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| Actuales amenazas a la vida humana |
Capítulo I
La sangre de tu hermano clama a
mi desde el suelo
Actuales amenazas a la vida humana
« Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo
mató » (Gn 4, 8): raíz de la violencia contra
la vida
7. « No fue Dios quien hizo la
muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes;
él todo lo creó para que subsistiera... Porque Dios creó
al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su
misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte
en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen
» (Sb 1, 13-14; 2, 23-24).
El Evangelio de la vida,
proclamado al principio con la creación del hombre a imagen
de Dios para un destino de vida plena y perfecta
(cf. Gn 2, 7; Sb 9, 2-3), está como en
contradicción con la experiencia lacerante de la muerte que entra
en el mundo y oscurece el sentido de toda la
existencia humana. La muerte entra por la envidia del diablo
(cf. Gn 3, 1.4-5) y por el pecado de los
primeros padres (cf. Gn 2, 17; 3, 17-19). Y entra
de un modo violento, a través de la muerte de
Abel causada por su hermano Caín: « Cuando estaban en
el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y
lo mató » (Gn 4, 8).
Esta primera muerte es presentada
con una singular elocuencia en una página emblemática del libro
del Génesis. Una página que cada día se vuelve a
escribir, sin tregua y con degradante repetición, en el libro
de la historia de los pueblos.
Releamos juntos esta página
bíblica, que, a pesar de su carácter arcaico y de
su extrema simplicidad, se presenta muy rica de enseñanzas.
« Fue
Abel pastor de ovejas y Caín labrador. Pasó algún tiempo,
y Caín hizo al Señor una oblación de los frutos
del suelo. También Abel hizo una oblación de los primogénitos
de su rebaño, y de la grasa de los mismos.
El Señor miró propicio a Abel y su oblación, mas
no miró propicio a Caín y su oblación, por lo
cual se irritó Caín en gran manera y se abatió
su rostro. El Señor dijo a Caín: "?Por qué andas
irritado, y por qué se ha abatido tu rostro? ¿No
es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si
no obras bien, a la puerta está el pecado acechando
como fiera que te codicia, y a quien tienes que
dominar".
Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera". Y cuando
estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano
Abel y lo mató.
El Señor dijo a Caín: "¿Dónde está
tu hermano Abel?". Contestó: "No sé. ¿Soy yo acaso el
guarda de mi hermano?". Replicó el Señor: "¿Qué has hecho?
Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí
desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este
suelo que abrió su boca para recibir de tu mano
la sangre de tu hermano. Aunque labres el suelo, no
te dará más fruto. Vagabundo y errante serás en la
tierra".
Entonces dijo Caín al Señor: "Mi culpa es demasiado grande
para soportarla. Es decir que hoy me echas de este
suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en
vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre
me matará".
El Señor le respondió: "Al contrario, quienquiera que matare
a Caín, lo pagará siete veces". Y el Señor puso
una señal a Caín para que nadie que lo encontrase
le atacara. Caín salió de la presencia del Señor, y
se estableció en el país de Nod, al oriente de
Edén » (Gn 4, 2-16).
8. Caín se « irritó en
gran manera » y su rostro se « abatió »
porque el Señor « miró propicio a Abel y su
oblación » (Gn 4, 4). El texto bíblico no dice
el motivo por el que Dios prefirió el sacrificio de
Abel al de Caín; sin embargo, indica con claridad que,
aun prefiriendo la oblación de Abel, no interrumpió su diálogo
con Caín. Le reprende recordándole su libertad frente al mal:
el hombre no está predestinado al mal. Ciertamente, igual que
Adán, es tentado por el poder maléfico del pecado que,
como bestia feroz, está acechando a la puerta de su
corazón, esperando lanzarse sobre la presa. Pero Caín es libre
frente al pecado. Lo puede y lo debe dominar: «
Como fiera que te codicia, y a quien tienes que
dominar » (Gn 4, 7).
