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Autor: André Fermet | Fuente: mercaba.org Un Espíritu «por encima de toda sospecha»
El acceso al Espíritu es una aventura espiritual larga, poco locuaz, muchas veces inesperada
Un Espíritu «por encima de toda sospecha»
Cuando la epístola de los Efesios habla del misterio,
tiene presente «el misterio de Cristo», y «el misterio de
Cristo ha sido revelado ahora por el Espíritu» (Ef 3,4-6).
Por esta razón, mostrar cómo el Espíritu Santo es el
Espíritu de Jesús constituye la manera correcta de denominarle. Sin
el Espíritu, en actividad en el secreto de los corazones,
no sabríamos en realidad quién es Jesús. Pero recíprocamente, sólo
por Jesús salió del incógnito el Espíritu si es licito
expresarse así; y por medio de las obras realizadas por
él en Jesús y en sus discípulos pudo manifestar quién
era.
Hagamos un alto prolongado en la denominación «el Espíritu de
Jesús»: es muy ilustrativo para nuestra vida cristiana. Lo mismo
que dijo Jesús «Quien me ha visto a mi, ha
visto al Padre», podía decir también: Quien me ve actuar
a mi, ve actuar al Espíritu Santo; pues todo lo
que yo hago lo inspira él de acuerdo con la
voluntad de Padre. Así, pues, la vida y la forma
de actuar de Jesús de Nazaret, el Hijo amado, enviado
en misión por el Padre, enviado a los pobres para
anunciarles una buena nueva y para dar a esta buena
nueva un lugar, un cuerpo social visible (el Reino), esa
vida y esa forma de actuar, serán la referencia obligada
para entender tanto el misterio del Espíritu como, por otra
parte, el misterio del Padre y finalmente el misterio de
Dios en nuestras vidas y en la historia.
Al Espíritu sólo
se le puede denominar, con verdad y de forma que
esté «por encima de toda sospecha», diciendo que es el
Espíritu de Jesús de Nazaret. En efecto, creer que se
es del Espíritu, sin tener por base de la propia
forma de actuar la forma de actuar de Jesús de
Nazaret, es exponerse a todo tipo de ilusiones. «Si no
queremos agotarnos persiguiendo sueños inconscientes, se impone que demos un
rodeo pasando por Jesús». Este «rodeo» -dado que lo sea,
pues más bien es un recurso obligado- afianza fuertemente nuestras
raíces y nuestra memoria cristiana contra todas las fantasías que
pretendan construir un modelo idílico. Basta pensar en las elucubraciones
de quienes, tras una era de Dios-Padre y luego otra
del Hijo, anunciaban la época del Espíritu Santo exclusivamente. Fue
la teoría de las «tres edades», lanzada por el monje
calabrés Joachim de Fiore, unos años anterior a Francisco de
Asís, con todas las falsas esperanzas que esta teoría hizo
concebir. Yves Congar, en el primer volumen de su obra
Je crois en l´Esprit Saint, trata de demostrar, al hilo
de la historia, los nefastos resultados de aquel movimiento pseudoespiritual
(c. VII, p. 175 s.). El paso obligado por Jesús
de Nazaret representa, por el contrario, el principio de realidad
(y no de evasión) que exige que el Espíritu sea
«valorado» sobre el patrón de las palabras y de la
vida de Jesús.
«El Espíritu Santo -nos hace saber Jesús en
San Juan- nos recordará todo lo que yo os he
dicho» (Jn 14,26). «El Espíritu rememora la objetividad histórica de
Jesús. Si nos conforma con el Hijo no es según
un orden imaginario, sino según la realidad (...). Jesús es
la roca que sirve de cimiento a toda interpretación» (Duguoc).
«No basta con ir pregonando: El Espíritu, el Espíritu, para
experimentar el Espíritu. El acceso al Espíritu es una aventura
espiritual larga, poco locuaz, muchas veces inesperada.
Se entra en
la vía del Espíritu no tomando un camino paralelo al
de Jesús, sino entendiendo mejor el vinculo entre Jesús y
el Espíritu» (Henri Bourgeois). Un teólogo protestante ha dado, creo
yo, con la fórmula exacta y contundente: «El Espíritu Santo
es cristológico. No tiene intención de hablar sino de uno
sólo: de Jesucristo Desde el momento en que al Espíritu
Santo se le separa de Cristo y de su propio
cometido de testigo, se esconde y sólo se tiene de
él un residuo, si no un falso Espíritu Santo. El
error en que con más frecuencia se ha incurrido, acerca
de él es haber olvidado su gravitación cristológica». (A. Maillot).
ANDRE
FERMET EL ESPÍRITU SANTO ES NUESTRA VIDA Sal Terrae
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