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| El proceso de auto-identificación homosexual |
El Prof. Dr. Aquilino Polaino-Lorente es Catedrático de Psicopatología de la Universidad
Complutense Madrid. España.
Es una opinión común y tal vez bien establecida,
que el comportamiento homosexual va en aumento. Aunque algunos datos
estadísticos dan la impresión de estar trucados, es muy probable
que sea así.
Introducción
Principales hitos y
etapas en el proceso de auto-identificación homosexual
Primera etapa: La
sensibilización respecto de la conducta homosexual
Segunda etapa: La confusión
y primeras dudas acerca de la identidad sexual
Tercera etapa:
El etiquetado asignado por los compañeros
Cuarta etapa: el
conflicto familiar sobre el modo de conducirse
Quinta etapa: De
las dudas a la obsesión
Sexta etapa: La asignación del
etiquetado por los padres
Séptima etapa: "experimentar" para confirmar el
etiquetado asignado
Octava etapa: La asunción explícita de la falsa
identidad
Novena etapa: La filosofía de la acción y el
comportamiento homosexual
Décima etapa: El descubrimiento de un nuevo "estilo"
de vida
Undécima etapa: El definitivo etiquetado del experto Duodécima etapa: La acogida en el contexto del grupo de
pertenencia
Decimotercera etapa: El ensamblaje atribucional social y el
modelado personal
A modo de Conclusión
Bibliografía
Introducción
En la mayoría de las publicaciones se ofrece una
prevalencia de homosexualidad de alrededor del 10%. No deja de
ser curioso la coincidencia del dato estadístico respecto de cualquier
país --en todos ellos se da la misma tasa de
prevalencia-, sino también el hecho --nada despreciable- de que en
la mayoría de esas publicaciones nada se dice de cómo
se ha elegido la muestra, del número de personas encuestadas,
de los criterios que se han seguido para establecer si
una persona es o no homosexual, etc. Ante estas dificultades,
es lógico que el lector se muestre un tanto dubitativo
y llegue a suponer que algo de ello es ficción,
como consecuencia de la publicidad de los grupos más interesados,
por afectados por estos comportamientos.
Sea como fuere, el hecho
es que no sabemos a qué atenernos ante estos datos.
¿Cómo dar razón de estos hechos? ¿Qué puede haber causado
ese "incremento" casi exponencial del comportamiento homosexual en la sociedad
actual? ¿Cómo asumir e integrar este nuevo problema en la
cultura fragmentaria en qué vivimos?
En realidad, nada se puede
contestar a las anteriores preguntas hasta que no dispongamos de
un mejor conocimiento de la historia natural de este tipo
de comportamientos (Zeitlin, 1986). Nada sabemos, por ejemplo, acerca de
cómo han podido llegar a comportarse del modo en que
lo hacen o sentirse atraídos por las personas del mismo
sexo por las que se sienten atraídos. Ignoramos también cómo
llegaron a adoptar el "estilo de vida" que suele caracterizar
a las personas que manifiestan una conducta homosexual (Green, 1985).
Las líneas que siguen no responderán a las anteriores cuestiones
planteadas, pero al menos tratarán de esbozar una hipótesis, relativamente
comprobable, acerca del modo en que se ha generado en
esas personas este supuesto cambio de identidad, al menos en
lo relativo a su género y comportamiento sexual. Las hipótesis
que a continuación se establecen tienen como único fundamento la
experiencia clínica de las personas que, descontentas con su actual
orientación sexual, han consultado y demandado la ayuda del especialista
para tratar de superar su problema. Se trata por tanto,
de personas que han decidido, libremente, poner fin o tratar
de aliviar sus sufrimientos, como consecuencia de su comportamiento homosexual.
Se advierte aquí, que el autor de esta colaboración al
establecer las siguientes hipótesis sólo se ha servido de las
historias de los pacientes asistidos hasta el año 1987. Si
ha procedido así es por una mera cuestión de una
más fácil disponibilidad de los datos relativos a esas historias,
sin que ello suponga que renuncie a comunicar la totalidad
de su experiencia clínica en este asunto en otras futuras
publicaciones, como ha decidido hacer. Regresar al índice
Principales
hitos y etapas en el proceso de auto-identificación homosexual
¿Es la
adolescencia una etapa crítica, como se ha sostenido, donde aparece
o se empieza a manifestar la conducta homosexual?
¿Cuál es
el recorrido experimentado por el adolescente hasta la eclosión de
tal comportamiento?
¿Acontece éste súbitamente, sin conexión alguna con su
anterior trayectoria biográfica?
¿Sería oportuno rastrear, mediante el adecuado seguimiento
evolutivo, las diversas vicisitudes por las que atravesó el desarrollo
de su sexualidad?
En ese caso, ¿qué factores de riesgo
pueden identificarse y apresarse, de manera que puedan contribuir a
establecer un programa preventivo de la conducta homosexual? A continuación
se pasa revista a algunos de los principales hitos que,
tal y como han sido observados, jalonan en algunas personas
el proceso evolutivo a cuyo término comparece la determinación de
auto identificarse como homosexual o lesbiana.
Se advierte al lector
tales hitos no son constantes en las personas con conductas
homosexuales, como la secuencia aquí descrita tampoco es "obligada" para
la mayoría de ellas. Algunas de las etapas que se
señalan en este recorrido, han sido atisbadas también por otros
autores. Su exposición aquí no pretende sino arrojar un poco
de luz sobre lo que está en el envés y
en el pasado de ciertos comportamientos homosexuales: experiencias, creencias y
expectativas que tienen un cierto poder configurador de su afectividad
y del moldeamiento de su conducta. Regresar al índice
Primera etapa: La sensibilización respecto de la conducta homosexual.
En el
aprendizaje de la homosexualidad, hay casi siempre una primera etapa
de sensibilización. Los intereses que, en la temprana edad, el
niño y la niña tienen como personas no suelen coincidir
con los intereses que la sociedad les atribuye, diferencialmente, a
cada uno de ellos en función de sus respectivos géneros.
Supongamos que a una chica fuerte, con poderosa contextura ósea
y muy deportista lo que le gusta es correr con
el balón entre las piernas, regatear y, sobre todo, meter
goles en la portería contraria. Sin embargo, esa actividad es
atribuida social y culturalmente a los niños; de aquí que
el comportamiento de esa niña sea mal interpretado en su
contexto sociocultural. Esta disonancia en el modo en que la
conducta de la niña es interpretada por su contexto es
posible que ponga en marcha o active una compleja y
lamentable aventura biográfica de funestas consecuencias para ella en el
futuro.
La identidad de género, es decir, el género masculino
o el femenino, tal y como se entienden hoy en
nuestra sociedad, no parecen estar demasiado fundamentados en criterios rigurosos,
estables y consistentes, en que todos o la mayoría estemos
de acuerdo. Acaso por esta razón es por lo que
numerosos autores hablan hoy de la "flexibilidad de género". Con
este concepto no quiere significarse que el género sea tan
plástico o que el concepto de género sea tan borroso
y opaco que pueda servir para la descripción de cualquier
comportamiento, sea éste homosexual o no.
