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Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Familiaris Consortio II.- Servicio a la vida
Ante el problema de una honesta regulación de la natalidad, la comunidad eclesial, en el tiempo presente, debe preocuparse por suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas a quienes desean vivir la paternidad y la maternidad de modo verdaderamente res
II.- Servicio a la vida
1) La transmisión de la vida Cooperadores del amor de Dios
Creador
28. Dios, con la creación del hombre y de la
mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a
perfección la obra de sus manos; los llama a una
especial participación en su amor y al mismo tiempo en
su poder de Creador y Padre, mediante su cooperación libre
y responsable en la transmisión del don de la vida
humana: <> (80).
Así el cometido
fundamental de la familia es el servicio a la vida,
el realizar a lo largo de la historia la bendición
original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina
de hombre a hombre (81).
La fecundidad es el fruto y
el signo del amor conyugal, el testimonio vivo de la
entrega plena y recíproca de los esposos: "El cultivo auténtico
del amor conyugal y toda la estructura de la vida
familiar que de él deriva, sin dejar de lado los
demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos
para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del
Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta
y enriquece diariamente su propia familia" (82).
La fecundidad del amor
conyugal no se reduce sin embargo a la sola procreación
de los hijos, aunque sea entendida en su dimensión específicamente
humana: se amplía y se enriquece con todos los frutos
de vida moral, espiritual y sobrenatural que el padre y
la madre están llamados a dar a los hijos y,
por medio de ellos, a la Iglesia y al mundo.
La
doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de
la Iglesia
29. Precisamente porque el amor de los esposos es
una participación singular en el misterio de la vida y
del amor de Dios mismo, la Iglesia sabe que ha
recibido la misión especial de custodiar y proteger la altísima
dignidad del matrimonio y la gravísima responsabilidad de la transmisión
de la vida humana.
De este modo, siguiendo la tradición viva
de la comunidad eclesial a través de la historia, el
reciente Concilio Vaticano II y el magisterio de mi Predecesor
Pablo VI, expresado sobre todo en la encíclica Humanae vitae,
han transmitido a nuestro tiempo un anuncio verdaderamente profético, que
reafirma y propone de nuevo con claridad la doctrina y
la norma siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia
sobre el matrimonio y sobre la transmisión de la vida
humana.
Por esto, los Padres Sinodales, en su última asamblea declararon
textualmente: "Este Sagrado Sínodo, reunido en la unidad de la
fe con el Sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo que
ha sido propuesto en el Concilio Vaticano II (cfr. Gaudium
et spes, 50) y después en la Encíclica Humanae vitae,
y en concreto, que el amor conyugal debe ser plenamente
humano, exclusivo y abierto a una nueva vida (Humanae vitae,
n. 11 y cfr. 9 y 12)" (83).
La Iglesia en
favor de la vida
30. La doctrina de la Iglesia se
encuentra hoy en una situación social y cultural que la
hace a la vez más difícil de comprender y más
urgente e insustituible para promover el verdadero bien del hombre
y de la mujer.
En efecto, el progreso científico-técnico, que el
hombre contemporáneo acrecienta continuamente en su dominio sobre la naturaleza,
no desarrolla solamente la esperanza de crear una humanidad nueva
y mejor, sino también una angustia cada vez más profunda
ante el futuro. Algunos se preguntan si es un bien
vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de
si es lícito llamar a otros a la vida, los
cuales quizás maldecirán su existencia en un mundo cruel, cuyos
terrores no son ni siquiera previsibles. Otros piensan que son
los únicos destinatarios de las ventajas de la técnica y
excluyen a los demás, a los cuales imponen medios anticonceptivos
o métodos aún peores. Otros todavía, cautivos como son de
la mentalidad consumista y con la única preocupación de un
continuo aumento de bienes materiales, acaban por no comprender, y
por consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una nueva vida
humana. La razón última de estas mentalidades es la ausencia,
en el corazón de los hombres, de Dios cuyo amor
sólo es más fuerte que todos los posibles miedos del
mundo y los puede vencer.
