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Autor: Pilar Calva Familia, fecundación artificial y ética
El deseo legítimo de tener un hijo no debe ser nunca motivo para que un matrimonio o una persona solitaria recurra a un donante de semen o de óvulos para conseguir un hijo, que no será plenamente suyo
Familia, fecundación artificial y ética
Familia, fecundación artificial y ética
La técnica permite realizar sueños
imposibles. Desde la multiplicación de las cosechas hasta los transplantes
de corazón, toda una enorme variedad de ventajas y de
conquistas se abren ante nuestros ojos de ciudadanos modernos y
asombrados.
Cada nueva conquista, sin embargo, nos plantea algunas preguntas. ¿Para
qué sirve? ¿A qué nivel se puede aplicar? ¿Va a
dañar el ambiente? ¿Hay peligros escondidos? ¿Cuánto costará? ¿Quién va
a controlar su uso? ¿Se puede patentar y a qué
precio?
Uno de esos ámbitos técnicos es el de la fecundación
artificial. A los progresos realizados desde hace ya varios siglos,
primero en plantas y animales, luego en seres humanos, se
van sumando cada vez nuevos descubrimientos y perspectivas. Quienes trabajan
en ganadería saben lo interesante y práctico que resulta encontrar
un buen banco de espermas (semen), para fecundar, por medio
de la inseminación artificial, a las propias vacas u ovejas.
Tal vez, con el pasar de los años, realizan estas
operaciones como algo rutinario, sin pensar seriamente en todo lo
que esto implica para cada especie animal y para el
equilibrio ecológico del planeta.
Puede resultar extraño que en el ámbito
de la reproducción humana se apliquen estas técnicas que ya
han logrado muchos resultados en el mundo animal. Se notan
aquí y allá señales de “tratamientos contra la infertilidad” que
recurren, con guantes blancos y palabras educadas, a la inseminación
artificial o a fecundaciones en probeta con el recurso a
“donantes” generosos y buenos, más altruistas que el pobre toro
semental que sirve para fecundar a decenas o cientos de
vacas...
Así, podemos leer lo siguiente en un folleto de propaganda
sobre Reproducción asistida de un prestigioso hospital de una ciudad
del planeta: “Las parejas que carezcan de esperma u óvulos
pueden someterse a la IVF y al GIFT utilizando el
donador de semen o de óvulos. Esta es una decisión
personal basada en las creencias religiosas, éticas y morales de
la pareja y de la magnitud del deseo de tener
un hijo. Durante más de doscientos años, las parejas con
poca cantidad de semen o sin él, han recurrido al
donador de semen para lograr el embarazo”. Puede parecer banal
decir que cualquier decisión humana madura y consciente se basa
en “creencias religiosas, éticas y morales”, pero a veces nos
olvidamos que esto vale tanto para un acto de egoísmo
como para un acto de generosidad. El egoísta tiene su
“ética” y su “religión”, aunque todos nos demos cuenta de
que se trata de una ética y de una religión
desviadas, si es que no reconocemos que a veces se
trata de una “antiética”.
Es necesaria, además, una segunda aclaración. Buscar
algo con pasión no justifica el recurrir a un medio
inmoral. Muchos crímenes pasionales pretenden eliminar a un enemigo real
y dañino, pero ello no quita la responsabilidad ante la
sociedad, ante la víctima y ante uno mismo de haber
cometido un delito grave. Un deseo muy grande de tener
un hijo no puede justificar, por ejemplo, el secuestro de
un bebé que podamos arrebatar a sus padres en un
momento de descuido. Y, podemos añadir, el deseo legítimo de
tener un hijo no debe ser nunca motivo para que
un matrimonio o una persona solitaria recurra a un donante
de semen o de óvulos para conseguir un hijo, que
no será plenamente suyo.
Una sana visión ética hará ver
que, en el campo de la generación humana, existe el
deber de respetar el mejor camino para tener un hijo,
que es el amor fiel y exclusivo de los esposos.
