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Autor: Alfonso López Quintás | Fuente: istmoenlinea.com.mx Tolerancia: la ruta del encuentro
La tolerancia no es una simple e indiferente aceptación de las posturas ajenas,es un camino formado por el encuentro con los demás y el entendimiento real de sus opiniones
Tolerancia: la ruta del encuentro
La angostura y pobreza de nuestros conceptos a menudo
nos impiden ser flexibles en el diálogo y comprender
a los demás. Con frecuencia en los debates públicos,
por ejemplo, unos acusan de intolerantes a quienes consideran
injustificables sus ideas o actitudes. «Tú eres dueño de
sostener las ideas que desees, pero no intentes imponerlas
a los demás». «Nadie te obliga a cambiar de opinión
ni actitud. Pero es demasiado pretender convertir en exigencia
pública lo que es una mera convicción o creencia
privada».
Frases de este tipo se dicen a
menudo como algo consabido e incuestionable. Por si fuera
poco, a todo el que muestra entusiasmo al defender una
convicción se le reprocha que pretende «imponerla» a otros
de forma intolerante.
Sentir entusiasmo por algo
significa que uno se ve muy enriquecido por ello
y desea conservarlo como una fuente de plenitud y felicidad.
Defenderlo no significa imponerlo, sino querer vivirlo y compartirlo
con otras personas. Ese deseo no tiene carácter coactivo,
sino participativo. Un valor no se impone nunca; atrae.
Quien participa de algo valioso tiende naturalmente a sugerir
a otros que se acerquen al área de imantación
de tal valor. El resto lo hace el valor mismo,
que, si tienen la sensibilidad adecuada, acaba atrayéndolos.
Quien se entusiasma con algo que juzga valioso y lo
defiende tenazmente, sin duda está dispuesto a cambiar de
opinión si alguien le convence con razones de que
se trata de una ilusión falsa. Entusiasmarse no equivale
a exaltarse. Si pienso que la vida humana merece un
respeto incondicional, de forma que cualquier problema que se
suscite por la vida naciente ha de ser resuelto
sin ponerla en juego, y manifiesto esa convicción en
privado o en público, no soy intolerante con quienes opinen
de otro modo.
Cuándo es válido un punto de vista
Existen varias formas de tolerancia. En el plano
fisiológico, tolerar indica que se soporta un dolor o
una incomodidad, significa aguantar. En el trato personal hay
también varias formas: pensemos por ejemplo en la relación
de un padre con un hijo que pasa las
noches fuera de casa y llega de madrugada; para
evitar una confrontación lo tolera, transige.
Finalmente,
en el terreno de las ideas y opiniones, cabe preguntarse
si, para ser tolerante, hemos de aceptar todas las
opiniones que puedan verterse en un debate. Hoy suele
considerarse obvio e incontrovertible que toda opinión es digna
de respeto y se tacha de intolerante a quien
afirme lo contrario. ¿Es justo tal reproche?
Una opinión es respetable, honorable, digna de estima, si
responde al papel de una persona en su comunidad.
Al hablar, actuar, escuchar, escribir o realizar cualquier acción
dirigida a los demás, debemos cuidar que nuestra actividad
colabore a la edificación de la vida común. A
menudo se dice que cada uno ve la realidad
desde su propia perspectiva y aporta siempre un punto de
vista peculiar, tan válido como el de cualquier otro
–el llamado perspectivismo–. En un plano de la realidad
esto es verdad, en otros no.
Si dos personas
contemplan una sierra desde vertientes distintas, tendrán vistas diferentes
y ninguna podrá considerarse la única aceptable y válida.
Ambas obtendrán escorzos igualmente legítimos y fecundos en orden
a un conocimiento completo de esa realidad.
Pero ascendamos a un modo de contemplación más complejo,
por ejemplo, el estético. Aquí, las condiciones son más
sutiles. Necesitamos una preparación adecuada para que nuestra experiencia
estética sea auténtica.
