Primera parte
4. En las últimas décadas las ciencias médicas han
avanzado considerablemente en el conocimiento de la vida humana y
de los estadios iniciales de su existencia. Se han llegado
a conocer mejor las estructuras biológicas del hombre y el
proceso de su generación. Estos avances son ciertamente positivos, y
merecen apoyo, cuando sirven para superar o corregir patologías y
ayudan a restablecer el desarrollo normal de los procesos generativos.
Son en cambio negativos, y por tanto no se pueden
aprobar, cuando implican la supresión de seres humanos, se valen
de medios que lesionan la dignidad de la persona, o
se adoptan para finalidades contrarias al bien integral del hombre. El
cuerpo de un ser humano, desde los primeros estadios de
su existencia, no se puede reducir al conjunto de sus
células. El cuerpo embrionario se desarrolla progresivamente según un "programa"
bien definido y con un fin propio, que se manifiesta
con el nacimiento de cada niño.
Conviene aquí recordar el criterio
ético fundamental expresado en la Instrucción Donum vitæ para valorar
las cuestiones morales en relación a las intervenciones sobre
el embrión humano: «El fruto de la generación humana desde
el primer momento de su existencia, es decir, desde la
constitución del cigoto, exige el respeto incondicionado, que es moralmente
debido al ser humano en su totalidad corporal y espiritual.
El ser humano debe ser respetado y tratado como persona
desde el instante de su concepción y, por eso, a
partir de ese mismo momento se le deben reconocer los
derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo
ser humano inocente a la vida» [6].
5. Esta afirmación de
carácter ético, que la misma razón puede reconocer como verdadera
y conforme a la ley moral natural, debería estar en
los fundamentos de todo or den jurídico [7]. Presupone, en
efecto, una verdad de carácter ontológico, en virtud de cuanto
la mencionada Instrucción ha puesto en evidencia acerca de
la continuidad del desarrollo del ser humano, teniendo en cuenta
los sólidos aportes del campo científico.
Si la Instrucción Donum vitæ
no definió que el embrión es una persona, lo hizo
para no pronunciarse explícitamente sobre una cuestión de índole filosófica.
Sin embargo, puso de relieve que existe un nexo intrínseco
entre la dimensión ontológica y el valor específico de todo
ser humano. Aunque la presencia de un alma espiritual no
se puede reconocer a partir de la observación de ningún
dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el
embrión humano ofrecen «una indicación preciosa para discernir racionalmente una
presencia personal desde este primer surgir de la vida humana:
¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana?» [8].
En efecto, la realidad del ser humano, a través de
toda su vida, antes y después del nacimiento, no permite
que se le atribuya ni un cambio de naturaleza ni
una gradación de valor moral, pues muestra una plena
cualificación antropológica y ética. El embrión humano, por lo tanto,
tiene desde el principio la dignidad propia de la persona.
6.
El respeto de esa dignidad concierne a todos los seres
humanos, porque cada uno lleva inscrito en sí mismo,
de manera indeleble, su propia dignidad y valor. El origen
de la vida humana, por otro lado, tiene su auténtico
contexto en el matrimonio y la familia, donde es
generada por medio de un acto que expresa el amor
recíproco entre el hombre y la mujer. Una procreación verdaderamente
responsable para con quien ha de nacer «es fruto
del matrimonio» [9].
El matrimonio, presente en todos los tiempos y
culturas, «es una sabia institución del Creador para realizar en
la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su
recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a
la comunión de sus seres en orden a un mutuo
perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y
en la educación de nuevas vidas» [10]. En la fecundidad
del amor conyugal el hombre y la mujer «ponen de
manifiesto que en el origen de su vida matrimonial hay
un "sí" genuino que se pronuncia y se vive realmente
en la reciprocidad, permaneciendo siempre abierto a la vida... La
ley natural, que está en la base del reconocimiento de
la verdadera igualdad entre personas y pueblos, debe reconocerse como
la fuente en la que se ha de inspirar también
la relación entre los esposos en su responsabilidad al engen
drar nuevos hijos. La transmisión de la vida está inscrita
en la naturaleza, y sus leyes siguen siendo norma no
escrita a la que todos deben remitirse» [11].
7. La Iglesia
tiene la convicción de que la fe no sólo acoge
y respeta lo que es humano, sino que también lo
purifica, lo eleva y lo perfecciona. Dios, después de haber
creado al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn
1,26), ha calificado su criatura como «muy buena» (Gn 1,31),
para más tarde asumirla en el Hijo (cf. Jn 1,14).
El Hijo de Dios, en el misterio de la Encarnación,
confirmó la dignidad del cuerpo y del alma que constituyen
el ser humano. Cristo no desdeñó la corporeidad humana, sino
que reveló plenamente su sentido y valor: «En realidad, el
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado» [12].
Convirtiéndose en uno de nosotros, el Hijo hace
posible que podamos conver tirnos en «hijos de Dios» (Jn
1,12) y «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4).
Esta nueva dimensión no contrasta con la dignidad de la
criatura, que todos los hombres pueden reconocer por medio de
la razón, sino que la eleva a un horizonte de
vida más alto, que es el propio de Dios,
y permite reflexionar más adecuadamente sobre la vida humana y
los actos que le dan existencia [13].
A la luz de
estos datos de fe, adquiere mayor énfasis y queda más
reforzado el respeto que según la razón se le debe
al individuo humano: por eso no hay contraposición entre la
afirmación de la dignidad de la vida humana y el
reconocimiento de su carácter sagrado. «Los diversos modos con que
Dios cuida del mundo y del hombre, no sólo no
se excluyen entre sí, sino que se sostienen y se
compenetran recíprocamente. Todos tienen su origen y confluyen en el
eterno designio sabio y amoroso con el que Dios predestina
a los hombres "a reproducir la imagen de su Hijo"
(Rm 8, 29)» [14].
