Introducción
Vivimos una era de la información y tiempos en que
las comunicaciones han adquirido un carácter nunca antes experimentado por
la humanidad, más, simultáneamente, la falta de interés por el
conocimiento y la búsqueda de la verdad han conducido a
gran parte de nuestra sociedad a experimentar elevados grados de
ignorancia, reflejados en los abundantes juicios insensatos que día a
día escuchamos. Opiniones, muchas veces basadas en la comodidad, donde
buenas intenciones alejadas de la realidad causan un daño inimaginable
a millones de personas.
La homosexualidad representa a una desviación
de la conducta natural, que afecta la vida de una
proporción de la población. Las cifras fluctúan según estimaciones de
unos y otros especialistas, entre el 1,5 y sobre el
3% de la población. Aún así, es un estado de
vida tan incomprendido como también lo es el desconocimiento sobre
la posición de la Iglesia Católica frente a esta realidad
que afecta a tantas personas y familias. Desarrollaré este tema
en dos partes: primero, abordando sus aspectos generales, y, en
segunda instancia, proporcionando al lector la postura oficial de nuestra
Iglesia, entregada por la Congregación para la Doctrina de la
Fe, en una Pastoral dirigida a nuestros obispos, la que
debe ser conocida por todos los católicos que deseen comprender
esta realidad humana.
Para facilitar la lectura me referiré aquí
como homosexual a ambos casos, el masculino y el femenino
(lesbianismo).
¿Una enfermedad o una condición?
La homosexualidad está definida como una
orientación, o tendencia que orienta el impulso sexual hacia miembros
del mismo sexo. Recientemente ha sido excluida como patología o
enfermedad por la Asociación Americana de Psiquiatría (USA), por causas
que no comparten todos los miembros de ciencia. Sin embargo
pocos desconocen que constituye una situación que en sí misma
puede llegar a ser un obstáculo que limita a quienes
la padecen para alcanzar una vida personal y social, plena
y satisfactoria. De aquí, que en ambos casos, ciencia y
religión coinciden en la necesidad de dar ayuda a toda
persona que la sufre, y las liberan de responsabilidad moral
en cuanto a que su condición obedece a un fenómeno
ajeno a su voluntad. Diferente situación se presenta cuando de
los actos se trata, ya que su condición de homosexual
no los exime de responsabilidad social alguna, por lo tanto,
en cuanto a sus acciones, están en igual condición moral
que cualquier persona.
Situación que se niegan a aceptar algunos,
participando activamente en foros internacionales buscando obtener ventajas políticas para
su condición, y luchando por supuestos derechos –ventajas- no pocas
veces antinaturales y ajenos al mínimo sentido común, y sin
consideración alguna por su efecto para con toda la sociedad.
Este tema, como tantos otros, no se trata de ser
buenas o malas personas, de ser comprensivos y tolerantes, ni
de lo contrario, se trata de ser objetivos y justos
desde el punto de vista de mantener y cuidar el
bienestar común a toda nuestra sociedad (no aceptando presiones dirigidas
a dañar la base social). Todos tenemos derechos y obligaciones,
libertades y limitaciones, determinadas por la responsabilidad social que nuestra
participación en la sociedad conlleva. Como ejemplo, podemos tomar
el hecho de una persona que posea tendencias delictivas, si
este libera sus tendencias nocivas para otros, su condición no
lo exime de su responsabilidad social. Este ejemplo extremo, ayuda
visualizar lo que ocurre en aquellas condiciones donde algunas parejas
de homosexuales hoy presionan a la sociedad para formar “familias”
por medio de la adopción de hijos, lo cual es
una aberración antinatural; Los hijos no son un bien que
puede comercializarse y el cual está disponible en un mercado
de oferta y demanda según el antojo o la legítima
necesidad de entregar afecto que alguien pueda sentir en un
momento de su vida (es un asunto de formas y
también de principios morales). Siempre, el hecho de conducirse por
la vía de conductas impropias, malsanas, o reñidas con la
moral natural y las costumbres o la cultura, tiene consecuencias
para con los miembros de la sociedad. Un segundo ejemplo,
sería el de quienes utilizan el escándalo expresando tendencias pervertidas,
lo que no les libera de responsabilidad ante ninguna ley
natural de recta moral (en sana conciencia). Por ejemplo:
•
El supuesto caso de una autoridad pública que visita casas
de prostitución masculinas, es para la moral, similar al de
una autoridad que visita casas de prostitución femeninas. En su
contexto, demuestra ser una persona a quien sus debilidades preceden
a las obligaciones que su cargo amerita. No es un
asunto de orientación sexual, sino de moral humana, igual para
todos.
