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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Disecadores de almas
Ningún ser humano conoce a fondo el misterio de los corazones. Sólo Dios penetra lo que hay en mi interior
Disecadores de almas
Hay quienes disecan a las personas como los coleccionistas de
insectos. Un alfiler bien puesto, y el prójimo queda “fijo”
y expuesto en una caja de cristal, para la vista
de todos.
“Fulano es un superficial. Mengano es un pobre tonto.
Perengano es un falso. Aquella señora miente continuamente. Esa joven
va siempre detrás de señores con dinero. Aquel trabajador roba
apenas puede. Ese oficinista no sabe nunca organizarse”.
Las etiquetas llegan
como clavos y penetran hasta destruir la fama de familiares,
amigos, compañeros de trabajo, conocidos.
También los de lejos reciben sus
calificativos. “El alcalde es un sinvergüenza. El gobernador lo arregla
todo con sobornos. El ministro de obras públicas no tiene
ni idea de lo que lleva entre manos. El presidente
promete mentiras siempre que habla...”
Incluso a veces los alfileres caen
sobre uno mismo. Nos miramos en el espejo y reconocemos
nuestra bajeza, nuestra cobardía, nuestra superficialidad, nuestra avaricia, nuestra gula...
Nos “autodisecamos” con un alfiler propio o asumimos como verdadero
el que otros han dejado clavado en nuestra espalda.
Pero ningún
disecador, por más agudo y mordaz que sea, puede aniquilar
la riqueza profunda que se esconde en cada corazón humano.
“Los
límites del alma no los hallarás andando, cualquiera sea el
camino que recorras; tan profundo es su fundamento”, decía Heráclito.
Todos
tenemos en nuestras manos la posibilidad del cambio, de la
sorpresa, de las decisiones radicales. Porque una persona hasta ahora
tibia puede ser encendida por el amor. Porque otro, siempre
visto como un cobarde, puede mostrarnos su valentía ante una
propuesta noble. Porque un criminal (verdadero, no sólo supuesto) es
capaz de pedir perdón y cambiar de vida. Porque un
estafador tiene en su interior energías suficientes para romper con
su pasado y empezar a ayudar a sus víctimas. Porque
un político puede dejar su vida de mentiras para empezar
a servir a todos los habitantes de su estado (también
a los no nacidos, también a los que vienen de
lejos).
Ningún ser humano conoce a fondo el misterio de los
corazones. Sólo Dios penetra lo que hay en mi interior.
Con su ayuda, puedo reconocer mis faltas, mis egoísmos, mi
soberbia, mis rencores siempre encendidos. Con su gracia puedo denunciar
mis males, romper con mi pecado, decir no a las
tentaciones de cada día, darle un sí completo a Dios
y a quien me pide una mano.
“El Espíritu todo lo
sondea, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿qué hombre
conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre
que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo
íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1Co 2,10-11).
Desde
ese Espíritu de Dios puedo conocer mi propio espíritu, puedo
descubrir lo que hay en mi alma. También puedo llegar
a ver a los demás de un modo distinto. No
como un disecador de almas, sino como quien se siente
amado por Dios y descubre que ese amor llega a
todos, a todos invita, a todos llama a una vida
distinta, más hermosa, más grande, más buena, más feliz.
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