Ha nacido así una mentalidad contra
la vida (anti-life mentality), como se ve en muchas cuestiones
actuales: piénsese, por ejemplo, en un cierto pánico derivado de
los estudios de los ecólogos y futurólogos sobre la demografía,
que a veces exageran el peligro que representa el incremento
demográfico para la calidad de la vida.
Pero la Iglesia cree
firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es
siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra
el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la
Iglesia está en favor de la vida: y en cada
vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel "Sí", de
aquel "Amén" que es Cristo mismo (84). Al "no" que
invade y aflige al mundo, contrapone este "Sí" viviente, defendiendo
de este modo al hombre y al mundo de cuantos
acechan y rebajan la vida.
La Iglesia está llamada a manifestar
nuevamente a todos, con un convencimiento más claro y firme,
su voluntad de promover con todo medio y defender contra
toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase
de desarrollo en que se encuentre.
Por esto la Iglesia condena,
como ofensa grave a la dignidad humana y a la
justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras
autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la
libertad de los esposos en la decisión sobre los hijos.
Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar con energía
cualquier violencia ejercida por tales autoridades en favor del anticoncepcionismo
e incluso de la esterilización y del aborto procurado. Al
mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho
de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida
para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas
de anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado (85).
Para que el plan
divino sea realizado cada vez más plenamente
31. La Iglesia es
ciertamente consciente también de los múltiples y complejos problemas que
hoy, en muchos Países, afectan a los esposos en su
cometido de transmitir responsablemente la vida. Conoce también el grave
problema del incremento demográfico como se plantea en diversas partes
de mundo, con las implicaciones morales que comporta.
Ella cree, sin
embargo, que una consideración profunda de todos los aspectos de
tales problemas ofrece una nueva y más fuerte confirmación de
la importancia de la doctrina auténtica acerca de la regulación
de la natalidad, propuesta de nuevo en el Concilio Vaticano
II y en la Encíclica Humanae vitae.
Por esto, junto con
los Padres del Sínodo, siento el deber de dirigir una
acuciante invitación a los teólogos a fin de que, uniendo
sus fuerzas para colaborar con el magisterio jerárquico, se comprometan
a iluminar cada vez mejor los fundamentos bíblicos, las motivaciones
éticas y las razones personalistas de esta doctrina. Así será
posible, en el contexto de una exposición orgánica, hacer que
la doctrina de la Iglesia en este importante capítulo sea
verdaderamente accesible a todos los hombres de buena voluntad, facilitando
su comprensión cada vez más luminosa y profunda; de este
modo el plan divino podrá ser realizado cada vez más
plenamente, para la salvación del hombre y gloria del Creador.
A
este respecto, el empeño concorde de los teólogos, inspirado por
la adhesión convencida al Magisterio, que es la única guía
auténtica del Pueblo de Dios, presenta una urgencia especial también
a causa de la relación íntima que existe entre la
doctrina católica sobre este punto y la visión del hombre
que propone la Iglesia. Dudas o errores en el ámbito
matrimonial o familiar llevan a una ofuscación grave de la
verdad integral sobre el hombre, en una situación cultural que
muy a menudo es confusa y contradictoria. La aportación de
iluminación y profundización, que los teólogos están llamados a ofrecer
en el cumplimiento de su cometido específico, tiene un valor
incomparable y representa un servicio singular, altamente meritorio, a la
familia y a la humanidad.
En la visión integral del hombre
y de su vocación
32. En el contexto de una cultura
que deforma gravemente o incluso pierde el verdadero significado de
la sexualidad humana, porque la desarraiga de su referencia a
la persona, la Iglesia siente más urgente e insustituible su
misión de presentar la sexualidad como valor y función de
toda la persona creada, varón y mujer, a imagen de
Dios.
En esta perspectiva el Concilio Vaticano II afirmó claramente que
"cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la
responsable transmisión de la vida, la índole moral de la
conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación
de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos,
tomados de la naturaleza de la persona y de sus
actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua
entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor
verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de
la castidad conyugal" (86).
