|
José y yo nos casamos pensando en poder tener muchos
hijos, pero mi primer embarazo se complicó por una enfermedad
que los médicos llaman al inicio "preeclampsia" y cuando el
proceso se agrava "eclampsia". Debido a esta enfermedad, los niños
son incapaces de eliminar los tóxicos que se producen en
el embarazo y se eleva mucho la tensión arterial. Yo
me agravé en el octavo mes de mi embarazo y
según los médicos no había muchas esperanzas de que sobreviviera,
al igual que mi bebito. Y digo "bebito", pues tenía
la intuición de que iba a ser un varón "igualito
a su padre".
En ese estado perdí la conciencia y aunque
de vez en cuando la recuperaba, volvía a perderla en
cuanto me empezaban las convulsiones de nuevo. En cada uno
de estos ataques se esperaba que ya no despertara más.
Ante
tan pésimo estado, los médicos se reunieron y decidieron practicarme
una cesárea. Era la única forma de salvar a mi
niño y a mí. Me acuerdo que al entrar al
quirófano me comenzó otra convulsión y que el anestesista me
dijo: "¡Lucha por vivir!, ¡Lucha!" No recuerdo más. No recuperé
la conciencia hasta muchas horas después.
Según me contó mi esposo,
acabada la intervención, los médicos lo llamaron al quirófano para
que me viera por última vez. Esta inconsciente y muy
pálida. Le enseñaron también al bebé, un varón, pero le
dijeron que al igual que yo tenía muy pocas posibilidades
de vivir. Nos dieron 72 horas de vida; si las
sobrevivíamos, sería un milagro.
Y el milagro de Dios sucedió, pues
a las 72 horas recuperé la conciencia. Nunca podré olvidar
la primera mirada de mi hijo. ¡Dios mío!... era igualito
a su padre. Lo que angustiaba en esos momentos era
el temor de que mi niño no se salvara. Lo
tenían en una incubadora y era tan pequeñito..., tan indefenso...
No llegaba a pesar ni 5 libras. A mí me
dolía muchísimo la cabeza y el estómago; pero no me
importaba sentirme tan mal, tan sólo le pedía a Dios
que salvara a mi bebé.
Me inyectaron muchos medicamentos para tratar
de controlarme la presión arterial. Los días pasaban y poco
a poco mejoramos. Recuerdo algo que me impresionó bastante. En
la misma clínica se encontraba por casualidad la matrona mayor
que atendió el nacimiento de mi esposo José. Ella vino
a ver a mi hijo recién nacido y cuando lo
vio exclamó: "Niño que se parece al padre honra a
la madre".
Eran tantos los deseos de tener más hijos, que
a pesar de que sabía que corría mucho peligro, volví
a quedar embarazada y a los dos años nació mi
"niña bonita", Sofía. El embarazo también fue problemático, volví a
enfermar de nuevo con preeclampsia, pero esta vez el tratamiento
me fue mejor y me hicieron la cesárea a su
debido tiempo. Sofía estuvo 33 días en la incubadora y
tuvo que luchar mucho por su vida. Hoy es una
linda mujer casada y con dos hijas.
En el tercer embarazo,
las dificultados se agravaron y nuestro hijo murió a las
30 horas de nacido. Fue un golpe muy duro para
José y para mí. Mi niño había muerto y ya
no podría mecerle entre mis brazos. En ese momento pensé:
"Dios mío te ofrezco este dolor tan profundo. Te doy
gracias porque Antonio José se pudo bautizar y se encuentra
ahora como un angelito más en el cielo. Pero mis
brazos han quedado vacíos, concédeme la gracia de poder adoptar
un bebé y llenar este vacío que siento."
Los años pasaron,
pero a pesar de ello nunca dejé de esperar que
se me concediese esta gracia. Por aquel tiempo a mi
esposo le fueron bien las cosas desde el punto de
vista económico y nos pudimos empezar a desenvolver en un
ambiente cristiano de clase media-alta. Incluso, pudimos construir una casa
muy cómoda y amplia en un barrio residencial. Pero nos
faltaba algo... Me daba cuenta de que, al igual que
yo, José deseaba tener más hijos, pero por la gravedad
de mi estado no me era posible.
Visitábamos las diferentes instituciones
dedicadas a la adopción de bebés. Aunque reuníamos los requisitos,
por un motivo o por otro, pasaron trece años. Mis
hijos, José Antonio y Sofía eran ya adolescentes. José continuaba
al frente del negocio y yo me matriculé en la
universidad para comenzar otra carrera que ayudara más en mi
vida profesional.
Una mañana, inesperadamente, nos llamaron y nos comunicaron que
habían recogido una niña expósita (de padres desconocidos) y nos
dijeron si todavía estábamos dispuestos, podría ser la hija que
tanto habíamos esperado.
