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Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: Conoze.com Fortunas prestadas
Cuando el enamoramiento recae demasiado en lo corporal, aquello ofrece poca consistencia respecto al futuro
Fortunas prestadas
«Contemplaba su juventud y su belleza como algo que jamás
fuera a agotarse. No comprendía aún que ningún amor debería
apoyarse demasiado en la belleza. ¿Por qué nos negamos a
admitir que la belleza y la juventud son fortunas prestadas?
¿Por qué imaginamos siempre que lo que nos encandila hoy
nunca podrá convertirse en el peor de los desamores cuando
llega el mañana?
»Nuestra boda no fue por amor. Fue una
boda por simple enamoramiento. Esos enamoramientos que son sensaciones que
provocan intercambios de certezas, besos, abrazos y un sinfín de
intuiciones proclives así al egoísmo de creernos dueños del mundo,
con derecho a imaginar maravillas perpetuas y un continuo esperar
lo que, cuando llega, nos deja fríos. En aquella época
yo no sabía hasta qué punto ese enamoramiento puede ser
simple egolatría, ganas de ver en el otro lo que
nosotros queremos ver, y que al imaginar lo que vemos,
todo se nos vuelve atracción, necesidad de fundir nuestros deseos
a los de la persona de la cual nos enamoramos.
Y es que, en el fondo, lo que hacemos es
enamorarnos de nosotros mismos.
»Veíamos aquello como una eternidad de novela
bucólica, con cielos nítidos, siempre soleados, no exenta de pesadillas,
de lobos acechando una manada de corderitos buenos, de turbiedades
inesperadas, de cambios de humor.»
Así rememoraba el protagonista de una
novela de Mercedes Salisachs la historia del comienzo de su
matrimonio. La historia de una decepción, de muchas frustraciones y
egoísmos hasta llegar a comprender que la mayor parte de
lo que nos atrae con la vista es sólo pura
fachada, hasta comprobar que el atajo del deseo deja casi
siempre un poso de insatisfacción, un triste sabor a desengaño.
Eros, esa especie de minidios griego, mensajero del amor, heredó
de sus padres una naturaleza contradictoria, que le hizo rico
en deseos y pobre en resultados. A ese diosecillo travieso
y juguetón le gusta llamar a nuestro corazón por medio
de la belleza corporal, y esa llamada nos parece a
veces irresistible. Luego vienen concesiones que no dan lo que
prometen, que nos atraen pero luego echan a volar.
Desear a
otra persona no es lo mismo que amarla, y el
deseo, muchas veces, lo que en realidad pretende es utilizar,
poseer, manipular. La fuerza del deseo, sobrecargada en nuestros días
por el impulso de los omnipresentes mensajes eróticos, hace que
la imaginación, la sensibilidad, la memoria del hombre actual estén
condicionadas por un potenciamiento excesivo y enfermizo del deseo. Para
descubrir la riqueza propia de la otra persona, para llegar
a conocerla y a enamorarse de verdad de ella, y
no simplemente desearla, es preciso un esfuerzo nada despreciable. Cuando
el enamoramiento recae demasiado en lo corporal, aquello ofrece poca
consistencia respecto al futuro, porque lo corporal es la parte
más efímera de lo humano, la parte más volátil, la
que más sufre el declive del paso de los años.
El
verdadero enamoramiento lleva siempre a una dilatación de la personalidad,
es un alegrarse más con la felicidad del otro que
con la propia. Es meter al otro como protagonista fundamental
de nuestro proyecto de vida. Queda entonces comprometida nuestra libertad,
y eso siempre cuesta, porque significa renunciar a muchas cosas,
porque el amor actúa como una fragua donde se templan
nuestros egoísmos y nuestros deseos. Porque hay deseos nuestros que
no son compatibles con ese amor, deseos que quizá hasta
entonces eran buenos y legítimos pero ahora ya no lo
son. En cualquier amor, una vez pasado el acné del
primer enamoramiento, la clave del éxito está en ese doloroso
proceso de purificación de los deseos. Se trata de una
dura prueba, que sirve para foguear y madurar esa relación,
que saca a la luz la calidad del material de
que estamos hechos, y que sobre todo saca a la
luz la realidad de nuestro empeño por mejorar. Si no
se supera esa prueba, en el fondo nos habremos enamorado
de nosotros mismos.
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