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Autor: Enrique González | Fuente: www.revistaecclesia.com Si no crees en Dios, tú te lo pierdes
Las creencias nacen en manantiales ocultos
Si no crees en Dios, tú te lo pierdes
Preocupado y dedicado a otras cuestiones no pensaba escribir
por una larga temporada para el periódico. Pero hay
ocasiones y momentos en los que es
imposible resistir a los mandatos de ese Algo que tenemos
dentro y que nos cuchichea en los insomnios. Y todo,
por ese embrollo que se ha organizado por
los anuncios colocados en las espaldas y costados de
los autobuses, donde se puede leer que “ Si Dios
no existe, disfruta de la vida”.
Si no crees, qué le
vamos a hacer. No se trata de hacer creer
a los que no creen. Ni que dejen de creer
los que creen. Hay discusiones que no tienen sentido. Las
ideas y los pensamientos se pueden cambiar con facilidad, pero
las creencias, cuando son firmes, son rocas inamovibles que, ni
siquiera los grandes terremotos pueden menear.
Las creencias están en
unas zonas del intelecto difíciles de alcanzar y de explorar.
Las creencias nacen en manantiales ocultos, se desarrollan con
elementos incomprensibles y se establecen, como reinados inamovibles, en los
más distantes escondrijos de la conciencia. Dios se aloja
en lo más profundo y escondido de la mente, en
las oscuras e inexplicables tinieblas de las creencias.
Durante mucho tiempo, a veces toda la vida, permanece ignorado,
acurrucado, pero presente. Pero un día, un afortunado día, un
temblor interior, hasta entonces desconocido, sacude las superficiales capas de
la conciencia, y los ojos internos ven a través
de la espesa bruma una luz que por primera vez
y para siempre ilumina los complicados vericuetos de
la vida. Es el Dios que no se
palpa con las manos, que se siente, que te
dirige y te orienta. Que te modifica, que te
hace ver la vida de otro modo. Nadie es el
mismo con o sin Dios.
Dios resuelve los grandes pensamientos
sin respuestas. Pensamientos sobre el origen, el objeto y
el fin de la vida. Le da sentido al sin
sentido de la vida. Sobre todo, le da sentido
al sufrimiento y a la muerte, el gran sinsentido de
todos los sinsentidos. Ese Dios que
todo tenemos, creyentes y no creyentes, pero sólo lo sienten
los que han alcanzado la fortuna de ver lo
que no se ve, oír lo que no se oye
y tocar lo que no se toca. Ese Dios que,
compartiendo guarida con las pasiones y los instintos más escondidos,
sale a borbotones desde el inconsciente más profundo. Y sólo
algunos, en determinados momentos, en situaciones privilegiadas de la vida,
en instantes reservados más para los sencillos, los débiles
y los afligidos, sienten los ardores de su lava
subir hasta la misma conciencia.
Si no crees en Dios, qué le vamos a hacer,
tú te lo pierdes. No nos vamos a pelearnos por
ello. Pero no digan que si Dios no existe
puedes disfrutar de la vida. Supongo que entienden que disfrutar
de la vida es ser feliz. ¿Y qué es la
felicidad? ¿Consumir y libertad para todo? La
felicidad total no existe en este mundo, sólo hay momentos
de felicidad. La felicidad no está en tener muchas cosas.
La libertad choca con las libertades. La felicidad está en
las cosas más sencillas, las que menos valen. Y la
auténtica libertad no está en la voluntad dirigida hacia fuera,
hacia o contra los demás, sino en la voluntad gobernada
hacia dentro. La verdadera libertad es hacer lo que
se debe y no lo que se quiere. Dios no
impide disfrutar de la vida. Si fuera así,
entonces, con seguridad, no existiría.
Dios le da sentido a
la vida, quiere que la vida sea ocasión de disfrute.
Da sentido a cada una de las facetas de
la vida. Busca la salud del cuerpo y la
sanación del alma. El respeto a la vida, el
derecho a vivir. Prohíbe robar y matar. Quiere el
amor entre todo los humanos. Un amor de sentimientos, no
un amor de sentidos. No quiere un simple cumplimiento
biológico. Quiere un encuentro de sentimientos. Quiere algo que
dure y no que se escape en el heladas aguas
de la indiferencia. Quizá, el error, el gran error está
en lo que se entiende por felicidad. La felicidad está
en lo más simple y natural. Aun
en los momentos de mayor dificultad, el canto de
un pájaro, la sonrisa de un niño, el atardecer enrojecido
o la pálida madrugada, pueden hacer disfrutar a un corazón
sencillo.
Hay momentos en la vida, entre otros, aquellos en
los que se sufre una grave enfermedad, en los que
no se desea la felicidad porque ya es un ambición
desmedida y porque ya es una meta secundaria. Entonces,
se busca desesperadamente algo, algo cercano a que aferrarse,
algo que alivie, que devuelva, como el mejor de los
favores y único objetivo, algo tan sencillo y tan
complicado como la salud, y si esto no es posible,
simplemente un asidero de esperanza. La esperanza de
que la vida no queda interrumpida, un no querer
morir del todo. En esos momentos, en esos difíciles
momentos se escarba en las interioridades en busca de ese
Algo. Y, si se encuentra, hasta es posible que disfrute,
no sólo con la vida en dificultad, sino que es
posible que también disfrute de la muerte misma. Parece imposible,
pero es cierto.
Si no crees en Dios, tú te lo
pierdes. Dios no está para fastidiar la vida. Dios quiere
que en el variado paisaje de la vida disfrutes
de sus maravillosas cimas y además te regala un
magnífico bastón para que puedas atravesar sus difíciles barrancos, que
de todo hay en la vida.
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