La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Sandro Magister | Fuente: chiesa.espresso.repubblica.it Las homilías del Papa Ratzinger
Ante todo las homilías son lo que de manera más genuina sale de la mente del Papa Benedicto
Las homilías del Papa Ratzinger
Las homilías litúrgicas son una veta del pontificado de Benedicto
XVI. Es la menos conocida y a la que menos
se recurre. Del Papa han hecho noticia y ruido la
lección de Ratisbona, el libro sobre Jesús, la encíclica sobre
la esperanza. Mucho menos, muy poco, las prédicas que dirige
a los fieles en las misas que celebra en público.
Sin embargo, sin las homilías, el magisterio de este Papa
teólogo sería incomprensible. Así como sin ellas no se entendería
un san León Magno, el primer pontífice del que nos
ha llegado la predica litúrgica, un san Ambrosio, un San
Agustín, todos aquellos grandes pastores y teólogos, columnas de la
Iglesia, que Joseph Ratzinger tiene por maestros.
Ante todo las
homilías son lo que de manera más genuina sale de
la mente del Papa Benedicto. Las escribe casi completamente de
su puño y letra, a veces las improvisa. Pero sobre
todo imprime en ellas ese trazo inconfundible que distingue las
homilías de cualquier otro momento de su magisterio: su ser
parte de una acción litúrgica, más aún, ser ellas mismas
liturgia.
Liturgo de Jesucristo para las gentes
Benedicto XVI ha dicho
claramente en la homilía que pronunció el 29 de junio
del 2008 en la fiesta de San Pedro y San
Pablo: su vocación es la de "servir como liturgo de
Jesucristo para las gentes". La expresión audaz es de Pablo
en el capítulo 15 de la Carta a los Romanos.
Y el Papa la ha hecho propia. Ha identificado su
misión de sucesor de los Apóstoles precisamente en el hacerse
servidor de una "liturgia cósmica". Ya que "cuando el mundo
en su conjunto sea liturgia de Dios, entonces habrá alcanzado
su meta, entonces estará sano y salvo".
Es una visión
impresionante. Pero el Papa Ratzinger tiene esta certeza indestructible: cuando
celebra la misa sabe que allí está todo el actuar
de Dios, entretejido con los destinos últimos del hombre y
del mundo. Para él la misa no es un simple
rito oficiado por la Iglesia. Es la Iglesia misma, habitada
por el Dios trinitario. Es imagen y realidad de la
totalidad de la aventura cristiana. No se equivocaban los paganos
cultos de los primeros siglos, cuando para identificar la cristiandad
la describían en el acto de celebrar. Porque esta era
también la fe de los primeros creyentes. «Sine dominico non
possumus», sin la eucaristía del domingo no podemos vivir, respondieron
los mártires de Abitene al emperador Diocleciano que les prohibía
celebrar. Y por esto sacrificaron sus vidas. Benedicto XVI ha
recordado este episodio en la homilía de su primera misa
celebrada fuera de Roma como Papa, en Bari, el 29
de mayo del 2005.
El tiempo de la Iglesia
En esa
misma homilía el Papa definió el domingo como "Pascua semanal".
Y con ello la identificó como el eje del tiempo
cristiano. La Pascua, o sea la pasión, la muerte y
la resurrección de Jesús, es un acto único en el
tiempo, cumplido una vez por todas, pero es también un
acto cumplido "para siempre", como bien subraya la Epístola a
los Hebreos. Y esta contemporaneidad se realiza en la acción
litúrgica, donde "la Pascua histórica de Jesús entra en nuestro
presente y a partir de allí quiere alcanzar y penetrar
la vida de aquellos que celebran y - por tanto
- la entera realidad histórica". Como cardenal, en el libro
"Introducción al espíritu de la liturgia", Ratzinger escribió páginas sugerentes
sobre el "tiempo de la Iglesia", un tiempo en el
cual "pasado, presente y futuro se compenetran y tocan la
eternidad".
