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Desde el día de la boda los papás sueñan con
su hijo, y elaboran una gran novela alrededor de él.
En la medida que el embarazo se retrasa, el sueño
parece crecer, alimentándose de esa ausencia. Pero, paralelamente, puede aflorar
la frustración ante ese deseo no alcanzado. Desengaño que puede
transformarse en amargura, cuando los papás creen tener derecho al
hijo. Así, junto al noble deseo del hijo, suele surgir
cierta desazón frente a otras mamás con hijos, frente a
la sociedad en conjunto y -también y dolorosamente mayor- frente
a Dios.
Cuando los papás adoptan en estas circunstancias, mirarán
al hijo como un medio para poblar el vacío causado
por el bebé no nacido. Pretenderán llenar un hueco profundo
en su matrimonio…, con gran daño para la criatura adoptada,
pues no se le querrá por si misma. La huella
del niño soñado durante tanto tiempo será más poderosa, más
fuerte, más potente que la realidad del adoptado, y se
puede producir un desencuentro entre ambos hijos -el soñado y
el real-, con cierto peligro de desencanto. Adoptar no es
"conseguir" un hijo para satisfacer las expectativas frustradas de los
papás, o entretener a los abuelos. Adoptar es una "forma
divina" de recibir al propio hijo.
Esta situación se manifiesta
en esas parejas que acuden a un centro de adopción
con un listado de las cualidades que debe reunir el
hijo que solicitan, como si se encontrasen en una tienda
de ropa, exigiendo el color, el tamaño, la marca, incluso
el modelo del producto que buscan. Papás que, sintiéndose privados
de un amor al que creen tener derecho, buscan satisfacer
sus pretensiones, el sueño que han elaborado, la laguna vacía
en sus corazones mediante una criatura adoptada. Puede ser que
el niño no cumpla esas expectativas, decepcionándose ante esa "criatura"
que tienen junto a ellos. O bien, exigiendo durante años
a ese hijo que de vida al ideal imaginado por
ellos.
El proceso de duelo consiste en "despedir" al niño
soñado, que ni siquiera existe en la realidad, y abrirse
plenamente al que llegará. Es decir, vivir el proceso de
elaborar la pérdida del hijo que no ha llegado, enterrar
esa ilusión inexistente. No es dejar de soñar, de desear,
sino comenzar a amar al futuro hijo, pero a un
niño con unas características propias, suyas, todavía no conocidas. Un
bebé que necesariamente será diferente al soñado. Es imperioso despedir
al niño "inventado", olvidarse de los sueños anteriores, sin pretender
nunca adaptar el nuevo a aquel. El adoptado es otro,
real. La adopción no es un proceso para sustituir a
un hijo no tenido, sino abrir una puerta para recibir
al hijo propio.
Durante la "espera obligada" los papás asegurarán
su deseo y amor por su hijo, pues son ellos
los protagonistas de cada una de las iniciativas y pasos…
La larga espera les confirma que el hijo llegado es
el deseado y que esa es la manera mejor -y
única- de abrazar al propio hijo.
La espera también adquiere
un carácter de afirmación en el tiempo pues lleva a
madurar y consolidar la relación papás-hijo que está germinando. Estas
exigencias de responsabilidad reafirman en los papás su convicción de
amor por el hijo esperado y, de paso, se diluye
la posible frivolidad o la idea de estar ejerciendo un
acto caritativo.
Los papás adoptivos garantizan algo que no todos
los papás biológicos pueden aportar: sus hijos son, ante todo,
hijos deseados; y esta expresión, "hijo deseado", tiene suma importancia
en la psicología infantil. No garantiza nada, pero supone un
principio de afecto que es vital para todo niño, adoptado
o biológico.
El deseo de un hijo es un deseo
de la pareja, aunque no siempre responda desde el principio
a los mismos intereses. Es un proceso de amor, no
un acto aislado, pero a lo largo de la espera,
en ambos se irá produciendo una evolución uniformadora, que les
lleva a convencerse que no son unos papás distintos o
especiales, sino que buscan alcanzar a su hijo por un
camino diferente. El mencionado proceso de duelo consiste en dejar
de planear como se va a sustituir el hijo no
tenido y pasar a convencerse de que ese hijo adoptado
es propio.
Cuando este proceso se vive correctamente, llegará un
momento en el que incluso se olvide que el hijo
es adoptado; no como táctica o propósito, ni mucho menos
buscando rechazar su origen, sino mediante la aceptación del hijo
como propio. No es tanto un proceso intelectual, racional, como
afectivo, del corazón.
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