Los celos y la ira prevalecen
sobre la advertencia del Señor, y así Caín se lanza
contra su hermano y lo mata. Como leemos en el
Catecismo de la Iglesia Católica, « la Escritura, en el
relato de la muerte de Abel a manos de su
hermano Caín, revela, desde los comienzos de la historia humana,
la presencia en el hombre de la ira y la
codicia, consecuencia del pecado original. El hombre se convirtió en
el enemigo de sus semejantes ».10
El hermano
mata a su hermano. Como en el primer fratricidio, en
cada homicidio se viola el parentesco « espiritual » que
agrupa a los hombres en una única gran familia 11 donde todos participan del mismo bien
fundamental: la idéntica dignidad personal. Además, no pocas veces se
viola también el parentesco « de carne y sangre »,
por ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen
en la relación entre padres e hijos, como sucede con
el aborto o cuando, en un contexto familiar o de
parentesco más amplio, se favorece o se procura la eutanasia.
En
la raíz de cada violencia contra el prójimo se cede
a la lógica del maligno, es decir, de aquél que
« era homicida desde el principio » (Jn 8, 44),
como nos recuerda el apóstol Juan: « Pues este es
el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos
amemos unos a otros. No como Caín, que, siendo del
maligno, mató a su hermano » (1 Jn 3, 11-12).
Así, esta muerte del hermano al comienzo de la historia
es el triste testimonio de cómo el mal avanza con
rapidez impresionante: a la rebelión del hombre contra Dios en
el paraíso terrenal se añade la lucha mortal del hombre
contra el hombre.
Después del delito, Dios interviene para vengar al
asesinado. Caín, frente a Dios, que le pregunta sobre el
paradero de Abel, lejos de sentirse avergonzado y excusarse, elude
la pregunta con arrogancia: « No sé. ¿Soy yo acaso
el guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9). «
No sé ». Con la mentira Caín trata de ocultar
su delito. Así ha sucedido con frecuencia y sigue sucediendo
cuando las ideologías más diversas sirven para justificar y encubrir
los atentados más atroces contra la persona. « ¿Soy yo
acaso el guarda de mi hermano? »: Caín no quiere
pensar en su hermano y rechaza asumir aquella responsabilidad que
cada hombre tiene en relación con los demás. Esto hace
pensar espontáneamente en las tendencias actuales de ausencia de responsabilidad
del hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas son, entre otros,
la falta de solidaridad con los miembros más débiles de
la sociedad —es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y niños— y
la indiferencia que con frecuencia se observa en la relación
entre los pueblos, incluso cuando están en juego valores fundamentales
como la supervivencia, la libertad y la paz.
9. Dios no
puede dejar impune el delito desde el suelo sobre
el que fue derramada, la sangre del asesinado clama justicia
a Dios (cf. Gn 37, 26; Is 26, 21; Ez
24, 7-8). De este texto la Iglesia ha sacado la
denominación de « pecados que claman venganza ante la presencia
de Dios » y entre ellos ha incluido, en primer
lugar, el homicidio voluntario. 12 Para los hebreos, como para
otros muchos pueblos de la antigüedad, en la sangre se
encuentra la vida, mejor aún, « la sangre es la
vida » (Dt 12, 23) y la vida, especialmente la
humana, pertenece sólo a Dios: por eso quien atenta contra
la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios
mismo.
Caín es maldecido por Dios y también por la tierra,
que le negará sus frutos (cf. Gn 4, 11-12). Y
es castigado: tendrá que habitar en la estepa y en
el desierto. La violencia homicida cambia profundamente el ambiente de
vida del hombre. La tierra de « jardín de Edén
» (Gn 2, 15), lugar de abundancia, de serenas relaciones
interpersonales y de amistad con Dios, pasa a ser «
país de Nod » (Gn 4, 16), lugar de «
miseria », de soledad y de lejanía de Dios. Caín
será « vagabundo errante por la tierra » (Gn 4,
14): la inseguridad y la falta de estabilidad lo acompañarán
siempre.
