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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Con sabor cristiano
La fuerza de la fe en Cristo lleva a un mayor compromiso
Con sabor cristiano
Para algunos promotores de opinión, hay que excluir en las
leyes y en los laboratorios cualquier criterio ético que tenga
sabor a cristiano. Nos dicen que vivimos en una sociedad
pluralista, por lo que la religión no debería tener ninguna
palabra a la hora de discutir normas que ayuden a
regular la vida pública, pues hay muchas personas que no
tienen ninguna fe.
Con estos argumentos se quiere silenciar, por ejemplo,
a los que se oponen al aborto, como si ir
contra la supresión de una vida humana fuese idéntico a
imponer a la sociedad que respete una idea cristiana. Lo
mismo se dice en las discusiones sobre la reproducción artificial,
sobre la experimentación con embriones, sobre la clonación o sobre
la eutanasia.
¿Por qué se relega fuera de los temas éticos,
sociales y científicos todo lo que huela a cristiano? Por
un motivo muy sencillo: porque se cree que el cristianismo
alteraría la naturaleza de la verdadera política y de la
ciencia.
La suposición anterior, sin embargo, va contra una premisa que
deberían acoger la ciencia y la política: la necesidad de
vivir abiertos a todos los puntos de vistas, la búsqueda
de fundamentos válidos sobre los que pueda descansar el respeto
que permite una auténtica convivencia humana.
Cuando un científico, por ejemplo,
no quiere escuchar nada sobre la dignidad de los embriones,
se está cerrando a un aspecto de la experiencia, está
actuando en contra del respeto de las reglas del método
científico, y, muchas veces, se niega incluso a pensar según
lo que es propio de la verdadera biología.
La ciencia verdadera
es algo sumamente abierto. El científico quiere conocer la realidad.
Por lo mismo, no puede excluir ningún dato, ningún elemento,
ninguna posible experiencia del pasado o del presente que pueda
servir para elaborar una teoría científica.
Excluir a priori un punto
de vista, un dato del pasado o del presente, significa
actuar de modo acientífico. En este sentido, la Iglesia es
un ejemplo de apertura a la ciencia, es un modelo
de racionalidad.
Desde su fe en Cristo, la Iglesia ha descubierto
la dignidad de cada ser humano y se ha
mantenido abierta al progreso de la investigación humana. Muchos científicos
han sido grandes creyentes. Podemos recordar nombres como Copérnico, Galileo,
Pasteur, Mendel, Lemaître. Su fe no sólo no era un
obstáculo para investigar, sino que muchas veces era un aliciente
para conquistar nuevas metas y poner al servicio de la
humanidad descubrimientos que podrían beneficiar a muchos.
También, es cierto, ha
habido católicos que no han vivido de ese modo abierto,
cordial, científico. Galileo, por ejemplo, que era un profundo creyente,
se cerró en sus ideas y no fue capaz de
considerar seriamente la teoría de Kepler (más correcta que la
suya) respecto a las órbitas de los planetas. Algunos enemigos
de Galileo, también creyentes, se aferraron a algunos datos del
pasado para criticar las teorías que la ciencia estaba elaborando
a partir de los nuevos descubrimientos.
La Iglesia, en cuanto “experta
en humanidad”, está llamada a escuchar, acoger, reunir y dialogar
con científicos de todas las tendencias y de todos los
planteamientos. ¿Por qué, entonces, se margina o excluye en algunos
laboratorios y grupos de investigadores a cualquier persona que actúe
e integre en su trabajo su fe profunda en Cristo
muerto y resucitado?
Lo mismo vale para la política en cuanto
destinada a buscar y promover el bien común. Una política
que excluya cualquier idea procedente del cristianismo sería una antipolítica,
pues dejaría de lado las opiniones y energías de amplios
grupos de personas que han acogido una noticia fundamental para
la vida de todos los seres humanos: la muerte y
resurrección de Cristo. Una noticia que ha revolucionado la historia
del planeta y que puede dar una riqueza y un
dinamismo especial a la vida social de aquellos pueblos que
sean, realmente, abiertos y tolerantes.
Pero, al lado de estas observaciones
iniciales, hay que hacer una consideración más profunda. Cuando un
católico (o un creyente de otras religiones) va contra la
esclavitud, el aborto o la eutanasia, no defiende que se
imponga a la sociedad una norma que depende sólo de
su visión religiosa. Lo único que hace es pedir que
se respete el derecho a la vida y a la
libertad de los seres humanos. Este derecho es tan importante
que, sobre el mismo, se construye toda la vida social.
Un estado que admite la eliminación de algunos hombres por
parte de otros (como ocurre en el aborto o la
eutanasia) ha legalizado la barbarie, ha destruido los mismos fundamentos
de la vida democrática: es un antiestado...
En cierto sentido, la
defensa del valor de la vida por parte de los
cristianos nace de su conciencia de ser miembros vivos de
la sociedad, células activas que no pueden ser indiferentes ante
la injusticia. Por eso un político cristiano tendrá que trabajar
por la disminución de los accidentes de trabajo, por la
remuneración equitativa de los trabajadores (sean jóvenes o adultos, hombres
o mujeres), por la prohibición de sustancias tóxicas. ¿Es justo
impedir que un cristiano pueda defender estos aspectos de simple
y clara justicia humana? Por lo mismo, también pedirá que
no se destruya o aborte a los embriones o fetos
con defectos, o que no se deje morir de hambre
a los niños no deseados por sus padres.
La fuerza de
la fe en Cristo lleva a un mayor compromiso en
la defensa de los derechos humanos de todos los hombres
y mujeres del planeta. El no creyente podrá defender esos
mismos derechos por un sentimiento de justicia natural. El creyente
lo hará, además, impulsado por la caridad cristiana. No es
una limitación, sino un enriquecimiento de la vida social.
Excluir a
los cristianos de la vida pública es perder una riqueza
enorme para el dinamismo de una sociedad. Acoger sus aportaciones
permite construir sociedades verdaderamente justas, humanas, abiertas.
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