Autor: C Van den Biesen | Fuente: El Teólogo Responde El Apocalipsis ¿qué es y a qué se refiere?
En el Apocalipsis Jesús es el conquistador de Satanás y su reino
El Apocalipsis ¿qué es y a qué se refiere?
Apocalipsis (Libro de las Revelaciones)
El Apocalipsis, del verbo
"apokalypto", revelar, es el nombre dado al último libro de
la Biblia. También se le llama libro de la Revelación.
Aunque es una obra cristiana, el Apocalipsis pertenece a una
clase de literatura que tiene que ver con temas escatológicos,
muy en boga entre los judíos del siglo I a.
C. y del I después de Cristo.
Autenticidad
El
autor del Apocalipsis se llama a sí mismo Juan. "Juan
a las siete iglesias que están en Asia" (Ap. 1,
4). Y de nuevo, "yo, Juan, vuestro hermano y compañero
de la tribulación. . . me encontraba en la isla
llamada Patmos, por causa de la Palabra de Dios" (1,
9). El Vidente no da más detalles sobre su personalidad.
Pero por la tradición sabemos que el Vidente del Apocalipsis
era San Juan, apóstol, hijo de Zebedeo, el Discípulo amado
de Jesús. Al final del siglo segundo el Apocalipsis fue
reconocido por los representantes históricos de las iglesias principales como
una obra genuina del apóstol Juan. En Asia, Melitón, Obispo
de Sardes, una de las Siete Iglesias del Apocalipsis, reconoció
el Apocalipsis de Juan y escribió un comentario sobre él
(Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, IV, 26). En la Galia,
Ireneo cree firmemente en su autoridad Divina y Apostólica (Adversus
Haer., V, 30). En África, Tertuliano cita frecuentemente el Apocalipsis
sin dudas aparentes sobre su autenticidad (C. Marcion, III, 14,
25).
En Italia, el Obispo Hipólito asigna su autoría
al apóstol Juan, y el Fragmento Muratoriano (un documento del
principio del siglo tercero) lo enumera junto con las otras
escrituras canónicas, añadiendo, ciertamente, el Apocalipsis apócrifo de San Pedro,
pero con la cláusula, quam quidam ex nostris in ecclesia
legi nolunt. El Vetus Itala, la versión latina común en
Italia y Africa durante el siglo tercero, contenía el Apocalipsis.
En Egipto, Clemente y Orígenes creían sin vacilación en su
autoría joánica. Ellos eran estudiosos y hombres de juicio crítico.
Su opinión es aún más valiosa por cuanto ellos no
simpatizaban con la enseñanza milenaria del libro. Ellos se contentaron
con una interpretación alegórica de ciertos pasajes pero nunca se
aventuraron a impugnar su autoridad. Acercándonos más estrechamente a la
era apostólica tenemos el testimonio del mártir de san Justino,
a mediados del siglo segundo. De Eusebio, (Hist. Eccl., IV,
xviii, 8), así como de su diálogo con el judío
Trifón (c. 81), realizado en Éfeso, la residencia del apóstol,
sabemos que él admitió la autenticidad del Apocalipsis. Otro testigo
de alrededor del mismo tiempo es Papías, Obispo de Hierápolis,
un lugar no lejos de Éfeso. Si no escuchó directamente
a San Juan, al menos conoció personalmente algunos de sus
discípulos (Eusebio, Hist. Eccl., III, 39). Su conocimiento es indirecto.
Andreas, Obispo de Cesarea, en el prólogo a su comentario
del Apocalipsis, nos informa que Papías admitió su carácter inspirado.
Indudablemente Papías sacó del Apocalipsis sus ideas sobre el milenio,
por lo cual Eusebio desacredita su autoridad, declarándolo haber sido
un hombre de comprensión limitada. Los escritos apostólicos no dan
ninguna evidencia de la autenticidad del libro.