Pero Dios, siempre misericordioso incluso cuando castiga, « puso una
señal a Caín para que nadie que le encontrase le
atacara » (Gn 4, 15). Le da, por tanto, una
señal de reconocimiento, que tiene como objetivo no condenarlo a
la execración de los demás hombres, sino protegerlo y defenderlo
frente a quienes querrán matarlo para vengar así la muerte
de Abel. Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal
y Dios mismo se hace su garante. Es justamente aquí
donde se manifiesta el misterio paradójico de la justicia misericordiosa
de Dios, como escribió san Ambrosio: « Porque se había
cometido un fratricidio, esto es, el más grande de los
crímenes, en el momento mismo en que se introdujo el
pecado, se debió desplegar la ley de la misericordia divina;
ya que, si el castigo hubiera golpeado inmediatamente al culpable,
no sucedería que los hombres, al castigar, usen cierta tolerancia
o suavidad, sino que entregarían inmediatamente al castigo a los
culpables. (...) Dios expulsó a Caín de su presencia y,
renegado por sus padres, lo desterró como al exilio de
una habitación separada, por el hecho de que había pasado
de la humana benignidad a la ferocidad bestial. Sin embargo,
Dios no quiso castigar al homicida con el homicidio, ya
que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte
». 13
« ¿Qué has hecho? » (Gn
4, 10): eclipse del valor de la vida
10. El
Señor dice a Caín: « ¿Qué has hecho? Se oye
la sangre de tu hermano clamar a mí desde el
suelo » (Gn 4, 10). La voz de la sangre
derramada por los hombres no cesa de clamar, de generación
en generación, adquiriendo tonos y acentos diversos y siempre nuevos.
La
pregunta del Señor « ¿Qué has hecho? », que Caín
no puede esquivar, se dirige también al hombre contemporáneo para
que tome conciencia de la amplitud y gravedad de los
atentados contra la vida, que siguen marcando la historia de
la humanidad; para que busque las múltiples causas que los
generan y alimentan; reflexione con extrema seriedad sobre las consecuencias
que derivan de estos mismos atentados para la vida de
las personas y de los pueblos.
Hay amenazas que proceden de
la naturaleza misma, y que se agravan por la desidia
culpable y la negligencia de los hombres que, no pocas
veces, podrían remediarlas. Otras, sin embargo, son fruto de situaciones
de violencia, odio, intereses contrapuestos, que inducen a los hombres
a agredirse entre sí con homicidios, guerras, matanzas y genocidios.
¿Cómo
no pensar también en la violencia contra la vida de
millones de seres humanos, especialmente niños, forzados a la miseria,
a la desnutrición, y al hambre, a causa de una
inicua distribución de las riquezas entre los pueblos y las
clases sociales? ¿o en la violencia derivada, incluso antes que
de las guerras, de un comercio escandaloso de armas, que
favorece la espiral de tantos conflictos armados que ensangrientan el
mundo? ¿o en la siembra de muerte que se realiza
con el temerario desajuste de los equilibrios ecológicos, con la
criminal difusión de la droga, o con el fomento de
modelos de práctica de la sexualidad que, además de ser
moralmente inaceptables, son también portadores de graves riesgos para la
vida? Es imposible enumerar completamente la vasta gama de amenazas
contra la vida humana, ¡son tantas sus formas, manifiestas o
encubiertas, en nuestro tiempo!
11. Pero nuestra atención quiere concentrarse, en
particular, en otro género de atentados, relativos a la vida
naciente y terminal, que presentan caracteres nuevos respecto al pasado
y suscitan problemas de gravedad singular, por el hecho de
que tienden a perder, en la conciencia colectiva, el carácter
de « delito » y a asumir paradójicamente el de
« derecho », hasta el punto de pretender con ello
un verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado
y la sucesiva ejecución mediante la intervención gratuita de los
mismos agentes sanitarios. Estos atentados golpean la vida humana en
situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de toda capacidad
de defensa. Más grave aún es el hecho de que,
en gran medida, se produzcan precisamente dentro y por obra
de la familia, que constitutivamente está llamada a ser, sin
embargo, « santuario de la vida ».
¿Cómo se ha podido
llegar a una situación semejante? Se deben tomar en consideración
múltiples factores. En el fondo hay una profunda crisis de
la cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del
saber y de la ética, haciendo cada vez más difícil
ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos
y deberes. A esto se añaden las más diversas dificultades
existenciales y relacionales, agravadas por la realidad de una sociedad
compleja, en la que las personas, los matrimonios y las
familias se quedan con frecuencia solas con sus problemas. No
faltan además situaciones de particular pobreza, angustia o exasperación, en
las que la prueba de la supervivencia, el dolor hasta
el límite de lo soportable, y las violencias sufridas, especialmente
aquellas contra la mujer, hacen que las opciones por la
defensa y promoción de la vida sean exigentes, a veces
incluso hasta el heroísmo.
