Autor: Enrique Monasterio | Fuente: Fluvium.org Lo siento, no soy creyente
Ahora llegaría el momento de decir en qué cosas no creo… pero me falta el valor
Lo siento, no soy creyente
— ¿Es usted creyente?
A uno ya nadie le pregunta
estas cosas. Claro que, siendo sacerdote y vistiendo como tal,
la fe se te nota enseguida. Los curas, como los
taxistas, necesitamos atrapar clientes al vuelo, y es útil que
nos reconozcan desde lejos. No sé cómo no lo comprenden
algunos colegas, ilustres y piadosos por otra parte. Si no
fuese demasiado pintoresco, yo me colocaría en la cresta una
lucecita verde.
El
caso es que, como iba diciendo, ya nadie me interroga
sobre mis convicciones religiosas. Es una pena, porque, si un
día me preguntaran por la calle ¿es usted creyente?, con
toda sinceridad y con ánimo de escandalizar sólo un poquito,
respondería:
—
Por supuesto que no.
Sería una forma, como otra cualquiera, de decir que
uno es católico, ya que, en esta sociedad moderadamente pagana
y laicista, los cristianos nos distinguimos de los que no
lo son, no tanto por lo que creemos, como por
aquellas cosas en las que no nos da la gana
creer.
El paganismo
sí que ha sido y es creyente; incluso crédulo, supersticioso,
idólatra, devotamente asustadizo ante las fuerzas ocultas que imagina sepultadas
en lo hondo de las alcantarillas. El paganismo prescinde del
Dios que da racionalidad y sentido a cada una de
las criaturas, olvidando que al principio no existía el caos,
sino el Verbo, la inteligencia divina que todo lo abarca
y penetra. Sin ella el universo se torna opaco, irracional,
esclavo de extravagantes poderes que nadie controla. De ahí que
el pagano recurra a dioses de bisutería, a conjuros, amuletos,
horóscopos y demás ansiolíticos en oferta para aplacar sus inevitables
ataques de pánico. Lo decía Joseph Ratzinger años antes de
ser elegido Papa: el mundo sin su Creador se convierte
en un lugar muy peligroso.
— Pero el laicismo
es otra cosa… ¿O no?
— No, mi querido Kloster.
El laicismo, al menos en teoría, expulsa de la sociedad
a todos los dioses. Los tolera como se toleran las
enfermedades infecciosas, pero toma medidas: procura ponerlos en cuarentena para
evitar contagios. El laicismo da por supuesto que la fe
se sitúa en el ámbito de lo irracional, de lo
que nunca debe inficionar el mundo del pensamiento, de la
cultura o de la ciencia.
Lo que ocurre es que, a la postre,
también el laicismo necesita sus propias creencias. Y este laicismo,
versión siglo XXI, ha creado un elenco interminable de dogmas
políticamente correctos que se presentan a sí mismos como artículos
de fe civil, se proclaman por todos los medios y
cristalizan en frases-tópico que todo buen demócrata debe repetir de
vez en cuando y aceptarlas religiosamente si no quiere ser
anatemizado por los inquisidores y enviado a las tinieblas de
la reacción y el fundamentalismo.
Por eso digo que no
soy "creyente" ni estoy dispuesto a serlo. No puedo creer
en las majaderías del paganismo, y me revientan aún más
las pedanterías dogmáticas del relativismo militante. Quizá en un próximo
artículo me anime a explicar con más detalle por qué
la tengo tomada con la palabra "creyente". Baste decir este
mes que sólo pretendo ser una persona juiciosa: creer con
toda el alma en Dios y en muy pocas cosas
más, porque eso es lo sensato; ser consciente de que
la fe es un don recibido, desde luego, pero un
don razonable al decir de San Pablo, que enriquece la
inteligencia y ayuda a pensar por libre.
En todo caso no un
sentimiento, ni una neurosis. Al laicismo le encanta hablar del
respeto a los "sentimientos religiosos". Ya se ve que el
laicismo es sensiblón y compasivo. Pero a las 6 de
la mañana uno anda escaso de ese tipo de sentimientos
y no por eso deja de ser cristiano.
Ahora llegaría el momento
de decir en qué cosas no creo…; pero me falta
el valor. Temo que mis lectores se rasguen las vestiduras,
y no está el tiempo para andar muy ventilados.
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