Argumentos en contra
de su autenticidad
Los "Alogi", una
secta del año 200 D.C., llamada así debido a su
rechazo de la doctrina del Logos, negó la autenticidad del
Apocalipsis y se lo asigna a Cerinto (Epifanio, Ll, ff,
33,; cf. Iren., Adv. Haer., III, 11, 9). Cayo, un
presbítero romano, de aproximadamente la misma época, sostiene una opinión
similar. Eusebio cita sus palabras tomadas de su Disputa: "Pero
Cerinto por medio de revelaciones que él afirmó ser escritos
por un gran Apóstol falsamente imaginaba cosas maravillosas, afirmando que
después de la resurrección habría un reino terreno" (Hist. Eccl.,
III, 28). El antagonista más formidable de la autoridad del
Apocalipsis es Dionisio, Obispo de Alejandría, discípulo de Orígenes. Él
no se opone a suponer que Cerinto es el escritor
del Apocalipsis. "Pues", dice, "ésta es la doctrina de Cerinto:
que habrá un reino terreno de Cristo y como él
era un amante del cuerpo, soñaba que se manifestaría en
la satisfacción del apetito de los sentidos". Sin embargo, él
mismo no adoptó la visión de que Cerinto fuera su
autor. Él consideraba el Apocalipsis como la obra de un
hombre inspirado pero no de un Apóstol (Eusebio, Hist. Eccl.,
VII, 25). Durante los siglos IV y V la tendencia
a excluir el Apocalipsis de la lista de sagrados libros
siguió aumentando en las iglesias Syro-palestinas. Eusebio no expresa ninguna
opinión definida. Él se manifiesta con la afirmación: "El Apocalipsis
es aceptado por algunos entre los libros canónicos, pero otros
lo rechazan" (Hist. Eccl., III, 25). San Cirilo de Jerusalén
no lo nombra entre los libros canónicos (Catech. IV, 33-36);
tampoco aparece en la lista del Sínodo de Laodicea, o
en la de Gregorio de Nacianzo. Quizás el argumento más
contundente contra la paternidad literaria apostólica del libro es su
omisión del "Peshito", la Vulgata siria. Pero aunque el hecho
de que estas autoridades den evidencia contra la autenticidad del
Apocalipsis merece ser considerado, ellos no pueden anular ni afectar
el testimonio más antiguo y unánime de las iglesias. La
opinión de sus oponentes, además, no era libre de prejuicios.
De la manera en la que el Dionisio sostuvo la
cuestión, es evidente que él consideró el libro peligroso al
ocasionar nociones crudas y sensitivas acerca de la resurrección. En
el Occidente la Iglesia perseveró en su tradición de la
autoría apostólica. Solo san Jerónimo parece haber sido influenciado por
las dudas del Oriente.
El Apocalipsis comparado con el Cuarto
Evangelio
La relación entre el Apocalipsis y el Cuarto Evangelio
ha sido discutida por todos los autores, tanto antiguos y
como modernos. Algunos afirman y otros niegan su parecido mutuo.
El sabio obispo alejandrino, Dionisio, hizo en su tiempo una
lista de diferencias a la que los autores modernos han
tenido poco para agregar. Él empieza observando que mientras el
Evangelio es anónimo, el escritor del Apocalipsis da su nombre,
Juan. Enseguida señala cómo la terminología característica del Cuarto Evangelio,
tan esencial a la doctrina joánica, está ausente en el
Apocalipsis. Los términos, "vida", "luz", "gracia", "verdad", no aparecen en
el último. Tampoco la crudeza de dicción por parte del
Apocalipsis se le escapa. El griego del Evangelio es correcto
en su gramática, e incluso le da crédito al autor
por una cierta elegancia de estilo. Pero el lenguaje del
Apocalipsis le parecía bárbaro y desfigurado por incorrecciones. Él, por
consiguiente, se inclina a atribuir las obras a autores diferentes
(Hist. Eccl., VII, 25). Los que sostienen una paternidad literaria
común replican que estas diferencias pueden ser consideradas teniendo en
cuenta la naturaleza peculiar y el objetivo de cada obra.
El Apocalipsis contiene visiones y revelaciones. En conformidad con
otros libros del mismo tipo, por ej., el Libro de
Daniel, el Vidente dio su nombre a su obra. El
Evangelio, por otro lado, está escrito en la forma de
un recuento histórico. En la Biblia, obras de ese tipo
no llevan la firma de sus autores. Así también en
lo referente a la ausencia de terminología joánica en el
Apocalipsis. El objeto del Evangelio es demostrar a ese Jesús
es la vida y la luz del mundo, la plenitud
de la verdad y de la gracia. Pero en el
Apocalipsis Jesús es el conquistador de Satanás y su reino.
Se aceptan los defectos de gramática en el Apocalipsis. Algunos
de ellos son bastante obvios. El lector puede notar el
hábito del autor de agregar una aposición en el nominativo
a una palabra en un caso oblicuo (cf. 3, 12;
9, 12; 20, 2). Además contiene algunos modismos hebreos: por
ej., la palabra hebrea equivalente a "erchomenos": "el que ha
de venir", en lugar de "esomenos", (1, 8). Pero debe
tenerse en cuenta que cuando el Apóstol vino por primera
vez a Éfeso, probablemente era totalmente ignorante de la lengua
griega.
Los defensores de la identidad de autoría apelan además
al hecho llamativo que en ambas obras Jesús es llamado
el Cordero y la Palabra. La idea del cordero que
hace expiación por el pecado por medio de su sangre
se toma de Isaías (53). A lo largo del Apocalipsis
el retrato de Jesús es el del cordero. A través
del derramamiento de su sangre ha abierto el libro con
siete sellos y ha triunfado sobre Satanás. En el Evangelio
Jesús es señalado por el Bautista como el "Cordero de
Dios... que quita el pecado del mundo" (Juan 1, 29).
