Autor: Cardenal Marc Ouellet, P.S., arzobispo de Quebec, y primado de Canadá | Fuente: EMF2009 La familia como educadora en los valores humanos y cristianos
Conferencia que pronunció en el día de la inauguración del del Congreso Teológico Pastoral del VI Encuentro Mundial de la Familia, sobre los valores que hay que descubrir y redescubrir en el matrimonio y la familia
La familia como educadora en los valores humanos y cristianos
Introducción: un trastorno de los valores a las proporciones vastas
El matrimonio y la familia se han convertido en nuestra
época en un campo de batalla cultural dentro de las
sociedades secularizadas donde una visión del mundo sin Dios intenta
suplantar la herencia judeocristiana. Desde algunas décadas, los valores del
matrimonio y de la familia sufrieron asaltos repetidos que causaron
daños graves en el plano humano, social y religioso. A
la fragilidad creciente de las parejas se añadieron los problemas
graves y educativos ligados a la pérdida de los modelos
paternos y a la influencia de corrientes de pensamiento que
rechazan los mismos fundamentos de la institución familiar. El trastorno
de los valores alcanza la identidad misma del ser humano,
más allá de su fidelidad a un orden moral. Reina
en lo sucesivo una confusión antropológica sutilmente mantenida por un
lenguaje ambiguo que impone al pensamiento cristiano un trabajo de
desciframiento y de discernimiento [1]. La crisis que atraviesa la
humanidad actual se revela siendo de orden antropológica y no
solamente de orden moral o espiritual.
En Occidente, por ejemplo, las
filosofías del constructivismo y del género [2] (gender theory) desnaturalizan
la realidad del matrimonio y de la familia refundiendo la
noción de la pareja humana a partir de los deseos
subjetivos del individuo, haciendo prácticamente insignificante la diferencia sexual, hasta
el punto de tratar de forma equivalente la unión heterosexual
y las relaciones homosexuales. Según esta teoría, la diferencia sexual
inscrita en la realidad biológica del hombre y de la
mujer no influye de modo significante en la identidad sexual
de los individuos porque ésta es el resultado de una
orientación subjetiva y de una construcción social [3]. La identidad
sexual de los individuos no sería un dato objetivo inscrito
en el hecho de nacer hombre o mujer sino más
bien un dato psico-social construido sobre las influencias culturales sufridas
o escogidas por los individuos.
Bajo la presión de estas ideologías
a veces abiertamente anticristianas, ciertos Estados proceden a legislaciones que
vuelven a definir el sentido del matrimonio, de la procreación,
de la filiación y de la familia, sin consideración para
las realidades antropológicas fundamentales que estructuran las relaciones humanas [4].
Varias organizaciones internacionales participan en este movimiento de destrucción del
matrimonio y de la familia en provecho de ciertos grupos
de presión bien organizados que persiguen sus propios intereses en
detrimento del bien común. Total, un trastorno de los valores
de vastas proporciones toca el amor humano, la vida, la
familia y el puesto de la religión en la sociedad.
La
Iglesia católica critica fuertemente estas corrientes culturales que obtienen demasiado
fácilmente el apoyo de los medios modernos de comunicación. Gracias
a la clarividencia de los papas contemporáneos, la Iglesia reafirma
los valores tradicionales del matrimonio y de la familia en
la línea novadora del Concilio Vaticano II. Siguiendo el sínodo
romano de 1980 sobre la familia, la Exhortación apostólica Familiaris
Consortio propone una gran carta de la familia fundada sobre
la creación del hombre a la imagen de Dios y
sobre el sacramento del matrimonio. Esta gran carta pastoral culmina
por un llamamiento del papa Juan Pablo II: "¡Familia, sé
lo que eres! ": una comunidad de vida y de
amor, una escuela de comunión, una Iglesia doméstica.