El ritmo del tiempo de la Iglesia lo marca
el domingo. Es este "el primer día de la semana"
(Mt 28,1) y por tanto el primero de los siete
días de la creación. Pero es también el octavo día,
el tiempo nuevo que tuvo principio con la resurrección de
Jesús. El domingo es pues para los cristianos, dice Ratzinger,
«la verdadera medida del tiempo, la unidad de medida de
sus vidas», porque en cada misa dominical irrumpe la nueva
creación. En cada misa la Palabra de Dios se hace
carne. Lo muestran las pinturas de muchas iglesias del Medioevo
y del Renacimiento: a un lado el Ángel anunciante, del
otro la Virgen anunciada, y al centro el altar sobre
el cual en cada misa Verbum caro factum est, por
obra del Espíritu Santo. Pero también la estructura de la
misa muestra ello de manera luminosa, como el Papa Benedicto
recordó en un comentario suyo a la cena de Jesús
resucitado con los discípulos de Emaús, en el Angelus del
domingo 6 de abril del 2008. En la primera parte
de la misa está la escucha de las Sagradas Escrituras,
y en la segunda están "la liturgia eucarística y la
comunión con Cristo presente en el sacramento de su Cuerpo
y de su Sangre". Las dos mesas, de la Palabra
y del Pan, están indisolublemente ligadas.
La homilía hace de
puente entre las dos. El modelo es Jesús en la
sinagoga de Cafarnaúm, en el capítulo 4 del Evangelio de
Lucas. Desenrollando el rollo de las Escrituras "las miradas de
todos estaban fijas en Él. Entonces comenzó a decirles: Hoy
se ha cumplido esta Escritura que habéis escuchado". En sus
homilías, el Papa Benedicto hace la misma cosa. Comenta las
Escrituras y dice "hoy" ellas se cumplen en el acto
litúrgico que se está celebrando. Con la repercusión que se
sigue para la vida de todos, ya que - ha
escrito - "la celebración no es sólo rito, no es
sólo un juego litúrgico, ella quiere ser logiké latreia, transformación
de mi existencia en dirección del Logos, contemporaneidad interior entre
yo y Cristo".
El año litúrgico
Las Escrituras ilustradas por Benedicto
XVI en cada homilía son naturalmente las de la misa
del día, a la cual dan impronta. Y aquí entra
en escena la otra gran articulación del tiempo de la
Iglesia que es el ciclo del año litúrgico. Sobre el
ritmo básico, el semanal de los domingos, se ha injertado
ya desde los primeros siglos del cristianismo, un segundo ritmo,
el ciclo anual, que tiene su elemento esencial en la
Pascua, y en la Navidad y en Pentecostés otros dos
centros de gravedad. Este segundo ritmo hace brillar el misterio
cristiano en sus aspectos y momentos diferentes, a lo largo
de todo el recorrido de la historia sagrada. Comienza con
las primeras semanas del Adviento y prosigue con el tiempo
de Navidad y de la Epifanía, con los cuarenta días
de la Cuaresma, con la Pascua, con los cincuenta días
del tiempo pascual, con Pentecostés. Los domingos fuera de estos
tiempos fuertes son los del tiempo ordinario, per annum. Además
hay fiestas como la Ascensión, la Trinidad, el Corpus Christi,
los santos Pedro y Pablo, la Inmaculada, la Asunción.
Pero
el año litúrgico es mucho más que la narración por
episodios de una única gran historia y de sus protagonistas.
El Adviento, por ejemplo, no es sólo memoria de la
espera del Mesías, porque Él ya vino y todavía vendrá
al fin de los tiempos. La Cuaresma es ciertamente la
preparación para la Pascua, pero también para el bautismo como
matriz de la vida cristiana de cada uno, sacramento administrado
por antigua tradición en la vigilia pascual. Lo humano y
lo divino, lo temporal y lo eterno, Cristo y la
Iglesia, los sucesos de todos y cada uno son sorprendentemente
entretejidos en cada momento del año litúrgico. Lo testimonia una
estupenda antífona de la fiesta de la Epifanía: "Hoy la
Iglesia se ha unido al Esposo Celeste, porque en el
Jordán Cristo lavó los pecados de ella. Corren los Magos
con los dones a las nupcias reales y los invitados
se alegran por el agua convertida en vino". Los Magos,
el bautismo de Jesús en el Jordán, las bodas de
Caná, todo se vuelve "epifanía", manifestación de la unión nupcial
entre Dios y el hombre, de la que la Iglesia
es el signo y la eucaristía el sacramento.
