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Autor: Fernando Pascual Una reflexión sobre la transexualidad
Resulta algo mucho más rico y profundo descubrir las raíces del conflicto con el propio cuerpo para encontrar un camino de aceptación de aquello que no es un enemigo, sino parte integrante del propio ser: el sexo
La existencia humana implica dos planos estrechamente unidos: el corpóreo
y el psico-espiritual.
Por el cuerpo somos seres en el mundo.
Con una serie de características en buena parte recibidas y
sometidas a las leyes del mundo físico: un ADN, un
tipo de piel, una estructura ósea, una estatura, un sexo.
El
sexo, nos fijamos ahora en esto, permea todo nuestro ser:
lo cromosómico, lo gonádico, lo genital, lo hormonal, lo psicológico
y lo social; los dos últimos planos, como veremos en
seguida, superan lo simplemente corpóreo para entrar en niveles más
complejos de la propia personalidad.
Por el espíritu, en cambio, transcendemos
y superamos lo simplemente corporal. Podemos, así, tomar decisiones éticas,
abrirnos al otro, cerrarnos en una postura egoística, acoger la
vida social como fuente de plenitud o rechazarla con hostilidad.
Podemos, incluso, asumir la propia corporeidad con todas sus riquezas
y sus límites, o rechazarla con una aversión profunda debida
a motivos no siempre bien comprendidos.
A veces se dan serios
conflictos entre lo corpóreo y lo psico-espiritual. Fijémonos en el
ámbito de la sexualidad, en el que tales conflictos son
especialmente intensos. Hay personas que no aceptan su condición sexuada.
Algunos porque tienen miedo al sexo, por traumas infantiles, o
por ideas pseudorreligiosas. En la antigüedad, por ejemplo, había quienes
se castraban para evitar “tentaciones”. Otros, en cambio, aceptan su
condición sexuada, pero rechazan lo que sería la orientación natural
de la misma, por lo que buscan prevalentemente (o únicamente)
relacionarse con personas del mismo sexo. Es lo que llamamos
homosexualidad.
Otros desearían poseer un sexo distinto del que tienen. Si
son varones se sienten y buscan afanosamente ser mujeres, y
si son mujeres se sienten y buscan afanosamente ser varones.
En estos casos estamos ante personas con psicología transexual.
Hay diversas
maneras de afrontar el fenómeno de la transexualidad (llamada también
disforia de género). Algunos la consideran desde una perspectiva dualista:
el espíritu (el psiquismo) domina al cuerpo y puede modificarlo
según los deseos de cada uno. Esta visión sería válida
no sólo para el ámbito sexual, sino para cualquier otro
aspecto del propio cuerpo.
Bajo esta perspectiva, las personas “deberían” tener
derecho de cambiar su sexo, o su raza, o sus
características físicas dominantes (altura, esbeltez, color de los ojos, etc.).
Lo corpóreo, en otras palabras, sería visto como algo modificable
según los deseos de lo psicoespiritual.
La perspectiva dualista está muy
presente, aunque pocos lo hayan percibido, en la “ideología de
género”. Esta ideología considera la orientación sexual como algo que
no depende de lo simplemente fáctico, de lo corpóreo, sino
de las decisiones libres de las personas. Por lo mismo,
habría que superar, según los defensores de esta ideología, la
“mentalidad tradicional”, que divide al mundo entre hombres y mujeres,
para abrirse a un número variable (entre cinco y ocho
según los diversos modos de hacer las divisiones) de opciones
sexuales: la masculina, la femenina, la homosexual (dividida en masculina
y femenina), la bisexual (dividida a su vez en masculina
y femenina) y la transexual (dividida en transexual masculino y
transexual femenino). Cabrían más posibilidades, pero las dejamos de lado
por brevedad.
Hay que notar que se da una extraña asimetría
en este tema, una fijación en lo sexual en detrimento
de otras problemáticas psicocorporales. Mientras algunos promueven el “derecho” al
cambio de sexo, incluso con una intervención de dinero público
en el complejo proceso de reasignación sexual, muy pocos se
fijan en otros conflictos entre lo psíquico y lo corpóreo.
Más aún, nos resultaría muy extraño que hubiera presiones para
que el estado subvencionase el cambio de raza, el cambio
de color de los ojos o el cambio de estatura...