Algunas de las circunstancias de su muerte recuerdan el rito
observado al comer el cordero pascual, el símbolo de la
redención. Su crucifixión tiene lugar en el día mismísimo en
el que la Pascua era comida (Juan 18, 28). Aunque
fue crucificado, sus ejecutores no rompieron los huesos de su
cuerpo para que la profecía se cumpliera: "no se le
quebrará hueso alguno" (Juan 19, 36). El nombre "Logos": "Palabra",
es muy propio del Apocalipsis, del Evangelio y de la
primera Epístola de San Juan. La primera frase del Evangelio
es, "En el principio existía la Palabra, y la Palabra
estaba con Dios, y la Palabra era Dios". La primera
epístola de San Juan empieza, "Lo que existía desde el
principio, lo que hemos oído. . . de la palabra
de vida". Así también en el Apocalipsis, "Y su nombre
es la Palabra de Dios" (19, 13).
Tiempo y lugar
El vidente testifica que las visiones que está a punto
de narrar fueron vistas por él mientras estuvo en Patmos.
"Yo Juan. . . estaba en la isla llamada Patmos
por causa de la palabra de Dios y del testimonio
de Jesús" (1, 9). Patmos es uno del grupo de
pequeñas islas cerca de la costa del Asia Menor, aproximadamente
doce millas geográficas de Éfeso. La Tradición, como Eusebio nos
dice, nos ha afirmado que Juan fue desterrado a Patmos
durante el reinado de Domiciano por causa de su testimonio
de la palabra de Dios (Hist. Eccl., III, 18). Él
se refiere obviamente al pasaje "por causa de la palabra
de Dios y del testimonio de Jesús" (1, 9). Es
verdad que el significado más probable de esta frase es,
"para oír la palabra de Dios", etc., y no "desterró
debido a la palabra de Dios´´, etc., (cf. 1, 2).
Pero era bastante natural que el Vidente habría considerado su
destierro a Patmos como previsto por la Providencia Divina para
que en la soledad de la isla pudiera oír la
Palabra de Dios. La tradición transmitida por Eusebio halla confirmación
en las palabras del Vidente que se describe como "un
hermano y compañero en la tribulación´´ (1, 9). Ireneo ubica
el destierro del Vidente en Patmos al final del reino
de Domiciano. "Paene sub nostro saeculo ad finem Domitiani imperii"
(Adv. Haer., V, 4). El Emperador Domiciano reinó en los
años 81-96 D.C. En todos lo referente a la tradición
joánica Ireneo merece un crédito excepcional. Su vida fue muy
cercana a la edad Apostólica y su maestro, San Policarpo,
había estado entre los discípulos de San Juan. Eusebio registrando
la afirmación de Ireneo sin ningún error, agrega como el
año del destierro del Vidente el decimocuarto del reinado de
Domiciano. San Jerónimo también, sin reserva o vacilación, sigue la
misma tradición. "Quarto decimo anno, secundam post Neronem persecutionem movente
Domitiano, in Patmos insulam relegatus, scripsit Apocalypsim" (Ex libro de
Script. Eccl). Contra el testimonio unido de estos tres testigos
de la tradición la declaración de Epifanio, que pone el
destierro del Vidente bajo el reinado de Claudio en los
años 41-54 D.C, parece sumamente improbable (Haer., li, 12, 33).
Contenido
(1) LAS SIETE IGLESIAS
1, 1-3. Título
y descripción del libro. La revelación hecha por Jesús el
Mesías a Juan.
1, 4-9. Saludo. Saludo introductorio
a las siete Epístolas, deseando a las iglesias la gracia
y la paz de Dios y de Jesús.
1, 9-20. La visión de Jesús como Hijo de hombre.
El retrato es tomado de Daniel 10 y Enoc 46.
Cf. las frases, "uno como hijo de hombre" (Apocalipsis 1,
13, Daniel 10, 16; 7, 13); "ceñido con oro" (Apocalipsis
1, 13; Daniel 10, 5); "ojos como llamas de fuego"
(Apocalipsis 1, 14; Daniel 10, 6); "a una voz como
de una multitud" (Apocalipsis 1, 15; Daniel 10, 6); "caí
como muerto" (Apocalipsis 1, 17; Daniel 10, 9); "y él
me tocó" (Apocalipsis 1, 17, Daniel 10, 18); "pelo blanco
como lana" (Apocalipsis 1, 14; Daniel 7, 9; Enoc 46,
1).
2, 1-3, 22. Las Cartas a las
siete Iglesias. Las Iglesias son Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes,
Filadelfia, y Laodicea. Las Epístolas son cortas exhortaciones a los
cristianos a permanecer fieles a su fe, a estar atentos
a los falsos apóstoles a abstenerse de la fornicación y
de la carne ofrecida a los ídolos.
