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CIUDAD DEL VATICANO, 7 NOV 2008 .-El Santo Padre recibió
a a los participantes en el Congreso Internacional “Un don
para la vida. Consideraciones sobre la donación de órganos”, que
se celebra en Roma del 6 al 8 de noviembre,
organizado por la Pontificia Academia para la Vida, en colaboración
con la Federación Internacional de las Asociaciones Médicas Católicas y
el Centro Nacional de Trasplantes.
Criterios éticos para los trasplantes de
órganos La donación de órganos es una forma peculiar de testimonio
de la caridad. En un período como el nuestro, con
frecuencia marcado por diferentes formas de egoísmo, es cada vez
más urgente comprender cómo es determinante para una correcta concepción
de la vida entrar en la lógica de la gratuidad.
Existe, de hecho, una responsabilidad del amor y de la
caridad que compromete a hacer de la propia vida un
don para los demás, si se quiere verdaderamente la propia
realización. Como nos enseñó el Señor Jesús, sólo quien da
la propia vida podrá salvarla (Cf. Lucas 9, 24).
La
historia de la medicina muestra con evidencia los grandes progresos
que se han podido realizar para permitir una vida cada
vez más digna a toda persona que sufre. Los trasplantes
de tejidos de órganos representan una gran conquista de la
ciencia médica y son ciertamente un signo de esperanza para
muchas personas que atraviesan graves y a veces extremas situaciones
clínicas.
Si nuestra mirada se amplía al mundo entero, es
fácil constatar los numerosos y complejos casos en los que,
gracias a la técnica del trasplante de órganos, muchas personas
han superado fases sumamente críticas y se les ha restituido
a la alegría de vivir. Esto nunca hubiera podido suceder
si el compromiso de los médicos y la competencia de
los investigadores no hubieran podido contar con la generosidad y
el altruismo de quienes han donado sus órganos. El problema
de la disponibilidad de órganos vitales, por desgracia, no es
teórico, sino dramáticamente práctico; se puede constatar en la larga
lista de espera de muchos enfermos cuyas únicas posibilidades de
supervivencia están ligadas a las pocas donaciones que no corresponden
a las necesidades objetivas.
Es útil, sobre todo en el
contexto actual, volver a reflexionar en esta conquista de la
ciencia para que la multiplicación de las peticiones de trasplantes
no trastoque los principios éticos que constituyen su fundamento. Como
dije en mi primera encíclica, el cuerpo nunca podrá ser
considerado como un mero objeto (Cf. Deus caritas est, n.
5); de lo contrario se impondría la lógica del mercado.
El cuerpo de toda persona, junto al espíritu que es
dado a cada quien individualmente, constituye una unidad inseparable en
la que está impresa la imagen del mismo Dios. Prescindir
de esta dimensión lleva a caer perspectivas incapaces de comprender
la totalidad del misterio presente en cada hombre. Es necesario,
por tanto, que en primer lugar se ponga el respeto
por la dignidad de la persona y la defensa de
la tutela de su identidad personal.
Por lo que se
refiere a la técnica del trasplante de órganos, esto significa
que sólo se puede hacer una donación si no se
pone en serio peligro la propia salud y la propia
identidad y siempre por un motivo moralmente válido y proporcionado.
Eventuales motivos de compraventa de órganos, así como la adopción
de criterios discriminadores o utilitaristas, desentonarían hasta tal punto con
el mismo significado de la donación de que por sí
mismos se pondrían fuera de juego, calificándose como actos moralmente
ilícitos. Los abusos en los trasplantes y su tráfico, que
con frecuencia afectan a personas inocentes, como los niños, tienen
que encontrar el rechazo unido de la comunidad científica y
médica por ser prácticas inaceptables. Por tanto, deben ser condenadas
con decisión como abominables. El mismo principio ético debe ser
subrayado cuando se quiere llegar a la creación y destrucción
de embriones humanos destinados a objetivos terapéuticos. La misma idea
de considerar el embrión como "material terapéutico" contradice los fundamentos
culturales, civiles y éticos sobre los que se basa la
dignidad de la persona.
Con frecuencia, el trasplante de órganos
tiene lugar como un gesto de total gratuidad por parte
de los familiares de una persona a quien se ha
certificado la muerte. En estos casos, el consentimiento informado es
una condición de la libertad para que el trasplante se
caracterice por ser un don y no se interprete como
un acto coercitivo o de abuso.
Transplante de órganos vitales
De
todos modos, es útil recordar que los diferentes órganos vitales
sólo pueden extraerse ex cadavere [del cadáver, ndt.], que posee
una dignidad propia que debe ser respetada. La ciencia, en
estos años, ha hecho progresos ulteriores para constatar la muerte
del paciente. Es bueno, por tanto, que los resultados alcanzados
reciban el consenso de toda la comunidad científica para favorecer
la búsqueda de soluciones que den certeza a todos. En
un ámbito como éste no se puede dar la mínima
sospecha de arbitrio y, cuando no se haya alcanzado todavía
la certeza, debe prevalecer el principio de precaución. Para esto
es útil incrementar la búsqueda y la reflexión interdisciplinar de
manera que se presente a la opinión pública la verdad
más trasparente sobre las implicaciones antropológicas, sociales, éticas y jurídicas
de la práctica del trasplante. En estos casos, de todos
modos, debe asumirse como criterio principal el respeto por la
vida del donante de manera que la extracción de órganos
sólo tenga lugar tras haber constatado su muerte real (Cf.Compendio
del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 476). El acto
de amor, que se expresa con el don de los
propios órganos vitales, es un testimonio genuino de caridad que
sabe ver más allá de la muerte para que siempre
venza la vida. Debe ser consciente del valor de este
gesto quien lo recibe, quien es destinatario de un don
que va más allá del beneficio terapéutico. Antes que un
órgano recibe un testimonio de amor que debe suscitar una
respuesta igualmente generosa, de manera que se incremente la cultura
del don y de la gratuidad.
La senda que hay
que seguir, hasta que la ciencia descubra nuevas formas posibles
y más avanzadas de terapia, tendrá que ser la de
la formación y difusión de una cultura de la solidaridad
que se abra a todos sin excluir a nadie. Una
medicina de los trasplantes coherente con una ética de la
donación exige el compromiso de todos por invertir todo esfuerzo
posible en la formación y en la información para sensibilizar
cada vez más a las conciencias en un problema que
afecta diariamente a la vida de muchas personas. Será necesario,
por tanto, superar prejuicios y malentendidos, disipar desconfianzas y miedos
para sustituirlos con certezas y garantías, permitiendo que crezca en
todos una conciencia cada vez más difundida del gran don
de la vida. |