Muchos podemos contemplar El entierro
del Conde de Orgaz, la genial pintura del Greco.
Las diferentes perspectivas serán justas, pero la visión estética
del cuadro sólo vendrá de quien previamente haya cultivado
su sensibilidad. ¿Por dónde empezar a contemplarlo? ¿Qué función
artística ejercen el amarillo sulfuroso del manto de san
Pedro y el azul del de María? ¿A qué
responde que el artista acumule varias cabezas de caballeros
castellanos por encima de la de san Agustín?
Los legos en estética no sabrán contestar estas preguntas.
No cabe decir que cualquier forma de ver el cuadro
es igualmente válida. Y no nos tacharían de intolerantes
por sostenerlo.
Aunque en gustos no hay nada escrito,
es cierto que el gusto necesita cultivarse. Si una
persona formada estéticamente emite un juicio sobre una obra
de arte, su opinión estará mejor fundamentada aunque contradiga
la nuestra.
Por eso es justo no prestar
oídos a quien, carente de toda sensibilidad estética, manifiesta
aversión hacia una obra de calidad. Lo respetaremos, pero
evitaremos dedicar tiempo a un juicio poco serio y
mal fundamentado. Los distintos aspectos de la vida exigen cumplir
determinadas exigencias, de lo contrario, no se logran ciertos
objetivos en cuanto a conocer, sentir, amar y crear.
Para dialogar, lógicamente, deben cumplirse los requisitos de
todo diálogo auténtico, distinto de dos monólogos alternantes.
Si al hablar conmigo alguien me encuentra agresivo, impaciente, poco
o nada acogedor, tendrá derecho a abandonar la conversación.
No podré acusarle, por ello, de intolerante.
Sin
embargo, hoy es frecuente oír: «esta es mi opinión,
mi verdad, usted quédese con la suya». Con ello se
da por supuesto que la verdad es relativa a
cada sujeto porque depende de él. ¿Es esto aceptable?
La creatividad artística arroja luces al respecto, veamos por
qué.
Creatividad Colectiva
A solas, nadie puede ser creativo. Aun la persona
mejor dotada del universo debe contar con realidades distintas
y, en principio, externas, extrañas, ajenas. Al entrar en
relación colaboradora con ellas, dejan de ser distantes, ajenas
y extrañas para tornársele íntimas, sin dejar de ser
distintas. Con ello se instaura un campo de juego
entre nosotros, y surge el sentido y la belleza.
La belleza del Partenón se alumbra cuando una
persona sensible a los valores artísticos entrevera su ámbito
de vida con el de esa realidad. La belleza
no se halla en la obra ni en el
sujeto. Surge dinámicamente entre ambos cuando se da una
donación mutua de posibilidades. La belleza debe ser considerada,
por tanto, un fenómeno relacional, no relativista.
Quien no vive el arte de
forma relacional no entra en el campo de juego
donde se alumbra la belleza. Decirlo es constatar un hecho
que responde a una ley del desarrollo humano, la
ley de la dualidad: «Toda forma de creatividad humana
es siempre relacional; requiere dos o más realidades que
entren en colaboración».
La creatividad siempre es
abierta, relacional, dialógica. No lo olvidemos, porque esa ley
de la naturaleza nos da una clave para entender
a fondo, lúcidamente, lo que es e implica la
verdadera tolerancia.
La auténtica tolerancia no es mera permisividad;
no implica indiferencia ante la verdad y los valores;
no supone aceptar la verdad de cada uno ni
su forma propia de pensar por el hecho de
pertenecer a una generación u otra; no se reduce a
afirmar que se respetan las opiniones ajenas, aunque no
se les preste la menor atención.
Quien
se proclama respetuoso con otra persona sin prestar la debida
atención para descubrir la parte de verdad de su
discurso es indiferente, no tolerante, que supone una actitud
muy distinta: respetar al otro, estimarlo.
