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Sexualidad y Bioética | sección
Fertilización artificial | categoría
Autor: Antonio Rivero
Inseminación artificial y fertilización in vitro
¿Nos damos cuenta hasta dónde nos puede llevar una ciencia en la que el hombre es el objeto mismo de su propia tecnología?
 
1. Concepto: la inseminación artificial es lo contrario a la inseminación natural, realizada por vía sexual. En esta unión artificial hay una manipulación mediante la aplicación del semen.

2. Juicio ético:

a)De la inseminación artificial: Para comprender la ilicitud de la inseminación artificial hay que recordar que el matrimonio es una institución natural para la procreación, y que, también por naturaleza, la única fomra lícita de unión sexual es el matrimonio.

Por otro lado, el matrimonio, hablando con propiedad, no es un derecho a tener hijo, sino a poner los actos naturales que pueden traer como resultado la procreación. Si no fuese así, resultaría antinatural -lo que no es cierto- el matrimonio en el que uno o los dos cónyuges fuesen estériles.

Teniendo en cuenta lo anterior, se deduce:

La inseminación artificial fuera del matrimonio o dentro del matrimonio pero con semen de un tercero, atenta a la misma institución matrimonial: son, y de modo artificial, concubinato o adulterio;

La inseminación artificial dentro del matrimonio y con semen del esposo es también ilícita, porque el fin de la procreación sólo se puede intentar con el acto conyugal. A esta ilicitud se añadiría la de la obtención del semen, también en el caso de emisión involuntaria o por intervención quirúrgica, porque la malicia del fin (inseminación) contagiaría de malicia al medio empleado.

No es inseminación artificial el uso de medios artificiales encaminados únicamente a facilitar la realización natural del acto sexual o a que éste, normalmente cumplido, consiga su fin.

b) De la fecundación in vitro: agrava la malicia de la inseminación artificial. La fecundación se hace y se continúa fuera de la madre. Tanto la fecundación artificial en el matrimonio como fuera del matrimonio es inmoral. Además de ser contrario a la dignidad del matrimonio, a la doble finalidad del acto conyugal (unitivo y procreador), es contrario a la dignidad de la persona humana que nunca es un objeto ni un medio, sino que es fin y sujeto. Pablo VI en su encíclica “Humanae Vitae” en el número 13 dice: “Usar ese don divino (acto conyugal) destruyendo su significado y su fianlidad, aún sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir el plan de Dios y su voluntad”.


¿Nos damos cuenta hasta dónde nos puede llevar una ciencia en la que el hombre es el objeto mismo de su propia tecnología? La ciencia y los caballos pueden ser peligrosos cuando se desbocan.

Con la inseminación artificial y la fecundación in vitro se tiende a realizar un deseo legítimo, la paternidad y la maternidad vividas. Pero los deseos honestos han de conseguirse por medios honestos. Sólo el acto conyugal es éticamente digno para dar origen a una nueva vida humana.

En la fecundación in vitro el hombre pone voluntariamente en marcha un proceso que sabe con toda seguridad causará la muerte de algunos o de todos los embriones.

VI. Principios morales respecto a la bioética

1. El hombre no puede ser objeto de su propia tecnología ni es medio del que se pueda manipular. Dios lo ha querido como sujeto y como fin en sí mismo. El hombre no es pura materia, bioquímica o fisiología; es, desde su concepción, un ser con un origen y un destino trasncendentes.

2. La ciencia ha de estar al servicio del hombre, no en su contra. Es decir, tiene que respetar su dignidad, no manipular. No puede utilizarse para satisfacer las ansias de algunos si se corre el riesgo, y ciertamente se corre, de perjudicar a muchos...y si se corre el riesgo de variar la naturaleza biológica del hombre, que es intangible y constitutiva de la identidad personal del individuo, en todo el curso de la historia. El propio sentido común ha de imponerse a la fascinación que ejercen las nuevas conquistas científicas. Por eso dice el Papa Juan Pablo II que todo progreso científico, para que sea también progreso del hombre, ha de contemplar a éste en la dignidad superior de su sentido trascendente.

3. Se dice que el médico debe aliviar los sufrimientos humanos, y uno de tantos es la infertilidad. Pero las técnicas de procreación artificial no curan la infertilidad, sino que la burlan, la eluden: el hombre y la mujer siguen siendo tan estériles antes como después del tratamiento.

4. Dios pone el alma en el momento de la concepción, realizada después del acto íntimo de los esposos. Con la inseminación artificial y la fecundación in vitro queda el siguiente interrogante: ¿Sigue Dios poniendo el alma espiritual? Un ser tan digno como la persona humana merece un advenimiento más digno.

5. No todo lo biológicamente factible es éticamente correcto. No es ético el modo de obtener el esperma, la destrucción o comercialización de los embriones inútiles (que son personas desde el momento de la fecundación, inhumanamente asesinadas o comercializadas). No es lo mismo dar semen que dar sangre. El semen no es sólo pura bioquímica, sino que transmite la paternidad, es portador del patrimonio genético y como tal es recapitulación de una historia, vehículo de caracteres personales y expresión de una genealogía. La inseminación artificial heteróloga priva al donante desconocido de la intransferible responsabilidad de cuidarse de su descendencia.

6. Cada niño tiene derecho a saber quiénes son sus padres biológicos y merece venir al mundo por el amor de un padre y una madre.

7. Hay que rechazar la fecundación in vitro por el concepto materialista de la vida humana, que olvida la dimensión racional y espiritual de cada ser humano.

8. No se puede hacer un mal para conseguir un bien (Non sunt facienda mala ut eveniant bona).

9. Sólo los esposos tienen un derecho recíproco sobre sus cuerpos para engendrar una vida nueva; derecho exclusivo imposible de ceder, inalienable...Entre el esposo legítimo y el niño fruto del elemento activo de un tercero, aunque el esposo hubiera consentido, no existe ningún lazo de origen, ninguna ligadura moral, jurídica, de procreación conyugal.

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