Este llamamiento queda
más que nunca actual 29 años más tarde, y nos
pone de nuevo frente a la misión esencial de la
familia: "la esencia de la familia y sus deberes son
definidos por el amor, escribe el papa. Es por eso
que la familia recibe la misión de guardar, de revelar
y de comunicar el amor, reflejo vivo y participación real
del amor de Dios hacia la humanidad y del amor
de Cristo Señor hacia la Iglesia su Esposa " (FC
17). Esta declaración solemne de Juan Pablo II introduce la
tercera parte de este documento que prolonga la línea renovadora
de la Constitución pastoral Gaudium y Spes. Ésta define el
matrimonio como una unión personal en la cual los esposos
se dan y se reciben recíprocamente (GS 48). Definiendo la
esencia de la familia y su misión por el amor
y no primero por la procreación, el papa no hace
una concesión dudosa a la mentalidad contemporánea. Pretende alcanzar "las
raíces mismas de la realidad" (FC 17), afirma la continuidad
interna entre el amor personal de los esposos y la
transmisión de la vida. Su postura marca una etapa importante
hacia una refundición personalista de la doctrina cristiana del matrimonio
y de la familia. Coloca los tres valores tradicionales del
matrimonio, la procreación, el amor fiel y el significado sacramental,
en el eje del amor conyugal fecundo y ya no
en el de la procreación como finalidad distinta [5]. Me
parece importante prolongar este desarrollo doctrinal ahondando más en la
dimensión cristológica y sacramental del matrimonio con el fin de
volver a lanzar la misión educativa de la familia cristiana
a partir de los valores del sacramento todavía por descubrir
y de los valores del amor conyugal establecidos desde el
origen de la creación pero que están por redescubrir a
la luz del Cristo y frente al gran desafío contemporáneo
[6].
Valores que hay que descubrir
Digamos en primer lugar, de modo
general que las circunstancias actuales evocadas más alto incitan a
la familia cristiana a una toma de conciencia fundamental: sólo
el encuentro personal y auténtico de Cristo Redentor puede permitirle
aceptar el desafío de la educación a la vida cristiana
y a los valores humanos que se relacionan con ella.
Al principio del tercer milenio, el Papa Juan Pablo II
exhortó la Iglesia a partir de nuevo de Cristo, La
cabeza y El esposo de la Iglesia [7]. Partir de
nuevo de Cristo como el fundamento de un arranque renovado
hacia la santidad para todos, en cada estado de vida.
Este llamamiento concierne en primer lugar a los esposos que
procuran responder a su vocación de bautizados casados [8] en
el seno de una familia. Necesitan para alcanzarlo, una espiritualidad
personal y eclesial apropiada que va más allá de la
presentación tradicional de los valores del matrimonio y de la
familia, con predominio moral y jurídico.
Partir de nuevo de Cristo
significa concretamente profundizar en el sacramento que es el bien
supremo del matrimonio según santo Agustín. El obispo de Hipona
resumió la doctrina del matrimonio definiendo tres bienes esenciales del
matrimonio, la fidelidad (fides), la procreación (proles) y la indisolubilidad
(sacramentum). Mientras que la fidelidad y la procreación echan raíces
en la dimensión natural del matrimonio, el sacramento pertenece más
explícitamente a su dimensión sobrenatural. Ésta ofrece un buen punto
de partida para una espiritualidad del matrimonio y de la
familia que sea significante para sus miembros y al mismo
tiempo fecunda para la Iglesia y la sociedad. Veamos sus
fundamentos a partir 1) del horizonte cristocéntrico global, 2) del
acto de consagración matrimonial y 3) de la gracia que
emana de ella para los esposos y para la Iglesia.
4) los valores educativos serán identificados a partir de estos
fundamentos.