Nuevo libro:
las homilías del Papa Benedicto
En este libro por primera vez
se recoge un ciclo de homilías de Benedicto XVI. Son
las del año litúrgico que comenzó con el primer domingo
de Adviento del 2007, o mejor, con las vísperas de
la vigilia de este domingo. Esta primera homilía y la
del siguiente 31 de diciembre fueron pronunciadas por el Papa
durante las vísperas, antes del Magnificat. Todas las otras durante
la misa, después del Evangelio. La mayor parte han tenido
lugar en San Pedro, en la basílica o en la
plaza; una en la Capilla Sixtina; una en San Juan
de Letrán; una en San Pablo fuera de los muros;
cuatro en otras iglesias de Roma; una en Castel Gandolfo;
una en Albano; las otras en otras ciudades de Italia
y del mundo donde el Papa estaba de visita: Nueva
York, Génova, Brindisi, Sydney, Cagliari, París.
En dos ocasiones Benedicto
XVI, además de celebrar la misa, administró el bautizo a
niños y adultos. Una vez confirmó a unos jóvenes. Otra
vez ordenó sacerdotes. En una ocasión consagró los óleos para
la administración de los sacramentos. En otra más impuso el
palio a los nuevos arzobispos metropolitanos. En una ocasión consagró
una nueva iglesia parroquial y en otra el nuevo altar
de una catedral. En todos estos casos el Papa dedicó
una parte de la homilía a ilustrar los gestos de
la liturgia.
Además, tres veces la misa fue precedida o
seguida de una procesión: el miércoles de Ceniza, el domingo
de Ramos y el Corpus Christi. La noche del jueves
santo el Papa lavó los pies a doce personas. La
noche de Pascua presidió la liturgia de las luces, con
el encendido del cirio pascual y el canto del Exultet.
El 29 de junio, fiesta de san Pedro y san
Pablo, participó con él en la misa - sin consagrar
ni dar la comunión - el patriarca ecuménico de Constantinopla
Bartolomé I, el cual se unió también a la homilía,
hablando inmediatamente antes del Papa.
En cada caso, Benedicto XVI
siempre basó sus homilías en pasajes de la Escritura leídos
en la misa del día o en las vísperas, según
corresponda. El lector encontrará esos pasajes reproducidos al final de
cada homilía: complemento indispensable para situarla en su contexto litúrgico.
Los pasajes casi siempre coinciden con las lecturas del misal
romano proclamadas el mismo día en casi todas las iglesias
católicas del mundo. Después de las homilías de las vísperas
de inicio del Adviento y del 31 de diciembre el
lector encontrará también los textos del Magnificat y del Te
Deum.
Al leer las homilías de Benedicto XVI de corrido
se diseña el año litúrgico, y por tanto el misterio
cristiano, con una nitidez ejemplar. El diseño tiene aquí y
allá ciertos vacíos, porque en no pocos domingos y fiestas
el Papa no ha celebrado en público. Pero él mismo
muestra que quiere colmar estos vacíos dedicando a tal fin
los mensajes que dirige a los fieles y al mundo
todos los domingos a mediodía antes de la oración del
Angelus o, en el tiempo pascual, antes del Regina Coeli.
Estos mensajes son frecuentemente pequeñas homilías. En las que Benedicto
XVI comenta las lecturas de las misas del día. Son
inconfundiblemente de su puño y letra, verdaderas joyas de homilética
menor. En un apéndice al libro el lector encontrará algunas
seleccionadas. Y con ellas enriquecerá la visión de aquella obra
de arte que es el año litúrgico narrado por el
Papa Benedicto.
Homilías. El año litúrgico narrado por Joseph Ratzinger,
Papa
Con este título se recoge por primera vez en un
libro la prédica de Benedicto XVI en las misas y
en las vísperas, en el lapso de un año. Una
lectura obligatoria para entender este pontificado.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR