Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: Catholic.net Muerte, juicio, infierno y paraíso
Los contenidos de la fe cristiana referidos a las realidades últimas tienen por finalidad sostener de manera fundada nuestra esperanza
Muerte, juicio, infierno y paraíso
Recuerdo una parroquia romana que, sobre la puerta que da
acceso al templo, tiene instalado un cartel luminoso, en el
que lucen distintos mensajes. Cuando uno pasa por delante, o
cuando el autobús urbano se detiene ante los semáforos situados
a la altura de esa iglesia, la mirada – casi
sin proponérselo – tiende a posarse en el letrero de
fondo negro y letras rojas que, con periodicidad variable, repite,
para asombro del viandante, diversos puntos de la doctrina cristiana.
Por una larga temporada podía leerse el siguiente anuncio: “I
novissimi: morte, giudizio, inferno e paradiso” (los “novísimos” son cuatro:
muerte, juicio, infierno y paraíso”).
Quizá convendría situar en algún punto
de nuestras ciudades un cartel semejante que recordarle, a quien
quisiera leerlo, los puntos centrales del Credo. Podría ser un
primer paso para, después, remitir a alguna bibliografía más profunda;
por ejemplo, al Catecismo de la Iglesia Católica. Y no
por un proselitismo mal entendido, ni por ganar adeptos, sino
simplemente por divulgación religioso-cultural, a fin de enseñar al que
no sabe y contribuir a evitar, en lo posible, la
frivolidad a la hora de opinar sobre los contenidos de
la fe cristiana. Y es que la frivolidad es mala
consejera en casi todo, y como escribía G. von Le
Fort, el parloteo irreverente sobre “aquellas cosas que sólo deberían
decirse de rodillas y con la devoción más profunda produce
casi siempre embotamiento y daño”.
Por lo visto hay quien no
distingue, o no quiere distinguir, entre fondo y forma, entre
contenido esencial y representación simbólica. Lo seres humanos necesitamos imaginar
de algún modo las realidades a las que remiten las
palabras y los conceptos. Sin la imagen, la aprehensión de
las cosas es puramente “nocional”; es decir, alejada de nuestra
concreta experiencia vital y, por ello mismo, fría y lejana,
incapaz de movilizar los afectos y de incidir en la
conducta.
Resulta lógico que los cristianos elaboremos imágenes que nos
ayuden a captar intuitivamente el significado de términos como “cielo”
o “infierno”. La imagen puede variar, y de hecho varía,
a lo largo de la historia. La razón del cambio,
o de la movilidad, la encontramos en la historicidad de
la experiencia y del conocer humanos. Si en otro tiempo
el infierno, por poner un ejemplo, se representaba como una
caldera ardiente, en la que los condenados eran atormentados por
los demonios, hoy en día, sin que ello suponga ningún
cambio esencial, la misma realidad es pensada como un estado
de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con
los demás. Concebimos en términos personales y relacionales lo que,
en otras épocas, se representaba con ayuda de conceptos figurativos,
físicos y espaciales.
Se trata, ni más ni menos, del carácter
analógico del lenguaje. Las palabras y los conceptos no agotan
la realidad; únicamente son medios más o menos “adecuados” para
poder conocerla y comprenderla. Si esta ley de la analogía
tiene su aplicación en todo ámbito del lenguaje, mucho más
debemos tenerla en cuenta a la hora de pensar lo
que “ni ojo vio ni oído oyó”. Los contenidos de
la fe cristiana referidos a las “realidades últimas” – a
la muerte, al juicio, al infierno y al paraíso –
no tienen por finalidad satisfacer nuestra curiosidad, sino sostener de
manera fundada nuestra esperanza.
El lenguaje del Papa tiene la “movilidad”
propia del lenguaje humano y, por tanto, del lenguaje en
el que se expresa la fe. El problema está en
algunos oyentes e intérpretes de su mensaje. De asuntos que
conciernen a la religión parecen obstinarse en mantener – sin
mayor profundización – las cuatro cosas que quizá (mal) aprendieron
de pequeños, sin pararse a pensar, ya siendo adultos, acerca
de su alcance y significado.
Se puede compartir o no la
fe; creer o no creer. De todos modos, el Cristianismo
merece respeto y no resulta apto para la frivolización. Permanecer
“inmóviles” en los tópicos de la infancia – o de
la ideología – es negarse a aprender. Y, de paso,
imposibilitarse quizá para comprender a los que piensan y creen
de modo distinto.
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