8. A partir del conjunto de estas
dos dimensiones, la humana y la divina, se entiende mejor
el por qué del valor inviolable del hombre: él posee
una vocación eterna y está llamado a compartir el amor
trinitario del Dios vivo.
Este valor se aplica indistintamente a todos.
Sólo por el hecho de existir, cada hombre tiene que
ser plenamente respetado. Hay que excluir la introducción de criterios
de discriminación de la dignidad humana basados en el desarrollo
biológico, psíquico, cultural o en el estado de salud del
individuo. En cada fase de la existencia del hombre, creado
a imagen de Dios, se refleja, «el rostro de su
Hijo unigénito... Este amor ilimitado y casi incomprensible de
Dios al hombre revela hasta qué punto la persona humana
es digna de ser amada por sí misma, independientemente de
cualquier otra consideración: inteligencia, belleza, salud, juventud, integridad, etc. En
definitiva, la vida humana siempre es un bien, puesto que
"es manifestación de Dios en el mundo, signo de su
presencia, resplandor de su gloria" (Evangelium vitæ, 34)» [15].
9. Las
dimensiones natural y sobrenatural de la vida humana permiten también
comprender mejor en qué sentido los actos que conceden al
ser humano la existencia, en los que el hombre y
la mujer se entregan mutuamente, son un reflejo del amor
trinitario. «Dios, que es amor y vida, ha inscrito en
el varón y en la mujer la llamada a una
especial participación en su misterio de comunión personal y en
su obra de Creador y de Padre»[16]. El matrimonio
cristiano «hunde sus raíces en el complemento natural que existe
entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante
la voluntad personal de los esposos de compartir su proyecto
de vida, lo que tienen y lo que son; por
esto tal comunión es el fruto y el signo de
una exigencia profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume
esta exigencia humana, la confirma, la purifica y la eleva,
llevándola a la perfección con el sacramento del matrimonio: el
Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los
esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor,
que es imagen viva y real de la singularísima unidad
que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del
Señor Jesús»[17].
10. Juzgando desde el punto de vista ético algunos
resultados de las recientes investigaciones de la medicina sobre el
hombre y sus orígenes, la Iglesia no interviene en el
ámbito de la ciencia médica como tal, sino invita a
los interesados a actuar con responsabilidad ética y social. Ella
les recuerda que el valor ético de la ciencia biomédica
se mide en referencia tanto al respeto incondicional debido a
cada ser humano, en todos los momentos de su existencia,
como a la tutela de la especificidad de los actos
personales que transmiten la vida. La intervención del Magisterio es
parte de su misión de promover la formación de las
conciencias, enseñando auténticamente la verdad que es Cristo y, al
mismo tiempo, declarando y confirmando con autoridad los principios del
orden moral que emanan de la misma naturaleza humana.[18]
Si deseas
consultar el documento completo:
Dignitas personae sobre algunas cuestiones
de bioética: introduccion
Segunda parte: Nuevos problemas relativos
a la procreación
Tercera parte: Nuevas propuestas terapéuticas
que comportan la manipulación del embrión o del patrimonio genético
[6] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum
vitæ, I, 1: AAS 80 (1988), 79. [7] Como recordó Benedicto
XVI, los derechos humanos, en particular el derecho a la
vida de cada ser humano, «se basan en la ley
natural inscrita en el corazón del hombre y presente en
las diferentes culturas y civilizaciones. Arrancar los derechos humanos de
este contexto significaría restringir su ámbito y ceder a una
concepción relativista, según la cual el sentido y la interpretación
de los derechos podrían variar, negando su universalidad en nombre
de los diferentes contextos culturales, políticos, sociales e incluso religiosos.
Así pues, no se debe permitir que esta vasta variedad
de puntos de vista oscurezca no sólo el hecho de
que los derechos son universales, sino que también lo es
la persona humana, sujeto de estos derechos » (Discurso a
la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas,
18 de abril de 2008: AAS 100 [2008], 334). [8] Congregación
para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum vitæ, I,
1: AAS 80 (1988), 78-79. [9] Ibíd., II, A, 1: l.c.,
87. [10] Pablo VI, Carta Encíclica Humanæ vitæ (25 de julio
de 1968), n. 8: AAS 60 (1968), 485-486. [11] Benedicto XVI,
Discurso a los participantes al Congreso Internacional promovido por la
Universidad Pontificia Lateranense, en el 40° aniversario del la Carta
Encíclica Humanæ vitæ (10 de mayo de 2008): L´Osservatore Romano,
11 de mayo de 2008, pág. 1; cf. Juan XXIII,
Carta Encíclica Mater et magistra, (15 de mayo de 1961),
III: AAS 53 (1961), 447. [12] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución
Pastoral Gaudium et spes, n. 22. [13] Cf. Juan Pablo II,
Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 37-38: AAS 87 (1995), 442-444. [14]
Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 45: AAS
85 (1993), 1169. [15] Benedicto XVI, Discurso a los participantes
en la Asamblea general de la Academia Pontificia para la
Vida y en el Congreso internacional sobre el tema "El
embrión humano en la fase de preimplantación" (27 de febrero
de 2006): AAS 98 (2006), 264. [16] Congregación para la Doctrina
de la Fe, Instrucción Donum vitæ, Introducción, 3: AAS 80
(1988), 75. [17] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris consortio sobre
la misión de la familia cristiana en el mundo actual
(22 de noviembre de 1981), n. 19: AAS 74 (1982),
101-102. [18] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Declaración Dignitatis humanæ, n.
14. |
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