• El caso de los homosexuales que desean exhibirse,
manifestándose en lugares públicos donde buscan presionar para obtener franquicias
sociales especiales, con conductas excéntricas que no debieran estar permitidas
cuando las formas de expresión atentan contra las buenas costumbres
de su propia sociedad (atentando contra la formación de los
menores o contra la libertad de quienes no comparten su
punto de vista). Prueba de lo cual es que estas
manifestaciones y organizaciones son una minoría que causa enormes daños
a una inmensa mayoría de personas que viven dignamente su
condición de homosexualidad. No es asunto de orientación sexual, sino
de conductas morales o amorales, válidas para todo ser humano.
¿Qué
es la homosexualidad?
Por homosexualidad se entiende la inclinación amorosa y
sexual hacia individuos del mismo sexo, constituyendo un fenómeno de
excepción. Se sabe poco acerca de las causas de la
homosexualidad, en la actualidad, no hay una explicación acabada de
cómo una persona llega a convertirse en homosexual, manifestando una
inclinación erótica (afectiva y sexual) hacia individuos de su propio
sexo.
Al hablar de homosexualidad, hay que hacer una distinción entre
conductas homosexuales ocasionales y transitorias, y la homosexualidad como
orientación sexual prevaleciente en la adultez. Experiencias juveniles aisladas no
necesariamente desembocan en un homosexualismo en la adultez; es una
práctica reñida con la moral y las costumbres, que, en
la gran mayoría de los casos, se supera. En
la base de estas experiencias están: la debilidad espiritual y
en la formación de la conciencia, la fuerza con que
nace el impulso sexual en la pubertad, la dinámica de
la curiosidad, el deseo de experimentación propio del adolescente y
la mayor cercanía que se suele dar con compañeros del
mismo sexo a esa edad. Indudablemente, el que estos
encuentros sexuales puedan ocurrir, no significa que constituyan una práctica
recomendable o moralmente adecuada: prueba de lo cual es que
generan angustia, dudas e inseguridad con respecto a su propia
identidad y orientación sexual y, además, existe el riesgo de
contagio de enfermedades del cuerpo, la mente y el espíritu.
Esta, como otras causas, pueden inducir a sentimientos de dudas
acerca de una real orientación sexual, creando en ciertos casos
estados sicológicos que semejan al de un homosexual; un especialista
ciertamente puede conducir a un exitoso resultado y permitir al
afectado darse cuenta de su realidad sexual, permitiéndole reiniciar su
vida plenamente.
Con respecto a la homosexualidad, como orientación sexual prevaleciente
en la adultez, ella puede ser absoluta, en la cual
no hay ninguna atracción por el sexo opuesto, o relativa,
en la cual hay atracción hacia el sexo opuesto.
En este último caso, se la denomina bisexualidad.
Una aclaración que
resulta necesaria es que algunas personas creen que el percibir
la belleza o el atractivo de personas del mismo sexo
constituye evidencia de que existe una inclinación homosexual; muy por
el contrario, es una tendencia muy natural sentir agrado estético
ante la armonía física, de donde sea que ella provenga.
El mito de que es fácil identificar desde la infancia
a los homosexuales varones porque manifiestan un comportamiento afeminado, y
a las mujeres por su conducta viril, no es así;
y hay mucha gente que sufre intensamente a causa de
atribuciones ligeras y suposiciones erróneas con respecto a su orientación
sexual.
Un porcentaje importante de las personas que manifiestan tendencias homosexuales
sufren intensamente a causa de ellas. Es comprensible que así
sea puesto, que esta condición no constituye una manera plena
de vivir la sexualidad humana, lo cual los afecta dificultando
encontrar las formas adecuadas de manejar y conducir su afectividad.
