La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para el amor Las columnas del mundo
Atrevámonos por unos minutos a coger nuestra vida por las solapas
Las columnas del mundo
Me parece terrible decirlo, pero creo que no exagero ni
un átomo si aseguro que noventa y cinco de cada
cien habitantes de este planeta no se han preguntado jamás
-digo «jamás»-- completamente en serio -digo «en serio»-- cuáles son
las columnas sobre las que se apoya su vida, cuál
es el eje de su existencia, para qué viven verdaderamente.
¿Y
de los otros cinco? Dos se lo preguntaron una vez
hace años, y ya lo han olvidado; otros dos se
dieron a si mismos respuestas tranquilizadoras, que luego no coinciden
en nada con la realidad de lo que viven. ¿Y
el último? El último... iba a decir que es el
santo, pero diré con más exactitud que es el único
hombre que existe de cada cien que pisan este mundo.
Me
temo que el lector esté pensando que comienzo estas líneas
demasiado duramente, que soy tal vez pesimista, que... no es
para tanto. Pero me pregunto si no será bueno comenzar
cogiendo el alma por donde quema y enfrentándonos con nuestro
propio espejo. ¿Somos realmente seres vivientes? Esta, creo, es la
primera y capital de las preguntas a que todo hombre
tiene obligación de responder.
Porque ¿qué ganaríamos engañándonos a nosotros mismos
si, al final, somos corresponsables de esa mediocridad colectiva del
mundo de la que tanto hablamos? Atrevámonos por unos minutos
a coger nuestra vida por las solapas.
Y empecemos por preguntarnos
cuáles son, en realidad, las columnas que sostienen el mundo
en que vivimos. Haced esta pregunta por las calles, y
todos os responderán -con impudicia y sin la menor vergüenza-
que «el sexo, el dinero y el poder».
Los tres ídolos,
los tres quicios, las tres columnas que sostienen el camino
de la humanidad. ¿Y no estará el mundo tan enloquecido
precisamente por apoyarse en tales pilares casi con exclusividad? Un
hombre de hoy triunfa -decimos- cuando tiene esas tres cosas.
Y está dispuesto a luchar como un perro por esos
tres huesos si están lejos de él.
Naturalmente, no voy yo
a decir nada contra la sexualidad, que está muy bien
inventada por Dios como uno de los grandes caminos por
los que puede expresarse el amor. Hablo aquí del sexo
sin amor, que parece ser el gran descubrimiento de los
tiempos modernos. Tal vez de todos los tiempos, pero de
ninguno con los tonos obsesivos que la erotización ha conseguido
en el nuestro, hasta el punto de que hay que
preguntarse si no vivimos ya en una civilización de adolescentes
inmaduros.
El hombre de hoy no es que disfrute del sexo,
es que parece vivir para él. O eso, al menos,
quiere hacernos creer el ambiente de nuestras calles, las pantallas
de nuestros televisores, el pensamiento circulante de los predicadores de
la libertad sexual.
Léon Bloy podría decir hoy más que en
su siglo que para el hombre real la mayor de
las bienaventuranzas es llegar a morir en el pellejo de
un cerdo. ¿ Pero hay algo menos libre que lo
que llaman la libertad sexual?
No estoy escribiendo estas líneas como
un «moralista». Simplemente como un hombre preocupado. Porque creo que
Unamuno tenla toda la razón del mundo cuando aseguraba que
«los hombres cuya preocupación es lo que llaman gozar de
la vida -como si no hubiera otros goces- rara vez
son espíritus independientes». Es cierto: no hay hombre menos humano
que el libertino.
Y ese tipo de conquistador se presenta hoy
como el verdadero «triunfador» en este mundo. La columna número
dos es el dinero -y sus congéneres o consecuencias: el
placer, el confort, el lujo-. Si algún dogma vivimos y
practicamos es éste: el dinero abre todas las puertas; el
dinero no es que dé la felicidad, es que él
mismo «es» la felicidad. En conquistarlo invierten los hombres la
mayor parte de sus sueños. A él se subordinan todos
los valores, incluso por parte de quienes se atreven a
predicar las terribles malaventuranzas que Jesús dijo contra los ricos.
Pero
los propios cristianos nos las hemos arreglado para que aquello
del evangelio -«es más difícil que un camello pase por
el ojo de una aguja que el que un rico
entre en el reino de los cielos»-- haya preocupado hasta
ahora mucho más a los camellos que a los ricos.
Hemos conseguido sustituir esa frase por la que es verdaderamente
el evangelio del siglo XX: «Los negocios son los negocios.»
Y así es como hemos convenido todos en que «el
fin de la vida es ganar mucho dinero, y con
él, comprar la muerte eterna», como escribiera Bloy.
