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Autor: Dr. Aquilino Polaino-Lorente | Fuente: ivaf.org Bioética y Etiología de la homosexualidad
La Bioética tiene que habérselas, qué duda cabe, con numerosas y aristadas cuestiones que, por el momento, no encuentran una fácil solución. De todas ellas, las que parecen más obligadas son, sin duda alguna, el conocimiento de lo que la homosexualidad es
Bioética y Etiología de la homosexualidad
La homosexulidad no se da en el vacío, sino en
un determinado contexto sociocultural -el que sea- siempre en transición,
del que en buena parte depende la imagen que de
ella se tiene. Y esta imagen tiene una gran importancia,
por cuanto contribuye a modelar y/o configurar lo que de
la homosexualidad se piensa, suscitando un nuevo modelo, útil o
no para la imitación y/o generalización, en función de los
rasgos más o menos valiosos con los que se le
adorne.
En este punto, puede afirmarse que se ha operado un
gran cambio en el actual contexto sociocultural. Si, tiempo atrás,
la homosexualidad estaba penalizada, en la década de los sesenta
se despenalizó, lo que sin duda alguna constituyó un auténtico
progreso, por cuanto con ello se ponía fin a la
injusta marginación sufrida por los que se alineaban en esa
situación.
Desde entonces a esta parte la tolerancia social respecto de
la homosexualidad no ha hecho sino crecer. Llegamos así a
finales de los ochenta, en que asistimos, paradójicamente, a un
intento de equiparación, igualación y posterior confusión entre homosexuales y
heterosexuales.
No puede afirmarse que esta etapa haya contribuido a ayudar
a esclarecer qué sea la homosexualidad. Más bien sus efectos
han sido los contrarios. Incluso puede sostenerse que el actual
incremento -real y empíricamente comprobable-, de la homosexualidad en los
países de la cultura occidental pudiera ser atribuido, en algún
modo, a la nueva imagen social que acerca de ella
se ha propalado.
Es posible que en el futuro -de seguir
por esta vía-, se dispare la incidencia de la homosexualidad,
tanto de la masculina como de la femenina. Y ello
porque el modelo con que hoy se ha dado en
presentarla suscita una mayor facilidad para la imitación, generalización, diseminación
y "naturalización forzada" de estos comportamientos.
Si a esto se añade
la presión ejercida por ciertos movimientos homosexuales-apologistas del llamado, por
ejemplo, "orgullo gay"-, es lógico que un nuevo icono homosexual
se "construya" y asome a nuestra cultura. Incluso es posible
que por amor de esa equiparación igualitaria entre las conductas
homo y heterosexual, se suscite en algunos -especialmente en aquellos que
tienen ciertas dudas, por las razones que fuere, acerca de
su género y de su identidad sexual una cierta persuasión
imitadora y normalizante acerca de este tipo de comportamiento y
de sus posteriores consecuencias.
Un paso más y, aprovechando esta confusión
conceptual, tal vez se de un nuevo y desgraciado salto
-cuyas repercusiones son hoy muy difíciles de predecir y valorar,
en lo que atañe al pronóstico social- al pasar de
la injusta equiparación entre la heterosexualidad y la homosexualidad, a
la imposición de la segunda, por vía de su magnificación
valorativa y social.
Lo peor del caso es que este "iter",
este itinerario a favor de la homosexualidad se ha producido
desde confusas actitudes relativas a lo que es y significa
el antidogmatismo y/o la tolerancia. Pero de darse este fenómeno,
habría que concluir que se ha incurrido en el más
fragante antidogmatismo (el sincero respeto a los homosexuales), al mismo
tiempo dogmático (una fuerte imposición social de la homosexualidad, sin
respeto alguno por la heterosexualidad).
No parece que este modo de
proceder sea propio del liberalismo; en todo caso de un
liberalismo, paradójicamente muy poco liberal. ¿No sería más conveniente hacer
una indagación más profunda por si debajo de tal modo
de proceder no se encontrase, subrepticiamente agazapada, la permisividad y
no la tolerancia, el relativismo desenfadado y radical y no
el respeto a la dignidad de los homosexuales?