Todo esto explica, al menos en parte,
cómo el valor de la vida pueda hoy sufrir una
especie de « eclipse », aun cuando la conciencia no
deje de señalarlo como valor sagrado e intangible, como demuestra
el hecho mismo de que se tienda a disimular algunos
delitos contra la vida naciente o terminal con expresiones de
tipo sanitario, que distraen la atención del hecho de estar
en juego el derecho a la existencia de una persona
humana concreta.
12. En efecto, si muchos y graves aspectos de
la actual problemática social pueden explicar en cierto modo el
clima de extendida incertidumbre moral y atenuar a veces en
las personas la responsabilidad objetiva, no es menos cierto que
estamos frente a una realidad más amplia, que se puede
considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada
por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad,
que en muchos casos se configura como verdadera « cultura
de muerte ». Esta estructura está activamente promovida por fuertes
corrientes culturales, económicas y políticas, portadoras de una concepción de
la sociedad basada en la eficiencia. Mirando las cosas desde
este punto de vista, se puede hablar, en cierto sentido,
de una guerra de los poderosos contra los débiles. La
vida que exigiría más acogida, amor y cuidado es tenida
por inútil, o considerada como un peso insoportable y, por
tanto, despreciada de muchos modos. Quien, con su enfermedad, con
su minusvalidez o, más simplemente, con su misma presencia pone
en discusión el bienestar y el estilo de vida de
los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo
del que hay que defenderse o a quien eliminar. Se
desencadena así una especie de « conjura contra la vida
», que afecta no sólo a las personas concretas en
sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va
más allá llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial,
las relaciones entre los pueblos y los Estados. 13. Para facilitar
la difusión del aborto, se han invertido y se siguen
invirtiendo ingentes sumas destinadas a la obtención de productos farmacéuticos,
que hacen posible la muerte del feto en el seno
materno, sin necesidad de recurrir a la ayuda del médico.
La misma investigación científica sobre este punto parece preocupada casi
exclusivamente por obtener productos cada vez más simples y eficaces
contra la vida y, al mismo tiempo, capaces de sustraer
el aborto a toda forma de control y responsabilidad social.
Se
afirma con frecuencia que la anticoncepción, segura y asequible a
todos, es el remedio más eficaz contra el aborto. Se
acusa además a la Iglesia católica de favorecer de hecho
el aborto al continuar obstinadamente enseñando la ilicitud moral de
la anticoncepción. La objeción, mirándolo bien, se revela en realidad
falaz. En efecto, puede ser que muchos recurran a los
anticonceptivos incluso para evitar después la tentación del aborto. Pero
los contravalores inherentes a la « mentalidad anticonceptiva » —bien
diversa del ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, respetando
el significado pleno del acto conyugal— son tales que hacen
precisamente más fuerte esta tentación, ante la eventual concepción de
una vida no deseada. De hecho, la cultura abortista está
particularmente desarrollada justo en los ambientes que rechazan la enseñanza
de la Iglesia sobre la anticoncepción. Es cierto que anticoncepción
y aborto, desde el punto de vista moral, son males
específicamente distintos: la primera contradice la verdad plena del acto
sexual como expresión propia del amor conyugal, el segundo destruye
la vida de un ser humano; la anticoncepción se opone
a la virtud de la castidad matrimonial, el aborto se
opone a la virtud de la justicia y viola directamente
el precepto divino « no matarás ».
A pesar de su
diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo están íntimamente
relacionados, como frutos de una misma planta. Es cierto que
no faltan casos en los que se llega a la
anticoncepción y al mismo aborto bajo la presión de múltiples
dificultades existenciales, que sin embargo nunca pueden eximir del esfuerzo
por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en muchísimos
otros casos estas prácticas tienen sus raíces en una mentalidad
hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un
concepto egoísta de libertad que ve en la procreación un
obstáculo al desarrollo de la propia personalidad. Así, la vida
que podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo
a evitar absolutamente, y el aborto es la única respuesta
posible frente a una anticoncepción frustrada.
Conexion entre aborto y anticoncepción
Lamentablemente
la estrecha conexión que, como mentalidad, existe entre la práctica
de la anticoncepción y la del aborto se manifiesta cada
vez más y lo demuestra de modo alarmante también la
preparación de productos químicos, dispositivos intrauterinos y « vacunas »
que, distribuidos con la misma facilidad que los anticonceptivos, actúan
en realidad como abortivos en las primerísimas fases de desarrollo
de la vida del nuevo ser humano.
