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Autor: José-Román Flecha Andrés | Fuente: Revista Ecclesia Digital Para siempre
Lo malo es que el uso rápido de las cosas nos impide el disfrute sereno y gustoso de las mismas
Para siempre
Vivimos en la era de lo efímero. Lo que ayer
era necesario hoy es superfluo. Lo que ayer estaba de
moda, hoy está ya desfasado. La industria, el comercio y
la publicidad están organizados sobre la presunción de que es
preciso usar y tirar. Pronto y lejos.
Lo bueno de
este proceso es que nos vemos obligados a imaginar y
crear novedad para satisfacer las demandas cambiantes de las gentes.
Lo malo es que el uso rápido de las cosas
nos impide el disfrute sereno y gustoso de las mismas.
Y que al arrojarlas con tanta decisión no tenemos la
oportunidad de amarlas.
Eso es lo malo. Y lo peor
es que aplicamos ese mismo esquema a nuestras relaciones con
las personas. También ellas se pasan de moda. Hay amistades
y amores “de pasatiempo”, como hay ropas o complementos “de
estación”.
Hemos olvidado el arte y la virtud de permanecer.
Ya no sabemos apreciar lo definitivo. La prisa y la
frivolidad nos impiden amar, amar de verdad, entregando lo mejor
de nosotros mismos que es nuestro tiempo. Porque amar es
dedicar tiempo, es decir vida.
EL SIGNO DE LA
ELECCIÓN
A nadie se le ocurre hoy comprar algo para toda
la vida. Ni comprar una casa para siempre. Decididamente, el
Dios de Israel no medía el tiempo con las mismas
medidas que nosotros. Cuando el Rey David decide construirle un
templo, ese Dios promete al rey que su casa, su
reino y su trono durarán por siempre en la presencia
divina (2 Sam 7, 14-16).
Un reino para siempre. Un trono
para siempre. Y un descendiente suyo que lo ocupe para
siempre. El paso del tiempo y la tragedia nacional harían
pensar a muchos que Dios había faltado a sus promesas.
Pero he aquí que, andando los siglos, a María de
Nazaret se le anuncia que ha de tener un hijo
que llevará por nombre Jesús. “Será grande, se llamará Hijo
del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para
siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1-32.33).
De
nuevo resuena el “para siempre”. Dios revela su fidelidad a
las antiguas promesas. Su amor y su cercanía perduran en
el tiempo. El Nacimiento de Jesús es la prueba y
el signo sacramental de la elección de Dios.
LOS
CAMINOS DE LA VIDA
María contestó: “Aquí está la esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra”. Aquellas palabras no
sólo reflejan su humildad y su obediencia. Sintetizan la hondura
humana de quien acepta la presencia de lo eterno en
el tiempo.
“Aquí está la esclava del Señor”. La más
grave tentación de la humanidad es la de usurpar a
Dios el puesto de quien dirige la historia. Él es
el Señor del tiempo. Él es quien decide el “para
siempre” y el “ahora”. Reconocernos como esclavos del único Señor
es celebrar la libertad y el honor de colaborar en
sus planes sobre el mundo.
“Hágase en mí según tu
palabra”. Pero la otra gran tentación de la humanidad es
la de conceder un valor mágico a nuestras palabras, tan
efímeras como nuestros gustos y nuestras modas. Sólo la Palabra
de Dios es eterna. Por eso es eficaz. Por eso
puede entrar en el tiempo humano y hacerse carne en
nuestra carne. Escucharla es aprender los caminos de la vida.
Padre de los cielos, que nos has enviado a tu
Hijo como Señor y Redentor de nuestra peripecia humana, ayúdanos
a acogerlo en su Palabra y a hacer nuestro su
mensaje de vida y esperanza. Amén.
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