Este concepto apunta más
bien a indicar lo que antes se ha señalado: que
hay una cierta ambigüedad en los rasgos atribuidos que configuran
las constelaciones de lo masculino y lo femenino. De hecho,
¿podría hoy afirmarse que una chica que monte en bicicleta
es menos femenina que una que monte a caballo o
que otra que juegue al frontón?, ¿podría sostenerse, de acuerdo
con una escala de masculinidad -que fuera rigurosa, objetiva y
relativamente consensuada-, si un chico de quince años, es más
masculino que otro de la misma edad, en función de
ciertos rasgos en su modo de comportarse? ¿En función de
qué rasgos?
No, a lo que parece no están suficientemente
establecidos --y mucho menos, esculpidos- esos rasgos definidores. A pesar
de lo cual, no obstante, se hacen atribuciones que califican
a muchos comportamientos respecto de la identidad de género. Pero
como los criterios no están demasiado claros -en realidad, casi
nunca lo estuvieron- tales calificaciones socioculturales pueden ser muy injustas
y erróneas.
Por contra, también sería injusto sostener la hipótesis
contraria, es decir, afirmar que dado que el género es
un concepto muy vago y ambiguo, ninguna afirmación sobre lo
masculino y lo femenino puede establecerse.
Si en esta etapa
de sensibilización, en que se encuentra un chico o una
chica, los padres, tutores, compañeros, profesores o cualquier persona que
para ellos sea relevante, califican los rasgos que permiten diferenciarlos
de otros chicos o chicas como impropios de su género,
comenzarán a sentirse todavía más inseguros de sí mismos, en
lo que respecta a su identidad de género.
Si se
marcan en exceso las diferencias que se dan en su
comportamiento, respecto de sus iguales del mismo género, lo que
aparecerá en ellos será una cierta conciencia de que son
diferentes.
Conviene no olvidar lo arraigado que está esa especial
sensibilidad --casi susceptibilidad- que tan bien caracteriza a los adolescentes.
En ocasiones, esa sensibilidad aumenta hasta casi lo patológico respecto
del "qué dirán" los demás en relación a su cuerpo
y su forma de vestir, etc. Es decir, los adolescentes
experimentan un gran temor ante la posibilidad de "hacer el
ridículo".
Sobre esta percepción magnificada de lo que es aparentemente
diferencial en relación con los iguales, se acabalgarán sentimientos de
extrañeza y duda, que les llevará a experimentarse como diferentes
a los demás.
Otras veces, la percepción de esa diferencia
esta fundamentada no en la opinión o calificación de los
otros, sino en la comparación que el joven establece entre
ciertos rasgos de su comportamiento y los de sus iguales.
A esa comparación -casi siempre, muy poco puesta en razón-,
siguen luego atribuciones mal articuladas pero muy poderosas, por cuanto
contribuyen a inferencias erróneas acerca de su propia identidad de
género. Y todo esto se produce como por azar y
sin que apenas intervenga una cierta presión social.
En esta
etapa no es tanto que en el contexto social se
califique de "diferentes" sus rasgos comportamiento. Es, simplemente, el
propio juicio del joven el que comparece como más intensamente
determinante, hasta el punto de llegar algunos a confesarse a
sí mismos: "Yo soy diferente".
Se cierra así esta primera
etapa de sensibilización que, en ocasiones, puede superarse espontáneamente pero
que, otras veces, comienza a marcar y teledirigir a ese
niño o niña hacia una posición en la que es
muy difícil luego la "autoconstrucción" de sus respectivas masculinidad o
feminidad. Regresar al índice
La confusión y primeras
dudas acerca de la identidad sexual">
Segunda etapa: La confusión y
primeras dudas acerca de la identidad sexual
Si el niño se
sigue comportando de la misma manera que lo venía haciendo,
después de la etapa de sensibilización, se marcará más los
rasgos y comportamientos que le diferenciaba de los demás. Con
apenas nueve años se dará cuenta de que sus amigos
hacen otras cosas que él es incapaz de hacer. Sus
amigos de nueve años dan patadas a un balón. A
él, en cambio, le encanta jugar a las muñecas y
la cocina, forrar las carpetas y jugar a las "comiditas".
Las condiciones que en él se manifiestan en esta etapa,
determinan la forma en que cree conocerse, es decir, un
niño diferente marcado por esas diferencias. Esto le lleva a
admitir -al menos como posibilidad- si sus sentimientos y comportamiento
pudieran ser considerados por él mismo y por los demás
como homosexuales.
En esta etapa comienzan a presentarse las falsas
atribuciones. El niño atribuye al hecho de que, por ejemplo,
le guste bordar o jugar con muñecas y no jugar
al fútbol, a que posiblemente sea homosexual.
¿Es que acaso
tiene algo que ver la homosexualidad con el hecho de
bordar? Probablemente no, dado que los mejores bordadores han sido
y son hombres.
Pero las falsas atribuciones continúan: "Yo no
tengo ninguna aceptación social en mi grupo", "mis amigos no
me llaman", etc. Surge así un montón de recriminaciones y
culpabilidades, todavía mal establecidas que, sin embargo, ocupan con frecuencia
sus pensamientos. Ante esta situación de pensar y experimentarse como
diferente caben al menos, en esta etapa, tres posibilidades distintas.
Primera, que lo niegue. En ese caso se dirá: "Yo
no soy tan diferente, lo que pasa es que no
juego al balón". Sin embargo, al día siguiente, volverá a
hacerse la misma pregunta.
Segunda, que piense que lo que
le sucede es algo pasajero que, con el transcurrir del
tiempo, se le pasará, animándose con la siguiente o parecidas
recomendaciones: "ahora no me gusta jugar al fútbol pero, probablemente,
cuando tenga dos años más, jugaré al fútbol".
Tercera, que
comience a dudar y a discutir consigo mismo acerca de
si será aceptado o no, tal como es.
Abandonadas estas
conductas a la espontaneidad de su evolución, pueden dar origen
a los dos cuadros clínicos -¿es lícito hablar así- que,
en el ámbito de los trastornos del desarrollo psicosexual infantil,
generan más consultas con el psiquiatra infantil: la niña marimacho
y el niño afeminado.
La niña marimacho ha sido definida
como la niña que es considerada o llamada así por
sus padres, por manifestar muchos de los comportamientos siguientes: Haber
expresado en más de una ocasión su deseo de ser
niño; relacionarse con un grupo de compañeros en el que,
al menos, el 50% de ellos son varones; mostrar preferencia
por vestir prendas tradicionalmente consideradas como masculinas (gorra, chaqueta de
baseball, botas, etc.), a la vez que rechaza vestir prendas
convencionalmente consideradas como femeninas (trajes de mujer, faldas, medias, etc.);
perder el interés por jugar a las muñecas; mostrar una
clara preferencia por ciertos roles masculinos (especialmente por aquellos de
tipo deportivo, que exigen un gran vigor físico y un
importante compromiso); y manifestar un interés muy superior al de
sus compañeras de igual edad por dar volteretas, revolcarse por
el suelo y otras actividades recreativas (Green, 1974, 1978; Green
y Money, 1969).
