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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Los nuevos inquisidores
Puede ser más dañino para un hombre o una mujer el ver su nombre calumniado en un medio masivo de comunicación que el recibir una condena en un tribunal de justicia
Los nuevos inquisidores
Un profesor de filosofía del derecho explicaba
que el sistema judicial de Occidente se había desarrollado hacia
una dirección muy clara: proteger al más débil. Desde luego,
esto no significa que la meta haya sido alcanzada con
el nacimiento de las constituciones griegas, del derecho romano o
de las legislaciones medievales o modernas. Han pasado muchos siglos
desde que se iniciase a perfeccionar el sistema. Gracias a
tantos esfuerzos, hoy se busca que los presuntos culpables puedan
tener derecho a un abogado, a juicios de apelo, a
recursos a sentencias, de forma que se garantice cada vez,
de un modo más eficaz, la posibilidad de su defensa,
y que todos crean en su presunta inocencia “hasta que
no se demuestre lo contrario”.
Creemos, por lo mismo, estar lejos
de esos pueblos que, en forma tumultuosa, lapidaban o ahorcaban
a los presuntos culpables de un crimen, una violación o
un robo. Creemos poder garantizar, cada vez más, la justicia
para todos. Sin embargo, todavía hay mucho que realizar. Hay
condenas que tienen un sabor a proceso político o a
juegos sucios de intereses comerciales. Hay denuncias que carecen de
todo fundamento, pero que tienen “congelada” la fama de personas
inocentes, algunas de las cuales no pueden pagar una defensa
eficaz, un abogado honesto, o simplemente no encuentran quién pueda
salir a defenderles. Son situaciones enormemente graves, que apelan a
toda la sociedad y nos piden que mejoremos nuestros tribunales,
que no permitamos que el dinero, la pereza, la burocratización
excesiva u otras maniobras misteriosas, puedan acabar con la paciencia
de ciudadanos e, incluso, puedan condenar a inocentes cuando los
culpables campean libremente en el mundo de los “honestos”.
Pero si
es urgente mejorar el sistema judicial, es también necesario notar
que existen otros tipos de condena, que pueden tener efectos
más graves que los martillazos en una mesa de un
juez de mirada amenazadora. A veces bastan unas líneas de
calumnia en un periódico, una insinuación en la televisión, una
sospecha lanzada por la radio, una acusación en internet, para
quitar completamente la fama a una persona o una institución,
sin que se deje muchas veces espacio a una defensa
justa.
Si nos horroriza la imagen de un “gran inquisidor” que
amedrenta y arrastra a la condena, a los hierros o
al fuego, a un pobre hombre que piensa de un
modo distinto, también nos llena de preocupación el que se
pueda lanzar con gran libertad, sin espacio a la réplica,
una acusación traidora, muchas veces bañada de intereses turbios, contra
quien no ha sido antes escuchado, interpelado, respetado en su
presunta inocencia.
En el mundo de la información, puede ser más
dañino para un hombre o una mujer el ver su
nombre calumniado en un medio masivo de comunicación que no
el recibir una condena más o menos seria en un
tribunal de justicia entre el silencio o la indiferencia de
los profesionales de la prensa o de la radio. En
el primer caso, quizá sin juicio, el “reo” nota cómo
los dedos y los pensamientos de muchos le señalan como
culpable de delitos que quizá nunca ha cometido. En el
segundo, quien ha sido declarado culpable, en la serenidad y
la calma de un cierto anonimato, recibe un castigo proporcionado
a su falta, pero sin que su caso transcienda más
allá de quienes deben ser informados de la sentencia.
Desde luego,
hay juicios que merecen la atención de la opinión pública.
Pero una cosa es informar de un proceso en el
que (esperamos) se trabaja con honradez y equidad, y otra
es lanzar a los teletipos de los periódicos un imaginado,
supuesto delito, de un ciudadano que, de la noche a
la mañana, recibe una condena pública que puede llevarle a
perder su trabajo, o el desprecio ciudadano, o la confianza
de algunos amigos... Aunque, como decía Aristóteles, el verdadero amigo
no se pierde por una calumnia, pues quien sí conoce
al “condenado” puede intuir cuánto hay de mentira en una
difamación multimedial.
Siempre nos aterran los métodos inquisitoriales. El mundo de
la democracia debe garantizar que no se repitan hechos parecidos.
Y la gran prensa, la televisión local o internacional, los
diseñadores de páginas informativas en internet, deben tener en cuenta
que cualquier dato que se lanza a la movediza y
frágil “opinión pública” puede tener consecuencias condenatorias de proporciones incontrolables.
Queda
abierta, desde luego, la posibilidad de que los calumniados se
defiendan. Pero una cosa es apelar contra una sentencia de
un tribunal bien definido, con miembros concretos y acusaciones reales,
que pueden ser respondidas una a una, y otra intentarlo
contra un juicio “informático” social. ¿Cómo defenderse de una duda,
de una insinuación, de un “se dice” que corre anónimamente
de boca en boca, de página a página? ¿A quién
acusar? Y, en el caso de encontrar un culpable y
vencer el juicio, ¿de qué sirve si la sentencia queda
olvidada ante la indiferencia de los mismos medios de comunicación,
que apenas sí le dedican, si uno es afortunado, algunas
líneas en las páginas menos leídas del periódico?
Además, no faltará
quien diga que, al perseguir a los calumniadores en los
medios de comunicación se atenta contra la “libertad de prensa”...
Por eso algunos creen que es mejor callar, y se
resignan a recibir el Sambenito, como en los tiempos peores
de la Inquisición, y caminan por las calles como condenados
virtuales, como enemigos públicos que deben pedir perdón y recibir
el desprecio social por culpas que nunca han cometido...
Así funciona
el mundo. Sólo que, si seguimos creyendo en la justicia,
también esto algún día acabará. Hemos terminado con los “juicios
sumarios” y con las ejecuciones apresuradas de inocentes que no
tuvieron tiempo de decir ni pío. También algún día los
mismos defensores de la libertad de prensa reconocerán que el
derecho a la información no coincide con la difusión de
la calumnia, y sopesarán, antes de publicar una noticia picosa
y corrosiva, si se respeta el interés del “presunto malhechor”
de defenderse con todas las de la ley.
Algunos buenos reporteros
han ayudado a terminar con graves injusticias del pasado. También
habrá quienes ayuden, en el mismo mundo de la información,
a terminar con aquellos escándalos periodísticos que sólo sirven para
quemar a inocentes en hogueras de papel o de chips
electrónicos... Y entonces, lo mejor que hay en el periodista
honesto saldrá a la luz, y el mundo de la
información será lo que quiso ser en sus mejores momentos:
una defensa decidida de la verdad en favor de la
justicia y de la dignidad de todos.
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