Si analizamos la historia, enseguida puede verse que los regímenes fundamentados en el ateísmo sistemático han producido resultados catastróficos
¿Para qué sirve creer?
—Hay muchas personas que no tienen fe, pero que
son, desde el punto de vista moral, iguales o mejores
que los creyentes: en bondad, en abnegación, en honradez o
en el ejercicio de las virtudes sociales y familiares.
Esas razones
sobre el comportamiento ejemplar de algunos no creyentes, son en
el fondo un argumento a favor de la religión. No
hay que olvidar que esos hombres, pese a no ser
creyentes, en la mayoría de los casos son ejemplares precisamente
porque se guían por unos valores que están inspirados en
el cristianismo. Intentaré explicarme.
Por ejemplo, la Declaración Universal de los
Derechos del Hombre de la ONU de 1948 –un documento
que en Occidente nadie discute– ha sido cuestionada desde amplios
sectores orientales e islámicos por considerarla de excesiva inspiración cristiana.
Ese contraste indica que el Evangelio está presente de manera
muy profunda en el fundamento de nuestra civilización occidental, desde
sus comienzos hasta ahora. Los mismos conceptos de libertad, igualdad,
fraternidad de la Revolución francesa, también son, en su origen,
conceptos cristianos.
A pesar de la pérdida de religiosidad, muchas
personas conservan los contenidos de vigencias que hasta entonces habían
tenido un origen religioso.
Y si seguimos analizando la historia, enseguida
puede verse que los regímenes fundamentados en el ateísmo sistemático
han producido resultados catastróficos. Basta pensar en los totalitarismos ateos
de Lenin o Stalin en el mundo soviético, el de
Hitler en la Alemania nazi, el de Mao en la
China, o el de Pol Pot en Camboya, por fijarnos
sólo en el último siglo. Nietzsche, Engels y Marx, por
ejemplo, consideraban la piedad, la misericordia y el perdón como
la escapatoria de los débiles. Fueron sistemas filosóficos y políticos
fundamentados en la negación de Dios y de sus mandatos,
que fueron sustituidos por la tiranía de ídolos diversos, expresada
en la glorificación de una raza, una clase, un estado,
una nación o un partido.
A la luz de esas
desventuras, se comprende que si se pisotean los derechos de
Dios se acaba violando también los derechos humanos, y viceversa.
Los derechos de Dios y del hombre se afirman o
caen juntos. Y como asegura Frossard, si Occidente ha logrado
escapar, y no sin dificultades, de los horrores de esas
ideologías, ha sido gracias a sus hondas raíces cristianas, que
han obligado al ateísmo a tomar la forma de un
laicismo más tolerante.
—Pero, ante el valor moral de algunos
no creyentes, ¿no tienes la impresión de que los cristianos
dan –o damos–, en general, poco ejemplo? ¿No tendríamos que
pensar un poco más en este mundo y un poco
menos en el más allá?
Es cierto que hay cristianos que
no dan –o quizá no damos– buen ejemplo. O que
parecen haber olvidado su obligación de santificar esta vida como
camino para alcanzar la del más allá. Pero está bien
claro que los cristianos debemos esforzarnos por mejorar el mundo
en que vivimos, en medio de nuestras ocupaciones habituales, como
recomienda el Concilio Vaticano II. El hecho de que no
todos los cristianos sean ejemplares no tiene por qué restar
valor a la fe. Indica, simplemente, que los hombres tienen
debilidades, cometen errores, y no cumplen todos sus buenos propósitos.
Pienso, además, que debemos ser muy prudentes a la hora
de juzgar a los demás, sean o no creyentes. Las
miserias y los errores de los hombres se deben en
buena parte a que han recibido una formación deficiente, y
por eso sus fallos han de ser para nosotros un
estímulo para procurar ayudarles, respetando su libertad. El verdadero espíritu
cristiano impulsa a acercarse con afecto a todos los hombres,
y eso aunque sean personas que lleven una vida muy
equivocada, o incluso criminal, porque en esos casos –escribe Josemaría
Escrivá–, “aunque sus errores sean culpables y su perseverancia en
el mal sea consciente, hay en el fondo de esas
almas desgraciadas una ignorancia profunda, que sólo Dios podrá medir”.
“Sólo Dios sabe lo que sucede en el corazón del
hombre, y Él no trata a las almas en masa,
sino una a una. A nadie corresponde juzgar en esta
tierra sobre la salvación o condenación eternas en un caso
concreto”.
—Pero al ver tantas cosas que se hacen mal, uno
piensa que Dios tendría que haber hecho algo para que
su mensaje fuera más eficaz entre los hombres, o al
menos entre los cristianos.
Dios ha irrumpido en la historia de
una forma mucho más suave y respetuosa con la libertad
del hombre de lo que a muchos les hubiera gustado.
Pero así es su respuesta a la libertad. Dios se
ha ofrecido a guiarnos, pero sin obligarnos. A los ojos
de muchos parece que ha fracasado, y se preguntan por
qué se muestra tan débil. Pero Él no quiere imponerse
sino que solicita nuestra libertad, porque –como dice Henri J.M.Nouwen–
su amor es demasiado grande para hacer nada de eso.
Dios no quiere forzar, obligar o empujar. Da libertad, sin
la cual el amor no puede surgir.
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