Las anteriores cuestiones
trascienden la mera sociología y demandan situarse en el plano
epistemológico en que les corresponde ser estudiadas, es decir,en la
Bioética.
Algunos psiquiatras -que ante los ojos del supuesto o real
homosexual se presentan como expertos-, entienden que la homosexualidad no
es de su competencia, una vez que ha sido definida
por las instituciones científicas como una forma alternativa de satisfacción
sexual. De aquí que les aconsejen algo parecido a lo
que sigue: "Si usted elige una persona del mismo sexo
como objeto de satisfacción sexual, y es aceptada por ella,
allá usted. Ese es su problema. Yo, como experto, no
puedo hacer nada en su caso". Con esto, el experto
contribuye a fijar en esa persona, de una vez por
todas y tal vez para siempre, el etiquetado de homosexual.
Es lo que suele inferir quien consultó con el experto,
que acaso se sorprenda diciéndose a sí mismo: "Al menos
este señor me ha comprendido y sabe que soy homosexual.
Lo que me ha aconsejado es que siga adelante, que
busque un compañero con el que vivir, pues también yo
tengo derecho a rehacer mi vida y ser feliz".
Ante la
interpelación que desde este problema se nos hace a psiquiatras
y psicólogos, es preciso asumir la correspondiente carga de responsabilidad
Ética que emana y se demanda a nuestras respectivas profesionalidades,
como algo que naturalmente a todos nos atañe.
No parece que
sea acertada la negación de la realidad, precisamente cuando esa
realidad nos concita y reclama de nosotros una solución. Por
eso, la psiquiatría y la psicología, a través de sus
instituciones científicas y de sus profesionales en particular, debieran asumir
este nuevo reto, para que con arreglo a sus conciencias,
a lo que saben -y a lo que no saben,
pero pueden llegar a saber-, hagan las necesarias indagaciones. Sólo
así podrán contribuir a no aumentar la confusión existente acerca
de la identidad de género y prestar alguna ayuda a
los homosexuales que soliciten sus servicios.
Lo que no podemos decir
-y menos al amparo de la ciencia, como se dice
ahora-, es que el lesbianismo o la homosexualidad son meras
formas alternativas de satisfacción sexual, que pueden equipararse a cualesquiera
otras. Entre otras cosas, porque ni son formas alternativas ni
son equifuncionales respecto de otras. Hoy se han puesto en
paridad las conductas homosexual y heterosexual. Tal modo de proceder
es, desde luego, anético.
La bioética de la homosexualidad tiene que
habérselas, qué duda cabe, con numerosas y aristadas cuestiones que,
por el momento, no encuentran una fácil solución. De todas
ellas, las que parecen más obligadas y prioritarias son, sin
duda alguna, el conocimiento de lo que la homosexualidad es,
de sus causas, de las nuevas estrategias que es preciso
diseñar a fin de poder ayudar a quienes lo soliciten
y de la aplicación de programas que tengan una probada
eficacia preventiva.
En una palabra, es imprescindible investigar más para conocer
mejor. En esto consiste, principalmente, el actual reto de la
bioética de la homosexualidad. Un reto que, de forma obligada,
pasa por no hurtar el bulto a la realidad, por
formarse mejor profesionalmente, por hacer a conciencia el quehacer clínico
y psicoterapeútico cotidiano.
Esto, en modo alguno es moralina ni algo
que se le parezca. Hacer la ciencia a conciencia es
un requisito imprescindible e irrenunciable exigido por el concepto mismo
de lo que se entiende por ciencia. De hecho, la
condición indispensable del primer acto científico es siempre un acto
de conciencia (de "cum-scientia", de "con ciencia"), es decir, de
percatarse del problema, de no eludirlo y afrontar la realidad,
por difícil que ésta sea, sin edulcorarla a través de
forzados consensos en los diversos escenarios políticos. He aquí una
exigencia ética que ha sido hoy obviada y desatendida.
