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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net El drama de toda persona homosexual
La persona homosexual no escoge esta inclinación sexual: se encuentra con ella, conforme va despertando al inicio de su vida sexual.
¿Por qué si soy un hombre no puedo tener
relaciones sexuales con un hombre? ¿Por qué si soy una mujer
no puedo tener relaciones sexuales con una mujer?
No podemos acercarnos
a este tema sino con respeto y delicadeza. Respeto porque
nadie conoce el drama de una persona homosexual si no
lo ha experimentado. Delicadeza porque hoy en día, muchos tratan
de sacar provecho de las personas con tendencias homosexuales.
Para las
persona heterosexuales podría parecer relativamente sencilla su condición heterosexual. Sabemos
que Dios hizo al hombre y a la mujer sexuados
y que permitió la atracción de ambos para dar origen
a la continuidad del género humano. Esto que podría presentarse
como una verdad de Perogrullo, no lo es tal para
la persona homosexual. Poy muy diversos factores, hasta ahora, algunos
de ellos totalmente desconocidos, la persona homosexual no experimenta esa
atracción hacia personas de distinto sexo. Se siente más bien
atraída hacia personas de su mismo sexo. Y aquí puede
comenzar una historia que llega a convertirse en tragedia.
La persona
homosexual no escoge esta inclinación sexual: se encuentra con ella,
conforme va despertando al inicio de su vida sexual. Así
como un muchacho heterosexual en la adolescencia descubre en su
intimidad una fuerte atracción hacia las mujeres, un muchacho homosexual
comienza a darse cuenta que no siente atracción alguna por
personas del sexo contrario y experimenta en cambio una fuerte
atracción con personas de su mismo sexo. ¿Escogió la persona
heterosexual su orientación sexual? ¿Lo hizo a su vez el
muchacho con tendencias homosexuales?
Como escribimos en nuestro artículo pasado, varias
teorías han tratado de ver en la orientación sexual un
simple mecanismo cultural,una preferencia que deliberadamente se escoge. Sin embargo,
estas teorías contradicen los hallazgos encontrados entre las mismas personas
homosexuales: ellas sostienen que su preferencia sexual no fue en
su inicio una decisión plenamente deliberada, sino que más bien,
se encontraron con esa tendencia que se fue manifestando en
el despertar de su sexualidad, hacia los años de la
adolescencia.
Puede suceder, y de hecho así sucede, que experiencias de
carácter homosexual en la infancia dejen marcada a la persona
con una fuerte inclinación hacia la homosexualidad. Pero, nuevamente este
caso, confirma lo dicho anteriormente: la persona se encuentra con
esa tendencia, no la escoge. En este caso le fue
impuesta en forma traumática por una experiencia de carácter homosexual.
Si
la persona homosexual no escoge su orientación sexual, ¿de dónde
le viene esta tendencia? Variadas son las teorías que quieren
dar una explicación a este fenómeno. Debemos anotar que algunas
de ellas no respetan la libertad de la persona. Es
decir, sostienen, que es tan fuerte la tendencia homosexual que
la persona que experimenta esas pulsiones sexuales no tienen más
remedio que seguirlas. Estas teorías, como dice Juan Pablo II
en su encíclica Evangelium vitae, en el número 23 “
despersonalizan e instrumentalizan la sexualidad: de signo, lugar y lenguaje
del amor, es decir, del don de sí mismo y
de la acogida del otro según toda la riqueza de
la persona, pasa a ser cada vez más ocasión e
instrumento de afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta
de los propios deseos e instintos. Así se deforma y
falsifica el contenido originario de la sexualidad humana.”
Y aquí llegamos
al punto que queríamos tocar. ¿Por qué la Iglesia, no
acepta las relaciones homosexuales? ¿Por qué las considera como moralmente
malas? Y debemos fijarnos que explícitamente he escrito la palabra
relaciones homosexuales para diferenciarla de las persona homosexuales.
La Iglesia
no establece la moralidad de las personas homosexuales, sólo porque
sean personas. Establece más bien la moralidad de las relaciones
homosexuales. La Iglesia no condena al pecador, sino al pecado.
Pero... ¿por qué son pecados las relaciones homosexuales?
Bien sabemos que
pecado es la transgresión voluntaria en contra de los mandamientos
de la ley de Dios. Los mandamientos de Dios han
sido establecidos para que el hombre alcance su felicidad en
este mundo y la vida eterna en el mundo venidero.
Los mandamientos regulan la vida del hombre: sus relaciones con
Dios, con los hombres, con la naturaleza, con la creación.
La actividad sexual del hombre está puesta y querida por
Dios con unos fines muy bien determinados como son: la
procreación y la unión entre los esposos. Los actos sexuales
entre personas homosexuales, sin embargo, no van de acuerdo a
lo que Dios quiere de la actividad sexual. “La actividad
homosexual no expresa una unión complementaria, capaz de transmitir la
vida, y, por lo tanto, contradice la vocación a una
existencia vivida en esa forma de auto donación que, según
el Evangelio, es la esencia misma de la vida cristiana.
