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La Ley de Reproducción Asistida aprobada por el Congreso y
que ahora habrá de estudiar el Senado no está teniendo,
en mi opinión, la necesaria atención en los medios de
opinión pública, y existe el riesgo de que la mayor
parte de los ciudadanos no sean suficientemente conscientes de la
gravedad de lo que está en juego. Con mayor motivo
porque los ecos que a algunos menos informados les llegan
son los “propagandísticos”, con los que se pretende presentar esta
Ley como la avanzadilla de la ciencia y la panacea
para curar enfermedades congénitas. Al margen de los graves reparos
éticos que comentaremos, ese “ropaje” con el que se reviste
no responde a la realidad: la ciencia no necesita recurrir
a estos procedimientos para investigar, ni hoy por hoy la
terapia génica o genética es posible. Los que sí saldrán
ganando son determinadas clínicas privadas y laboratorios, que incrementarán sus
“bancos” de embriones y verán abierta la puerta para comercializar
con ellos, es decir, con vidas humanas aunque sea en
fase embrionaria.
Los dos principios de la Ley
La Ley
en cuestión se apoya en dos principios fundamentales. Si esos
principios fueran correctos, poco o nada habría que objetar a
este proyecto de Ley. Pero si esos principios son falsos,
la ley cae por su base. Y en mi opinión,
parece claro que son falsos.
El primer principio es de
tipo moral: no se formula como tal, pero se deduce
directamente de su contenido. El segundo se presenta como “científico”,
pero en realidad es ideológico, y sin base científica.
El
primer principio es que el fin justifica los medios. El
segundo, que el llamado por algunos “preembrión” (embrión de 14
días o menos) no sería otra cosa que un conjunto
de células, pero no propiamente un embrión humano.
El fin
no justifica los medios. Si fuera cierto que el fin
justifica los medios no existiría ninguna otra norma moral que
regulara el comportamiento humano. Bastaría con escoger un “buen fin”
y cualquier medio para conseguirlo sería válido. Así, se justificaría
el aborto para “solucionar” los embarazos no deseados; y la
eutanasia para “remedio” de enfermedades incurables, o –como en China-
el infanticidio de niñas para evitar la superpoblación. Y es
que no basta que el fin sea bueno; ha de
serlo también el “medio” o acto moral que llevemos a
cabo para conseguirlo.
El preembrión. En cuanto al concepto de
preembrión, Mac Laren, la genetista británica que lo introdujo en
1994 presionada por intereses económicos e ideológicos ajenos al ámbito
científico, se ha arrepentido de ello, porque se ha utilizado
no para designar una fase más del desarrollo embrionario –la
que abarca desde la concepción hasta el día 14 de
su ciclo vital-, sino para, arbritariamente, decir que en este
periodo aún no podría considerarse que hay vida humana, sino
un simple conjunto celular del que se podría disponerse para
la investigación. Basta un mínimo de conocimientos biológicos para saber
que desde el primer instante en que el óvulo es
fecundado por el espermatozoide –en la especie humana y en
cualquier otra en la que la reproducción se hace por
apareamiento del macho y la hembra- comienza una nueva vida,
distinta a la de sus progenitores, con todas los requisitos
genéticos necesarios para que, si no se interrumpe voluntariamente el
desarrollo, llegue a nacer un nuevo ser al término previsto
del embarazo.
El desarrollo del óvulo fecundado. El óvulo una
vez fecundado por el espermatozoide se desarrolla de modo orgánico,
sistemático, uniforme, sin saltos cualitativos, sin que, después de la
fecundación, pueda hablarse de un momento en el que no
hay vida y otro en el que ya la hay:
si en cualquier óvulo fecundado, desde el primer instante de
la fecundación, no hay un nuevo ser de la misma
especie que sus progenitores –prescindamos de los hipotéticos cruces de
razas en animales-, nunca llegará a nacer un ser vivo.
Pero si nace, tanto en los animales como en la
especie humana, es porque empezó siendo un cigoto (óvulo fecundado)
de 2, 4, 8, 16, 32 células, y luego –sin
solución de continuidad- pasó por la fase de mórula y
luego la de blástula, y luego se implantó en la
cavidad uterina, y siguió dividiéndose, y a los 14 días
comenzó el rudimento de lo que será el Sistema Nervioso
Central (la notocorda), y a las 8 semanas de vida
tendrá ya las huellas dactilares, y a las 12 semanas
estará completamente formados todos sus órganos..., pero en todos y
cada uno de esos días de desarrollo es el mismo
ser humano, y por tanto persona humana (prescindamos ahora del
concepto jurídico de persona que algunas legislaciones positivistas establecen, no
conformes a la realidad biológica y metafísica que comienza a
existir desde la fecundación). Para la biología, la antropología, la
metafísica y desde luego la religión, es persona. Y desde
luego tampoco importa si el embrión se ha implantado ya
o no en el útero: tan independiente es de la
madre en su estructura cromosómica antes como después; y tan
dependiente es en la alimentación necesaria para su subsistencia antes
como después. Si no es persona humana antes tampoco lo
será después. Y si lo es después igualmente lo es
antes. En todo caso, ¿es que ni siquiera se le
puede aplicar el beneficio de la duda?
