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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Aborto y racismo
Vencer ideologías nos permitirá vivir en un mundo mejor, donde todos podamos ser amados simplemente como lo que somos: seres humanos merecedores de respeto y de cariño
Aborto y racismo
Para un racista convencido, quizá ser llamado “racista” no
sea un insulto, sino una alabanza.
Para un abortista, ser llamado
abortista no será un insulto, sino un motivo de orgullo.
Seguramente,
para un abortista ser llamado o comparado con un racista
es un insulto gravemente ofensivo. Esto ocurriría en la mayoría
de los casos, aunque conviene recordar que ha habido y
hay racistas que defienden también el aborto, especialmente de aquellos
embriones y fetos de las razas que ellos odian.
Esta reflexión
inicial, que recoge algunos datos de tipo sociológico, puede servir
para comprender en parte una discusión que aparece de vez
en cuando en lo que se refiere al tema del
aborto. Para la mayoría de los hombres y mujeres de
nuestro planeta, ser un racista es sinónimo de defender ideas
injustas y dignas de condena social y política. Por eso
la palabra “racista” es un insulto que denota condena hacia
quien pueda merecerlo por sus ideas o su conducta.
¿Por qué
consideramos al defensor de las ideas racistas como un ser
injusto, un intolerante, quizá incluso un posible criminal? Porque promueve
una serie de discriminaciones injustas, condenables desde una perspectiva auténticamente
humanista.
Sabemos por la historia que un racista puede llegar al
extremo de negar la condición de seres humanos dignos de
respeto a otros seres humanos por pertenecer a aquellas razas
que el racista desprecia; lo cual puede llevarle al deseo
(o a la acción) de marginarlos o incluso de aniquilarlos
con técnicas y métodos que degradan más a los verdugos
que a las víctimas.
Establecer una analogía entre quienes defienden el
aborto y quienes defienden ideas racistas plantea, sin embargo, algunos
problemas. La crueldad y el salvajismo alcanzado por algunos racistas
(por ejemplo, los nazis) toca niveles de degradación que rayan
en lo diabólico, cosa que no ocurre, según algunos, en
quienes defienden el aborto.
Pero si reconocemos que en el aborto
se suprime, se asesina, a un ser humano al que
se niega su humanidad, entonces es posible encontrar puntos de
semejanza entre abortistas y racistas.
Alguno dirá que entre un embrión
o feto y un adulto la diferencia es enorme: de
tamaño, de edad, de autonomía. Pero el punto de la
discusión no es este. Para un racista, la diferencia que
se establece entre pertenecer a una raza o a otra
es suficiente para discriminar, marginar o incluso asesinar a algunos:
los de la raza despreciada por el racista.
Para un abortista
lo que "cuenta" es el tamaño del no nacido; o,
simplemente, el deseo de algunos adultos (dotados de derechos jurídicos)
frente a la condición indefensa y desvalida de su hijo,
que no ha conseguido todavía el reconocimiento de sus derechos
desde un punto de vista jurídico por no haber llegado
al día de su nacimiento.
Sólo será posible evitar injusticias como
las del racismo o del abortismo si reconocemos que todo
ser humano, desde el momento de su concepción, merece ser
respetado en cuanto ser humano.
Nadie tiene derecho a decidir arbitrariamente
sobre la vida o la muerte de los demás. Nadie
pueda ampararse en su ideología para establecer diferencias entre unos
seres humanos con derechos y otros sin los mismos. Nadie,
desde su posición, su fuerza, su técnica o sus planes
personales, debería ser capaz de determinar quiénes pueden vivir y
quiénes están condenados a morir en el silencio y la
“higiene” (si se da) de clínicas que deberían defender la
vida y no destruirla.
Vencer ideologías como el racismo y como
el abortismo nos permitirá vivir en un mundo mejor, donde
todos, sin ninguna discriminación, podamos ser amados simplemente como lo
que somos: seres humanos merecedores de respeto y de cariño.
Fotografía: Esta
imagen fue tomada del Calendario 2001 de Anne Geddes
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