Es precisamente partiendo de la "visión integral
del hombre y de su vocación, no sólo natural y
terrena sino también sobrenatural y eterna" (87), por lo que
Pablo VI afirmó, que la doctrina de la Iglesia "está
fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y
que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre
los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y
el significado procreador" (88). Y concluyó recalcando que hay que
excluir, como intrínsecamente deshonesta, "toda acción que, o en previsión
del acto conyugal, o en su realización, o en el
desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o
como medio, hacer imposible la procreación" (89).
Cuando lo esposos, mediante
el recurso al anticoncepcionismo, separan estos dos significados que Dios
Creador ha inscrito en el ser del hombre y de
la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual,
se comportan como "árbitros" del designio divino y "manipulan" y
envilecen la sexualidad humana, y con ella la propia persona
del cónyuge, alterando su valor de donación "total". Así, al
lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los
esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir,
el de no darse al otro totalmente: se produce, no
sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida,
sino también una falsificación de la verdad interior del amor
conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal.
En cambio, cuando los
esposos, mediante el recurso a periodos de infecundidad, respetan la
conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la
sexualidad humana, se comportan como "ministros" del designio de Dios
y "se sirven" de la sexualidad según el dinamismo original
de la donación "total", sin manipulaciones ni alteraciones (90).
A la
luz de la misma experiencia de tantas parejas de esposos
y de los datos de las diversas ciencias humanas, la
reflexión teológica puede captar y está llamada a profundizar la
diferencia antropológica y al mismo tiempo moral, que existe entre
el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos temporales. Se
trata de una diferencia bastante más amplia y profunda de
lo que habitualmente se cree, y que implica en resumidas
cuentas dos concepciones de la persona y de la sexualidad
humana, irreconciliables entre sí. La elección de los ritmos naturales
comporta la aceptación del tiempo de la persona, es decir
de la mujer, y con esto la aceptación también del
diálogo, del respeto recíproco, de la responsabilidad común, del dominio
de sí mismo. Aceptar el tiempo y el diálogo significa
reconocer el carácter espiritual y a la vez corporal de
la comunión conyugal, como también vivir el amor personal en
su exigencia de fidelidad. En este contexto la pareja experimenta
que la comunión conyugal es enriquecida por aquellos valores de
ternura y afectividad, que constituyen el alma profunda de la
sexualidad humana, incluso en su dimensión física. De este modo
la sexualidad es respetada y promovida en su dimensión verdadera
y plenamente humana, no "usada" en cambio como un "objeto"
que, rompiendo la unidad personal de alma y cuerpo, contradice
la misma creación de Dios en la trama más profunda
entre naturaleza y persona.
La Iglesia Maestra y Madre para los
esposos en dificultad
33. También en el campo de la moral
conyugal la Iglesia es y actúa como Maestra y Madre.
Como
Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que
debe guiar la transmisión responsable de la vida. De tal
norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni
el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo,
cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la
dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma
moral y la propone a todos los hombres de buena
voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección.
Como
Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de
esposos que se encuentran en dificultad sobre este importante punto
de la vida moral; conoce bien su situación, a menudo
muy ardua y a veces verdaderamente atormentada por dificultades de
todo tipo, no sólo individuales sino también sociales; sabe que
muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la realización concreta,
sino también para la misma comprensión de los valores inherentes
a la norma moral.
Pero la misma y única Iglesia es
a la vez Maestra y Madre. Por esto, la Iglesia
no cesa nunca de invitar y animar, a fin de
que las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni
comprometer jamás la verdad. En efecto, está convencida de que
no puede haber verdadera contradicción entre la ley divina de
la transmisión de la vida y la de favorecer el
auténtico amor conyugal (91). Por esto, la pedagogía concreta de
la Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de
su doctrina. Repito, por tanto, con la misma persuasión de
mi Predecesor: "No menoscabar en nada la saludable doctrina de
Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas"
(92).