Separar el trigo de la paja
Para ser
tolerantes debemos partir de una convicción decisiva: la inteligencia
humana es portentosa, sobrecogedora, pero limitada. Dada su condición
temporal, el ser humano no puede encontrar la verdad
toda, aunque sí toda la verdad específica de algo.
De modo semejante a como puedo encontrar en la
calle a Juan, pero no a Juan con la
diversidad de vertientes que implica. Cierto, cuando saludo a
Juan veo toda su persona –no sólo sus manos
o sus ojos–, pero no su persona en su trama
entera de implicaciones. Necesito más de un encuentro para
conocer los diversos aspectos de su personalidad.
No llegamos a la verdad de repente ni a solas,
se requieren diversos contactos con cada realidad, en distintos
momentos y lugares, necesitamos complementar nuestros esfuerzos y perspectivas.
Tanto más, cuanto mayor sea la riqueza y complejidad
de la realidad que deseamos conocer.
Con este
convencimiento, no sólo aguantaré a quien defienda una posición
distinta de la mía, sino que agradeceré que converse
conmigo y pondré empeño en descubrir lo que pueda
ofrecerme de valioso. Así, la discusión no degenerará nunca
en disputa.
En la antigua Roma, discutir era
mover el cedazo para separar el trigo de la
paja. Disputar no es buscar la verdad, sino el
propio enaltecimiento. En la auténtica discusión se concede al
otro un espacio de libertad para moverse con holgura
y mostrar la posible razón que le asiste.
En la disputa no se atiende a la posible validez
de otras opiniones; se defiende la propia como cuestión
de honor, con una fiereza que no es tenacidad
sino terquedad. Por eso degenera rápidamente en fanatismo. Si
quiero ser fiel a una doctrina o conducta y
defenderla con entusiasmo, debo estar dispuesto a asumir lo
que otras posiciones puedan encerrar de relevante para la
vida de todos.
Para tolerar es decisivo comprender
que el dominio y posesión sólo se dan en
el plano de los objetos y los procesos fabriles,
no en el de las realidades superobjetivas (ámbitos) –obras
de arte, personas, instituciones, valores…–. En este nivel, las
experiencias no son de tipo lineal, sino reversibles. El
intérprete configura la obra en cuanto se deja configurar
por ella; no la domina ni es dominado por
ella.
En las experiencias reversibles nadie domina, porque el
dominio es muy pobre en cuanto a creatividad. Todos
desean, más bien, configurar y ser configurados. Buscan tener
autoridad, no simple mando. Esta es la actitud tolerante
por excelencia. En un diálogo, el verdadero conversador no
intenta dominar, sino perfeccionar su propia mente y actitud
ante la vida exponiendo sus puntos de vista y
acogiendo atentamente otras perspectivas distintas.
La cuestión
decisiva será, en consecuencia, descubrir cómo convertir nuestra existencia
en una trama de experiencias reversibles. Para lograr esta
meta se requiere seguir un proceso formativo en cinco
fases que esbozo a continuación.
5
fases del proceso formativo
1. Distinguir entre objetos
y ámbitos. Una persona no es sólo su cuerpo.
Es un centro de iniciativa; con deseos, ideas, sentimientos,
proyectos; crea vínculos de todo orden; asume su destino;
presenta una vertiente objetiva, corpórea, pero supera toda
delimitación; abarca cierto campo en diversos aspectos: biológico, estético,
ético, profesional, religioso… Es todo un «ámbito de vida»
o, dicho con la filosofía actual, es un «ser-en-el-mundo»
que para desarrollarse y ser creativo necesita las posibilidades
que le ofrece el entorno.
Quien acepta
la realidad como un gran campo de posibilidades donde
ha de crecer como persona, se esfuerza por conceder a
cada realidad todo su rango. Distingue, por ello, cuidadosamente
los «objetos» y los «ámbitos». Objeto es una
realidad mensurable, situable, ponderable, delimitable, asible… Un ámbito es
una realidad que abarca cierto campo en diversos aspectos,
capaz de ofrecer y recibir posibilidades.