Algo parecido sucede con el niño afeminado,
que también parece presentar características de comportamiento muy diferentes de
las que se observan en el niño normal. La comparación,
atenta y sistemática, del comportamiento infantil en ambos tipos de
niños llevada a cabo por los propios padres, ha permitido
caracterizar al niño afeminado como el niño que presenta los
siguientes rasgos de comportamiento: mostrar una especial preferencia por actividades
más sedentarias en lugar de por otras más violentas y
agresivas (como dar volteretas), que son también más afines con
rasgos innatos de tipo masculino; experimentar una especial sensibilidad ante
la percepción de la belleza física por parte de los
adultos (que suelen comportarse ante el niño como si se
tratara de una niña); haber sido estimulado, durante la etapa
preescolar, por la familia a manifestar conductas específicamente femeninas (o
haber sido desalentado a manifestar los comportamientos opuestos); haber sido
vestidos o tratados como una niña por uno de los
padres; carecer de un hermano varón mayor, que le pueda
servir de modelo con el que identificarse; y haber percibido
actitudes de rechazo en su padre.
Si los anteriores rasgos
sirven para caracterizar a los niños afeminados, veamos ahora algunos
de los que son muy comunes a los padres de
estos niños.
En las madres resultan frecuentes las siguientes actitudes
respecto de estos niños: la sobreprotección -entendida ésta en un
sentido cuantitativo y lo más rigurosamente posible, lejos del significado
dado a este concepto por el psicoanálisis-; la indiferencia; la
atención excesiva y la alabanza exagerada de determinados rasgos que
sirven para la identificación de la belleza física.
Entre los
padres, en cambio, las actitudes más frecuentes respecto de estos
niños son las siguientes: la indiferencia; la ausencia de interacción
(por pasar mucho tiempo fuera de casa o por falta
de la necesaria dedicación; cfr., Polaino-Lorente, 1993); y el rechazo
encubierto (el padre ofrece casi toda su atención al hijo
mayor, con el que se entiende bien y habla al
mismo nivel) o manifiesto (el padre desaprueba, fustiga o corrige
continuamente el comportamiento del niño; en esta última circunstancia no
es infrecuente que se pueda detectar una cierta psicopatología adicional
en el padre).
Entre las características observadas en estos niños
por sus familiares pueden destacarse las siguientes: comienzo muy temprano
(antes de los dos años de edad, o entre los
dos y los cuatro primeros años de la vida) de
los comportamientos tradicionalmente atribuidos al sexo femenino (uso de zapatos,
medias, faldas u otras ropas propias de mujer o, en
su defecto, tener capacidad para improvisarlas fantásticamente, a partir de
otras telas o prendas de vestir); conducta de evitación ante
la posibilidad de interactuar con otros niños del mismo sexo,
en lo que para ellos son ocupaciones rutinarias, rechazándolas con
afirmaciones como las siguientes: "es que los niños son muy
brutos en el juego..." y pasar mucho tiempo con su
juguete favorito, es decir, con una muñeca, a la que
visten y desvisten, imitando en sus gestos y ademanes el
comportamiento femenino y maternal característicos.
Esta última preferencia, a pesar
de ser valorada por algunos como irrelevante, puede constituir un
hito importante en el posterior desarrollo psicosexual del niño.
Repárese
en que al jugar con la muñeca preferida resulta inevitable
la realización de gestos que forzosamente han de ser concebidos
a imitación de los que realiza la mujer (de lo
contrario, el juego no sería tal, por estar muy lejos,
por no reproducir ni siquiera gestualmente aquello en que en
realidad consiste).
Una vez que emergen esas conductas -que con
la repetición tenderán a perfeccionarse en su adquisición, hasta llegar
a consistir casi en un automatismo-, el niño trasmite ya,
sólo con eso, el exacto modelo que más tarde servirá
para ser calificado como "afeminado", precisamente por aquellos cuyo juicio
de valor sobre este tema más importa al propio niño
(sus hermanos, sus compañeros o sus padres). Regresar al
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Tercera etapa: El etiquetado asignado por los compañeros
Esta etapa
es de vital importancia, por cuanto en ella acontece la
configuración del etiquetado asignado por las personas de la misma
edad. El escenario natural suele ser la clase, el aula
del colegio al que asiste.
Suele bastar con que otro
compañero -probablemente muy "gracioso" y que suele estar más "adelantadillo"
en esta materia-, comente con otro: "Parece una niña: cruza
siempre las piernas; los tíos se espatarran y abren las
piernas. Este no juega nunca al balón, es como las
niñas". Con esto ha comenzado a funcionar el etiquetado asignado
por los compañeros que, con toda probabilidad, es el que
más importa al niño.
La voz se corre y sin
ser conscientes de las consecuencias que generan estas calificaciones, tal
vez otro compañero en un momento en que se enfada
con él le espete: "¡Niña...!, que eres una niña".
Ante
una descalificación como ésta, ¿cuál es la conducta a seguir?
¿qué es lo que culturalmente se espera que haga un
varón? En lo que se refiere a nuestra cultura, lo
común es que defienda su virilidad y busque la pelea
con quien así le ha ofendido.
Si el ofendido se
calla, si opta por no responder al insulto, el juicio
social que de él harán sus compañeros -y que, en
alguna forma, quedará archivado en la cabeza de todos ellos-
es que se parece más a una niña que a
un niño.
Al no defenderse, confirma, en cierto modo, respecto
de sus acusadores que efectivamente su comportamiento se asemeja más
al de las niñas que al de los niños. Lo
que se espera de un niño, en estas circunstancias, es
que se líe a golpes con sus ofensores, poco importa
que sean uno o más. Pero como no se ha
lanzado a la pelea, la configuración social -en este caso
escolar- del etiquetado que se ha hecho, adquiere una mayor
densidad y, lo que es peor, se extiende a toda
la clase, es decir, se generaliza entre sus iguales.
¿Qué
sucederá si al cabo de dos meses toda la clase
le llama "Manolita"?
¿Se peleará y declarará la guerra ahora
a sus treinta compañeros, cuando antes no lo hizo con
uno solo de ellos? No; sencillamente aguantará.
Pero él mismo
se da cuenta de que su modo de responder no
es el apropiado o el usual entre los hombres. Lo
que con ello añade es una nueva diferencia -por otra
parte, muy significativa- a las diferencias que, provisionalmente, había ya
antes experimentado. He aquí la consecuencia fatal de una broma
pesada, que no debiera de admitirse en ningún caso y
que, sin embargo, todavía se tolera en algunos contextos escolares.
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Cuarta etapa: el conflicto familiar sobre
el modo de conducirse.
En esta situación de incipiente confusión de
la identidad de género, supongamos que un día cuenta a
su madre lo que le ha pasado en el colegio.
Es muy posible que su madre vaya al colegio y
hable con el tutor. Es posible que la madre no
le aconseje que eso se arregle a bofetadas. Este último
será el consejo que le dé el padre, apenas sea
informado por su mujer de lo que ha sucedido.
Pero
cuando el padre le sugiere esa estrategia para solucionar el
problema, el niño recuerda que eso ya lo pensó y
lo desestimó. El no va de héroe por la vida,
además de temer enfrentarse a todos sus compañeros. Si el
padre observa que su hijo no le ha hecho caso
y que, al cabo de dos meses, continúan llamándole "Manolita"
en el colegio, el padre comenzará a angustiarse mucho más
que la madre.
