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Autor: José María Barrio Respeto a la vida humana en su fase embrionaria
Entrevista con el prof. Barrio Maestre, de la Universidad Complutense de Madrid
Respeto a la vida humana en su fase embrionaria
Vd. Ha traducido al filósofo alemán Robert Spaemann. De él
he recogido: Es funesta la opinión de “que a la
ciencia le está permitido todo, con tal de conseguir avances
en el conocimiento”. ¿Puede abundar algo más en esta idea?
No
acostumbramos a pensar eso del poder, y la ciencia, en
cierto modo, es poder, es una manifestación del dominio del
hombre sobre la naturaleza. Entendemos que el poder debe estar
regulado, repartido y, en un sistema democrático, este control lo
ejerce el parlamento. La cultura democrática ha popularizado la idea
de la separación de poderes para evitar que pueda acumularse
demasiado poder en pocas manos. La idea del poder absoluto
la asociamos fácilmente a la corrupción. El dominio sobre la
naturaleza no debe ser despótico, sino respetuoso con ella. Dios
ha creado al hombre para que domine sobre la naturaleza,
pero un dominio absoluto del hombre sobre la naturaleza, como
ha señalado C.S. Lewis en La abolición del hombre, fácilmente
se convierte en un dominio absoluto del hombre por el
hombre, puesto que el hombre forma parte de la naturaleza.
La ciencia está para servir al hombre, no para esclavizarle.
La
idea de que el hombre debe imponerse restricciones, cosas que
no debe hacer, ¿le parece positiva, o es la reliquia
de una mentalidad trasnochada?
Si hiciéramos todo lo que nos viene
en gana, moriríamos muy pronto. La persona, y la sociedad
también, perecería sin una libertad ordenada. Es cierto que esta
idea hoy no resulta muy popular, pues existe una imagen
sociocultural de la libertad como algo que no debe ser
nunca limitado. Pero esa idea es una ficción. El hombre
no posee una libertad absoluta porque él mismo no es
un ser absoluto. Y los límites de la libertad no
son sólo exteriores a ella, digamos, condicionamientos (de tipo económico,
social, político, educativo, cultural, incluso genético...), sino que también hay
limitaciones intrínsecas. Por ejemplo, el hecho de que no hemos
elegido libremente ser libres (Sartre lo expresó diciendo que estamos
“condenados” a ser libres), o el hecho de que no
podemos elegirlo todo: nuestras opciones se nos manifiestan generalmente como
alternativas. Ahora bien, que el hombre no sea absolutamente libre
no significa que no sea libre en absoluto. Significa que
su libertad no es absoluta. Esto es lo que hoy
día resulta difícil de ver para no pocos, insisto, porque
se ha reproducido ampliamente una idea de libertad que es
más cercana a la imagen idílica o utópica de la
pura indeterminación, el poder quererlo todo y poder hacerlo todo.
Es lo que les a menudo piensan los adolescentes. Hay
que ver las cosas con algo más de objetividad y
realismo. Lo trasnochado es que una persona adulta a veces
actúe y piense como un imberbe. La libertad es, probablemente,
lo más importante que el hombre posee, pues es lo
que le permite amar y ser amado, y el hombre
es un ser diseñado sobre todo para esas dos cosas.
Pero no se le hace un buen servicio a la
libertad humana cuando se la piensa como absoluta e ilimitada.
Percibir la realidad de algo es percibir sus límites.
¿Qué piensa
de la utilización de embriones humanos al servicio del progreso
del conocimiento médico? ¿Por qué se admite hoy socialmente lo
que se reprocha a los nazis en su mandato?
Que la
humanidad comience a emplear sus propios descendientes, ya desde los
primeros estadios, para mejorar la calidad de vida de los
adultos tiene un nombre: canibalismo, y de la peor especie,
tratándose de individuos absolutamente indefensos. Los nazis cayeron realmente muy
bajo, pero no llegaron a tanto. En la acción humana
no es por completo separable el fin subjetivo que se
persigue de lo que mediante la acción misma se logra,
en este caso, la muerte de seres humanos en estado
embrionario: pequeñitos, pero humanos al fin y al cabo. Negar
esta evidencia es una muestra de hasta qué punto las
pasiones humanas pueden oscurecer el entendimiento, incluso la evidencia de
que todos los seres humanos hemos comenzado siendo “eso”, embriones.