Si las
instituciones científicas continúan dictaminando en favor de la supuesta "normalidad"
de la homosexualidad, es lógico que los profesionales que de
ellas dependen asuman esos criterios sin apenas espíritu crítico y
que, en consecuencia, no se afronten como es debido los
retos científicos a que, líneas atrás, se ha aludido. Pero
en ese caso, ni las instituciones científicas ni sus respectivos
profesionales estarían sirviendo al fin que les es propio: la
persona doliente que precisa de ellos.
Flaco servicio harían a la
persona quienes así se comportasen. Quienes así procedieran, de seguro
que no contribuirán al progreso de la ciencia, sino a
su obstrucción y parálisis, por cuanto que perpetuarán la actual
situación de ignorancia en que nos encontramos sobre estas cuestiones
y hasta podrían hipotecar el futuro de estas disciplinas científicas.
No, no parece que quepa "dejar siempre para después" la
resolución de los problemas, ni siquiera cuando so capa de la
supuesta "normalidad" se abandonan a la espontaneidad inoperante del desconocimiento
y la ignorancia.
Allí donde no hay ciencia hay política y
la ignorancia científica es sustituida por la hermeneútica ideológica. La
homosexualidad se ha transformado hoy en una cuestión ideológica y
politizada, justamente por el estado de ignorancia científica en que
nos encontramos acerca de ella. De aquí el flaco servicio
de tantos profesionales con su ausencia de actitudes exploratorias y
su arrojarse en conductas confirmatorias a favor del ensamblaje socialmente
vigente, por otra parte, carente de fundamento. Desde la perspectiva
de la Ética, tales comportamientos en modo alguno son aceptables.
Así
las cosas, nada de particular tiene que el derecho asuma
el discurso científico y legisle conforme a él. Pero en
ese caso, el poder ahormador y configurador de la realidad
que el entramado jurídico conlleva, hará todavía más difícil la
modificación de tantos sesgos, estereotipias y prejuicios como, sobre estas
cuestiones, se han puesto en circulación en la actual sociedad.
Más
allá de la identidad sexual: la búsqueda de sentido para
la identidad personal
La identidad sexual no surge de la nada, no
es algo que se lleve debajo del brazo o que
espontánea y exclusivamente proceda de lo biológico, ni tampoco algo
caído del cielo con lo que cada persona se encuentra.
El proceso de adquisición de la identidad sexual -lo hemos
visto en detalle, líneas atrás-se hace a expensas de un
marco de referencias culturales muy amplio -de las que algo
tomamos y algo rechazamos-, y sobre las que diseñamos esas
coordenadas que servirán para acunar nuestra identidad personal.
Esto significa que
entre la identidad sexual y la identidad personal hay, cuando
menos, un poderoso e invisible haz de hilos conductores que
las aúna, hasta el punto de no poder distinguirse del
todo una de otra. En realidad, no puede establecerse una
prioridad entre ellas, pues aunque la primera se prolonga en
la segunda, esta última contribuye de forma poderosa a configurar
aquélla.
Sólo desde una perspectiva temática y de meros contenidos, tal
vez cabría afirmar que inicialmente, durante las primeras etapas del
desarrollo psicosexual, la identidad sexual está como sometida a la
directriz por la que opte la identidad personal, al elegir
para sí una determinada trayectoria biográfica. Pero incluso entonces, la
misma trayectoria biográfica por la que se había optado, puede
ser modificada hasta errar, cambiar de dirección o conducir a
la persona a donde ella no quería ir. Y esos
cambios en la identidad personal se producen a veces como
consecuencia de las dificultades, obstrucciones o inflexiones sufridas por la
identidad sexual. Así pues, hay que concluir que la interacción
entre ambas es continua a lo largo de la entera
travesía de la vida.
No puede ser de otra forma, ya
que ambas constituyen aspectos que, aunque relativamente diversos -dados sus
respectivos contenidos diferenciales-, no obstante inciden en una misma y
única diana: la identidad y unicidad de la persona.
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