|
Para muchos la palabra adopción produce temor o ternura, para
otros es algo desconocido. Para mí significa una decisión de
amor, gratitud y confianza en Dios. No juzgo las circunstancias
que mi madre biológica debió pasar. No la conocí. Lo
que sí puedo decir es que en su acto de
valentía y de respeto por mi vida me dio la
oportunidad de vivir, de sentirme amado y de amar, cuando
a muchas otras madres en el mismo caso les asalta
la terrible tentación del aborto. Debió sufrir mucho. Quizás tuvo
confusión y no habría sabido qué hacer. Cuánto dolor
y angustia debió sentir. Pero me amó y luchó
por mí. Señor, te pido perdón por las veces
que me he olvidado de orar por ella, por su
salvación. En mi corazón no hay rencor, no hay
dolor. Solamente Tú, mi Dios, conoces en profundidad el alma
y la vida de ella. Bendícela. Para mis papás
adoptarme significó un acto de amor, de entrega y de
felicidad. Soy el hijo primogénito, ese niño que tanto
soñaron. Soy el hijo que vino a llenar el vacío
y a colmar de ilusión sus vidas. Cuánta generosidad
hubo y hay en ellos. Somos tres hijos.
A mis hermanas y a mí nos amaron, educaron y
nos enseñaron a amar a Dios con su oración y
ejemplo. La adopción cambió mi vida y al conocer,
amar y servir a Dios cambió mi eternidad. Mi vida
es el primero de los bienes recibidos de Dios y
es el fundamento de todos los demás. Hoy reafirmo que
soy feliz, me conozco, y acepto quién soy. Tengo una
familia unida, una esposa maravillosa, mi mejor amiga, la amo
incondicionalmente. Tengo unos hijos que han llenado mi vida,
son un regalo de Dios. Tengo muchos amigos, junto
a ellos he crecido y hemos hecho una profunda amistad
e íntima unión donde compartimos ideales y aficiones, y ahora
nos une un entrañable amor a Dios. Así como yo,
todos los niños del mundo tienen el derecho al don
de la vida, a ser amados y amar; a proyectarse,
a trascender, a cumplir sus propios ideales y a ver
realizados sus sueños; a mirar que en el cielo
tenemos al Padre Dios, a la mamita Virgen y a
seguir las huellas de Jesús. Quisiera compartir con ustedes una
oración inspirada por Jesús, la misma que ha regido mi
vida.
¡Padre Dios!
No mires nuestra pequeñez, que la carne es
débil y el demonio trata de confundirnos. Tú nos diste
un alma noble, haz que la nobleza de mi alma
venza a la carne débil, los juicios, los orgullos,
y todo aquello que mancha mi alma. Permite, Padre, que
esa luz luminosa que pusiste en mi alma en el
momento en que me diste al mundo, brille siempre en
mí, y yo sea instrumento del que Tú te valgas
para que yo ponga amor, paz, abandono, confianza y
sobretodo, Padre mío, certeza de que estás conmigo y en
cada una de las almas. Que la luz que
Tú me has dado en el momento de nacer se
mantenga limpia, transparente el momento de mi muerte, para que
yo pueda volar a ti, a formar parte de la
Luz que, eres tú, mi Dios, mi Padre y mi
Amor.
Amen |