Un día, el padre le preguntará a
su hijo: "¿No le has roto la cara al compañero
que te insulta, llamándole "Manolita"?" Si el hijo niega que
lo haya hecho, es bastante probable que el padre le
espete: "Que te digan eso te está bien empleado, porque
eres un marica".
Junto al etiquetado de los compañeros se
ha producido una nueva situación, esta última mucho más grave.
Se trata de la emergencia del etiquetado de homosexual en
el contexto familiar -aunque sólo sea asignativo-, lo que puede
entenderse por el niño como la prueba, por parte del
padre -la persona que más le importa al niño-, que
certifica y sirve de verificación al ocasional etiquetado con el
que le calificaron sus compañeros.
Luego, el rumor y las
habladurías harán lo que falta para extender, intensificar y/o asentar,
casi de modo definitivo, ese etiquetado. Como el niño no
ha luchado contra el etiquetado -código de conducta usual en
el contexto cultural-, es lógico que algunos infieran que se
está comportando de acuerdo a lo que el etiquetado significa.
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Quinta etapa: De las dudas a
la obsesión
Todo esto duele mucho al niño, generando en él
un conflicto permanente para el que no le resulta fácil
encontrar solución. En una situación así, es comprensible que al
principio el niño sobre valore y magnifique lo que le
está sucediendo para, a continuación, arrojarse en los brazos de
las dudas acerca de su identidad de género y, finalmente,
comenzar a obsesionarse con lo que le acontece. En algunos
de ellos, estos pensamientos devienen obsesivos como consecuencia de no
lograr resolverlos; en otros, en cambio, lo obsesivo fue previo
a lo que le ha acontecido, es decir, a la
experiencia biográfica que han vivido. Puede afirmarse que, en algunos
casos, lo obsesivo suscitó, acompañó y perpetuó las actitudes y
conductas homosexuales que luego, con el pasar del tiempo, pueden
llegar a caracterizarlos.
En otros casos, y esto es muy
frecuente, muchos de los supuestos homosexuales que consultan cuando adultos,
son personas que han sido diagnosticadas de padecer trastornos obsesivo-compulsivos.
Sólo que en ellos, aunque el trastorno obsesivo podía haberse
manifestado a través de muy diversos contenidos, no obstante, ha
incidido y se ha centrado casi exclusivamente con estos pensamientos
homosexuales.
De confirmase este supuesto, habría que concluir que no
estamos ante una persona que ha optado por la homosexualidad
a partir de ciertas ideas sobre valoradas u obsesivas, sino
más bien ante un enfermo obsesivo que, dada la evolución
experimentada -aquí la psicohistoria biográfica tiene mucho que decir-, su
patología obsesiva se ha vuelto selectiva y únicamente respecto de
la homosexualidad, donde al final se ha centrado.
La inseguridad,
las dudas acerca de su supuesto trastorno en la identidad
sexual, lo reiterativo de estas ideas patológicas, la ansiedad por
no poder controlar tales pensamientos y, en consecuencia, el no
ser libre respecto de ellos, además del temor a que
los demás así lo perciban, acaban por configurar una constelación
de actitudes que facilitan la aparición de la conducta homosexual.
De aquí el hecho frecuente de la comorbilidad obsesiva que
suele acompañar a muchos de los que se autodefinen como
homosexuales, acaso sin serlo. Una comorbilidad en la que apenas
ha reparado la psiquiatría, a pesar de su tozudez clínica.
Lo que demuestra la falta de profesionalidad y de rigor
científico de quienes despachan la complejidad del comportamiento homosexual como
si en verdad se tratara de apenas otro uso alternativo,
aunque atípico, de satisfacer la sexualidad.
Hay otras muchas alteraciones
psicopatológicas que pueden darse asociadas o no a la homosexualidad,
sin que por ello haya que apelar a una etiología
que se inicie en la infancia, como la hasta aquí
analizada. Pero de ello se informará en una próxima e
independiente publicación. Regresar al índice
Sexta etapa: La asignación
del etiquetado por los padres.
La asignación o pseudo asignación a
los hijos, por parte de los padres, del etiquetado homosexual
suele constituir otro importante hito en su evolución, en algunos
de los cuales puede llegar a ser definitivo. Esto puede
ocurrir en la segunda infancia o incluso más tarde. De
ordinario, en el "niño afeminado" y la "niña marimacho" suele
acontecer mucho antes. Por lo general, el padre que sorprende
a su hijo otra vez jugando a las muñecas suele
crisparse y le riñe y vuelve a reiterarle la prohibición
de que cese en ese estúpido juego, "que es de
niñas".
No suele faltar en estas ocasiones el ponerle en
ridículo, haciéndole comentarios inoportunos acerca de su pérdida de identidad
sexual. Tal asignación se magnifica y robustece, si el padre
hace esos inoportunos comentarios en presencia de otros familiares, vecinos
o amigos. En ese caso, el hecho de manifestarlo en
público da una mayor consistencia a tal asignación, hasta el
punto de confundirse aquella con una marca inextinguible y estereotipada.
En este sentido, resulta especialmente lo que conocemos por la
clínica donde, lógicamente, nos llegan adultos en los que también
se dieron algunos de esos lamentables antecedentes familiares. A ellos
he de referirme. Y para este propósito me limitaré a
exponer sólo los resultados hallados en aquellos pacientes (asistidos con
anterioridad al año 1987), en cuya infancia estuvieron presentes los
antecedentes antes señalados, y cuyo motivo de consulta estaba motivado
por la expectativa de llegar a superar su actual conducta
homosexual.
De una muestra de 68 pacientes homosexuales (49 varones
y 19 hembras) secundarios (es decir, que han mantenido prácticas
homosexuales durante alguna etapa de su vida), sólo 16 (11
varones y 5 hembras) manifestaron haber sido calificados, respectivamente, durante
la infancia de "afeminados" o "marimachos". De los 11 "niños
afeminados", en cuatro de ellos el comportamiento sexual atípico había
comenzado durante la etapa preescolar, extendiéndose luego, ininterrumpidamente, a lo
largo de toda su vida. Los otros siete varones homosexuales
reconocieron no haber iniciado sus conductas afeminadas hasta la preadolescencia.
Por contra, de las 19 mujeres lesbianas, sólo cinco habían
sido calificadas de "marimachos", todas ellas desde la infancia (cfr.,
Polaino-Lorente, 1998).
Los anteriores resultados obtenidos en mi experiencia clínica
personal permiten establecer una cierta vinculación -aunque mucho más diluida
y menos enérgica de lo que ha sido formulado por
otros autores- entre la aparición de ciertas conductas sexuales atípicas,
durante la infancia, y el manifiesto comportamiento homosexual en esa
misma persona, durante su vida adulta. Regresar al índice
Séptima etapa: "experimentar" para confirmar el etiquetado asignado.
Si el niño
no responde al etiquetado de sus compañeros, si no se
enfada aunque sea habitual que le llamen "Manolita", está en
cierto modo confirmando con su actitud el etiquetado que se
le ha asignado. Lo que significa, entre otras cosas, que
con el modo de comportarse está satisfaciendo las expectativas que
tienen acerca de él, quienes concibieron tal etiquetado. Es muy
posible que el niño se vea forzado por la situación
a tolerar la falsa identidad vertida sobre él por sus
compañeros, a través del etiquetado. Pero es que no encuentra
mejor solución que ésta, pues no va a estar peleándose
con todos ellos cada día. Le es más fácil acostumbrarse
a ese etiquetado, impermeabilizarse respecto de él, no responder y,
en alguna forma, aceptarlo, aunque con ello acabe por confirmar
en él, de una forma artificialmente impuesta lo que el
etiquetado significa.