El sacramento del matrimonio como encuentro con Cristo Un primer valor
que hay que descubrir es el lugar de la fe
en el pacto de alianza de los esposos y el
impacto que tiene o debería tener en su vida. Cuando
la fe de los esposos es vivida como un encuentro
personal con Cristo, confiere a su amor una dimensión teologal
que bonifica toda su vida matrimonial. Porque el matrimonio no
es una realidad puramente natural, completa y suficiente en él
misma, a la cual Cristo sólo aportaría una ayuda extrínseca
para que alcance mejor su propia finalidad. El matrimonio existe
desde los orígenes de la creación con vistas a Cristo
y con vistas a su gracia redentora que instaura una
plenitud de sentido para el amor conyugal y familiar.
La Constitución
pastoral Gaudium y Spes del Concilio Vaticano II optó por
una refundición de la doctrina del matrimonio en esta perspectiva
cristocéntrica. Mientras que la teología moderna, tributaria de una visión
extrínseca de la relación entre la naturaleza y la gracia,
presentaba el sacramento del matrimonio como una elevación de la
naturaleza, el Concilio lo presenta como un encuentro con Cristo
y una amistad con él. "Así como Dios antiguamente se
adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de
amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los
hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de
los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además,
permanece con ellos para que los esposos, con su mutua
entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó
a la Iglesia y se entregó por ella"(GS 48).
De donde
la importancia de la celebración sacramental del matrimonio que simboliza
este encuentro de los esposos con Cristo y que inaugura
toda una vida de amistad con él en el corazón
mismo de la vida conyugal y familiar. Esta celebración inaugura
al mismo tiempo la misión eclesial de la pareja y
de la familia, la misión de servicio con respecto a
la sociedad por la procreación y la educación, pero primero
y ante todo una misión de servicio con respecto al
amor de Cristo para la Iglesia que asume la realidad
humana del matrimonio entre los sacramentos de su Reino.
Esta perspectiva
cristocéntrica y eclesial se inscribe en el giro iniciado por
Henri de Lubac en nuestra época para restaurar una comprensión
a la vez más tradicional y más unificada de la
relación entre la naturaleza y la gracia. Según él, el
hombre tiene sólo una sola finalidad, sobrenatural, que es incapaz
de alcanzar por el mismo. Allí está su paradoja y
su nobleza que hace decir a santo Tomás de Aquino
que el hombre es un ser que, por su naturaleza
racional, aspira a la visión de Dios (Desiderium naturale visionis)
[9]. Abierto al infinito a causa de su dimensión espiritual,
el hombre aspira naturalmente a la visión de Dios. Es,
como imagen de Dios, una libertad finita en busca de
la Libertad infinita. Vaticano II expresó esta verdad paradójica diciendo
que "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece
en el misterio del Verbo encarnado" (GS 22). El hombre
y la mujer casados, como "comunidad de vida y de
amor", aspiran a esta plenitud de sentido que le es
prometida y que el sacramento ya les hace entrever y
experimentar en la Iglesia.
El matrimonio como consagración y misión eclesial
Avancemos
un paso más para descubrir la dinámica profunda del sacramento
a partir del acto de fe que lo funda. Cuando
dos bautizados se casan en la Iglesia, el don del
sacramento está hecho simultáneamente a la pareja y a la
Iglesia, porque en todos sus dones sacramentales, Cristo ama la
Iglesia y hace de sus hijos, con ella y por
ella, testigos de la salvación. Por el don del sacramento
del matrimonio, Cristo confiere a los esposos una gracia que
los une, que los cura y los santifica en su
vida de amor. Pero hay más. Por el don del
sacramento, Cristo los consagra como testigos de su propio amor
para la Iglesia. Tal vocación sacramental supone evidentemente la fe,
el acto de fe que funda el sacramento. "El matrimonio
cristiano debe ser interpretado desde el principio a partir de
lo alto, escribe Hans Urs von Balthasar, es decir a
partir del acto cristiano que le funda. Este acto es
el de la fe cristiana, que cuando está vivo incluye
siempre el amor y la esperanza, y es el fundamento
sobre el cual reposa el don mutuo de los conyugues.