Entre un embrión humano y el adulto que de él
surgirá –si le dejan- son patentes las diferencias, pero es
igualmente clara la continuidad: quizá no es lo mismo el
recién concebido y el niño de 3 años, o el
joven de 20, el adulto de 40 o el anciano
de más de 70, pero sí que es el mismo
a lo largo de todas esas etapas. Por muy razonable
y justa que sea la intención de hacer prosperar la
humanidad con adelantos en la ciencia médica, el fin no
justifica los medios: un fin muy justo no puede justificar
cualquier medio eficaz para lograrlo.
No comparto la tesis fundamental del
utilitarismo, que está en la base de ese planteamiento. El
proyecto de una optimización futura de la humanidad no puede
convalidar la ceguera ante la realidad presente de una acción
intrínsecamente perversa. También los nazis querían mejorar el mundo por
medio de sus crímenes. Y muchos terroristas continúan esa triste
senda. Aquí opera el mismo criterio: matemos a unos para
salvar a otros. Desguazar criaturas humanas en estado embrionario para
mejorar la salud de personas adultas no puede hacernos olvidar
que lo que estamos haciendo es eso: destruir vidas humanas.
Llamarle a eso “terapia” es pervertir el sentido del lenguaje.
Nunca matar es “terapéutico”.
¿Cómo responder a la idea de que
la defensa de la vida en todas sus etapas está
basada en creencias religiosas y que, por lo tanto, no
es exigible a todos?
Yo no soy kantiano, pero en este
punto apelo a la teoría kantiana del imperativo categórico. Nunca
trates a la humanidad, ni en ti ni en los
demás, únicamente como un medio, dice Kant, sino siempre también
como un fin. Como es bien sabido, Kant no es
ningún profeta ni un Padre de la Iglesia. Pero me
parece que hace una aclaración muy interesante de la noción
de dignidad de la persona, a la que por cierto
apelan todas las constituciones laicas cuando desarrollan la idea de
derechos humanos o derechos fundamentales de la persona. Él distingue
dignidad (valor intrínseco de lo que es un fin en
sí mismo) y precio (valoración extrínseca que se hace de
algo cuyo valor es relativo a la oferta y demanda).
Y aquí lo que está en juego es el concepto
mismo de dignidad de la persona y del respeto incondicionado,
absoluto –categórico- que merece siempre, en cualquier situación en que
se encuentre, concepto que a su vez se sitúa, insisto,
en la base de toda la teoría de los derechos
humanos. Sacar a relucir aquí la religión no viene a
cuento.
Ciertamente el concepto de dignidad radical e igual de todos
los seres humanos posee un origen cristiano, pero, como ha
pasado con otras nociones, se ha secularizado, y pienso que
es bueno esto, pues permite que me encuentre y entienda
con quienes no comparten mis presupuestos religiosos.
En este tipo de
recursos retóricos se despacha demasiada demagogia. Un cristiano tiene únicamente
algún motivo más para defender la dignidad humana del no
nacido, pero defenderá esa postura por coherencia y, ante todo,
a título de ciudadano. No es de recibo que si
un creyente condena el homicidio de un adulto parece que
sus argumentos son racionales y admisibles desde la llamada “ética
civil”, pero si resulta que el fallecido no había nacido
aún entonces es un concilio el que habla por la
boca de ese ciudadano. Esto no es serio, ni desde
el punto de vista ético, ni desde el lógico.
¿Es optimista
respecto al futuro de la humanidad? ¿Por qué?
Por supuesto que
soy optimista. Como cristiano, no puedo dejar de serlo, pese
a las incertidumbres y perplejidades de nuestro momento. (Cada momento
histórico, por cierto, ha tenido las suyas). Soy optimista por
dos razones:
1ª) porque la gente es mejor que sus
teorías, incluso cuando éstas están sobradas de cordura; 2ª) porque
estoy firmemente persuadido de que la verdad posee recursos para
abrirse camino a la inteligencia humana, pese a que hoy
hay elementos de dispersión importantes.
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