Mi esposo y yo nos entusiasmamos muchísimo. Pero,
primero que todo, teníamos que consultar el asunto con nuestros
hijos y con la nana que lo cuidaría. Nos reunimos
inmediatamente. No había tiempo que perder, ya habíamos esperado trece
largos años y no nos quedaba mucho tiempo de juventud
para poder hacer frente a la crianza de una nueva
criaturita.
Nuestra hija Sofía fue la primera que se entusiasmó al
saber la noticia, de tal forma que nos preguntó: "Papi
y mami: ¿cuándo llega nuestra hermanita? ¡Que venga pronto!" Mi
hijo se quedó pensativo, y al momento nos dijo: "Caray,
yo pensaba que este momento nunca iba a llegar"; y
agregó con una gran sonrisa: "¡Tráiganla pronto!". La nana nos
prometió cuidarla y amarla como una segunda mamá. Fueron momentos
de un gozo inefable, nuestros corazones palpitaban de alegría y
con gran ansia esperamos la llegada a casa de nuestra
hijita. Cuando apareció la traían envuelta en pañales, me la
pusieron en mis brazos y toda la familia se acercó
a acariciarla.
Al mirarla por primera vez experimenté la misma sensación
que cuando vi por primera vez a mis hijos: ¡Dios
mío! ¡Qué linda es...! ¡Cuánto amor sentía por ella...! Comprendí
que esa pequeña niña siempre había estado en mi corazón.
Se llamaría María, sí, como la Virgen María, a quien
tanto yo le había rogado por esta hija. Sofía dijo:
"María Cristina". Con ese nombre fue bautizada. En ese maravilloso
momento entendí que "Dios manda a los hijos por diferentes
medios; unos los pone en el vientre y otros los
pone en el corazón". Es lo que suelo decir a
mi hija María Cristina desde que tuvo uso de razón.
A
raíz de la llegada de esta niña, ayudamos a 8
familias que estaban ansiosas por adoptar un bebé. Personalmente pude
comprobar la felicidad de esos padres cuando recibían y criaban
a esos bebitos enviados por Dios a sus corazones "a
través del vientre" de otras mujeres.
Hoy mi hija Cristina cuenta
con 18 años de edad y es una estudiante universitaria.
Estos 18 años han sido de muchas alegrías y satisfacciones,
pero como cualquier otra familia, también hemos tenido sufrimientos y
problemas, con ella y con los otros dos hijos mayores.
Nos sentimos satisfechos porque Dios respondió a nuestra petición concediéndonos
esta linda hija. Ella nos ha unido enormemente y ha
completado la familia, que si bien no son los doce
que planeamos de novios, no deja de ser un buen
número.
Durante mis años de espera comprendí el dolor que sufren
todas esas "madres en potencia", mujeres que no pueden llenar
sus expectativas de ser madres y que nunca podrán acariciar
en sus brazos al hijo tan deseado.
Paradójicamente, sin embargo, hay
otras mujeres que quedan embarazadas y que por diferentes motivos
piensan que no están en la situación de poder atenderlos
una vez que nazcan. Entonces optan por la falsa y
más rápida "solución": el aborto. No se detienen a pensar
que esa vida no les pertenece, que el aborto es
un crimen, un gran pecado y que ese niño tiene
derecho a nacer. No se paran a pensar que el
aborto no es la "solución" ni para ellas ni para
el niño; ellas lo llevarán siempre sobre su conciencia.
Es por
ello que la Madre Teresa de Calcuta ha llegado a
decir: "No los aborten, dénmelos a mí". Esa es la
misma súplica de tantas madres, que con los brazos vacíos
esperan al "hijo de su corazón".
Cuán felices podrían ser esos
niños si los dejaran nacer. Y qué felices podrían ser
esas madres que sufren por no poder dar a luz
y que los desean adoptar como hijos con todo su
corazón. Yo pienso: "Dios mío, ¡Cuántas madres hay con los
brazos vacíos; pero también cuántas mujeres hay que matan a
sus hijos..."
Pido a Dios para que no se cometan más
crímenes contra los bebés no nacidos y que en lugar
de ello se agilicen más los trámites burocráticos para facilitar
las adopciones. Todos seríamos así más felices. Daríamos la oportunidad
para vivir a esos niños para que puedan cumplir el
proyecto que Dios tenía pensado para ellos. Haríamos felices a
muchísimas madres. Y lo que es más importante; evitaríamos que
muchas mujeres sientan ese peso tan horrible sobre su conciencia,
el peso de haber matado a su propio hijo.
Mientras tanto,
pido a Dios que esas mujeres que se han practicado
el aborto se arrepientan, recurran al Sacramento de la Confesión
y experimenten el perdón y la curación de nuestro Dios
misericordioso. Y como dice el Santo Padre el Papa Juan
Pablo II, dirigiéndose a estas mujeres en el número 99
de su maravillosa Encíclica El Evangelio de la Vida: "Os
daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir
perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el
Señor". Ese bebé también debe el "hijo de su corazón".
|