14.
También las distintas técnicas de reproducción artificial, que parecerían puestas
al servicio de la vida y que son practicadas no
pocas veces con esta intención, en realidad dan pie a
nuevos atentados contra la vida. Más allá del hecho de
que son moralmente inaceptables desde el momento en que separan
la procreación del contexto integralmente humano del acto conyugal, 14 estas técnicas registran altos porcentajes de
fracaso. Este afecta no tanto a la fecundación como al
desarrollo posterior del embrión, expuesto al riesgo de muerte por
lo general en brevísimo tiempo. Además, se producen con frecuencia
embriones en número superior al necesario para su implantación en
el seno de la mujer, y estos así llamados «
embriones supernumerarios » son posteriormente suprimidos o utilizados para investigaciones
que, bajo el pretexto del progreso científico o médico, reducen
en realidad la vida humana a simple « material biológico
» del que se puede disponer libremente.
Los diagnósticos prenatales, que
no presentan dificultades morales si se realizan para determinar eventuales
cuidados necesarios para el niño aún no nacido, con mucha
frecuencia son ocasión para proponer o practicar el aborto. Es
el aborto eugenésico, cuya legitimación en la opinión pública procede
de una mentalidad —equivocadamente considerada acorde con las exigencias de
la « terapéutica »— que acoge la vida sólo en
determinadas condiciones, rechazando la limitación, la minusvalidez, la enfermedad.
Siguiendo esta
misma lógica, se ha llegado a negar los cuidados ordinarios
más elementales, y hasta la alimentación, a niños nacidos con
graves deficiencias o enfermedades. Además, el panorama actual resulta aún
más desconcertante debido a las propuestas, hechas en varios lugares,
de legitimar, en la misma línea del derecho al aborto,
incluso el infanticidio, retornando así a una época de barbarie
que se creía superada para siempre.
Eutanasia
15. Amenazas no menos graves
afectan también a los enfermos incurables y a los terminales,
en un contexto social y cultural que, haciendo más difícil
afrontar y soportar el sufrimiento, agudiza la tentación de resolver
el problema del sufrimiento eliminándolo en su raíz, anticipando la
muerte al momento considerado como más oportuno.
En una decisión así
confluyen con frecuencia elementos diversos, lamentablemente convergentes en este terrible
final. Puede ser decisivo, en el enfermo, el sentimiento de
angustia, exasperación, e incluso desesperación, provocado por una experiencia de
dolor intenso y prolongado. Esto supone una dura prueba para
el equilibrio a veces ya inestable de la vida familiar
y personal, de modo que, por una parte, el enfermo
—no obstante la ayuda cada vez más eficaz de la
asistencia médica y social—, corre el riesgo de sentirse abatido
por la propia fragilidad; por otra, en las personas vinculadas
afectivamente con el enfermo, puede surgir un sentimiento de comprensible
aunque equivocada piedad. Todo esto se ve agravado por un
ambiente cultural que no ve en el sufrimiento ningún significado
o valor, es más, lo considera el mal por excelencia,
que debe eliminar a toda costa. Esto acontece especialmente cuando
no se tiene una visión religiosa que ayude a comprender
positivamente el misterio del dolor.
Además, en el conjunto del horizonte
cultural no deja de influir también una especie de actitud
prometeica del hombre que, de este modo, se cree señor
de la vida y de la muerte porque decide sobre
ellas, cuando en realidad es derrotado y aplastado por una
muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva de sentido y esperanza.
Encontramos una trágica expresión de todo esto en la difusión
de la eutanasia, encubierta y subrepticia, practicada abiertamente o incluso
legalizada. Esta, más que por una presunta piedad ante el
dolor del paciente, es justificada a veces por razones utilitarias,
de cara a evitar gastos innecesarios demasiado costosos para la
sociedad. Se propone así la eliminación de los recién nacidos
malformados, de los minusválidos graves, de los impedidos, de los
ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los
enfermos terminales. No nos es lícito callar ante otras formas
más engañosas, pero no menos graves o reales, de eutanasia.