Esta distinción
es decisiva para comprender a fondo la vida humana
y la educación en la tolerancia, porque los ámbitos
hacen posibles las experiencias reversibles, entre las que descuellan
las experiencias de encuentro.
2. Asumir la importancia de
la creatividad. Las experiencias reversibles son muy importantes en
la vida humana porque implican siempre alguna dosis de
creatividad: el poeta troquela el lenguaje y el lenguaje
nutre al poeta, el intérprete configura la obra musical
y esta modela su actividad… El hombre madura como
persona a medida que realiza más experiencias reversibles y
menos experiencias lineales que van del sujeto al objeto
y suponen que el primero se imponga a la
realidad circundante.
Al estudiar a fondo estas experiencias se
advierte la posibilidad de convertir lo distinto-distante en distinto-íntimo,
y resolver el problema de conjugar la libertad y
las normas, la autonomía y la heteronomía. Como cuando
se memoriza una canción y se repite una y
otra vez, fraseándola de modo diferente y cambiando el
ritmo, hasta que se siente como una voz interior.
La canción sigue siendo distinta, pero ya no es
distante, ni externa, ni extraña. Constituye un impulso íntimo
que sirve de norma de acción y de cauce
a la libertad interpretativa.
Al hacerse cargo, íntimamente, de
la importancia de las experiencias reversibles para la vida,
se descubre la inagotable fecundidad de la forma relacional
de pensar. La belleza de una canción o un
poema no reside en el poema mismo (lo que
sería una interpretación «objetivista»), ni en el sujeto que
lo interpreta (interpretación «subjetivista» o «relativista»); brota en el
acto de ser interpretados; es fruto, por tanto, de
la interacción fecundadora de objeto y sujeto, vistos ambos
como fuentes de posibilidades.
El pensamiento relacional no fija
la atención en el objeto ni en el sujeto;
mantiene la mirada en suspensión para verlos a ambos
en la relación que los une y enriquece mutuamente.
Esta atención comprehensiva es capaz de ver como
perfectamente lógicas ciertas características de nuestra vinculación a
los demás que a menudo se consideran «paradójicas». Léase
con atención el texto siguiente, escrito por un eminente
psicólogo. Tras destacar tres pares de conceptos «paradójicos» (fuerza-debilidad,
identidad-diferencias, singularidad-universalidad), escribe:
Te reconozco, acepto y respeto como
un tú personal y por eso me siento «fuerte»
para tolerarte, aun a riesgo de aparecer «débil»,
en ocasiones, ante los demás o ante ti; pero,
a la vez, yo no puedo renunciar a que tú
me reconozcas, me aceptes y me respetes como persona
y me toleres-soportes igualmente. Y si yo te acepto
en tus diferencias y singularidades, es porque me
sitúo en un espacio de identidad humana y de
valores universales, que las asumen-trascienden a la vez; pero
entonces, aun en el caso de que tu intolerancia
no lo reconociese, mi actitud tolerante es capaz de
estar en permanente apertura en ese punto de encuentro
humano, arquetípicamente «inmanente» y que «nos trasciende» a ambos.
3. Entreverar ámbitos. El fruto de las experiencias reversibles
es el encuentro, acontecimiento que está en la base
de todo proceso humano de desarrollo. El encuentro no
viene dado por la mera vecindad física; supone un
entreveramiento de dos realidades que no son meros objetos,
sino ámbitos. Entreverarse significa ofrecerse mutuamente posibilidades de
acción y enriquecerse.
Para realizar un auténtico encuentro deben
cumplirse diversas condiciones: adoptar una actitud de generosidad,
respeto y estima; abrirse al otro con actitud de disponibilidad,
vibrar con él, es decir, mostrar auténtica simpatía;
ser veraz, sincero, fiel, paciente, tenaz…; compartir ideales elevados.
Estas son también condiciones de la creatividad –toda forma
humana de creatividad se da a través de algún
tipo de encuentro–, por eso vale denominarlas virtudes: modos
de comportarse que hacen posible y fácil crear encuentros,
es decir, formas valiosas de unidad.
