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Autor: Alfonso Aguiló Pastrana | Fuente: Conoze.com Echar a volar
Hemos de perder un poco el miedo a que cada uno afronte por sí mismo los pequeños sufrimientos y desengaños que la vida trae consigo
Echar a volar
Un rey recibió como obsequio dos pequeños halcones y los
entregó a uno de sus hombres para que los cuidara.
Pasado un tiempo, el instructor comunicó al rey que uno
de los halcones estaba ya perfectamente entrenado, pero al otro
no sabía qué le pasaba, pues desde el primer día
estaba posado en una rama y no había forma de
que echara a volar, hasta el punto de que tenían
que llevarle su alimento a ese lugar.
El rey mandó llamar
a varios curanderos y sanadores, pero nadie lograba hacer volar
a aquel pequeño animal. Pidió consejo a otros sabios de
la corte, pero no hubo forma de moverlo de allí.
Por la ventana de una de sus habitaciones, el monarca
podía ver que el halcón permanecía inmóvil.
A la mañana siguiente,
vio al halcón volando ágilmente por los jardines. «¿Cómo lo
han conseguido? Traedme al autor de ese milagro», dijo el
rey. Enseguida le presentaron a un sencillo campesino. «¿Tú hiciste
volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?». Aquel
hombre contestó: «Alteza, lo único que hice fue cortar la
rama sobre la que reposaba. El pájaro no tuvo más
remedio que empezar a emplear sus alas y echar a
volar.»
Este sencillo relato trae a nuestra consideración el daño que
muchas veces sufren, al comienzo de su vida, quienes tienen
todo demasiado resuelto y nada les fuerza a emplear sus
propios recursos. En cambio, en cuanto las necesidades reales se
ponen frente a ellos, demuestran enseguida con satisfacción todo el
despliegue de sus destrezas y cualidades.
Cuando se facilitan demasiado las
cosas a los niños o a los jóvenes, cuando los
adultos se adelantan siempre a resolverles sus problemas, o a
protegerles de cualquier peligro, o a satisfacer en seguida sus
demandas, o a darles la razón en cualquier conflicto con
sus amigos o en la escuela, se dificulta seriamente su
desarrollo y se fomenta su indiferencia y su pasividad.
Aprender a
decir que no, o a decirse a uno mismo que
no, es parte importante de la educación. Sobre todo cuando
se vive en una sociedad en la que el progreso
económico ha llevado a la gente joven a vivir demasiado
expuesta ante las solicitaciones de la industria del consumo. Por
eso ha llegado a decir Susanna Tamaro que «para ser
padre hoy en día hay que ser un héroe y
atreverse a decir que no constantemente. La clase dirigente del
mañana serán los niños a los que se les haya
dicho que no. Serán los únicos que habrán conservado la
capacidad autónoma de pensar.»
El futuro de mucha gente depende de
que en la familia y en la escuela seamos capaces
de resistir frente a esas oleadas de apetencias y de
falsas necesidades que despierta y explota el marketing consumista. El
éxito de muchos afanes educativos depende en gran medida de
que logremos imponer un estilo de vida fundamentado en la
alegría y la satisfacción que provienen del esfuerzo, de la
austeridad y del servicio a los demás.
Hemos de perder un
poco el miedo a que, desde muy pronto, cada uno
afronte por sí mismo los pequeños sufrimientos y desengaños que
la vida trae consigo. De entrada, porque muchas de esas
contrariedades o decepciones que al principio percibimos como negativas, al
final resultan ser un estímulo positivo y traen una enseñanza.
Y sobre todo, porque superar obstáculos desarrolla capacidades, potencia la
tolerancia a la frustración y permite alcanzar lo que realmente
se quiere. Porque si tantos chicos y chicas fracasan en
la escuela, sin que les falten capacidad intelectual ni recursos
personales para rendir bien en sus estudios, parece claro que
el problema, el núcleo de lo que les pasa, no
es que no puedan, sino que, como a aquel halcón
perezoso al que llevaban la comida hasta su rama, no
se les ha ayudado lo suficiente a desarrollar su capacidad
de querer, es decir, su capacidad de aplazar la gratificación
inmediata para alcanzar un objetivo mejor a largo plazo.
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Es muy cierto todo lo que dice el articulo, a veces nosotros los padres tratamos a nuestros hijos como minusvalidos resolviendoles la vida y cuando ellos tienen que enfrentarse a ella, no pueden y fracasan; esto nos debe hacer reflexionar sobre el gran amor que les tenemos y saber decir que NO cuando y cuantas veces sea necesario para el bien de ellos mismos. Gracias por seguir iluminando nuestro camino de padres.
Patricia Gaytan de Villicana