Estas podrían producirse cuando, por ejemplo, para aumentar la disponibilidad
de órganos para trasplante, se procede a la extracción de
los órganos sin respetar los criterios objetivos y adecuados que
certifican la muerte del donante.
16. Otro fenómeno actual, en el
que confluyen frecuentemente amenazas y atentados contra la vida, es
el demográfico. Este presenta modalidades diversas en las diferentes partes
del mundo: en los Países ricos y desarrollados se registra
una preocupante reducción o caída de los nacimientos; los Países
pobres, por el contrario, presentan en general una elevada tasa
de aumento de la población, difícilmente soportable en un contexto
de menor desarrollo económico y social, o incluso de grave
subdesarrollo. Ante la superpoblación de los Países pobres faltan, a
nivel internacional, medidas globales —serias políticas familiares y sociales, programas
de desarrollo cultural y de justa producción y distribución de
los recursos— mientras se continúan realizando políticas antinatalistas.
La anticoncepción, la
esterilización y el aborto están ciertamente entre las causas que
contribuyen a crear situaciones de fuerte descenso de la natalidad.
Puede ser fácil la tentación de recurrir también a los
mismos métodos y atentados contra la vida en las situaciones
de « explosión demográfica ».
El antiguo Faraón, viendo como una
pesadilla la presencia y aumento de los hijos de Israel,
los sometió a toda forma de opresión y ordenó que
fueran asesinados todos los recién nacidos varones de las mujeres
hebreas (cf. Ex 1, 7-22). Del mismo modo se comportan
hoy no pocos poderosos de la tierra. Estos consideran también
como una pesadilla el crecimiento demográfico actual y temen que
los pueblos más prolíficos y más pobres representen una amenaza
para el bienestar y la tranquilidad de sus Países. Por
consiguiente, antes que querer afrontar y resolver estos graves problemas
respetando la dignidad de las personas y de las familias,
y el derecho inviolable de todo hombre a la vida,
prefieren promover e imponer por cualquier medio una masiva planificación
de los nacimientos. Las mismas ayudas económicas, que estarían dispuestos
a dar, se condicionan injustamente a la aceptación de una
política antinatalista.
17. La humanidad de hoy nos ofrece un espectáculo
verdaderamente alarmante, si consideramos no sólo los diversos ámbitos en
los que se producen los atentados contra la vida, sino
también su singular proporción numérica, junto con el múltiple y
poderoso apoyo que reciben de una vasta opinión pública, de
un frecuente reconocimiento legal y de la implicación de una
parte del personal sanitario.
Como afirmé con fuerza en Denver, con
ocasión de la VIII Jornada Mundial de la Juventud: «
Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen.
Al contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de
amenazas procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza
o de los "Caínes" que asesinan a los "Abeles"; no,
se trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática.
El siglo XX será considerado una época de ataques masivos
contra la vida, una serie interminable de guerras y una
destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y
los falsos maestros han logrado el mayor éxito posible ».
15 Más allá de las intenciones,
que pueden ser diversas y presentar tal vez aspectos convincentes
incluso en nombre de la solidaridad, estamos en realidad ante
una objetiva « conjura contra la vida », que ve
implicadas incluso a Instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar
auténticas campañas de difusión de la anticoncepción, la esterilización y
el aborto. Finalmente, no se puede negar que los medios
de comunicación social son con frecuencia cómplices de esta conjura,
creando en la opinión pública una cultura que presenta el
recurso a la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la
misma eutanasia como un signo de progreso y conquista de
libertad, mientras muestran como enemigas de la libertad y del
progreso las posiciones incondicionales a favor de la vida.
10.
N. 2259 regresar
11. Cf. S. Ambrosio, De Noe,
26, 94-96: CSEL 32, 480-481 regresar
12. Cf. Catecismo
de la Iglesia Católica, 1867 y 2268 regresar
13. De Cain et Abel, II, 10, 38: CSEL 32,
408 regresar
14. Cf. Congregación para
la Doctrian de la Fe, Instr. Donum vitae, sobre el
respeto de la vida humana naciente y la dignidad de
la procreación: AAS 80 (1988), 70-102 regresar
15.
Discurso durante la Vigilia de oración en la VIII
Jornada Mundial de la Juventud (14 agosto 1993), II, 3:
AAS 86 (1994), 419 regresar
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