Es un acto que va directamente e inmediatamente a Dios,
un voto de fidelidad a Dios porque Dios se manifestó
primero por sus promesas y sus revelaciones como el eterno
Fiel, en quien se debe creer, en el que se
debe confiar y a quien se debe amar. El voto
de fidelidad al esposo es pronunciado dentro de este voto
de fidelidad a Dios" [10].
Según el gran teólogo de Basilea,
el intercambio de los consentimientos entre los esposos cristianos tiene
pues una dimensión intrínsecamente teologal que resuena en todas las
dimensiones de su unión. Balthasar persigue: "Es el acto de
fe de ambos conyugues del matrimonio que se encuentra en
Dios y que a partir de Dios, fundamento de su
unidad, testigo de su lazo y garantía de su fecundidad,
se vuelve conformado, asumido y restituido. Es Dios quien, en
el acto de fe, da los esposos uno a otro
dentro del acto cristiano fundamental de ofrenda de sí. Es
a Él a quien ambos se ofrecen juntos, es de
Él que se reciben de nuevo en un don de
gracia, de confianza y de exigencia cristiana" [11].
Este texto de
extrema densidad propone un giro teológico radical en la comprensión
del sacramento del matrimonio, que puede fundar una espiritualidad renovada
para este estado de vida. A la perspectiva acostumbrada antropocéntrica
donde los esposos aparecen como los primeros protagonistas de su
consentimiento mutuo, vemos más profundamente aquí que el acto subyacente
de fe de su don incluye su intercambio en el
acto fundamental de entrega de sí a Dios. Porque se
casan como bautizados, en Cristo, depositan su amor en las
manos de Cristo, que los devuelve el uno al otro,
los bendice y los gratifica con una efusión especial de
su Espíritu (FC 21). Desde ahora en adelante se querrán
con toda la fuerza de sus sentimientos personales, pero también
en la fuerza del Espíritu que los inviste de una
misión de amor de naturaleza eclesial. La dimensión teologal de este
sacramento, vista a partir de su acto constitutivo, es llamada
a desarrollarse y a penetrar todos los aspectos de la
vida conyugal y familiar. Da valor al socio divino que
está comprometido en la unión de los esposos y que
quiere fecundar de todas las maneras su comunidad de vida
y de amor. ¿Cómo ayudar a las parejas a prepararse
para un tal acto de consagración de su unión y
a vivir sin interrupción el acto de fe que se
los da a Dios dándose el uno al otro? ¿Cómo
educar a los esposos y los futuros esposos para que
su encuentro del Cristo los lleve a vivir su unión
como una misión recibida de él en la Iglesia y
no sólo como una búsqueda personal de felicidad? Estas cuestiones
invitan a desarrollar más precisamente los efectos eclesiales del sacramento
y a explorar las potencialidades educativas.
El significado doble, eclesiástico y
antropológico, del don sacramental
El sacramento del matrimonio añade una participación
a dos, como pareja, a la vida divina que es
dada en todo sacramento, "hasta tal punto que el efecto
primero e inmediato del matrimonio (res y sacramentum) no es
la gracia sobrenatural misma, sino el lazo conyugal cristiano, una
comunión típicamente cristiana porque representa el misterio de encarnación de
Cristo y su misterio de alianza " (FC 13). Según este
pasaje de Familiaris Consortio que recoge la doctrina común de
la Iglesia, el primer efecto del sacramento sella de modo
indisoluble la pertenencia de los esposos uno a otro, por
un don mutuo que trasciende sus fluctuaciones emocionales. Este sello
sacramental une a ambas personas indisolublemente en virtud del amor
de Cristo que se compromete con ellos y los requiere
para representar su propio misterio de alianza. El lazo conyugal
constituye la base de la dimensión eclesial del sacramento. Por
este lazo los esposos forman una nueva unidad, una pareja
sacramental, que constituye la célula de base de la sociedad
y de la Iglesia.
Este lazo sacramental significa que el amor
divino se desposa con el amor conyugal y lo compromete
al servicio de su misterio de Alianza con la humanidad.