Si
bien la tendencia homosexual es contraria al orden natural, quienes
la viven pueden estar condicionados por múltiples factores que nosotros
no conocemos ni podemos juzgar. Los riesgos que implica
esta condición para quienes los rodean, no son diferentes de
los riesgos habituales en toda relación de cercanía humana, materia
que desarrollaré al final de este trabajo. Son seres humanos
que merecen respeto y ayuda, jamás desprecio o rechazo. No
deben se tratados con menosprecio, sino con la misma dignidad
que merece todo ser humano. Todos tenemos limitaciones y vivimos
en un universo de diversidades humanas, todos necesitamos aprender a
convivir en comunión.
¿Puede una persona homosexual dejar de serlo?
Hasta donde
llega el conocimiento actual, no; ya que a pesar de
los múltiples esfuerzos por intentar cambiar la tendencia, ni la
psiquiatría, ni la medicina ha logrado hasta hoy explicar sus
orígenes. Tampoco existe un estudio científico terminado que demuestre lo
contrario. Pero, en muchos casos, la ayuda especializada puede ayudar
a cambiar una conducta (no la tendencia), para que el
afectado logre llevar una mejor vida consigo mismo y con
quienes le rodean.
¿Cómo es sentirse homosexual?
Es extremadamente difícil para el
homosexual aceptar su condición de tal: deben sobrellevar una gran
lucha interior y frustración frente a la impotencia de no
poder sentir estímulos ni atracción por el otro sexo; ellos
saben que nunca la tendrán, ya que esto requiere una
serie de condiciones psíquicas y físicas que jamás obtendrán. Ser “diferente”,
trae consigo fuertes conflictos con la familia; la imposibilidad de
llegar a formar una familia propia por medio del matrimonio;
y en consecuencia, de formar hijos biológicos; deben enfrentar el
desprecio de muchos de sus antiguos amigos durante toda su
vida; y resignarse a sufrir grandes sentimientos de angustiosa soledad
e incomprensión por el resto de su vida, cuando son
rechazados.
Quienes piensan lo contrario en materia sexual, saben en
su interior la verdad: Una conducta egocéntrica e individualista tan
sólo permite acceder a un acto sexual que constituye una
forma incompleta de relación afectiva, a una masturbación. No se
trata de que no se puedan expresar afectos, sino de
que en el plano sexual se estará siempre limitado, porque
el cuerpo humano es una integridad, y en el acto
sexual natural se despiertan diversos puntos sensibles del cuerpo, la
mente y el alma, que claman por ser atendidos simultáneamente
para alcanzar su plena realización; Algo imposible de lograr en
una masturbación cualquiera sea su origen o la condición sexual
de la persona. Una masturbación siempre es un acto egocéntrico,
y jamás el egocentrismo ha contribuido al desarrollo de la
persona o a construir una vida mejor.
Ellos deben aceptar la
incomprensión y el rechazo de muchas personas, y que lo
hacen sólo por considerarlos diferentes; sin importarles que los homosexuales
también son personas, que, al igual que todos los seres
humanos, nunca han tenido la oportunidad de elegir su sexo
o condición sexual (irreversible). Y, lo peor, es que muchos
de estos “críticos” se toman la libertad de hacerlo en
nombre de la Iglesia.
Quien critica a una persona homosexual, no
sabe, o no quiere aceptar, que es un ser humano
con dignidad de tal. Su valor, como persona, es el
mismo que el de toda persona, posición mantenida por la
Iglesia. Más aún: la Iglesia califica su condición “Como una
auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto y delicadeza”; “Se
debe evitar todo tipo de discriminación injusta”; “Los homosexuales están
llamados a realizar la voluntad de Dios en su vida”;
y considera a las dificultades que puedan encontrar en sus
vidas, por causa de su condición, como su cruz
personal (Catecismo de la Iglesia Católica).
La familia y las amistades,
el apoyo natural eindispensable
Sus opciones en la vida son
realmente más difíciles que las de quienes se autodenominan “normales”.
Todo homosexual tiene necesidad y derecho a la amistad desinteresada
y a desarrollarse como una persona integral en lo físico,
psíquico y espiritual. La sexualidad de los esposos es fuente
de alegría y de agrado, no siendo fácil, para ningún
homosexual, saber que estará privado de por vida de esta
satisfacción (matrimonio, hijos, familia, sexo,..). Por lo tanto, un homosexual
merece todo nuestro respeto y, al menos, el mismo trato
que se da a los demás. Nadie debe, con una
actitud irresponsable, dificultar aún más la vida de estas personas,
que son y sienten igual que nosotros, en todo, menos
en lo sexual.