(2) EL LIBRO CON LOS SIETE SELLOS
Capítulos 4 y 5. La visión de Dios entronizado sobre
los Querubines. El trono está rodeado por veinticuatro ancianos. A
la derecha de Dios está un rollo sellado con siete
sellos. En medio de los Querubines y de los ancianos
el Vidente mira un cordero, "agnus tamquam occisus", llevando en
su garganta la cicatriz de la incisión con la que
fue degollado. El Vidente llora porque nadie ni en cielo
ni en tierra puede romper los sellos. Es confortado al
oír que el cordero era digno de hacerlo debido a
la redención que había forjado por su sangre. El retrato
del trono es tomado de Ezequiel 1. Compare en ambas
relatos la descripción de las cuatro bestias. Ellos se parecen
a un león, un buey, un hombre, y una águila.
Sus cuerpos están llenos de ojos (cf. Ap. 9, 8;
y Ez. 10, 12). Los veinticuatro ancianos probablemente fueron sugeridos
por las veinticuatro clases de sacerdotes que atienden en el
Templo. El cordero degollado por los pecados de la humanidad
es de Isaías 53.
Capítulos 6 y
7. Los siete sellos y la enumeración de los Santos.
Al abrir cuatro sellos, cuatro caballos aparecen. Su color es
blanco, negro, rojo, y pálido, o verdoso ("chloros"), Ellos significan
conquista, matanza, carestía y muerte. La visión es tomada de
Zac. 6, 1-8. Al ser abierto el quinto sello el
Vidente mira a los mártires que fueron asesinados y oye
sus plegarias por el triunfo final. Al abrirse el sexto
sello los predestinados a la gloria son contados y marcados.
El Vidente los mira divididos en dos clases. Primero, 144,000
judíos, 12,000 de cada tribu. Después una multitud innumerable escogida
de entre todas las naciones y lenguas.
Capítulos 8 y 9. El séptimo sello. Después del intervalo
de alrededor de media hora, el séptimo sello es roto;
siete ángeles aparecen, cada una sosteniendo una trompeta. El sonido
de las primeras cuatro primeras trompetas causa una destrucción parcial
de los elementos de naturaleza. Uno tercio de la tierra
es quemada, así como un tercio de los árboles y
todo el césped. Uno tercio del mar se vuelve sangre
(cf. Ex., vii, 17). Uno tercio de los ríos se
ha convertido en agua ajenjo. Uno tercio del sol, la
luna, y de las estrellas se oscurece, haciendo que un
tercio del día se oscurezca (cf. Ex. 10, 21). Al
sonar la quinta trompeta langostas salen del abismo. Su trabajo
es atormentar a los hombres por cinco meses. Se les
pide encarecidamente no tocar el césped. Su forma es la
de caballos (Joel 2, 4), sus dientes son como los
de leones (Joel 1, 6), su pelo como el pelo
de mujeres. Ellos tienen colas de escorpiones con los que
castigarán al hombre. El mando ellos lo tiene el Ángel
del Abismo, nombrado "Abaddon", el destructor. Al sonido de la
sexta trompeta, los cuatro ángeles encadenados al Éufrates son soltados.
Ellos lideran un ejército de jinetes. Por el fuego que
los caballos escupían y por sus colas que eran como
serpientes, uno tercio de la humanidad es matada. Después de
la sexta trompeta hay dos relatos. (1) El ángel que
está de pie en la tierra y el mar. Él
jura que al sonido de la séptima trompeta el misterio
estará completo. Él da al Vidente un librito. Cuando lo
come, lo siente dulce al paladar, pero amargo una vez
devorado. Tomado de Ezeq., 2, 8; 3, 3. (2) La
contaminación de la corte del Templo por los paganos. Dura
tres años y media. Tomado de Dan. 7, 25; 9,
27; 12, 7-11. Durante ese tiempo dos testigos son enviados
a predicar en Jerusalén. Ellos son los dos olivos de
Zac, 4, 3.11. Al final de su misión son asesinados
por la bestia. Ellos son resucitados después de tres días
y medio (= años). La séptima trompeta suena ahora, las
naciones son juzgadas y el reino de Cristo es establecido.
(3) EL DRAMA DIVINO
Primer Acto. Capítulos 12-14.
El cordero, la mujer, y su descendencia; y opuesto a
ellos, el dragón, la bestia del mar, y la bestia
de la tierra. La idea principal se toma de Gén.
3, 15. "Yo pondré enemistad entre ti (la serpiente) y
la mujer, entre tu descendencia y la suya". La mujer
está envuelta en esplendor celestial; una corona de doce estrellas
sobre su cabeza y el sol y la luna bajo
sus pies (cf. Gén. 37, 9. 10). Ella está con
los dolores del parto. Su primogénito está destinado a gobernar
todas la naciones (Sal. 2, 8. 9). Ella, y su
otra descendencia, es perseguida durante tres años y medio por
el gran dragón que intenta matarlos. El gran dragón es
Satanás (Gén. 3, 1). Él es expulsado del cielo. Con
su cola arrastra con él un tercio de las estrellas.