Esto significa, antropológicamente, que en el momento en el que
los esposos se consagran su amor, simultáneamente son bendecidos y
como desapropiados. Su vida común, habitada por el Espíritu Santo,
será un signo de la fidelidad de Dios hacia su
pueblo, una fuente de la fecundidad espiritual y humana de
la Iglesia, Esposa del Cristo. "Por el sacramento, toda pareja
se casa con el Cristo " escrito Paul Evdokimov. El
compromiso de los esposos, uno con el otro, siendo primero
y ante todo un compromiso con respecto a Cristo, Éste
sale fiador, a cambio, con los socorros necesarios para superar
sus debilidades, para curar sus heridas y perfeccionar su amor
en todas sus manifestaciones humanas y espirituales. "Desempeñando su misión
conyugal y familiar con la fuerza de este sacramento, penetrados
por el espíritu de Cristo que impregna toda su vida
de fe, de esperanza y de caridad, alcanzan cada vez
más su perfección personal y su santificación mutua: así es
como juntos contribuyen a la glorificación de Dios " (GS
48).
En el corazón del sacramento del matrimonio, Cristo ejerce pues
una verdadera mediación nupcial, simbolizada por su presencia en Caná
[12] que despliega el horizonte trinitario de la espiritualidad conyugal
y familiar. Como lo expresa audazmente el Concilio, "el amor
auténtico y conyugal es asumido en el amor divino" (GS
48) y es integrado por la gracia redentora de Cristo
en las relaciones de Alianza de la Trinidad Santa con
mundo. Porque, en virtud de la unión hipostática de Cristo
que funda la alianza sacramental de los esposos, su amor
mutuo es asumido en el intercambio entre las Personas divinas
y se hace función de este intercambio. El Padre y
el Hijo se glorifican mutuamente en al amor de los
esposos y de la familia a la que bendicen y
santifican por el don de su Espíritu. De donde un
ensanchamiento infinito de su horizonte espiritual y de su resplendor
sacramental. El amor fecundo de los esposos cristianos y las
relaciones familiares que proceden de allí se hacen el santuario
del Amor trinitario, el signo sagrado de un Amor divino
encarnado que se ofrece al mundo humildemente por su comunidad
de vida y de amor vivida segun la imagen de
la Sagrada Familia de Nazareth.
La Iglesia domestica, escuela de
evangelio y de valores humanos En esta perspectiva trinitaria y cristocéntrica,
la dimensión eclesial del matrimonio pasa al primer plano y
se vuelve englobante mientras que permanecía antes limitada y marginal.
De hecho, por la gracia del sacramento del matrimonio, los
esposos cristianos están constituidos miembros de la primera célula de
la Iglesia, llamada con razón en el Concilio "iglesia doméstica"
[13]. Desarrollada abundantemente por la Exhortación apostólicaFamiliaris Consortio esta perspectiva
adquiere entonces oficialmente derecho de ciudad sin no obstante que
este documento establezca plenamente la eclesialidad de la familia. Porque,
según los términos del FC, la familia, comunidad "salvada" se
hace una comunidad "que salva" (FC 49) pero su "participación
a la vida y a la misión de la Iglesia"
(FC 49-64) es todavía pensada de modo un poco extrínseco
en referencia a las actividades específicas de evangelización y de
culto. Mientras que es todo el ser de la pareja
en todas sus dimensiones quien es eclesial, ya que Cristo
asume el amor humano en su amor divino para hacer
de él un sacramento de su relación nupcial con la
Iglesia (GS 48). Por el matrimonio sacramental, los esposos son solamente
una imagen de la Iglesia, son verdaderamente constituidos "una iglesia
en miniatura" dotada de propiedades de la Iglesia una, santa,
católica y apostólica. Encontramos allí en efecto la comunidad de
vida, el sacerdocio bautismal, la caridad, la evangelización y el
culto. Estas dimensiones constitutivas confieren a la pareja una realidad
eclesial auténtica y esencialmente misionera, a ejemplo de la gran
Iglesia cuya célula de base es.
