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Porque son personas, creadas por Dios para su gloria. Dios
ama todo lo que Él ha creado y no desprecia
a ninguna de sus criaturas. No hay personas de primera
y personas de segunda. Ni menos aún, personas desechables. «Existo,
luego Dios me ama inmensamente», puede decir toda persona, sea
cual sea su condición, sea cual sea su situación.
En
el principio, Dios creó al hombre, varón y mujer los
creó. «Y vio Dios que era muy bueno». Dios no
se arrepiente de ninguna de las criaturas que Él trae
a este mundo. Y todos venimos a este mundo como
fruto de un amor personal y creativo de Dios, en
el que colaboran nuestros padres como pro-creadores, pero el Creador
sigue siendo insustituiblemente Dios. Dios no se ha equivocado al
crearnos a cada uno de nosotros.
Dios crea el alma
espiritual, de manera única e irrepetible, como el principio que
anima todo nuestro ser. No somos pura materia, o simple
conjunto de reacciones químicas. Somos personas libres e inteligentes, que
tienen alma, creada por Dios y dada directamente a cada
uno. Somos un fruto del amor de Dios, y en
nuestro propio crecimiento influyen muchas personas que nos rodean.
Pero
en el origen de la historia de la humanidad entró
el pecado, por iniciativa humana. La tentación del demonio fue
sugerirle al hombre y a la mujer: «Seréis como dioses»,
y, fascinados por esta pretensión engañosa, ellos se apartaron de
Dios, desobedecieron su santa ley, pecaron contra Dios y trastornaron
toda la naturaleza creada. Este es el pecado original, con
el que todos nacemos.
El pecado original introdujo un apagón
universal, que sólo la luz de Cristo ha podido restaurar.
A partir del pecado original, la naturaleza entera sufre un
trastorno, un desequilibrio, que nos afecta a todos. Y dentro
de la naturaleza, el hombre nace herido por el pecado.
El hombre creado a imagen y semejanza de Dios, constata
que esta imagen está enmarañada, desdibujada. No todo lo que
al hombre se le ocurre, es bueno. Más aún, tiene
muchas ocurrencias y sentimientos que van contra Dios, y que
le hacen daño a sí mismo y a los demás.
Uno no elige su propio sexo, por más que lo
diga el Parlamento. Sea cual sea su inclinación (dejemos ahora
lo que haya de biológico, psicológico o educacional), debe aceptarse
a sí mismo como es y debe vivir su sexualidad
en un clima de castidad, que le enseñe a amar
gratuitamente. La sexualidad humana también esta dañada por el pecado,
y debe ser redimida por un amor creciente, para el
que todo hombre cuenta con la gracia de Dios.
También
una persona con inclinación homosexual es amada por Dios y
está llamada al amor, que no necesariamente se expresa por
el ejercicio de la sexualidad. Un mundo supererotizado hace más
difícil vivir la castidad sin represión, pero donde abundó el
pecado sobreabundó la gracia, y la redención de Cristo es
gracia abundante para vivir la castidad con libertad, en la
situación personal en la que cada uno se encuentre. La
Virgen María, que fue librada de todo pecado, incluso del
pecado original, es madre que nos ama a cada uno
y entiende de estos temas. Mirándola a ella entendemos mejor
la nueva humanidad a la que Dios nos llama. Ella
es «dulzura y esperanza nuestra».
La ley de identidad de
género recientemente aprobada en las Cortes, por la que uno
puede cambiar de sexo es contraria a la verdad del
hombre. Es una extorsión del plan de Dios, no ayuda
a las personas con dificultad en este campo y siembra
la confusión en el ambiente social donde vivimos. A un
niño o a un joven hoy le es más difícil
vivir el plan de Dios con estas leyes que enrarecen
el ambiente. Por eso, hemos de buscar la luz donde
se encuentra, en Cristo resucitado hombre nuevo, también para estos
temas de sexualidad, que a tanta gente perturban.
Con mi afecto
y bendición: + Demetrio Fernández, obispo de Tarazona |