Tomado de Dan. 8, 10. Las estrellas caídas son los
ángeles caídos. La bestia del mar está en gran parte
tomada de la descripción de Daniel de las cuatro bestias.
Se levanta del mar (Dan. 7, 3); tiene siete cabezas
marcadas con blasfemias por todas partes. También tenía diez cuernos,
como la cuarta bestia de Daniel (7, 7); se parece
a un leopardo, la tercera bestia de Daniel (7, 6),
tenía pies como de oso, la segunda bestia de Daniel
(7, 5); y dientes como de león, la primera bestia
de Daniel (7, 4). El gran dragón da pleno poder
a la bestia, después de lo cual todo el mundo
le rinde culto (aquéllos cuyos nombres no están en el
libro del cordero). Los seguidores de la bestia tienen su
marca en la cabeza y en la mano. La bestia
de la tierra tiene dos cuernos como de carnero. Su
poder yace en su arte de engañar por medio de
fichas y milagros. A lo largo del resto del libro
se le llama el falso profeta. Su oficio es ayudar
la bestia del mar, e inducir a los hombres a
adorar su imagen. El primer acto del drama concluye con
una promesa de victoria del Cordero de Dios sobre la
bestia.
Segundo Acto. Capítulos 15-16. Las siete
copas. Son las siete plagas que preceden la destrucción de
la gran ciudad, Babilonia. Son en gran parte sugeridas por
las plagas egipcias. La primera copa se vierte sobre la
tierra. Úlceras afectan violentamente a hombres y bestias (Ex. 9,
9. 10). La segunda y tercera copa son vertidas en
los mares y ríos, que se convierten en sangre (Ex.
7, 17-21). La cuarta copa es derramada en el sol,
que quema a los hombres hasta la muerte. La quinta
copa es vertida en el trono de la bestia, lo
que causa gran oscuridad (Ex. 10, 11-29). La sexta copa
es derramada en el Éufrates, cuyas aguas se secan y
forman un paso para los reyes del Este (Ex. 14).
La séptima copa es vertida en el aire, y una
tormenta y un terremoto destruyen Babilonia.
Tercer Acto.
Capítulos 17-18. La gran ramera. Está sentada sobre la bestia
de color escarlata con las siete cabezas y diez cuernos;
está vestida de escarlata y engalanada con oro. En su
cabeza está escrito: Misterio, Babilonia la grande. Los reyes de
la tierra cometen fornicación con ella. Pero el día de
su visita ha llegado. Es convertida en un lugar desolado,
morada de animales inmundos (Ls. 13, 21. 22). Su caída
es lamentada por los gobernantes y comerciantes de la tierra.
Cuarto Acto. Capítulos 19-20. La victoria sobre la
bestia y el gran dragón. Un caballero aparece montado en
un caballo blanco. Su nombre es "Palabra de Dios". Él
derrota a la bestia y al falso profeta, los cuales
son tirados vivos al lago de fuego. Su derrota es
seguida por la primera resurrección y el reinado de Cristo
por mil años. Los mártires resucitan y participan de la
gloria y felicidad de Cristo. Durante estos mil años, el
gran Dragón es encerrado con cadenas. Cuando termina el plazo
es liberado para atormentar la tierra. Él engaña a las
naciones Gog y Magog. Estos dos nombres son tomados de
Ezeq., caps. 28-29, donde, sin embargo, Gog es el rey
de Magog. Por último es lanzado también por toda la
eternidad al lago de fuego. Aquí es cuando el juicio
universal y la resurrección tienen lugar.
Quinto
Acto. Capítulos 21-22. La nueva Jerusalén (cf. Ezequiel 40-48). Dios
mora en medio de sus santos que disfrutan total felicidad.
La nueva Jerusalén es la esposa del cordero. Los nombres
de las Doce Tribus y de los Doce Apóstoles están
escritos en sus portones. Dios y el cordero son el
santuario de esta nueva ciudad.
Epílogo. Versículos 18-21.
La profecía del libro se cumplirá pronto. El Vidente advierte
al lector que no le añada ni le quite nada,
so pena de perder su puesto en la ciudad celeste.
Propósito del libro
De esta lectura
del libro es evidente que el Vidente estaba influenciado por
las profecías de Daniel más que por cualquier otro libro.