En esta luz, percibimos mejor
la belleza y la importancia de la misión educativa de
los esposos. Por la gracia de Cristo, son una fuente
de vida, de crecimiento, de educación y de servicio; su
unión se hace en un sentido amplio un sacramento de
la paternidad divina y de la filiación divina en la
fecundidad del Espíritu Santo. Santo Tomás pudo comparar la sublimidad
del ministerio educativo de los padres cristianos al ministerio de
los sacerdotes: "Algunos propagan y mantienen la vida espiritual por
un ministerio únicamente espiritual, y esto le toca al sacramento
del orden; otros lo hacen para la vida a la
vez corporal y espiritual, y esto se realiza por el
sacramento del matrimonio, en el cual el hombre y la
mujer se unen para engendrar a los niños y enseñarles
el culto de Dios" [14]. "¡ Familia sé lo que tú
eres! " repetía con fuerza Juan Pablo II, el Papa
de la familia. sé lo que tú eres: una célula
de la Iglesia, un santuario del Amor, una escuela de
evangelio y de valores humanos, la esposa de Cristo. Es
solamente en la conciencia de esta luz que viene del
encuentro con Cristo que la familia puede hoy cumplir su
misión de educadora de los valores humanos y cristianos. Sé
lo que tú eres: "haz de tu casa una Iglesia"
repetía a sus fieles san Juan Crisóstomo.
En corolario de estas
consideraciones teológicas, ciertos valores educativos que hay que promover vuelven
a salir al primer plano. En primer lugar, una educación
a la vida teologal de fe, esperanza y caridad, que
debe preparar a los esposos a su matrimonio para que
su unión conyugal y familiar sea fundada sobre la roca
de la palabra de Dios y no sólo sobre la
arena movediza de sus sentimientos, tan sinceros sean. Una vida
profunda y teologal implica la conciencia viva esposos de lo
que significa el bautismo como la pertenencia a Cristo y
a la Iglesia; implica también una vida intensa de oración,
alimentada de la Eucaristía y periódicamente renovada por el sacramento
de penitencia. La vitalidad de la familia, Iglesia domestica, depende
de su coherencia sacramental que le asegura su apertura a
Dios y su apertura apostólica. Esta vitalidad crece o decae
según la fidelidad de la pareja y de la familia
a su pertenencia eclesiástica.
De donde la importancia de ciertos encuentros
familiares y eclesiales que alimentan la espiritualidad de la Iglesia
doméstica. A los grandes encuentros familiares de Navidad y de
Pascua, se añade muy naturalmente la misa dominical en familia,
preparada posiblemente por una catequesis y seguida por la comida
semanal festiva. Ciertos grupos religiosos contemporáneos restauran estas bellas tradiciones
como un signo profético que una nueva primavera de la
Iglesia comienza en las familias. Estos tiempos fuertes de vida
común refuerzan la unidad de la familia y el sentido
de pertenencia a la comunidad, contra las tendencias culturales dominantes
al individualismo y a la dispersión. Cualesquiera que sean las
limitaciones de la vida moderna, una familia cristiana debe escoger
conscientemente y fuertemente no abandonar el valor inestimable del domingo
como día de descanso, de oración y de vida familiar.
Una familia que respeta y honra el día del Señor
por la escucha de la Palabra de Dios en el
seno de la Asamblea dominical lleva un mensaje profético al
mundo de hoy.
Agradeciéndole a Dios por su pertenencia a
la familia de Dios, testimonia en Iglesia de su Alianza
con Cristo para la edificación de una civilización del amor.