4. Rechazar el vértigo
de la fascinación. El proceso que conduce al encuentro es
llamado desde antiguo «éxtasis», ascenso a lo mejor de
sí mismo. Este acontecimiento –el encuentro– puede ser
anulado por la entrega al «vértigo», un proceso de
fascinación que no exige nada al hombre, le promete
todo y acaba quitándoselo todo. El vértigo de la
ambición de poder y dominio parece garantizar una posición
de supremacía y acaba asfixiando a quien se entrega
a su embrujo.
5. Descubrir la riqueza. Quien sigue
el proceso que lleva al encuentro va descubriendo por
sí mismo la riqueza que encierran para su vida
las distintas formas de unidad. Este descubrimiento le hace
ver con toda sencillez la fecundidad que presenta una conducta
ética recta, ajustada a las exigencias de la realidad.
Tal fecundidad se debe a los valores,
que no son otra cosa más que posibilidades de
actuar con pleno sentido. Y como los auténticos valores
atraen, no procede imponer su realización, y tanto más
cuanto más altos son. Con razón afirmó Tertuliano
que «no es propio de la religión obligar a
la religión».
Comprender a fondo este proceso constituye además
un foco de luz para orientar rectamente la propia
vida e interpretar qué ocurre en la sociedad contemporánea.
La tolerancia
se da en el encuentro
La verdadera tolerancia
implica una forma de encuentro. No es sólo aguantarse
mutuamente para garantizar un mínimo de convivencia. Va más
allá: intenta captar los valores positivos de la persona
tolerada a fin de que ambas se enriquezcan.
Esta forma de entender la tolerancia sólo es posible
si se ha cultivado el arte de jerarquizar debidamente los
valores. Cuando se considera que el encuentro presenta un
valor altísimo –porque permite al hombre alcanzar el
ideal de la unidad– se está en disposición de
dialogar con personas o grupos que sostienen ideas y conductas
distintas, incluso extrañas a las propias.
El valor supremo, el
que decide nuestra conducta, no viene dado en este
caso por el carácter confiado de lo que nos
es próximo y afín, sino por la capacidad de
crear auténticas formas de encuentro y buscar la verdad
en común. Esta búsqueda y ese encuentro exigen respeto,
entendido positivamente como estima, aprecio del valor básico del
otro, en cuanto persona, y de los valores que
pueda albergar. Esa estima se traduce en colaboración, oferta
de posibilidades en orden a un mayor desarrollo de
la personalidad.
Quien de verdad es tolerante no es
un espíritu blando que se pliega ante cualquier idea
o conducta porque en el fondo no se compromete
de verdad con ninguna. Es una persona entusiasmada con
ciertos principios, orientaciones e ideales que defiende con vigor.
Sabe que la vida es un certamen y compite
con fuerza, pero acepta gustosamente al adversario y se
esfuerza por verlo en toda su gama de implicaciones y
matices.
Lo contrario de este modo de
ver comprehensivo y respetuoso es el reduccionismo, que rebaja
a las personas y grupos a algo poco relevante
o incluso aversivo. Tal envilecimiento es el presupuesto para
el ataque. Se dice que los boxeadores, antes del
combate, no quieren oír nada relativo a la vida
personal de su contrincante. Es comprensible: para atacar necesitan
reducirlo a mero adversario, a obstáculo en el camino
del triunfo.
Atenerse a la realidad
De aquí que cultivar el «pensamiento débil» –sin
hondura ni la debida fundamentación–, aceptar el «relativismo cultural»
–rehuir a compromisos firmes al pensar que todo punto
de vista es igualmente válido–, fomentar el escepticismo
–negar la posibilidad de alcanzar la verdad– y exaltar
el subjetivismo –recluir al hombre a su soledad– no
ponen las bases de una mayor tolerancia; al contrario,
avivan la intolerancia y el dogmatismo.