Daniel fue escrito con el objeto de confortar a los
judíos bajo la cruel persecución de Antíoco Epifanio. El Vidente
en el Apocalipsis tenía un propósito similar. Los cristianos eran
perseguidos furiosamente en el reino de Domiciano. El peligro de
apostasía era grande. Los falsos profetas anduvieron tratando de seducir
al pueblo para aceptar las prácticas paganas y tomar parte
en el culto al César. El Vidente insta a sus
cristianos a permanecer fieles a su fe y enfrentar sus
problemas con fortaleza. Él los anima con la promesa de
una recompensa amplia y rápida. Él les asegura que la
Venida triunfante de Cristo está a las puertas. Tanto al
principio como al final de su libro el Vidente es
muy enfático diciéndole a su pueblo que la hora de
la victoria está cercana. Él comienza diciendo: "Bendito es el
que. . . guarde lo escrito en ella; pues el
tiempo está cerca" (1, 3). Él cierra sus visiones con
las palabras patéticas: "El que da testimonio de estas cosas
dice: Seguro que sí, vengo pronto: Amén. Ven, Señor Jesús".
Con la venida de Cristo serán vengadas las penas de
los cristianos. Sus opresores serán entregados al juicio y a
los tormentos eternos. Los mártires que han caído resucitarán, de
modo que ellos puedan compartir los placeres del reinado de
Cristo, el milenio. Aunque esto no es sino un preludio
a la bienaventuranza eterna que sigue después de la resurrección
general.
Es un artículo de fe que Cristo retornará
al final de los tiempos a juzgar a vivos y
muertos. Pero el tiempo de su segundo advenimiento es desconocido.
"Pero de ese día y hora nadie sabe, no, ni
los ángeles del cielo, sino sólo el Padre" (Mt. 24,
36). Aparecería, y es sostenido así por muchos que los
cristianos de la edad Apostólica esperaron que Cristo volvería durante
su propia vida o generación. Este parece ser el significado
más obvio de varios pasajes ambos en las Epístolas y
Evangelios (cf. Juan 21, 21-23, Tes. 4, 13-18). Los cristianos
de Asia Menor y el Vidente con ellos, parecen haber
compartido esta expectativa engañosa. Su esperanza equivocada, sin embargo, no
afectó la integridad de su fe en la parte esencial
de la dogma. Su visión de un periodo milenario de
felicidad corpórea era igualmente erróneo. La Iglesia ha desechado totalmente
la doctrina de un milenio anterior a la resurrección. San
Agustín ha sido quizás quien más que ningún otro ha
ayudado a librar la Iglesia de todas las imaginaciones crudas
como referidas a sus placeres. Él explicó el milenio alegóricamente
y lo aplicó a la Iglesia de Cristo en tierra.
Con la fundación de la Iglesia el milenio empezó. La
primera resurrección es la resurrección espiritual del alma del pecado
(De Civ. Dei Lib. XX). Así el número 1,000 debe
ser tomado indefinidamente.
Estructura del libro y su composición
literaria
La estructura del Apocalipsis requiere
una división en tres partes.
La primera parte comprende las
siete cartas de exhortación. La segunda tiene como idea principal
la sabiduría de Cristo. Es simbolizada por el libro con
siete sellos. En él están escritos los decretos eternos de
Dios tocante al fin del mundo y a la victoria
final del bien sobre el mal. Nadie excepto Jesús, el
cordero degollado por los pecados del mundo, es digno de
romper los sellos y leer su contenido.
La tercera
parte describe el poder de Cristo sobre Satanás y su
reino. El cordero derrota el dragón y la bestia. Esta
idea se desarrolla en un drama de cinco actos. En
cinco escenas sucesivas vemos ante nosotros la batalla, la caída
de Babilonia la ramera, la victoria y la bienaventuranza final.
La tercera parte es no sólo la más importante,
sino también la mejor lograda desde un punto de vista
literario. El drama del cordero contiene varios pensamientos bellos de
valor duradero. El cordero, simbolizando afabilidad y pureza, conquista la
bestia, la personificación de lujuria y crueldad. La ramera significa
idolatría. La fornicación que los gobernantes y las naciones de
la tierra cometen con ella significa el culto que rinden
a las imágenes de César y a las monedas de
su poder. La segunda parte es inferior en belleza literaria.
Mucho de su contenido es tomado del Antiguo Testamento, y
está lleno de un simbolismo extravagante. El Vidente muestra un
sabor imaginativo para todo lo raro y grotesco. Él se
deleita describiendo langostas con pelo como de mujeres y caballos
con colas como de serpientes. Hay pasajes ocasionales que revelan
un sentido de belleza literaria. Dios quita la cortina del
firmamento como un escriba enrolla sus pergaminos. Las estrellas caen
de los cielos como higos de una higuera agitada por
la tormenta (6, 12-14). En general, sin embargo el Vidente
muestra más amor por el esplendor oriental que una apreciación
de verdadera belleza.
Interpretación
Sería igualmente fatigoso e
inútil enumerar aún las aplicaciones más prominentes hechas del Apocalipsis.