La
familia cristiana cumple también su misión de educadora por su
apertura a la sociedad y al apostolado. La acogida, la
hospitalidad, el reparto y la ayuda mutua son rasgos característicos
de la espiritualidad familiar que manifiestan el Espíritu de amor
que lo anima. La apertura a Dios que demuestran los
esposos por la santidad de su vida se prolonga por
la apertura misionera a la sociedad. Aunque la misión de
la Iglesia doméstica comienza en primer lugar con el ser
de la familia, con la comunión de las personas, el
don de la vida y la educación de los niños,
se prolonga sin embargo muy naturalmente por el apostolado cerca
de otras familias o en otro brillo(influencia) sobre la sociedad
que es compatible con su primera misión. Su apertura apostólica
testimonia el Amor trinitaire que le habita y le arrastra(se
le lleva) en compartir la buena noticia del Amor que
se hace carne.
1 Cf. Conseil Pontifical pour la Famille,
Lexique des termes ambigus et controversés sur la famille, la
vie et les questions éthiques, Pierre Téqui éditeur, 2005. 2 Cf.
Théry I., La distinction de sexe une nouvelle approche de
l´égalité, Paris, Odile Jacob, 2007; Delorme W.Quatrième génération, Paris, Grasset,
2007; Godelier, M., Au fondement des sociétés humaines, Paris, Albin
Michel, 2007; Judith Butler, Trouble dans le genre pour un
féminisme de subversion, La découverte , Paris, 2005; 3 Cf. La
tentation de Capoue. Anthropologie du mariage et de la filiation,
Sous la direction de Tony Anatrella, Ed. Cujas, 2008. Pour
la critique de ces théories, voir en particulier «Hors conjugal
et parental : des enjeux psychologiques et sociaux, p. 25-97,
et autres œuvres de Tony Anatrella, dont Le règne de
Narcisse. Les enjeux du déni de la différence sexuelle, La
Renaissance, Paris, 2005. 4 Cf. Iacub M. et Maniglier P., L´anti-manuel
d´éducation sexuelle, Bréal, Paris, 2005. 5 Cf. W. Kasper, Teologia del
matrimonio cristiano, Queriniana, 1985, 2e éd., 18. Je renvoie à
mes deux volumes qui développent amplement ces perspectives : Divina
somiglianza. Antropologia trinitaria della famiglia, Lateran University Press, Rome, 2004
; Mistero e Sacramento dell´amore. Teologia del matrimonio et della
famiglia per la nuova evangelizzazione, Cantagalli, 2007. 6 Cf. Alfonso Lopez
Trujillo, La grande sfida. Famiglia, dignità della persona e umanizzazione,
Città Nuova, 2004 ; voir aussi Jorge Alberto Serrano, ,Valores
familiares y modernidad, In : Familia et Vita, Anno IX,
No. 1-2, 2004, 138-151. 7 Jean Paul II, Exhortation apostolique Novo
Millenio Inneunte, 6 janvier 2001, à l´aube du nouveau millénaire. 8
Cf. M. Ouellet, La vocazione cristiana al matrimonio e alla
famiglia nella missione della chiesa, L.U.P. Roma 2005. 9 Saint Thomas
d´Aquin, Contra Gentes, 3, 25; 3, 50; S. Th. I
IIae q 5 a 5 ad 2. Voir Henri de
Lubac,Surnaturel, 1946, 483-494; Hans Urs von Balthasar, La Dramatique divine.
II. Les personnes du drame 1. L´homme en Dieu, 177ss. 10
Balthasar, H.U. von, Christlicher Stand , Johannes, Einsiedeln, 1977, 198. 11
Id. 12Cf. De la Potterie, I. Le Nozze messianiche e il
matrimonio cristiano, in: Lo Sposo, la Sposa (Parola Spirito e
Vita n. 13), Bologna 1986, 87-104; Tettamanzi, D. La famiglia,
via della Chiesa, chap. II, Come a Cana di Galilea:
Cristo incontra gli sposi, 31-51. 13 Lumen Gentium 11; Apostolicam actuositatem
11. 14 S. Thomas d´Aquin, Summa contra Gentiles, IV, 58 (FC
38).
[Traducción del original francés distribuida por el VI Encuentro
Mundial de las Familias 2009]
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