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Autor: Enrique Monasterio | Fuente: www.conoze.com ¿Homo o hetero?
Lo normal no necesita calificativos
¿Homo o hetero?
Hace un par de meses escribí que no me parecía
serio llamar "creyentes" a los cristianos, ya que, en el
fondo, somos bastante más descreídos que los ateos; creemos en
muy pocas cosas, y no militamos en la tropa de
los que siguen a pie juntillas los incontables dogmas de
la posmodernidad. Los fundamentalistas del relativismo, los idólatras de los
fetiches laicistas, esos sí que son creyentes.
Hablé de este asunto
porque uno se fía poco de los vocablos de moda.
En cuanto uno se repite con demasiada frecuencia y salta
a la tele, empiezo a cogerle manía o me da
la risa.
En aquel artículo, sin embargo, no expliqué del todo
por qué la tengo tomada con el sustantivo "creyente". La
razón es que se trata de un invento de los
que no tienen fe, igual que la palabra "payo" es
una creación de los gitanos.
En tiempo de Cervantes, pongamos por
caso, no había "creyentes". Todos lo eran salvo dos o
tres, y por tanto no era preciso llamarlos de ningún
modo. Lo normal no necesita calificativos. Sí lo precisaban en
cambio los ateos, o sea, los que se apartaban de
esta norma general.
El problema surge cuando el ateísmo y el
agnosticismo se convierten en epidémicos. Los incrédulos salen del armario,
confiesan con orgullo su alejamiento de Dios, y reivindican su
condición de "normales" tratando de que ocupen el armario vacío
los que creen en Dios. Luego, cierran la puerta y
cuelgan una etiqueta: "los creyentes".
Algo parecido está pasando con otro
vocablo recién nacido, que crece, prolifera y se trivializa de
un tiempo a esta parte. Me refiero al sustantivo "heterosexual".
-Oye,
tío, ¿eres homo o hetero?
Cuando vi que un famosillo de
la tele se dirigía en estos términos a otro espécimen
de su misma tribu, me dije a mí mismo: "muchacho,
aquí hay tema". Y es que hasta hace poco los
llamados "heteros" simplemente no existían. Ser heterosexual era como ser
bípedo, es decir "normal". Por otra parte, era una verdad
pacíficamente sostenida que la atracción de los sexos tenía bastante
que ver con la reproducción. De ahí que si alguien
se sentía atraído por personas del mismo género o por
otro tipo de entes no aptos para la fecundación, se
consideraba a todos los efectos que sufría una anomalía. Y
las anomalías - aunque no afecten a la dignidad personal-
sí que necesitan una palabra en el diccionario para distinguirlas
de las situaciones normales.
El diccionario no se conformó con un
vocablo; recoge docenas, casi todos despectivos, para identificar la homosexualidad
y a los homosexuales. Ojalá -lo digo de todo corazón-
esas palabras pasen muy pronto al depósito de cadáveres.
Ahora estamos
en el polo opuesto. Era preciso luchar para que se
reconociese a esas personas sus derechos. Y en eso estamos.
Pero hemos pasado del "todos tenemos idéntica dignidad" al "todos
somos normales", que desde luego no es lo mismo.
Ya no
hay ciegos, sino invidentes. Y como los ciegos son "normales"
habrá que buscar una palabra para "los otros" que también
son normales; sólo así se restablecerá la igualdad. De ahí
que a los "no ciegos" nos llamen "videntes", como a
Rappel.
Otro ejemplo. Este verano fui desposeído de mi vesícula biliar
en un quirófano. Os aseguro que no lamento la pérdida,
al contrario. Sin embargo, desde entonces soy consciente de que
me falta algo: algo no demasiado serio, de acuerdo, pero
no me atrevería a decir que es "normal" no tener
vesícula, ni que deba sentir el orgullo de carecer de
tan curiosa glándula. Si lo pensara, habría que crear al
menos dos términos nuevos para considerarme en situación de igualdad
con los que no han sufrido una laparoscopia.
-Oye tío, ¿tú
eres vesiculado o avesiculado?
Luego inventaríamos el "día del orgullo avesicular".
Y que nadie se atreva a meterse con nosotros, porque
lo llamaríamos avesiculófobo, que es vocablo la mar de aparente.
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