El odio racial y el rencor religioso han encontrado en
todas las épocas en su visión materia muy conveniente y
satisfactoria. Personas tales como Mahoma, el Papa, Napoleón, etc., han
sido identificadas a su tiempo con la bestia y la
ramera. Particularmente para los "reformadores" el Apocalipsis era una cantera
inagotable de dónde extraer invectivas que podrían lanzar entonces contra
la jerarquía romana. Las siete colinas de Roma, las túnicas
de color escarlatas de los cardenales, y los abusos infortunados
de la corte papal provocaron una aplicación fácil y tentadora.
Gracias a la investigación paciente y activa de estudiosos, la
interpretación del Apocalipsis ha sido transferida a un campo libre
de "odium theologicum". Pero entonces el significado del Vidente es
determinado por las reglas de exégesis común. Aparte de la
resurrección, el milenio, y las plagas que preceden la consumación
final, ellos ven en sus visiones una referencia a los
acontecimientos principales de su época. Su método de interpretación puede
llamarse histórico comparado con la aplicación teológica y política de
edades anteriores. La clave para los misterios del libro la
encuentran en 17, 8-14. Pues así dice al Vidente: "El
que pueda entender que entienda."
La
bestia del mar que había recibido plenitud de poder del
dragón, o Satanás, es el Imperio romano, o más bien,
César, su representante supremo. La imagen de la bestia con
la que sus siervos son marcados es la imagen del
emperador en las monedas del reino. Este parece ser el
significado obvio del pasaje: que todas las transacciones comerciales, todas
las compras y ventas eran imposibles si no se tenía
la marca de la bestia (Ap. 13, 17). Contra esta
interpretación se objeta que los judíos en el tiempo de
Cristo no tenían ningún escrúpulo manejando dinero en el que
la imagen de César estaba grabada (Mt. 12, 15-22). Pero
debe tenerse presente que el horror de los judíos hacia
las imágenes imperiales era principalmente debido a la política de
Calígula. Él confiscó algunas de sus sinagogas, y las transformaba
en templos paganos poniendo su estatua en ellos. Él incluso
intentó erigir una imagen de él en el Templo de
Jerusalén (Jos. Ant., XVIII, viii, 2).
Las siete cabezas de la bestia son siete emperadores. Cinco
de ellos el Vidente dice que son caído. Ellos son
Tiberio Augusto, Calígula, Claudio y Nerón. El año de la
muerte de Nerón es el 68 D.C. El Vidente continúa
diciendo: "Uno es", a saber Vespasiano, años 70-79 D.C; es
el sexto emperador. El séptimo, nos dice el Vidente, "no
ha venido todavía, pero cuando venga, su reino será corto".
Así se prevé a Tito, quién reinó apenas dos años
(79-81). El octavo emperador es Domiciano (81-96). De él, el
Vidente tiene algo muy peculiar que decir: Lo identifica con
la bestia y lo describe como aquel que "era y
no es, y que saldrá del pozo sin fondo" (17,
8). En el versículo 11 agrega: "Y la bestia que
era y no es: ella misma también es la octava,
y es de los siete, y va a la destrucción".
Todos esto suena como lenguaje de los oráculos. Pero la
pista para su solución es preparada por una creencia popular
muy difundida en aquel momento. La muerte de Nerón había
sido atestiguada por pocos, de modo que sobre todo en
el Este había la idea de que Nerón todavía estaba
vivo. Gentiles, judíos y cristianos estaban bajo el engaño de
que él estaba escondiéndose, y como se creía normalmente, que
se había ido con los enemigos más problemáticos del imperio.
De ahí que esperaban que volvería a la cabeza de
un ejército poderoso para vengarse de sus enemigos. La existencia
de esta creencia imaginativa es un hecho histórico bien atestiguado.
Tácito habla de él: "Achaia atque Asia falso exterrit velut
Nero adventaret, vario super ejus exitu rumore eoque pluribus vivere
eum fingentibus credentibusque" (Hist., II, 8). Así también "Dio Chrysostomus:
kai nyn (alrededor del año 100 D.C.) eti pantes epithymousi
zen oi de pleistoi kai oiontai (Orat., 21, 10,; cf.
Sebo., "Vit. Caes". s.v. Nero, 57, y los Oráculos de
la Sibilina, V, 28-33). Por tanto, los contemporáneos del Vidente
creían que Nerón estaba vivo y esperaban su retorno. El
Vidente o bien compartió su creencia o la utilizó para
su propio propósito. Nerón había hecho un nombre para sí
por su crueldad y libertinaje. Los cristianos en particular tenían
razones para temerle. Bajo él tuvo lugar la primera persecución.
