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Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Embriones congelados entre el bien y el mal
En el mundo de la bioética hay personas que piensan que no hay ni bien ni mal, sino sólo poder
El momento más dramático del libro (y de la película)
de “Harry Potter y la piedra filosofal” es la sorpresa
de Harry cuando descubre que el profesor “bueno” de la
escuela de brujas, Quirrell, está aliado con Voldemort, el mago
de la maldad. Harry no puede creer que un maestro
sencillo, amable, educado, se haya convertido en un traidor al
servicio del enemigo. Ante un espejo mágico, Quirrell explica por
qué se ha pasado al lado del mal: “Yo era
un joven tonto, lleno de ideas ridículas sobre el bien
y el mal. Lord Voldemort me demostró lo equivocado que
estaba. No hay ni bien ni mal, sólo hay poder
y personas demasiado débiles para buscarlo...”
En el mundo de la
bioética hay personas que piensan como el Quirrell de Harry
Potter: no hay ni bien ni mal, sino sólo poder.
Un ejemplo bastante claro lo encontramos en el debate reciente
para ver qué podemos hacer con los embriones que “sobran”.
Las
técnicas de fecundación artificial que recurren a la fecundación fuera
del cuerpo de la madre (de modo especial, la FIVET)
trabajan actualmente con varios óvulos a la vez, para conseguir
así un mayor número de embriones que poder transferir a
la mujer, de forma que queden otros embriones para congelar
como “material” de reserva. En este modo de trabajo se
nota la mentalidad típica de Quirrell, pues una clínica de
reproducción artificial no se preocupa por la moralidad de la
técnica (no hay bien ni mal) sino por el resultado.
A mejores resultados, más poder, más éxito, más padres felices
(algo de “altruismo” hay) y más dinero para la clínica...
Los
que son demasiado débiles para protestar, los embriones, no pueden
hablar. Son tratados como un número. El afortunado que sigue
adelante, si no tiene defectos genéticos, gozará seguramente del amor
de sus padres. Pero el modo de su concepción no
respeta el principio ético que nos dice que nunca podemos
arriesgar la vida de seres humanos para satisfacer un deseo
personal (incluso el deseo de la paternidad y de la
maternidad). A la vez, el que se congelen vidas humanas
“de reserva” nos da a entender lo injusta que puede
ser la técnica cuando se olvida del bien y del
mal.
Cuando el primer intento de fecundación ha funcionado bien (es
decir, si ya ha nacido un niño sano), es posible
que la pareja no quiera asumir ninguna responsabilidad sobre los
otros “hijos” (hay que llamarles por su nombre) que “sobran”.
¿Qué hacer con estos embriones “supernumerarios” o “sobrantes”, como son
llamados en algunos artículos científicos sobre reproducción artificial?
Las soluciones posibles
(posible y posibilidad derivan de la misma raíz que la
palabra “poder”) son muchas. Podemos darlos en adopción, podemos venderlos,
podemos destruirlos, podemos dejarlos morir, podemos usarlos para la experimentación.
Si no hay ni bien ni mal todo es posible,
aunque es necesario recordar que sin dinero algunas posibilidades no
se pueden llevar a cabo...
Algunos desean que esos embriones sobrantes
puedan ser usados para la experimentación. Puesto que la experimentación
necesita mucho dinero, está claro que quienes defienden esta alternativa
o tienen el dinero o quieren conseguirlo. Nos encontramos así,
otra vez, con el “poder”. Si, además, los que tienen
el dinero (grupos farmacéuticos o grupos de investigadores financiados con
dinero público o privado) pueden entrar con facilidad en los
medios de comunicación social, será posible crear toda una mentalidad
a favor de la experimentación con embriones. La ética queda
allí, en una esquina, como la pobre de la casa,
o como esos perros a los que se les ha
golpeado tanto que ya no se atreven ni a ladrar.
El
poder es capaz de movilizar incluso a personas necesitadas o
enfermas para que pidan, para que supliquen, que se experimente
con esos embriones. El presidente de uno de los grupos
de diabéticos de España, por ejemplo, ha pedido al gobierno
español que permita la experimentación con esos embriones para ver
si así se podrían encontrar caminos de curación para la
diabetes. Alguno tal vez piense que aquí no hay una
mentalidad de “poderosos” (el enfermo es siempre débil), pero si
uno recapacita tiene que reconocer que sí: el poder está
no en la cantidad de dinero o de salud que
uno tiene (lo cual importa mucho) sino en los modos
para presionar y conseguir lo que uno desea por encima
de cualquier principio ético.
Decir que los embriones deben ser defendidos
es visto por algunos como una obstrucción al “poder” de
la investigación. Con una mentalidad así, esperemos que algún día
no se llegue a decir que defender a los niños
pequeños de cualquier abuso de los científicos va contra el
progreso de la medicina...
Es cierto, sí, que entre un embrión
congelado y un niño la diferencia es enorme si nos
fijamos en el color del pelo o en la forma
de las manos. El pobre embrión tiene apenas unas pocas
células mientras que el niño juega y ríe con la
ayuda de millones de millones de células. Pero el problema
no está en tener más o menos células sino en
lo que uno es. Si el embrión no es un
ser humano, ¿qué es? Resultaría extraño que de un ser
no humano surgiese, con el paso del tiempo, un ser
humano, o que los padres fuesen padres de embriones subhumanos
que luego se convierten en seres humanos...
Pero la verdad no
interesa al que busca sólo el poder. Además de negar
que exista el bien o el mal, hay que crear
confusión y decir que no hay verdad ni mentira, que
la ciencia tiene muchos puntos de vista, que está todo
muy confuso. A río revuelto, ganancia de pescadores. Mientras, en
silencio, continúa la injusticia de esos laboratorios, muy poderosos, con
miles de embriones congelados y disponibles para muchas opciones. Basta
con conseguir el permiso de las autoridades públicas. El dinero
llegará. Y muchos cerrarán los ojos ante una nueva injusticia,
como los cerraron en otros tiempos del pasado. Sólo que
la historia no perdona, y algún día los nuevos Voldemort
serán juzgados, si no por los hombres, al menos por
Dios y por su conciencia.
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