La
perspectiva unitarista, en cambio, considera el tema de las personas
transexuales (y, en general, toda la temática de la sexualidad
humana) desde un punto de vista distinto: el cuerpo no
es visto como un simple dato manipulable y usable según
la espontaneidad del espíritu o de la psique, sino como
algo que toca profundamente a la persona, que la constituye
y que merece ser integrado en un proyecto global de
realización. En otras palabras, el cuerpo no es “material” usable
según las libres opciones de los individuos, sino algo que
entra a formar parte del propio ser y que no
puede ser usado ni despreciado sin graves daños en el
desarrollo de la propia vida.
La perspectiva dualista preferirá, en el
tema del transexualismo, secundar y acompañar al transexual para que
pueda conquistar aquel cuerpo que desea. En otras palabras, dirá
sí a una serie de intervenciones de tipo psicológico, hormonal,
quirúrgico y legal (hasta modificar el registro civil y todos
los documentos personales) que permitan el cambio de sexo.
Hay que
señalar, sin embargo, que tal cambio de sexo nunca podrá
ser completo. En primer lugar, porque las operaciones quirúrgicas no
son “curativas” (los genitales de los transexuales suelen ser órganos
perfectamente sanos) sino “destructivas”. En segundo lugar, porque el enorme
esfuerzo por simular genitales externos semejantes al del sexo deseado
no llevarán nunca a cambiar el sexo genético, ni permitirán,
al menos por ahora, que la persona transexual pueda ser
fecunda si llega a “conquistar” una buena apariencia del sexo
deseado, pues la fecundidad se pierde completamente en los niveles
más agresivos de intervención quirúrgica sobre personas transexuales.
Aunque todavía faltan
estudios y tiempo para ver cómo se desarrolla a largo
plazo la vida de las personas transexuales que se han
sometido a operaciones devastantes, ya han aparecido algunos estudios que
nos deberían hacer reflexionar antes de condescender fácilmente ante el
deseo de quien quiere cambiar de sexo.
En un artículo publicado
recientemente, basado en los experimentos del Johns Hopkins Hospital (cf.
Paul McHugh, Surgical Sex, «First Things» 147, November 2004, 34-38),
se ha notado que las operaciones de cambio de sexo
suelen ir acompañadas de una mayoritaria sensación de alivio por
parte de los interesados: se sienten satisfechos por haber cambiado
de sexo a nivel físico. Pero también se ha notado
que la satisfacción por haber adquirido un nuevo cuerpo no
ha ido siempre acompañada por una mejoría de los propios
problemas psicológicos.
Por ello, algunos expertos se han preguntado: ¿no será
mejor afrontar el tema de la transexualidad no desde una
perspectiva quirúrgica sino desde una perspectiva psicológica? ¿No estamos ante
una problemática que es más competencia de los psicólogos y
psiquiatras que de los médicos expertos en el funcionamiento del
cuerpo?
Por lo mismo, creemos que la perspectiva unitarista es más
rica y más completa a la hora de ayudar a
las personas transexuales. Resulta reductivo e insuficiente llevarlas al hospital,
darles hormonas y empezar el largo proceso del “cambio de
sexo” (desde luego, con un fuerte apoyo psicológico, pero sin
que tal apoyo lleve a descubrirles que el cuerpo no
era el problema). En cambio, resulta algo mucho más rico
y profundo descubrir las raíces del conflicto con el propio
cuerpo para encontrar un camino de aceptación de aquello que
no es un enemigo, sino parte integrante del propio ser:
el sexo inscrito profundamente en el propio cuerpo.
La Iglesia católica
se coloca en esta perspectiva. De modo perspicaz, en un
documento poco conocido pero de grandes aportaciones para las temáticas
bioéticas, ha ofrecido algunas indicaciones para hablar de la transexualidad,
que creemos pueden ser de gran ayuda:
“No se puede violar
la integridad física de una persona para el tratamiento de
un mal de origen psíquico o espiritual. En estas circunstancias
no se presentan órganos enfermos o funcionando mal; así que
su manipulación medicoquirúrgica es una alteración arbitraria de la integridad
física de la persona.
No es lícito sacrificar al todo, mutilándola,
modificándola o extirpándola, una parte que no se relaciona patológicamente
con el todo. Es por esto que no se puede
correctamente asumir el principio de totalidad como criterio de legitimación
de la esterilización antiprocreativa, del aborto terapéutico y de la
medicina y cirugía transexual. Diverso es el caso de sufrimientos
psíquicos y malestar espiritual de base orgánica, originados por un
defecto o por una enfermedad física, sobre el cual, en
cambio, es legítimo intervenir terapéuticamente” (Pontificio Consejo para la Pastoral
de los Agentes Sanitarios, Carta de los agentes sanitarios, Ciudad
del Vaticano 1995, n. 66, nota 128).
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