Eso no significa que las personas homosexuales no sean a
menudo generosas y no se donen a sí mismas, pero
cuando se empeñan en una actividad homosexual refuerzan dentro de
ellas una inclinación sexual desordenada, en sí misma caracterizada por
la autocomplacencia.
Como sucede en cualquier otro desorden moral, la
actividad homosexual impide la propia realización y felicidad porque es
contraria a la sabiduría creadora de Dios. La Iglesia, cuando
rechaza las doctrinas erróneas en relación con la homosexualidad, no
limita sino más bien defiende la libertad y la dignidad
de la persona, entendidas de modo realista y auténtico. ”
Congregación para la Doctrina de la Fe en su “Declaración
sobre la atención pastoral a los homosexuales”, del 1 de
octubre de 1986.
De esta forma, la Iglesia establece que los
actos homosexuales son actos desordenados en sí mismos, es decir
“actos intrínsecamente desordenados”.
Escuchemos a Juan Pablo II que
nos dice lo que es un acto intrínsecamente desordenado: “La
razón testimonia que existen objetos del acto humano que se
configuran como "no ordenables a Dios", porque contradicen radicalmente el
bien de la persona, creada a su imagen. Son los
actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han
sido denominados "intrínsecamente malos": lo son siempre y por sí
mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores
intenciones de quien actúa y de las circunstancias. Por esto,
sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad
tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia
enseña que existen actos que, por sí y en sí
mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por
razón de su objeto.” (Veritatis splendor cfr. no. 80)
Y
al respecto, San Agustín escribe lo siguiente: “En cuanto a
los actos que son por sí mismos pecados... ¿quién osará
afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos, ya no serían pecados
o –conclusión más absurda- serían pecados justificados?” (Contra mendacium,
VII, 18: PL 40, 528)
La actividad homosexual, concretamente las relaciones
entre personas homosexuales, no cumplen con las finalidades del acto
sexual, puesto que no transmiten la vida y no sirven
para unir más a la pareja. Hay sin embargo personas
y teorías que hacen creer que una relación homosexual acerca
íntimamente a las parejas, cumpliendo así también el carácter unitivo.
Quienes así piensan creen que el goce sexual es sinónimo
de unión y felicidad. El placer que pueda experimentarse en
una relación homosexual no es sinónimo de amor, como tampoco
lo es una relación sexual heterosexual en el caso que
se da a cambio de dinero en la prostitución, o
en cuando se da con violencia. Como las relaciones homosexuales
no cumplen con la finalidad para la cual ha sido
creada la actividad sexual, cada uno de esos actos se
convierte en un acto intrínsecamente desordenado.
Es cierto que su maldad
o malicia puede ser atenuado por las circunstancias y las
intenciones que lo rodean, pero nunca lo justifican. Un acto
homosexual realizado con plena conciencia, no sujeto a la violenta
imposición por alguna de las partes, será siempre un acto
intrínsecamente desordenado e irá en contra de los mandamientos de
la ley de Dios.
La persona homosexual que experimenta en sí
mismo esas pulsiones sexuales, tiende a satisfacerlas con las personas
de su mismo sexo. Al hacerlo, ejerce su actividad sexual
en contra de la misma naturaleza del acto sexual. Algunos
dicen que lo que se encuentra en el hombre o
en la mujer es natural, por ello, los actos homosexuales
no pueden ir en contra de la naturaleza del hombre.
Natural no es todo lo que está en el
hombre, sino todo lo que está inscrito en su ser
como hombre. No es natural que un hombre tenga seis
dedos y sin embargo se dan algunos casos. No por
ello vamos a decir que es natural que un hombre
tenga seis dedos, sólo porque algunos hombres tienen seis dedos.
Las
relaciones homosexuales, por lo tanto, al ir en contra de
la naturaleza del hombre, quedan reducidas a un intercambio de
placer sexual. Con esto, no queremos decir que las personas
homosexuales carezcan de sentimientos y que esas mismas relaciones homosexuales
no sean fuente o consecuencia de genuinos sentimientos entre las
personas. Pero por su naturaleza, dichas relaciones homosexuales quedan enmarcadas
en la esfera de lo sensual, de lo meramente carnal
y pasional. Se dan y se reciben en la medida
que produzcan un placer a las personas.
La literatura que se
encuentra sobre este tema, las revistas para personas homosexuales, los
sitios en Internet y toda la cultura que acompaña estas
manifestaciones sexuales no vienen a hacer otra cosa mas
que a explotar el deseo sexual que se experimenta entre
personas del mismo sexo. Culpable o inculpablemente reducen de esta
manera a la persona homosexual a su esfera de instinto,
de pasión no satisfecha: se da entonces lo que decía
el Papa: “la satisfacción egoísta de los propios deseos e
instintos”. Y en esta satisfacción de deseos e instintos pueden
causarse muchas heridas las personas homosexuales.
Pero de este tema hablaremos
en el siguiente artículo.
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