el ser humano no puede
suprimir su anhelo por la justicia, la verdad, la felicidad.
Ante el enigma de la muerte, ¿quién no desearía volver
a encontrar a los seres queridos? ¿Cómo no esperar un
juicio final que restablezca la justicia? ¿Cómo renunciar a la
felicidad para siempre?
Ahora bien, para nosotros, los cristianos, "vida
eterna" no significa sólo una vida que dura para siempre,
"sino también una nueva calidad de la existencia, sumergida plenamente
en el amor de Dios, que libera del mal y
de la muerte y nos pone en comunión sin fin
con todos los hermanos y hermanas que participan en el
mismo Amor".
La vida eterna no está sólo "después" o "en
el más allá"; sino que puede comenzar aquí, en la
amistad con Dios que se da con la vida de
la gracia.
Esto es lo que proclamó el Concilio Vaticano II y
esto es lo que celebramos en la fiesta de todos
los santos. Lo explicaba el Papa: todos los cristianos, llamados
a la santidad, "tienen los pies en la tierra, pero
el corazón ya está en el Cielo, morada definitiva".
En términos parecidos
se expresaba San Josemaría Escrivá, cuando predicaba que hemos de
vivir "con la cabeza en el cielo, y los pies
en la tierra". La unión con Cristo no nos permite
"vivir en las nubes", ni encerrarnos en una autosuficiencia o
en un cómodo bienestar.
Al contrario, nos lleva a trabajar por todas
las personas de la tierra, especialmente los más necesitados: los
enfermos, los indigentes, los débiles.
Aspiramos a convertir esta tierra en un
"cielo", en la medida que depende de nosotros. Queremos dar
a los demás lo que de Dios recibimos: una Vida
que no muere.
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