Ciertamente, muchos niños nacen de relaciones extraconyugales, y ello es
siempre una fuente de sufrimiento para la pareja, pero no
puede ser motivo de privar de amor a cada niño
que nace sobre la tierra. Una acción mala puede tener
un resultado bueno, pero no por ello deja de ser
mala...
Hay que considerar, además, al donante de óvulos o de
espermas. Esta persona debe darse cuenta de que está entregando
algo muy suyo a otros para que luego puedan decidir
si va a nacer en un futuro un hijo suyo
(muchas veces sin que lo sepa el mismo donante). Dar
la vida es algo muy serio, y por ello se
habla de paternidad y de maternidad responsables. Esta es una
materia que no se puede delegar. No podemos permitir que
otros, científicos o familias, tomen ese potencial de la propia
fecundidad para ir esparciendo por el mundo, fuera del propio
control, hijos e hijas biológicos que quizá el donante nunca
verá, pero que no por ello dejan de ser plenamente
hijos suyos.
La comparación entre la reproducción humana y la reproducción
animal es siempre odiosa. Hay algo en el ser humano
que hace que cada nacimiento implique todo el amor de
los padres, y que nos lleva a pedir, casi por
simetría, que cualquier niño nazca precisamente de ese amor, sin
que intervengan personas extrañas o anónimas. Lo saben muy bien
los esposos que un día descubren que tal o cual
hijo presuntamente suyo tenía su origen en otro... En la
reproducción asistida que recurre a donadores tenemos, con toda la
limpieza y elegancia de un moderno laboratorio, un adulterio disimulado,
en el cual otro varón u otra mujer (desconocidos y
anónimos para la pareja, pero no para la comunidad científica
ni para los archivos públicos) entran en la vida de
unos esposos, con los peligros que esto encierra para el
presente o para el futuro de la comunidad de amor
que es el matrimonio.
Una sociedad humana no puede dejar
el amor en manos de la ciencia.
Dos esposos que se
aman de verdad se aceptan íntegramente, incluso cuando se descubre,
con gran dolor, que él o ella no son capaces
de procrear una vida humana por alguna causa de infertilidad.
Cualquier recurso a alguien fuera de ese amor sincero y
total, sea un amante, sea un donador de semen o
de óvulos, es un atentado que rompe y que destruye
la belleza del amor generoso. Por ello un médico que
ame su vocación no se permitirá introducir entre dos esposos
elementos extraños a su amor. Ayudará, en lo que la
ciencia le permita, a evitar las causas de la esterilidad.
Pero no querrá sustituirse a los esposos con la producción
artificial, fría, calculada, de embriones, muchos de los cuales serán
sacrificados o congelados injustamente (con el único fin de asegurar
un embarazo “a cualquier precio”), como ocurre en técnicas como
la FIVET. Ni menos introducirá, con todos los anonimatos que
se quieran, a personas extrañas, “donadores”, que se conviertan en
los verdaderos padres biológicos del ser humano “creado” gracias al
laboratorio.
La vida no tiene precio.
Todos queremos vivir en un
mundo donde el amor sea la verdadera fuente de la
fecundidad y del inicio de la vida. Hemos de tener
el valor de rechazar, como sociedad madura y democrática, cualquier
técnica de reproducción asistida que elimine embriones, que los congele,
que los tenga prisioneros, en manos de la decisión de
otros que no son sus padres. No podemos permitir que
hombres o mujeres sean usados, como en el mundo animal,
como “sementales” (aunque les llamemos, eufemísticamente, “donadores”), por respeto a
su dignidad y por respeto a la unidad de amor
de todo matrimonio. Sin ética, el hombre podrá usar de
los nuevos descubrimientos contra los demás y contra sí mismo,
aunque logre resultados aparentemente muy apetecibles...
Sólo ayuda al hombre la
tecnología si el hombre vive a fondo de acuerdo con
una ética plenamente humanística. Si esto ha sido siempre verdad,
lo es de un modo mucho más actual en el
mundo de la tecnología reproductiva, donde entra en juego no
sólo el equilibrio del ecosistema, sino la vida de amor
de unos esposos y la concepción misteriosa y fascinante de
cada nueva vida humana.
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