Por otra parte, la auténtica pedagogía eclesial revela su realismo
y su sabiduría solamente desarrollando un compromiso tenaz y valiente
en crear y sostener todas aquellas condiciones humanas -psicológicas, morales
y espirituales- que son indispensables para comprender y vivir el
valor y la norma moral.
No hay duda de que entre
estas condiciones se deben incluir la constancia y la paciencia,
la humildad y la fortaleza de ánimo, la confianza filial
en Dios y en su gracia, el recurso frecuente a
la oración y a los sacramentos de la Eucaristía y
de la reconciliación (93). Confortados así, los esposos cristianos podrán
mantener viva la conciencia de la influencia singular que la
gracia del sacramento del matrimonio ejerce sobre todas las realidades
de la vida conyugal, y por consiguiente también sobre su
sexualidad: el don del Espíritu, acogido y correspondido por los
esposos, les ayuda a vivir la sexualidad humana según el
plan de Dios y como signo del amor unitivo y
fecundo de Cristo por su Iglesia.
Pero entre las condiciones necesarias
está también el conocimiento de la corporeidad y de sus
ritmos de fertilidad. En tal sentido conviene hacer lo posible
para que semejante conocimiento se haga accesible a todos los
esposos, y ante todo a las personas jóvenes, mediante una
información y una educación clara, oportuna y seria, por parte
de parejas, de médicos y de expertos. El conocimiento debe
desembocar además en la educación al autocontrol; de ahí la
absoluta necesidad de la virtud de la castidad y de
la educación permanente en ella. Según la visión cristiana, la
castidad no significa absolutamente rechazo ni menosprecio de la sexualidad
humana: significa más bien energía espiritual que sabe defender el
amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad,
y sabe promoverlo hacia su realización plena.
Pablo VI, con intuición
profunda de sabiduría y amor, no hizo más que escuchar
la experiencia de tantas parejas de esposos cuando en su
Encíclica escribió: "El dominio del instinto, mediante la razón y
la voluntad libre, impone sin ningún género de duda una
ascética, para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal
estén en conformidad con el orden recto y particularmente para
observar la continencia periódica. Esta disciplina, propia de la pureza
de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le
confiere un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo,
pero, en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan
integralmente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la
vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando
la solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el
otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero
amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres
adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y
eficaz para educar a los hijos" (94).
Itinerario moral de los
esposos
34. Es siempre muy importante poseer una recta concepción del
orden moral, de sus valores y normas; la importancia aumenta,
cuanto más numerosas y graves se hacen las dificultades para
respetarlos.
El orden moral, precisamente porque revela y propone el designio
de Dios Creador, no puede ser algo mortificante para el
hombre ni algo impersonal; al contrario, respondiendo a las exigencias
más profundas del hombre creado por Dios, se pone al
servicio de su humanidad plena, con el amor delicado y
vinculante con que Dios mismo inspira, sostiene y guía a
cada creatura hacia su felicidad.
Pero el hombre, llamado a vivir
responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un
ser histórico, que se construye día a día con sus
opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y
realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento.
También los
esposos, en el ámbito de su vida moral, están llamados
a un continuo camino, sostenidos por el deseo sincero y
activo de conocer cada vez mejor los valores que la
ley divina tutela y promueve, y por la voluntad recta
y generosa de encarnarlos en sus opciones concretas.
Ello, sin embargo,
no pueden mirar la ley como un mero ideal que
se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla
como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía
las dificultades. <> (95). En la misma línea, es propio de
la pedagogía de la Iglesia que los esposos reconozcan ante
todo claramente la doctrina de la Humanae vitae como normativa
para el ejercicio de su sexualidad y se comprometan sinceramente
a poner las condiciones necesarias para observar tal norma.