El impacto que causa en una familia conocer
la condición de uno de sus miembros como homosexual es
enorme. Habitualmente, son informados por el propio afectado, cuando
él no resiste más continuar soportando en soledad una situación
que lo desconcierta, sumiéndolo en profundas angustias y depresiones, acompañadas
normalmente de una autoestima mínima. Lo hacen en su valiente
decisión de enfrentar al mundo, ya que, como si lo
anterior fuera poco, de no hacerlo, no pueden definirse ellos
mismos como personas frente a la vida. Los nervios y
el miedo al desprecio e incomprensión, muchas veces, los hace
manifestarse de formas torpes o que parecen explosivas, lo que
es interpretado casi como una agresión por sus familiares que
se sienten “normales” o comunes, agravando el estado general de
la situación. Esta manifestación, generalmente ocurre durante la adolescencia.
Lo
que debemos hacer es darles afecto, comprensión, aceptación, y ayudarles
sincera y efectivamente a buscar su camino en esta vida.
No importa que el proceso sea lento, esto se comprende
por lo difícil que es aceptar la realidad; pero, si
no los ayuda su familia, su principal apoyo en la
vida, entonces su propia familia los estará empujando a buscar
fuera de su casa lo que les fue negado. Un
riesgo inmenso, donde nadie puede saber hasta dónde llegará el
grado de daño que se causa, tanto al homosexual, como
a todos los miembros de la familia, que reniega de
un hijo/a o de un hermano/a, en una forma tan
cobarde.
Este tema es de especial importancia y
debe comprenderse en su real dimensión: nuestra sociedad oculta la
enorme cantidad de personas homosexuales que muere cada año (auto-eliminados),
por no haberse sentido capaces de aceptar lo que significa
enfrentar por el resto de sus vidas a una
sociedad hostil, hipócrita y egoísta frente a su realidad. Conocer
la posición cristiana frente a este tema es efectivamente muy
importante, ya que ayudará no sólo a salvar vidas, si
no, también, a formar una sociedad más justa y consecuente
con los principios que decimos tener.
Prejuicios y generalizaciones,
un mal de nuestro tiempo
Por último, no podemos dejar de
referirnos a los homosexuales exhibicionistas y practicantes tan publicitados por
los medios. Constituyen una muy pequeña minoría, de conductas claramente
“anormales” las que muchas veces caen en la pornografía y
la degeneración. Pero las conductas “anormales” no son exclusividad de
los homosexuales; las hay también y quizás más, en las
personas que nos denominamos “normales”. No existe relación alguna, entre
“degenerado” o “depravado” y homosexual, como algunos creen. Los pervertidos,
degenerados o depravados, de cualquier condición o sexo son personas
con su mente alterada, valores escasos, y una autoestima mínima;
El afecto lo tienen ligado sólo a la búsqueda de
su placer personal. Son personas que requieren tratamiento especializado (médico
o psiquiátrico), con cuya ayuda y mucha prudencia y el
afecto de quienes los rodean, podrían llegar a cambiar su
conducta. Estos son enfermos y, como tales, deben inspirar nuestra
compasión, pero no seamos simplistas cayendo en prejuicios y generalizaciones
que estigmaticen a inocentes.
El homosexual común es una persona, y
necesita que se le permita desarrollar una vida normal y
natural; Ya tiene suficientes problemas para manejar y superar su
condición como para que les pongamos obstáculos adicionales. Si a
alguien le es difícil aceptar la presencia habitual de un
homosexual, que imagine cuán difícil es para ellos aceptarse a
sí mismos para toda la vida.
Ellos pueden ser grandes.
Su condición, generalmente, les permite desarrollar una sensibilidad superior a
la común. El sufrimiento que les produce la lenta aceptación
de sí mismos y el poder lograr un espacio en
la vida, los hace crecer mucho como personas, llegando ser,
muchas veces, grandes hombres y mujeres, realmente valiosos para nuestra
sociedad y para Dios.
Quisiera invitar al lector a leer
la maravillosa Pastoral sobre la Homosexualidad de la Congregación para
la Doctrina de la Fe, publicada por Juan Pablo II
y firmada por quien hoy es Benedicto XVI. Nos ha
sido regalada a todos los católicos, para que nadie tenga
dudas acerca de cuál es la postura de la Santa
Sede en esta materia.
Comentarios al autor: Eduardo Armstrong
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