El embrión humano
es un hijo
Insistamos en que ese “conjunto celular” incipiente no
es un mero conglomerado de células yuxtapuestas, como realidades independientes,
sino un organismo pluricelular armónicamente unido, es un único ser,
coordinado y dirigido por una “inteligencia” que lo encamina hacia
un fin “escrito” en los genes: llegar al final de
un proceso que comenzó con la fecundación, seguirá con el
periodo embrionario y fetal, después con el parto y nacimiento,
y todo el desarrollo posterior hasta su muerte..
Ante este
asombroso “misterio” podemos preguntarnos quién ha organizado esas precisas leyes
bioquímicas que rigen el origen y el desarrollo de ese
vida humana. Sinceramente pienso que es más difícil no ver
ahí la mano de Dios que reconocerle con admiración.
Como
es sabido, a finales de febrero ha tenido lugar en
Roma un Congreso sobre “El embrión humano antes de la
implantación”, con la participación de 350 expertos (científicos, médicos, teólogos,
etc). En su intervención el Papa ha dicho que “quien
ama la verdad debería percibir que la investigación sobre temas
tan profundos nos pone en condición de ver y casi
de tocar la mano de Dios”. Y Elio Sgreccia, Presidente
de la Academia Pontificia para la Vida, resumía de modo
elocuente que “el embrión humano es un hijo”.
Qué permite
la Ley de R . A. - Si la realidad
del preembrión o embrión –que lo mismo da- es como
hemos dicho, causa pavor todo lo que la Ley en
proceso de aprobación permite y facilita: la selección eugenésica de
embriones como “bebés medicamento” que permitirá desechar a los no
“servibles” aunque estén perfectamente sanos; la producción de embriones en
número superior a los que se implanten en los procesos
de fecundación “in vitro”, lo que llevará a un gran
incremento del número de embriones “sobrantes”, que podrán conservarse o
tirarse indistintamente (no existirá la obligación de crioconservarlos); la posibilidad
de donarlos para investigación; y queda la puerta abierta a
la comercialización de embriones, como si de simples “animales de
laboratorio” se tratara; se autoriza el diagnóstico genético preimplantatorio que
permitirá elegir “bebé a la carta” (selección de sexo, bebés
de determinadas características físicas, etc); se permite la clonación llamada
“terapéutica” que, de hecho, requiere la misma técnica que la
clonación reproductiva; se permite la donación de gametos, que podría
dar lugar a “bioadulterios” e “incestos genéticos”; incluso se permite
fecundar ovocitos animales con esperma humano para crear “monstruos” o
“quimeras” para investigar, etc. Además, esta Ley no establece mecanismos
eficaces de control de la legalidad, por lo que, en
la práctica, las clínicas harán lo que quieran. Las sanciones
teóricamente previstas serán en la práctica inexistentes.
La mayor parte
de los países del mundo, el Parlamento Europeo y la
ONU no permiten la producción arbitraria de embriones, ni la
investigación con embriones vivos, ni la clonación terapéutica.
Esta permisividad
va también contra el Código Penal vigente en nuestro país
y contra el Convenio de Derechos Humanos y Biomedicina del
Congreso de Europa (Convenio de Oviedo) suscrito por España. Y
la desprotección del embrión –que quedará menos protegido que determinadas
especies animales y otros animales que se usan para la
experimentación- va contra la Jurisprudencia del Tribunal Supremo. Pero nada
de esto parece importar a nuestro legisladores con tal de
estar a la “cabeza” de la “modernidad”, es decir, a
la cola de los países avanzados y sensatos que saben
respetar la vida humana, no necesariamente por motivos religiosos, pues
la protección de la vida es patrimonio de todos los
hombres de buena voluntad, y que tienen el sentido común
de saber que no se puede poner el hombre –aunque
sea aún en fase embrionaria- al servicio de la técnica
y la ciencia, sino al revés. ¡Todos hemos sido embriones!,
como han recordado los Obispos. Aún estamos a tiempo de
no seguir dando pasos para la “deconstrucción” de la sociedad.
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