Esta pedagogía,
como ha puesto de relieve el Sínodo, abarca toda la
vida conyugal. Por esto la función de transmitir la vida
debe estar integrada en la misión global de toda la
vida cristiana, la cual sin la cruz no puede llegar
a la resurrección. En semejante contexto se comprende cómo no
se puede quitar de la vida familiar el sacrificio, es
más, se debe aceptar de corazón, a fin de que
el amor conyugal se haga más profundo y sea fuente
de gozo íntimo.
Este camino exige reflexión, información, educación idónea de
los sacerdotes, religiosos y laicos que están dedicados a la
pastoral familiar; todos ellos podrán ayudar a los esposos en
su itinerario humano y espiritual, que comporta la conciencia del
pecado, el compromiso sincero a observar la ley moral y
el ministerio de la reconciliación. Conviene también tener presente que
en la intimidad conyugal están implicadas las voluntades de dos
personas, llamadas sin embargo a una armonía de mentalidad y
de comportamiento. Esto exige no poca paciencia, simpatía y tiempo.
Singular importancia tiene en este campo la unidad de juicios
morales y pastorales de los sacerdotes: tal unidad debe ser
buscada y asegurada cuidadosamente, para que los fieles no tengan
que sufrir ansiedades de conciencia (96).
El camino de los esposos
será pues más fácil si, con estima de la doctrina
de la Iglesia y con confianza en la gracia de
Cristo, ayudados y acompañados por los pastores de almas y
por la comunidad eclesial entera, saben descubrir y experimentar el
valor de liberación y promoción del amor auténtico, que el
Evangelio ofrece y el mandamiento del Señor propone.
Suscitar convicciones y
ofrecer ayudas concretas
35. Ante el problema de una honesta regulación
de la natalidad, la comunidad eclesial, en el tiempo presente,
debe preocuparse por suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas a
quienes desean vivir la paternidad y la maternidad de modo
verdaderamente responsable.
En este campo, mientras la Iglesia se alegra de
los resultados alcanzados por las investigaciones científicas para un conocimiento
más preciso de los ritmos de fertilidad femenina y alienta
a una más decisiva y amplia extensión de tales estudios,
no puede menos de apelar, con renovado vigor, a la
responsabilidad de cuantos -médicos, expertos, consejeros matrimoniales, educadores, parejas- pueden
ayudar efectivamente a los esposos a vivir su amor, respetando
la estructura y finalidades del acto conyugal que lo expresa.
Esto significa un compromiso más amplio, decisivo y sistemático en
hacer conocer, estimar y aplicar los métodos naturales de regulación
de la fertilidad (97).
Un testimonio precioso puede y debe ser
dado por aquellos esposos que, mediante el compromiso común de
la continencia periódica, han llegado a una responsabilidad personal más
madura ante el amor y la vida. Como escribía Pablo
VI, "a ellos ha confiado el Señor la misión de
hacer visible ante los hombres la santidad y la suavidad
de la ley que une el amor mutuo de los
esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de
la vida humana" (98).
82. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 50.
83. Propositio
22. La conclusión del n. 11 de la Encíclica Humanae
vitae afirma: "La Iglesia, al exigir que los hombres observen
las normas de la ley natural interpretada por su constante
doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a
la transmisión de la vida" ("ut quilibet matrimonii usus ad
vitam humanam procreandam per se destinatus permaneat"): AAS 60 (1968),
488.
84. Cfr. 2 Cor. 1, 19; Ap. 3, 14.
85. Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a
las Familias cristianas en el mundo contemporáneo, 5 (24 de
octubre de 1980): "L´Osservatore Romano" en lengua española (2 de
noviembre de 1980).
86. Const. pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual Gaudium et spes, 51.
97. Cfr. Juan
Pablo II, Discurso a los Delegados del "Centre de Liaison
des Equipes de Recherche", 9 (3 de noviembre de 1979):
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II, 2 (1979), 1035; cfr.
también Discurso a los Participantes en el Congreso Internacional de
la Familia de Africa y de Europa, 1 s. (15
de enero de 1981): "L´Osservatore Romano" en lengua española, 1
de febrero de 1981.
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