Sería apresurado pensar que tal etiquetado le resulta
indiferente y que se adapta a él con demasiada facilidad.
No debiera olvidarse en todo este proceso la presión a
la que ha estado sometido así como sus dudas respecto
a su propia identidad de género, todo lo cual le
hace ocupar una posición ciertamente vulnerable.
En este contexto, es
comprensible que el niño se haga ciertas preguntas -para las
que no siempre dispone de una respuesta congruente y tranquilizadora-,
como las que siguen: "¿No es raro todo lo que
me está pasando?, ¿no tendrán éstos razón al llamarme "Manolita"?,
¿seré realmente homosexual?"
Las dudas siguen, el etiquetado continúa adelante
sin que se tome ninguna decisión para resolverlo, mientras las
relaciones interpersonales resultan mortificantes y enrarecidas. ¿Qué puede hacer para
salir de la duda? Al adolescente se le ocurre hacer
un experimento probatorio y tentativo: Ponerse a prueba, es decir,
buscar una prostituta y comprobar su propia capacidad. "Si funciono
-se dice a sí mismo- es que no soy homosexual,
y si no funciono es que lo soy".
Lo habitual
es que el experimento no funcione. La inexperiencia propia de
su edad, la ansiedad que tal situación conlleva y su
propia actitud dubitativa acerca de si es homosexual o no,
constituyen las circunstancias más apropiadas para la obtención de un
desastroso resultado "experimental".
De aquí que salga deprimido y pensando
que esto confirma que él es homosexual. El resultado es
un lastre que posiblemente le acompañe toda su vida y
que, a pesar de carecer de fundamento, no obstante, desempeña
idéntica función a la de una prueba que le confirmara
en la presunta y temida homosexualidad.
Como este experimento casi
siempre acaba mal, el adolescente diseñará otros nuevos intentos para
salir de sus dudas y así confirmar o no tal
etiquetado. Se inicia así un segundo experimento. "Dado que aquella
experiencia me falló -se dice a sí mismo-, voy a
ir a ese lugar donde, me han dicho, se reúnen
los "gays", a ver si allí soy capaz de sentir
algo".
Tal modo de proceder es peor que el anterior,
entre otras cosas porque no le sacará de las dudas
que tiene acerca de su propia identidad sexual. Además, si
algún conocido le sorprende en ese contexto, se afianzará todavía
más el etiquetado que le atribuyeron. De otra parte, si
hace amistad con algún homosexual, se sincera con él y
le cae simpático, se acrecerán sus dudas, con independencia de
que entre ellos no haya ningún contacto sexual. La afectividad
puede acabar por articularse con la sexualidad, reconfirmando de forma
experiencial y más enérgica que antes las sospechas derivadas del
etiquetado.
Es posible que en este contexto tenga alguna experiencia
sexual. Basta, por ejemplo, que un amigo mayor le "enseñe"
y/o le ayude a masturbarse, lo que es frecuente en
muchos adolescentes que no han recibido educación sexual de sus
padres. En ese caso atribuirá el placer que obtenga a
la acción de su amigo, infiriendo erróneamente que eso le
sucede por ser homosexual. Si esa conducta se reitera algunas
veces más, será interpretada por el adolescente como una experiencia
confirmatoria de lo que antes imaginaba, a pesar y más
allá de sus dudas y temores.
Es posible que motivado
por encontrar solución a sus problemas, reitere su visita una
y otra vez a esos ambientes. Como, por otra parte,
no se atreve a comentarlo en casa, optará por llevar
una "doble vida", una de las cuales -la sospechosa de
homosexualidad- la guardará como un secreto en su corazón y
la vivirá como algo vergonzante e intimista, lo que tiene
una mayor potencia confirmatoria del etiquetado homosexual.
Esta "doble vida"
en los adolescentes inseguros tiene un efecto muy pernicioso. Entre
otras cosas, porque les hace perder el vigor y la
fortaleza de su devoción radical por la autenticidad. Esta "doble
vida" extingue su sencillez y enrarece su personalidad, al mismo
tiempo que les aleja de su núcleo familiar y les
hunde en la hipocresía, el cinismo y la impostura. Todo
lo que se ha afirmado, líneas atrás, sobre el adolescente
varón, sucede de forma muy parecida en la mujer adolescente.
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"Octavaetapa" Octava etapa: La asunción explícita de
la falsa identidad
Después de la etapa anterior, la asunción, al
menos implícita, de la falsa identidad homosexual suele ser un
hecho. Por supuesto que esto varía mucho de unos casos
a otros, pudiendo complicarse todavía más si se entrevera con
el laberinto de la afectividad. Esto es lo que sucede
cuando emergen ciertos sentimientos y emociones, aunque sean de pura
amistad -por otra parte, algo natural y normal entre adolescentes-,
respecto de algún amigo homosexual. El adolescente pensará que está
enamorado de su amigo. Y aunque sólo se trate de
un amor platónico entre ellos -igual que el que suele
acompañar a la amistad en la mayoría de los adolescentes,
sin que medie ninguna relación sexual, el hecho es que
le conducirá a asumir su identidad como homosexual. Una identidad
ésta que en modo alguno le corresponde ni le es
propia, pero que templada en el fuego de las impetuosas
pasiones adolescentes, puede acabar por configurar su entera personalidad.
La
"doble vida" respecto de su familia continúa en lo que
atañe a estas relaciones, hasta que su amigo le ofrece
otros argumentos que, por el momento, le resultan más convincentes.
Es lo que suele ocurrir cuando el amigo le dice:
"Tú en casa no tienes que ocultar esto, nuestra relación.
Tú también tienes derecho a ser feliz en tu vida.
No podemos estar siempre ocultándonos. Además, a mi me gustaría
conocer a tus padres. Creo que en casa tendrías que
explicar lo nuestro, lo que hay entre nosotros".
Animado por
estos argumentos de que no hay que ocultarse, de que
cada uno debe ser aceptado tal como es, un buen
día se atreve a decirlo en casa, a pesar de
que se genere un fuerte conflicto.
La escena es fácil
de imaginar. El padre se siente deshonrado y la madre
avergonzada y, probablemente, ambos culpabilizados. A partir de entonces, los
hermanos le tratan de un modo especial. Es posible que
una de sus hermanas le acepte tal y como es
y trate de comprenderlo. Pero aun cuando se ponga de
su parte, procurará evitar que sus amigas se enteren y
que su hermano exhiba ese modo de comportarse en público.
Mientras tanto, el adolescente continúa con sus inseguridades respecto de
su identidad sexual. Sólo que ahora lo que emerge en
casa, de forma explícita, es la asunción de su posible
conducta homosexual, mientras siguen latentes su inseguridad, dudas y temores.