La segunda ocurrió bajo Domiciano. Pero diferente a la anterior,
no se limitó a Italia, sino que se extendió a
lo largo de las provincias. Muchos cristianos fueron llevados a
la muerte, otros desterrados (Eusebio, Hist. Eccl., III, 17-19). De
esta manera el Vidente fue llevado a considerar Domiciano como
un segundo Nerón, "Nero redivivus". De allí que lo describiera
como "el que era, que no, y que había de
volver". De ahí que lo cuenta como el octavo y
al mismo tiempo le hace uno de los siete precedentes,
el quinto, Nerón. La identificación de los dos emperadores era
fácil de hacer pues incluso autores paganos llamaron a Domiciano
un segundo Nerón (calvus Nero, Juvenal. IV, 38). La creencia
popular acerca de la muerte de Nerón y su retorno
parece ser referida también en el pasaje (13, 3): "Y
yo vi uno de sus cabezas como si fuera cortada
hasta la muerte: y su herida de muerte fue sanada."
Los diez cuernos son explicados
comúnmente como los gobernantes vasallos bajo la supremacía de Roma.
Son descritos como reyes (basileis), en un sentido más amplio,
pues ellos no son reyes verdaderos, sino que recibieron poder
para gobernar con la bestia. Su poder, además, es apenas
para una hora, significando su corta duración e inestabilidad (17,
17). El Vidente ha marcado la bestia con el número
666. Su propósito era que por este número la gente
lo conociera. El que entienda, que cuente el número de
la bestia. Porque es el número de un hombre: y
su número es seiscientos y sesenta y seis. Un número
humano, es decir inteligible por las reglas comunes de investigación.
Nosotros tenemos aquí un caso judío de gematría. Su objeto
es ocultar un nombre sustituyéndolo con una cifra de igual
valor numérico a las letras que lo componen. Por mucho
tiempo intérpretes intentaron descifrar el número 666 por medio del
alfabeto griego, por ej., Ireneo, "Adv. Haer"., V, 33. Sus
esfuerzos no han dado ningún resultado satisfactorio. El éxito mejor
ha sido obtenido usando el alfabeto hebreo. Muchos estudiosos han
llegado a la conclusión de que su significado es Nerón.
Pues cuando el nombre que "César Nerón" es deletreado con
letras hebreas, da la cifra 666.
La segunda bestia, la de la tierra, el seudoprofeta
cuyo oficio era ayudar a la bestia del mar, probablemente
significa el trabajo de seducción continuado por los cristianos apóstatas.
Ellos se dedicaron a hacer que sus compañeros cristianos adoptasen
las prácticas paganas y se sometiesen al culto del César.
Parece que no son los Nicolaítas de las siete Epístolas.
Porque ellos son comparados allí a Balaam y Jezabel que
seducen los Israelitas a la idolatría y fornicación. La mujer
con dolores de parto es una personificación de la sinagoga
o la iglesia. Su primogénito es Cristo, su otra descendencia
es la comunidad de los creyentes.
En esta interpretación, de la que hemos dado un resumen,
hay dos dificultades:
En la
enumeración de los emperadores tres son pasados por alto, Galba,
Otto, y Vitelio. Pero esta omisión puede ser explicada por
la brevedad de sus reinos. Cada uno de los tres
reinó apenas unos meses.
La
Tradición ubica el Apocalipsis en el reino de Domiciano. Pero
según el cómputo dado antes, el Vidente mismo ubica su
obra en el reino de Vespasiano. Pues si este cómputo
fuera correcto, Vespasiano es el emperador a quien él designa
como "el que es". A esta objeción, sin embargo, puede
contestarse que era la costumbre de escritores apocalípticos, por ej.,
Daniel, Enoc, y los libros Sibilinos, lanzar sus visiones en
la forma de profecías y darles la apariencia de ser
la obra de una fecha más temprana. Ningún fraude literario
se pretendía con ello. Era meramente un estilo peculiar de
escritura adoptado como más adecuado al asunto. El Vidente del
Apocalipsis sigue esta práctica. Aunque realmente desterrado en Patmos en
el reino de Domiciano, después de la destrucción de Jerusalén,
él escribió como si él hubiera estado allí y visto
sus visiones en el reino de Vespasiano quizá cuando el
templo todavía existía. Cf. 2, 1. 2.
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El uso excesivo del historicismo crítico para la interpretación de
la sagrada escritura, y en este caso del libro del Apocalipsis es
un abuso al que se oponen el magisterio en "Divino Afflante
Spíritu", y obras como la del Cardenal Luis Billot s.j, e incluso
Benedicto XVI en su libro "Jesús de Nazareth".
La mejor forma de entender el Apocalipsis, según he podido
constatar, es la obra del sacerdote Leonardo Castellani s.j. Y nos
pone en contexto, histórico en sus justas dimensiones, nos
informa qué ocurrió con el abandono del milenarismo y la
polémica de san Jerónimo y su influencia sobre san Agustín, y
finalmente nos interpreta los símbolos y los ubica en la historia,
y hasta hoy, después de su muerte, sigue siendo 100% fiable.
este estudio esta censacional y muy interesante que Dios le de mas sabiduria para seguir explicando todo este tema del apocalipsis ojala y pueda compartir con migo un poco mas del mismo tema que Dios lo bendiga