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Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para el amor Clases sobre el matrimonio
Los curas, creo yo, deberíamos ser quienes hablásemos con mayor entusiasmo del amor en el matrimonio
Clases sobre el matrimonio
¡Qué apasionante historia la de Pieter van der Meer! El
y su esposa Cristina vivieron una de esas aventuras que
a mí me llenan de envidia: lucharon juntos, creyeron juntos,
sufrieron juntos y fueron muy felices por haber podido hacer
juntos todas esas cosas. El día en que Cristina murió
(«se fue a casa», diría él) Pieter, ya con ochenta
años, entró en un monasterio cisterciense para seguir siendo allí
feliz con el recuerdo de Cristina y el amor de
Dios. Y cuenta, en su diario, algunas cosas que todos
los curas deberían leer.
Por ejemplo, en una de sus páginas,
al hablar de los estudios que tuvo que hacer, ya
en su ancianidad, para poder ordenarse de sacerdote, escribe estas
líneas:
«Vengo del curso dedicado a los sacramentos: le ha tocado
la vez al matrimonio. ¡Un hastío infinito! Me ha dado
sueño: sólo disposiciones jurídicas, impedimentos, finalidades, etc. ¡Horripilante! Menos mal
que me cabe el recurso de pensar en las bodas
de Caná y en Cristina y vuelve a arder la
luz del paraíso».
Lo gordo del asunto es que -Van der
Meer tiene razón- Cristo no lo hizo así: dio su
lección de matrimonio en Caná durante una fiesta y rodeándola
de un estallido de alegría. Porque si no descubrimos a
los casados que el matrimonio cristiano es «la luz del
paraíso», ¿qué les explicamos? ¿También los curas -por otro camino-
vamos a contagiarnos de esa visión despectiva y cínica del
matrimonio que circula por los «chistes de hombres»? Ya sé
que es muy difícil vivir una vida de casados en
alegría permanente (porque vivir «en alegría» es siempre difícil), pero
¡qué gusto cuando te encuentras dos casados que han entendido
a fondo lo que es el amor hombre-mujer! Después del
paraiso y de la fe, no hay nada parecido.
Yo pienso
que los obispos no deberían ordenar de sacerdote a nadie
que no estuviera o hubiera estado enamorado. Y no digo
enamorado de una mujer, sino enamorado de algo o de
alguien, de su vocación, de su comunidad, de la vida.
Y mejor si es enamorado de Dios.
Pero digo enamorado-enamorado, como
están los chavales a los veinte años, cuando no saben
ni respirar sin pensar en la persona a la que
quieren. Porque si no se ha estado enamorado, no se
puede hablar bien ni del amor, con minúscula, ni del
Amor, con mayúscula.
Lo malo es cuando oyes a un cura
hablar del matrimonio como una trampa o una fuente de
peligros y de la mujer como una ocasión de pecado.
¿Tanto se habría equivocado Dios al crear la pareja? ¿Inventó
esa ayuda de la que habla el Génesis para que
Adán lo pasase mal? ¿Acaso dejó el paraiso de ser
paraiso al llegar Eva? Que yo sepa, la cosa fue
al contrario: el paraiso no lo fue del todo para
Adán hasta encontrar a la que iba a ser carne
de su carne.
Digo que todos los curas deberían leer esto
porque ¡hay que ver qué sermones hacemos sobre el matrimonio!
¡Hay que ver, sobre todo, cómo lo plantean nuestros libros
de moral! Me imagino que la mayoría de los casados
perderían las ganas de recibir ese sacramento si leyeran nuestros
libros de texto. (A veces pienso que los hacen así
para «proteger» nuestro celibato, pintándonos antipático el matrimonio.)
Por la
misma razón, no me ha gustado jamás que, al hablar
del celibato, se diga que así, sin casarse, se puede
amar más a Dios. Como si el amor fuese algo
divisible; como si una hoguera perdiese algo de su fuego
cuando se enciende, con su llama, otra hoguera. Que digan
que el celibato da más libertad; que expliquen que el
amor de Dios es ya suficiente para llenar una vida;
que digan que, como el hombre es limitado, no tiene
tanto tiempo como merecen sus feligreses si tiene que preocuparse
por ganar el pan de sus hijos. Pero que no
digan que un casado ama menos a Dios por amar
a su esposa, como si Dios estuviera celoso del amor
de los hombres.
Los curas, creo yo, deberíamos ser quienes hablásemos
con mayor entusiasmo del amor en el matrimonio, precisamente porque
hemos gustado lo que es el Amor. De otro modo,
los casados, al oírnos, tendrán derecho a decir: «¡Un hastío
infinito! ¡Horripilante!» Y harán muy bien pensando que por fortuna,
Cristo en Caná, no le tuvo ningún miedo a la
fiesta del amor. ¡Y hasta multiplicó el vino en ella!
A veces pienso que algunos moralistas no le perdonarían nunca
a Cristo ese milagro, temerosos de que algunos de aquellos
comensales de Caná hubieran podido concluir la comida nupcial un
poco piripis.
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