Pero aquí se ha producido un poderoso salto: de la
asunción implícita de la supuesta homosexualidad -que se inició en
la etapa anterior- a la asunción explícita y manifiesta, que
se desvela ahora con todo lo que ésta comporta de
cambio en la imagen social, relaciones interpersonales, aceptación/rechazo de los
familiares, génesis de conflictos, etc. Regresar al índice
Novena
etapa: La filosofía de la acción y el comportamiento homosexual
Esta
etapa podría denominarse también como de la praxis sustancializadora. La
acción realizada reobra sobre quien la realiza. La conducta homosexual,
sea esporádica o no, reobra e influye sobre la identidad
sexual de quien así se comporta. La conducta humana modifica
a la persona que así se conduce. Aunque, como ya
observamos, el comportamiento homosexual no se identifica con la homosexualidad,
no obstante, su reiteración puede modificar y hasta sustanciar a
quien así se comporta como una persona homosexual. Esta etapa
es la más grave y definitiva. Mientras no se llegue
a ella es mucho lo que se puede hacer para
modificar el rumbo de la conducta homosexual, aunque no siempre.
Pero llegados a esta etapa, podemos quedarnos sin recursos terapéuticos
y que el adolescente pierda el norte para toda la
vida, porque ésta se autoconfigura con el reobrar del propio
comportamiento sobre la persona.
En esta etapa acontece una inflexión
en el proceso. Hasta que el adolescente no se decide
a tener relaciones homosexuales, es posible que no se sienta
atraído por los chicos. Pero si inicia y reitera sus
contactos homosexuales, acabará por atraerle e incluso por sentirse solamente
atraído por ésta o aquella persona de su mismo sexo.
La sexualidad, en su fase final, es autónoma e independiente
de los estímulos que la desencadenan. Una vez que se
llega a la fase de excitación, el objeto de atracción
deja de estar revestido de la especificidad y selectividad que
le caracterizaban.
Por otra parte, el refuerzo suministrado por el
placer sexual es ontónomo e independiente del estímulo que lo
suscitó, una vez que se ha producido, lo que confunde
todavía más al adolescente. De aquí que infiera el error
de que si ha experimentado placer con un homosexual, entonces
es que él es homosexual, como si esto fuera una
prueba de verificación irrefutable.
El hombre será libre de asumir
o no lo que es; pero ahí comienza y ahí
acaba también su libertad respecto del sexo: en aceptar o
rechazar el género en que consiste.
Esto quiere decir que
el hombre se autodetermina relativa y libremente en su sexualidad.
En la medida que elige lo que por su naturaleza
sí es elegible, su comportamiento sexual (cuantitativa y cualitativamente) se
moldeará en una cierta manera; del mismo modo que ciertas
preferencias por determinados estímulos le van a permitir seleccionar, crear
y "recrear" aquellos estímulos a los que, en lo sucesivo,
va a confiar la capacidad suscitadora de sus propias respuestas.
La persona se compromete tanto con su propio comportamiento sexual
como con los estímulos que elige, vinculándose con todo ello,
integrándolo e implicando su propio yo (ego implicación) en las
elecciones que ha realizado y en el contenido de éstas.
Dicho con otras palabras: la persona dispone de una virtual
libertad para determinar su conducta sexual, configurándola y moldeándola según
lo que ha elegido y su estilo personal, que a
su vez está en parte determinado por el modo en
que se ego implica sexual y personalmente.
Cada persona acaba
configurando o diseñando originariamente aquellos estímulos capaces de poner en
marcha o "disparar" su propio comportamiento sexual.
En estos repertorios
estimulares que cada persona se "fabrica" encontramos muchas veces estímulos
que, a pesar de ser insólitos, inusuales o inaceptables, no
obstante, tienen la extraña capacidad de suscitar en esa persona
concreta una determinada conducta sexual.
En este caso, la patología
sexual que se manifiesta a través de los estímulos que
se han elegido, sí que podría considerarse, en cierto modo,
como elegible y hasta libremente diseñada por quien así la
realiza, quien forzosamente tendría que asumir la cuota de responsabilidad
que por esa acción le compete.
El estilo de
comportamiento que resulta de todo esto en el ámbito de
la homosexualidad es a veces configurado según un cierto patrón
resistente a la extinción, de fácil respuesta ante cualquier otro
estímulo parecido por efecto de la habituación, y, en suma,
consolidador del aprendizaje que, con anterioridad, libremente se realizó.
Son
muy numerosos los ejemplos que sobre este particular podrían traerse
aquí. Esto es lo que sucede cuando la sexualidad es
entendida como un mero comportamiento que hay que probar ("probatismo")
o cuando es reducida a una mera experiencia sexual ("experimentalismo").
Poco tiempo después, y tras la repetición de actos -se
supone que libremente elegidos-, dichas personas ya sólo responderán sexualmente
ante la presentación de aquel extraño estímulo que, paradójicamente, fue
elegido por ellas tiempo atrás.
Muchas de las conductas sexuales
desajustadas del hombre contemporáneo -tanto en su programación, suscitación e
iniciación, como en su mantenimiento, finalización y consolidación- podrían explicarse
a través de este último factor, que, obviamente, condiciona también
el proceso de la identidad sexual.
También entonces -hay una
casuística clínica muy amplia que así lo atestigua- puede el
hombre arruinar la identidad sexual conquistada a lo largo de
las numerosas etapas que integran su prolongado y complejo proceso
evolutivo. Regresar al índice
Décima etapa: El descubrimiento de
un nuevo "estilo de vida".
Resulta muy difícil y arriesgado separa
la conducta de la persona de su trayectoria biográfica. Si
el adolescente sólo obtiene placer sexual a través de la
conducta homosexual, si desea a personas del mismo género, si
ya lo ha manifestado en casa, ¿por qué no adoptar
el "estilo de vida" propio y característico de los homosexuales?
No se trata, pues, de seguir adelante con la conducta
homosexual, sino también de imitar el estilo de vida que
les es característico y que, en cierto modo, se adecua
y correlaciona bien con aquella conducta. Se trata de establecer,
de una vez por todas, un fuerte vínculo entre el
estilo de vida y el comportamiento homosexual. Esto se manifiesta
en centenares de detalles como, por ejemplo, forma de vestir,
suscripción a ciertas revistas, adopción de determinados gestos, asunción de
un nuevo estilo perceptivo interpersonal, manifestaciones concretas de su afectividad,
selección de los lugares de ocio que frecuenta, etc.
De
esta suerte, comienza a descubrir en el nuevo estilo de
vida homosexual adoptado, que hay también muchas otras cosas positivas,
que es necesario asumir e identificarse con ellas. Es necesario
que se produzca esta metanoia, esta transformación de manera que
su vivir sea más coherente. En cierto modo, es ésta
una exigencia de su mundo interior, que no puede compartirlo
del todo con sus amigos no homosexuales, entre otras cosas
porque no le entenderán. Y lo que no se comparte
no une, sino que separa, distancia y aleja. Regresar
al índice
Undécima etapa: El definitivo etiquetado del experto
El
etiquetado se sustancia de modo definitivo cuando el experto con
el que consulta, animado por sus padres, aprueba y da
razón, desde su supuesta autoridad de profesional, de que aquello
es así y así hay que aceptarlo. Como, por otra
parte, lo más fácil es abandonarse a los deseos e
inclinaciones y lo más difícil tratar de modificar el comportamiento
y el significado del flujo estimular que lo pone en
marcha, lo lógico es que se opte por comportarse en
lo sucesivo como un homosexual. Llegados a esta etapa, el
etiquetado ha llegado a su fin e incluso ante la
opinión pública está ya consolidada la nueva identidad sexual, una
identidad que, más tarde, tal vez la exija como un
derecho y como un deber.