Y de
nada sirve para alterar nuestro dogma el comprobar que el
dinero da todo menos lo importante (la salud, el amor,
la fe, la virtud, la alegría, la paz): al fin
preferimos el dinero a todos esos valores. E incluso creemos
que el dinero da la libertad, cuando sabemos que todos
renunciamos a infinitas cotas de libertad para conseguirlo.
Más difícil es
aún entender nuestra obsesión de poder. Jefferson aseguraba que jamás
comprenderla cómo un ser racional podía considerarse dichoso por el
solo hecho de mandar a otros hombres.
Y, sin embargo, es
un hecho que el gran sueño de todos los humanos
es «mandar, aunque sea un hato de ganado», que decía
Cervantes. Sabemos que nada hay más estéril que el poder
-ya que a la larga son las ideas y no
el poder quienes cambian el mundo--; sabemos que «el poder
corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente», pero apostamos por
esa corrupción; sabemos que el poder da fuerza, pero quita
libertad; pero nos siguen encantando los puestos y los honores
aun cuando estemos convencidos de que «la fuerza y el
miedo son dos diosas poderosas que levantan sus altares sobre
cráneos blanqueados», en frase de Mika Waltari. Mandar, mandar. Seremos
felices, pensarnos, el ella en que los que están bajo
nuestra férula sean más que aquellos que nos mandan.
Y ni
siquiera observamos la terrible fuerza transformadora que el poder tiene:
«Te crees liberal y comprensivo -decía Larra-. El día que
te apoderes del látigo, azotarás como te han azotado.» Y
es que el poder -todo poder- vuelve incomprendido (de ahí
la soledad radical del poderoso) y hace incomprensivo: un poderoso
no «puede» comprender, no «puede» amar, aunque se engañe a
sí mismo con falsos paternalismos.
Maurois tuvo el coraje de
confesarlo: «Cuando empecé a vivir en el campo de los
que mandan, me fue imposible durante mucho tiempo comprender las
penas de los que son mandados». Porque todo poder lleva
en su naturaleza la ceguera del que lo posee. Desde
abajo se ve mal. Desde arriba no se ve nada:
la niebla del orgullo cubre el valle de los sometidos.
Y,
sin embargo, ahí está el hecho: la humanidad entera vive
luchando como una jauría de perros por conseguir esos tres
huesos, dispuestos los hombres a volverse infelices para conseguirlos, seguros
de que la felicidad llegará cuando los poseamos. Así, destrozan
los hombres hasta su salud para conseguir un dinero y
un poder que luego gastarán para recuperar -cuando ya sea
tarde- la salud.
En la conquista de esos tres dogmas se
apoya el gran sueño de lo que llamamos «vivir la
vida». Viven la vida quienes los tienen. Los demás -pensamos-
son hombres incompletos.
Y como esos tres dogmas se resumen en
uno --el egoísmo--, la búsqueda de los tres es, en
rigor, una lucha contra los demás. Porque no son cosas
que se puedan compartir: o las tengo yo o las
tienen los demás. Habrá que arrebatarlas. Y ya tenemos el
mundo convertido en una selva.
Si fuésemos del todo sinceros confesaríamos
que es cierta la afirmación de Bloy: «Vivir la vida
consiste en adueñarse de la ajena. Los vampiros estarían de
acuerdo», ya que en realidad «uno vive su vida cuando
ha conseguido instalarse en el firmísimo propósito de ignorar que
hay hombres que sufren, mujeres desesperadas, mitos que mueren.
Uno vive
su vida cuando hace exclusivamente lo que es grato a
los sentidos, sin darse querer darse por enterado de que
en el vasto mundo hay almas y que él mismo
tiene una mísera alma expuesta a extrañas y terribles sorpresas».
Pero
¿existe verdaderamente un alma? ¿Tenemos verdaderamente un alma? ¿Quién piensa
en ella? ¿Quién dedica a su alma y a las
columnas que la sostendrían al menos una décima parte del
tiempo que vivimos sobre la tierra?
Esta es, me parece, la
pregunta verdaderamente decisiva: ¿Hay sobre la tierra otros valores por
los que valdría ciertamente la pena de vivir? ¿Otros valores
con los que podríamos ser felices? ¿Otras columnas sobre las
que nuestra condición humana sería diferente?
Este artículo quiere apostar por
una idea absurda: si los hombres, si al menos muchos
hombres, construyeran sus vidas sobre columnas diferentes -el amor, la
solidaridad, el trabajo, la confianza, la justicia, la sencillez- este
mundo sería diferente. Y vividero. Comenzaría a romperse esa soledad
que nos agarrota. Ingresaríamos en el mercado común de la
felicidad.
Porque es terrible pensar con cuánta tozudez seguimos apoyándonos en
las columnas que son la verdadera causa de nuestra desgracia.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR