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Autor: Gonzalo Herranz | Fuente: Fluvium.org Legislar para (no) cumplir
Analizando lo ocurrido en la legislación española, no merece la pena legislar en asuntos de bioética por la predilección las leyes que paradójicamente han de gobernar la creación y la destrucción de seres humano
Legislar para (no) cumplir
Legislar es bueno y deseable, pues las leyes justas aseguran
la pacífica convivencia de todos. Sin embargo, no soy capaz
de sacudirme de encima la pesimista intuición de que, si
uno se atiene a lo ocurrido en nuestro pasado próximo,
no merece la pena legislar en asuntos de bioética. Más
todavía: me atrevo a sugerir que mejor sería derogar las
normas sobre la materia, abandonar los proyectos que están en
marcha y regresar a un estado de vacío legal. Parece
que la preparación de legislación bioética va a toda máquina.
El Consejo de Ministros ha remitido ya a las Cortes
un proyecto de nueva Ley de Reproducción Humana Asistida con
la recomendación de que sea tramitada lo antes posible. Se
prepara con prisa la ley para regular la investigación biomédica.
Ha revelado la ministra de Sanidad que le gustaría proponer
otra ley más para autorizar la práctica de la llamada
clonación terapéutica. Se quiere también ir a una nueva y
amplia Ley del Aborto.
Parecen, pues, gozar de predilección las leyes
que paradójicamente han de gobernar la creación y la destrucción
de seres humanos mediante la reproducción artificial y el aborto.
Se nos persuade de que, si queremos ser competitivos y
poner en juego nuestro ilimitado potencial intelectual y económico, no
se puede diferir la investigación con todas las variantes de
células troncales, pues el pueblo español, más que ningún otro
en el mundo, cree a ciegas en la ilimitada capacidad
de la medicina regenerativa. Veamos algunos ejemplos:
La ley del aborto
España
aparecía ya en 1995, según la Agencia Population Action International,
entre los 7 países del mundo donde el aborto era
libre y seguro. En un país con una ley de
primera generación, restrictiva y controlada, ese alto crédito no pudo
alcanzarse sin una cierta complicidad política y judicial. Las garantías
exigidas por el Tribunal Constitucional para proteger el bien jurídico
de la vida del nasciturus se convirtieron en un papeleo
burlesco. Desgraciadamente, la complicidad también vino de cierto colegio de
médicos: cuando hace unos años, dos médicos fueron condenados por
haber practicado abortos contrarios a la ley y a la
buena práctica clínica, no sólo fueron aclamados como héroes por
ciertos grupos sociales: el presidente del colegio unió su voz
al coro libertario que pedía su indulto inmediato, sin haber
reparado en el hecho sangrante de que aquellos dos médicos
no estaban inscritos ni en el suyo ni en ningún
otro colegio de médicos de España. Más cercana en el
tiempo es la denuncia hecha por unos periodistas del Sunday
Telegraph de la actividad, presuntamente ilegal, de una clínica de
abortos de España. Los escalofriantes hechos denunciados exigían una investigación
a fondo, detallada. La correspondiente autoridad fulminó en pocas horas
un veredicto de actividad plenamente legal y de situación administrativamente
correcta.
La Ley de Reproducción Asistida
En un sinnúmero de publicaciones (basta
ir a Google y buscar "Nicola Chenery"), se publicó la
noticia de que en una clínica española se había practicado,
con la ayuda del diagnóstico preimplantatorio, la selección prenatal de
sexo. Nicola, una mujer británica, madre de cuatro niños, quería
a toda costa tener una niña. Como en el Reino
Unido esa práctica no está autorizada, vino a España. Aquí
se complació su deseo, a pesar de que la selección
de sexo por cualquier otra razón que no sea la
de evitar una enfermedad hereditaria grave está prohibida por partida
doble: por la Ley 35/1988, que la incluye entre las
infracciones muy graves (artículo 20, 2, B, n); y por
el artículo 14 del Convenio sobre Derechos Humanos y Biomedicina.
El
proyecto de nueva Ley de Reproducción Asistida Incluye una larga y
muy decorativa lista de infracciones. Confiere las funciones de control
e inspección de la materia legislada a las autonomías y
ciudades con estatuto de autonomía. Éstas no suelen disponer de
personal cualificado para desempeñar con competencia tales funciones, y han
demostrado, por lo general, estar más interesadas en fomentar la
industria procreática local y en condecorar a sus figuras que
en corregir sus presuntas pifias. España, en comparación con los
países de su entorno, tiene el récord de inactividad administrativa
y judicial en este campo.
Una futura ley de clonación terapéutica
La
cosa tiene por delante un camino legal complejo: habrá que
cambiar nada menos que el Código Penal y el Convenio
de Oviedo. La ministra ha dicho que los reparos éticos
a la clonación terapéutica son irrelevantes, y ha añadido, para
nuestra tranquilidad, que la futura ley prohibirá con contundencia la
clonación reproductiva. Empieza a verse que la terapéutica nada tiene
que hacer si no se apoya en la reproductiva.
La cosa
parece bastante clara. Si alguien sabe transformar las células troncales
embrionarias en células constructoras de tejidos y órganos son los
embriones. En eso los Wilmuts y Hwangs, los Cibellis y
Stojkovics, las Murdochs y Fishers, todos juntos y con todo
el dinero que deseen, no le llegan a la suela
del zapato al más humilde de los embriones que crece
en el útero de su madre. Lanza se ha dado
cuenta de dónde buscar la solución: clona, de momento, embriones
de ratón; pero, en vez de devanarse los sesos para
domar células troncales embrionarias in vitro, transfiere los embriones clonados
a madres que los gestan por 11 a 13 días
(lo que equivale a 8 a 12 semanas de gestación
humana). La disección de esos embriones proporciona células progenitoras de
tejidos y órganos, estables, comprometidas, expansionables.
La clonación terapéutica vislumbra así
su trágico destino: parece necesitar de la clonación reproductiva y
del subsiguiente aborto programado. Eso en experimentación animal es duro,
pero tolerable. En seres humanos es otra cosa. Una sociedad
necesita tener un corazón de piedra para aprobar una ley
de clonación que, para beneficio de otros, degradara al embrión
hasta convertirlo en mero repositorio de células troncales y a
la mujer en un subrogado tanque de cultivo. Y eso
para curar a los poderosos de este mundo que puedan
pagárselo. Los hombres comunes, gracias a Dios, no podremos
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