Algunos psiquiatras -que ante los
ojos del supuesto o real homosexual se presentan como expertos-,
entienden que la homosexualidad no es de su competencia, una
vez que ha sido definida por las instituciones científicas como
una forma alternativa de satisfacción sexual. De aquí que les
aconsejen lo que sigue: "Si usted elige una persona del
mismo sexo como objeto de satisfacción, y le acepta, allá
usted. Ese es su problema. Yo, como experto, no puedo
hacer nada en su caso". Con esto, el experto contribuye
a fijar, de una vez por todas y tal vez
para siempre, el etiquetado de homosexual.
Es lo que suele
inferir el adolescente que consultó con el experto, que acaso
se sorprenda diciéndose a sí mismo: "Al menos este señor
me comprende y sabe que soy homosexual. Me aconseja que
siga adelante y que busque un compañero con el que
vivir, que yo también tengo derecho a rehacer mi vida
y a ser feliz". Regresar al índice
Duodécima etapa:
La acogida en el contexto del grupo de pertenencia
El homosexual
no sólo actúa independientemente, sino también en grupo, en el
grupo de homosexuales del que, según sus afinidades electivas, llega
a formar parte. La acogida por un grupo de pertenencia
es otro factor importante, por cuanto que contribuye a ratificar
esa falsa identidad. El actual reconocimiento por algunos de la
existencia de una "cultura gay", es algo que va mucho
más lejos de la mera psicología de grupo. En efecto,
la identidad del homosexual no sólo se fortalece al contacto
con el grupo, sino que se desarrolla y acrece al
configurarse como fenómeno cultural.
Sólo entonces emergen nuevas actitudes que
contradicen a las anteriores y que tal vez por reacción
se presentan como señales de identidad del colectivo homosexual. Surge
así el "orgullo gay" que enarbola la bandera de ciertas
actitudes proselitistas al sostener que "hay que estar orgulloso de
ser homosexual. No lo escondas. Al contrario, publícalo, manifiéstalo".
Este
modo de reafirmación de la identidad homosexual coincide casi con
su apología y confirma la puesta en circulación social de
un nuevo modelo útil para la identificación de quienes se
sentían inseguros y dubitativos respecto de estas cuestiones. Regresar
al índice
Decimotercera etapa: El ensamblaje atribucional social y
el modelado personal
El modo en que se ensamblan las
diversas atribuciones sociales acerca de la homosexualidad acaban por configurar
un icono, representación o "pensamiento dominante", desde el cual se
lleva a cabo el modelado de quienes experimentan ciertas inseguridades
respecto de su identidad sexual. De aquí que no sean
indiferentes las ideas y opiniones que acerca de esta cuestión
se ponen en circulación social, respecto de la incidencia y
prevalencia de la homosexualidad.
De otra parte, el incremento de
la homosexualidad masculina suscita y aumenta la incidencia de la
femenina. Del hecho innegable del aumento de la homosexualidad masculina,
parece seguirse, en la actualidad, una mayor incidencia de lesbianismo.
Otra cosa es que la percepción social se comporte de
diferente forma respecto de una u otra. Es posible, por
eso, que haya más lesbianas de lo que parece. Lo
que sucede es que desde la perspectiva social, y en
función de las atribuciones de género y de roles, es
más difícil detectar e identificar el comportamiento de una lesbiana
que el de un homosexual varón.
El etiquetado social no
tiene la misma fuerza, a este respecto, entre uno y
otro género. Pero incluso reconociendo que en la actualidad haya
menos lesbianas que homosexuales, si aumenta la homosexualidad masculina, de
seguro que aumentará también el lesbianismo.
Y eso, porque los
dos géneros, los dos sexos son complementarios. Si los varones
devienen homosexuales, la complementariedad entre los géneros se quebrará y,
en consecuencia, las mujeres no podrán recibir ese complemento significado
por el varón ni tampoco ayudarle como es debido. En
ese caso, es comprensible que la mujer vuelva también sobre
ella misma y acomode sus necesidades de afecto e instintivas
a otra persona del mismo sexo. Con esto todos pierden
y nadie gana.
De hecho hoy se ha incrementado también
eso que con cierta ambigüedad se conoce con el término
de bisexualidad. Esto demuestra la confusión social existente, así como
el poder de las ideas puestas en circulación para la
"construcción social" de la sexualidad humana. En realidad, esto nada
tiene que ver con el sexo biológico, sino más bien
con el haberse apostado por el sexo como único y
supremo valor de la conducta humana, es decir, como placer
exclusivo, único y absoluto.
Cuando esto sucede, entonces la sexualidad
se desnaturaliza y pierde su norte y su sentido. Si
cualquier forma de satisfacción sexual es tan válida como cualquier
otra, si cada conducta significa apenas un uso alternativo y
hedónico desconectado de toda finalidad, entonces todo está permitido y,
por consiguiente, todo vale. Pero si aquí todo vale, entonces
es que ya nada vale.
Acaso, por eso también, la
sexualidad vale hoy menos que nunca. Tal vez, por eso,
en la actualidad, es tan bajo el índice de satisfacción
sexual en el hombre y en la mujer. La desnaturalización
de la sexualidad, su trivialización y reducción a mero placer
hedónico y mecánico hace que muchas personas la vivan como
una sexualidad alienada, manipulada, arruinada, frustrada, amputada, incompleta, en una
palabra, insatisfactoria.
Si el sexo es sinónimo de placer y
sólo placer, parece lógico que a las personas les resulte
indiferente el modo en que pueden obtenerlo, con independencia de
que tengan coito con una persona del otro o del
mismo sexo.
Por otra parte, si culturalmente todo está permitido
y el ensamblaje atribucional interpretativo de la sexualidad -vehiculizado y
diseminado por el "pensamiento dominante"-, opta por el total permisivismo,
¿a dónde puede acudir la persona para encontrar las señas
de su identidad sexual? ¿Para qué comprometerse con alguien? ¿hasta
cuándo podrá comprometerse? ¿Para qué engendrar hijos?
Pero el sexo
no es eso o, al menos, no es sólo eso.
La sexualidad humana exige la comunidad de personas, la donación
y aceptación recíproca de dos seres de diverso géneros -lo
que se fundamenta en las diferencias que hay entre ellos-,
que tratan de complementarse en la búsqueda de la mutua
y común felicidad conyugal y familiar.
Otra consecuencia de este
funesto ensamblaje y modelado social de la sexualidad humana es
la emergencia de ciertas paradojas incomprensibles. Al mismo tiempo que
la familia tradicional parece estar en inflación y que el
matrimonio tiene mala prensa y está desprestigiado -divorcio, separaciones, uniones
irregulares, incremento de las familias monoparentales y reconstituidas, etc.-, ¿por
qué se reclama el matrimonio entre los homosexuales con la
radicalidad de un derecho inalienable e irrenunciable?
A lo que
parece tal forma de ensamblaje sólo sirve para abolir las
diferencias entre la homosexualidad y la normalidad lo que, sin
duda alguna, contribuirá a aumentar la incidencia de la primera.