Sólo si reconozco,
con Gabriel Marcel, que «lo más profundo que hay
en mí no procede de mí», y me esfuerzo
por clarificar la verdad de cuanto me rodea y
la mía propia, supero el ansia de dominar que inspira
las diversas formas de opresión dictatorial.
Es muy peligroso para toda sociedad carecer
de convicciones sólidas por falta de capacidad para ahondar
en la realidad o de voluntad para hacerlo debido
a ciertos prejuicios antimetafísicos o –como se dice hoy
enfáticamente– «posmodernos». La única garantía de libertad interior para
hombres y pueblos viene dada por la decisión de
atenerse a la realidad que nos sostiene a todos.
Renunciar a la metafísica –al estudio de la realidad–
es alejarse de nuestras raíces y quedar desvalidos
ante el poder del más fuerte. Los castillos de bellas
palabras acerca de la solidaridad y la tolerancia edificados
por los partidarios de una vida intelectual «débil»
se vendrán abajo con un simple golpe de astucia por
parte de los prestidigitadores de conceptos. La actitud de
tolerancia y solidaridad sólo puede ser estable cuando
conocemos las exigencias de nuestra realidad personal y decidimos
cumplirlas.
En esta línea se mueve el dirigente
político y pensador Václav Havel cuando escribe: «No debería
existir un abismo entre la política y la ética.
(…) La tolerancia empieza a ser una debilidad cuando
el hombre comienza a tolerar el mal».
Una
sociedad que descuida la educación de las personas en
la creatividad y los valores no puede ser tolerante. Este
tipo de formación exige el previo cultivo de las
tres cualidades básicas de la inteligencia: largo alcance,
amplitud y profundidad. Bien entendida, la tolerancia implica madurez
espiritual, y esta no se logra con el mero exigir
unos «mínimos de convivencia».
Antídotos contra la manipulación
A
este concepto de tolerancia –como voluntad de buscar la
verdad en común– se opone la manipulación, que tiende
a anular en las personas la capacidad de pensar
por propia cuenta. Mientras que la tolerancia construye –al
promover el poder de iniciativa de los demás en cuanto
a pensar y decidir–, la manipulación destruye, porque
juega con los conceptos y las palabras, lo tergiversa
todo, siembra el desconcierto en las personas y las priva
de libertad interior.
Para enfrentar con éxito la
manipulación, debemos recurrir a tres medidas:
1. Estar alerta y saber qué es
manipular, quién manipula, para qué y cómo lo hace.
2. Esforzarnos en pensar con rigor, utilizando el lenguaje
de modo preciso.
3. Desarrollar nuestras posibilidades creativas
en todos los órdenes: deportivo, ético, estético, profesional,
religioso…
Necesariamente, estas tres medidas culminarán
en un cambio de actitud ante la vida y,
por tanto, en un cambio de ideal. El ideal
del dominio y la posesión debe ser sustituido por el
ideal de servicio.
Charles Chaplin, dotado de poderosa intuición,
subraya la necesidad de superar la práctica ambiciosa de
la manipulación mediante la adopción de una actitud
tolerante.
Después de encarnar papeles antagónicos –un judío
perseguido y «el gran dictador»–, el genial cineasta acaba
convirtiendo al dictador en el portavoz de un mensaje
de esperanza. No habla desde el rencor producido por
los trágicos sucesos de los Doce Años. Se expresa
desde ese lugar secreto donde habita lo mejor del
ser humano, la capacidad de perdón, la preocupación por
abrir a todos los pueblos vías de dignidad y felicidad.
«No pretendo gobernar ni conquistar a nadie –proclamó
Chaplin–. Me gustaría ayudar, si fuera posible, a judíos
y gentiles, negros y blancos». No reclama venganza contra
los culpables del horror de los campos de exterminio.
Pide unidad, unión en la lucha por «un mundo
mejor en que los hombres estarán por encima de
la codicia, del odio y de la brutalidad». Para ello
debemos elevar el espíritu, situarnos en un nivel superior
de pensamiento y de conducta.
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