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Autor: Fernando Pascual ¿Sólo un puñado de células?
Hay laboratorios que hablan de pre-embriones, y que explican que esos organismos pequeñísimos son simplemente un puñado de células que no merece ser valorado como si fuese un ser humano
¿Sólo un puñado de células?
El médico explicaba a los esposos algunos detalles de la
fecundación in vitro. Les decía que había que provocar a
través de diversas hormonas la estimulación ovárica; que se extraerían
varios óvulos; que luego se tomaría el semen del esposo
obtenido a través de una masturbación; que luego se haría
la fecundación in vitro de varios de esos óvulos...
Al llegar
a este punto, quiso aclarar que los óvulos fecundados, eran,
durante los primeros días, sólo un puñado de células. A
ese “algo” muchos lo llaman con el nombre de “pre-embrión”,
pues, dicen, todavía no sería ni embrión ni hijo.
De este
modo, el médico intentaba tranquilizar a los esposos: no “fabricaba”
hijos en el laboratorio, sino pre-embriones. Quizá uno o dos
de ellos serían transferidos a las trompas de Falopio de
la mujer, otros serían congelados, otros morirían o serían destruidos
por ser de “baja calidad”.
Lo que acabamos de presentar, si
bien con algunas diferencias, ha ocurrido y es posible que
ocurra más frecuentemente de lo que pensamos. Hay laboratorios que
hablan de pre-embriones, y que explican que esos organismos pequeñísimos
son simplemente un puñado de células que no merecen ser
valorados como seres humanos.
La realidad, sin embargo, no corresponde a
lo que se dice en esos laboratorios. Nos bastaría con
recordar lo que nos dicen las ciencias biológicas: cuando un
espermatozoide penetra en un óvulo, se desencadena toda una serie
de reacciones y procesos que son señal del inicio de
una nueva vida. Una vida que es distinta tanto de
la madre como del padre. Una vida pequeña, sí, formada
al inicio por una célula, luego por dos, luego por
cuatro, etc.; pero vida con un sistema genético diferente, con
una cierta autonomía, con una orientación hacia nuevas etapas de
crecimiento.
Decir que “eso” sería simplemente un puñado de células es
un error desde muchos puntos de vista. Pensemos, por ejemplo,
en nuestros propios cuerpos. Podemos decir, con verdad, que estamos
hechos de miles y miles de millones de células. A
la vez, sabemos que nuestra unidad es algo más que
la suma de todas esas células. Lo mismo ocurre tras
la concepción: estamos ante un ser que tiene muy pocas
células (al inicio solamente una). Su unidad y su identidad,
sin embargo, no depende del número de células, sino de
algo distinto que explica cómo esas células se relacionan entre
sí y se orientan hacia el desarrollo.
Es cierto, hay que
recordarlo, que en los laboratorios es posible hacer cultivos de
células humanas sin que tales cultivos sean un ser humano.
En esos casos, sí estamos ante un “puñado de células”,
que muestran tener funciones y reacciones vitales pero no son
individuos humanos, por la sencilla razón de que ni se
estructuran ni se orientan hacia la organización y hacia el
crecimiento que son propios de un individuo autónomo.
En cambio, los
mal llamados pre-embriones son seres humanos porque tienen las señales
propias de cualquier organismo viviente unitario: un código genético, unas
reacciones químicas muy concretas, un desarrollo ordenado y por etapas,
una interacción con el medio externo que explicará si puede
sobrevivir o si morirá en pocos días.
Hemos de tener valor
y mirar a esos embriones de laboratorio como lo que
son: hijos. Merecen todo el amor y el respeto de
sus padres, de los médicos, de la sociedad. Han sufrido
una primera injusticia al ser concebidos en una probeta, fuera
del lugar natural que merecen y que sería, para ellos,
más seguro: el seno de sus madres. Pero a esa
injusticia no podemos añadirle una nueva, más grave todavía: negarles
su condición humana y tratarlos como si fuesen “un puñado
de células”.
Sólo si los miramos con honestidad, si les damos
el nombre que merecen, seremos capaces de reconocer toda la
serie de peligros y de amenazas a la vida que
se producen desde el momento en el que se promueve
la fecundación in vitro, una técnica llena de errores éticos
y a la que no debería recurrir ninguna pareja de
esposos.
Ante los problemas reales de la esterilidad, hay que promover
con urgencia una cultura de la fecundidad que enseñe a
conservar y vivir esta maravillosa dimensión del amor humano. Pero
cuando sea imposible conseguir una concepción de modo natural, en
el respeto que merece la vida del hijo y la
dignidad de sus padres, entonces habría que descubrir nuevas dimensiones
para la vida matrimonial, quizá a través de la adopción
de algún niño abandonado o de otras formas de servicio
a tantos miles de personas que desean un poco de
cariño y de ayuda.
Ningún embrión puede ser visto simplemente como
un “puñado de células”. Cuando abramos los ojos a esta
verdad, habremos dado un paso serio para promover una cultura
de la verdad, que es el camino mejor para respetar
y, sobre todo, para amar, a cada uno de nuestros
hijos.
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