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Autor: Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E. La anticoncepción
La misma dignidad de la persona humana queda comprometida, rebajada, en el comportamiento anticonceptivo
La anticoncepción
La anticoncepción: separación de los dos significados del acto conyugal
Los dos significados están indisolublemente unidos entre sí
de modo tal que cuando falta uno de ellos el
acto se desvirtúa, es decir, “pierde su virtud”, su fuerza,
su dignidad, y al mismo tiempo “se des-naturaliza”, “se falsifica”,
se hace inauténtico, falaz y falso, mentiroso y engañador, como
el estrechar de manos que sella un pacto que en
realidad no se tiene intención cumplir, un guiño de ojos
por el cual se vende a un amigo, o el
beso con que Judas entrega a Cristo.
Afirma el
Papa: “La fuerza del amor -auténtica en el sentido teológico
y ético- se manifiesta en que el amor une correctamente
‘los dos significados del acto conyugal’, excluyendo no sólo en
la teoría, sino sobre todo en la práctica, la ‘contradicción’
que podría darse en este campo”28.
La unión que se
hace artificialmente infecunda niega lo que pretende expresar. El amor
en su expresión más alta es un movimiento centrífugo; es
esencialmente entrega. Sus actos están constituidos por un movimiento en
el que el término “a quo”, el punto de partida,
es el sujeto amante, pero el término “ad quem”, el
punto de llegada, es el sujeto/objeto amado, y más concretamente
es el bien de éste último. Todas las expresiones del
amor genuino respetan esta estructura dinámica esencial: ya sea el
amor de compasión (el condolerse con el dolor del prójimo,
que busca aliviar el dolor ajeno, confortándolo en la adversidad,
ayudándolo en su necesidad, socorriéndolo en su miseria); ya se
trate del amor de congratulación (mediante el cual el amante
se asocia a la alegría del amado aumentándola de algún
modo); ya se trate del amor sacrificial (en el cual
el amante renuncia a su propio bien, e incluso a
su propia vida, para procurar el bien y la vida
de aquél a quien ama). Por eso un gesto que
de por sí dice entrega pero que no sólo no
entrega nada sino que sustrae lo que debería o dice
dar, es un fraude; así como quien dona algo que
no sirve es un mezquino y quien inutiliza deliberadamente lo
que regala para que no sirva a quien lo recibe
hace un acto de vileza.
Por eso Juan
Pablo II habla del “mal esencial del acto contraceptivo”[29]. ¿En
qué consiste esa “malicia” del acto antiprocreativo? Lo podemos observar
en las distintas relaciones que establece:
1) Respecto de Dios.
Esta actitud hace de los cónyuges “árbitros del designio divino”30.
El anticoncepcionismo separa los dos “significados que Dios Creador ha
inscrito en el ser del hombre y de la mujer
y en el dinamismo de su comunión sexual”. Ahora bien,
siendo el mismo Dios quien ha inscrito ambos significados en
el acto conyugal, quien los separa pretende “corregir” a Dios
y frustrar los planes divinos sobre el hombre, la sexualidad
y el matrimonio.
2) Respecto de la misma sexualidad. El
Papa dice que la anticoncepción “manipula” y “envilece” la sexualidad.
Tergiversa el lenguaje natural del cuerpo, “imponiéndole un lenguaje objetivamente
contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente”31.
Falsifica, como ya hemos indicado, la verdad intrínseca del amor
conyugal. Los esposos envilecen la sexualidad en cuanto “usan” de
ella como un objeto, “rompiendo la unidad personal de alma
y cuerpo”32. Y esto constituye el mayor rebajamiento al que
puede someterse la sexualidad humana intramatrimonial puesto que “el acto
conyugal, privado de su verdad interior, al ser privado artificialmente
de su capacidad procreadora, deja también de ser acto de
amor”33.
3) Respecto de la vida de los posibles hijos
que quieren “evitar”. “Se produce... el rechazo positivo de la
apertura a la vida”34. Esto significa al mismo tiempo rechazo
positivo de la vida y actitud negativa frente a ella.
La vida no es vista como un “bien”. En tal
sentido, esta actitud es una expresión más de la cultura
de muerte y del pesimismo existencial de la cultura contemporánea
ante el misterio de la vida.
4) Respecto del otro
cónyuge. Juan Pablo II señala que los esposos, con la
antiprocreación, “manipulan y envilecen... la propia persona del cónyuge”35. Y
esto ocurre incluso cuando ambos obran de común acuerdo, porque
en el otro se buscan a sí mismos, y dos
egoísmos sumados no constituyen un amor verdadero. La intención antiprocreativa
usa al cónyuge como un medio o un objeto en
el cual busca la consumación de su propio placer. Asimismo
la envilece, la rebaja, la cosifica, la valora indigna de
ser el término de la donación total y plena de
sí mismo.
5) Respecto de la dignidad misma de la
persona anticoncepcionista. El Papa afirma que la misma dignidad de
la persona humana queda comprometida, rebajada, en el comportamiento anticonceptivo,
en cuanto es propio de la persona (como “constitutivo fundamental”)
el dominio racional de sí mismo, que viene por el
ejercicio de las virtudes. En cambio, al regularse por el
acto anticonceptivo, el hombre (el varón o la mujer) renuncia
a ejercer este domino de las pasiones por medio de
un acto de virtud y descarga su dominio y control
en medios tomados del mundo de la técnica: haciendo
esta transferencia el hombre hace de sí mismo “un objeto
de manipulación”36.
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28Juan Pablo II, Catequesis semanal, L´Osservatore Romano, 14/X/84,
p.3, nº 4. 29 Cf. Juan Pablo II, Catequesis semanal,
L´Osservatore Romano, 26/VIII/84, p.3, nº 7. 30 Familiaris consortio, 32.
31 Ibid. 32 Ibid. “Si falta esta verdad, no se
puede hablar ni de la verdad del dominio de sí,
ni de la verdad del don recíproco y de la
recíproca aceptación de sí por parte de la persona” (
Juan Pablo II, Catequesis semanal, L´Osservatore Romano, 26/VIII/84, p.3, nº
7). 33Juan Pablo II, Catequesis semanal, L´Osservatore Romano, 26/VIII/84, p.3, nº
6. 34 Familiaris consortio, 32. 35 Ibid. 36 Juan Pablo
II, Catequesis semanal, L´Osservatore Romano, 26/VIII/84, p.3, nº 1.
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