Psicodinamía, pronóstico y evolución de las conductas y actitudes homosexuales Es
bastante improbable que puedan establecerse algunos criterios rigurosos acerca del
modo cómo evolucionan estos comportamientos, así como de las estrategias
modificadoras que son más eficientes. En cualquier caso, las "recetas"
sirven aquí de muy poco, dada la versatilidad de los
factores etiológicos que se concitan en la homosexualidad y de
su muy diverso perfil sintomático, de comportamiento y personal. No
obstante, hay ciertos indicadores que, a pesar del rango de
variabilidad individual al que están sometidos, pueden ser de cierta
utilidad. Este es el caso, por ejemplo, de aquellas manifestaciones
que comienzan en edades muy tempranas y que hemos denominado
con los términos de la "la niña marimacho" y el
"niño afeminado".
En el caso de la "niña marimacho", la
psicodinamía, el pronóstico y la evolución de estas conductas y
actitudes son muy diferentes de lo que sucede en el
"niño afeminado". Es cierto que especialmente durante la preadolescencia van
a afianzarse las conductas masculinizantes en estas chicas. Pero casi
siempre estas conductas se han interiorizado antes, expresándose a través
de alguna actividad, que con mucha frecuencia suele ser de
tipo deportivo, donde se tolera una dosis mayor o menor
de agresividad -si como suele ocurrir "se sale a ganar"-,
lo que permite una cierta simulación que dificulta la identificación
de estos comportamientos.
Por lo general, al llegar a la
preadolescencia en la "niña marimacho" disminuyen o se anulan las
anteriores preferencias que tenía por los varones, observando con simpatía,
al menos durante esta etapa, que en su grupo se
integren más chicas que chicos.
Es posible que en una
evolución (como la aquí descrita) intervenga una importante constelación de
factores socioculturales, de refuerzos, gratificaciones y penalizaciones que, en última
instancia, son los responsables de tal evolución psicodinámica en el
proceso de diferenciación sexual (cfr., Polaino-Lorente, 1992).
Quiere esto decir
que el aprendizaje social -y los distintos eventos en que
aquél se fundamenta, como los refuerzos, las gratificaciones y los
estímulos aversivos- puede desempeñar un importante papel en la explicación
de la evolución que se acaba de describir, en lo
que se refiere a la "niña marimacho".
En el caso
del "niño afeminado", tanto la psicodinamía como el pronóstico y
la evolución se nos aparecen con una mayor carga patológica,
a la vez que con un mayor grado de complejidad.
En el "niño afeminado" es de vital importancia estudiar y
tratar de ayudar a los padres -si es que lo
necesitan-, pues con frecuencia reaccionan de forma mucho peor que
las madres. Por otra parte, esta ayuda es tanto más
importante, cuanto que muy posiblemente haya que apoyarse en ellos
para el tratamiento del niño. De aquí que sea muy
aconsejable siempre el tratar de ayudarles.
En efecto, las interacciones
entre padres e hijos "afeminados" son muy variadas y todas
ellas relativamente complicadas. En unos casos los padres sienten alterada
su personal identidad sexual a causa de lo que acontece
a sus hijos. En estas circunstancias suelen aducir o recriminarse
por haber fracasado como padres, al no haber sabido transmitir
a sus propios hijos el modelo de masculinidad que precisamente
aquéllos necesitaban para tratar de identificarse con ellos.
En otras
ocasiones, la conducta de sus hijos les hace volver a
revisar el modelo de comportamiento masculino que hasta entonces tenían,
por considerarlo tal vez como demasiado exigente, lejano e idealista,
a lo que atribuyen las dificultades encontradas por el niño
para identificarse con ellos. Pero no siempre los padres responden
auto culpabilizándose para salvar así a sus hijos.
Hay padres
que en esas mismas condiciones aumentan sus exigencias al niño,
suponiendo que con ello le hacen un favor para que
así su hijo tenga un comportamiento más masculino. No se
dan cuenta de que al proceder de esta forma acaban
por causar un rechazo total del comportamiento masculino en sus
hijos y, por consiguiente, el efecto contrario de lo que
se proponían conseguir.
Otras veces son los hijos los que
rechazan todo lo que procede de sus padres (hábitos de
comportamiento, estilo de vida, valores, etc.), generando que sus padres
se sientan rechazados. Ante esta situación, cada padre responde de
un modo diferente y relativamente peculiar (Polaino-Lorente, 1990). Algunos se
desentienden por completo de ese hijo, mientras buscan una compensación
volcándose todavía más en otra hija o en un hijo
mayor, que no presentan dificultad alguna. E1 rechazo infantil, otras
veces, es mal aceptado por el padre, quien responde con
agresividad, violencia, ansiedad y culpabilidad, provocando un distanciamiento de su
hijo todavía mayor y, lo que es peor, un modo
de interacción bastante patológico.
Por todo esto resulta imprescindible conocer,
valorar y afrontar cuál es el comportamiento del padre y
sus actitudes ante el problema, en qué medida considera que
puede ayudar a su hijo a modificar ese comportamiento que
ha detectado, cómo explicar el origen y las manifestaciones de
esa conducta, etc. La indagación en estas cuestiones no sólo
tiene una gran importancia para verificar la validez del diagnóstico,
sino que muy a menudo constituye una importante vía que
facilita el abordaje terapéutico. Regresar al índice
A modo
de conclusión
La homosexualidad no se da en el vacío, sino
en un determinado contexto sociocultural -el que sea- siempre en
transición, del que en buena parte depende la imagen que
de ella se tiene. Y esta imagen tiene una gran
importancia, por cuanto contribuye a modelar y/o configurar lo que
de la homosexualidad se piensa, suscitando un nuevo modelo, útil
o no para la imitación y/o generalización, en función de
los rasgos más o menos valiosos con los que se
le adorne. En este punto, puede afirmarse que se ha
operado un gran cambio en el actual contexto sociocultural. Si,
tiempo atrás, la homosexualidad estaba penalizada, en la década de
los sesenta se despenalizó, lo que sin duda alguna constituyó
un auténtico progreso, por cuanto con ello se ponía fin
a la injusta marginación sufrida por los que se alineaban
en esa situación.
Desde entonces a esta parte la tolerancia
social respecto de la homosexualidad no ha hecho sino crecer.
Llegamos así al siglo XXI, en que asistimos, paradójicamente, a
un intento de equiparación, igualación y posterior confusión entre homosexuales
y heterosexuales.
Es posible que en el futuro -de seguir
por esta vía-, se dispare la incidencia de la homosexualidad,
tanto de la masculina como de la femenina. Y ello
porque el modelo con que hoy se ha dado en
presentarla suscita una mayor facilidad para la imitación, generalización, diseminación
y "naturalización forzada" de estos comportamientos.
La última palabra la
tienen los programas de educación sexual (impartidos en el contexto
de la familia; cfr., Polaino-Lorente, 1996) y de prevención de
la homosexualidad (también en el contexto familiar, aunque no sólo
en él, sino también en otros contextos que faciliten su
aceptación y generalización social).
Este modo de proceder constituye no
sólo una expectativa positiva más razonable en el actual contexto,
sino que además nos abre al adecuado tratamiento del problema.
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